Quizá sea necesario, para mayor claridad de algunos de nuestros lectores, ampliar un poquito más lo relativo al conflicto de paradigmas en el área de la bibliología; especialmente en el campo de la Alta Crítica del Pentateuco. Los críticos modernistas liberales acostumbran negar la autoría mosaica del Pentateuco, colocando su aparición en tiempos tardíos, y a partir de varios documentos inconexos [JEPD]; lo cual ha dado en llamarse "hipótesis documentaria", aunque en verdad debiéramos llamarles en plural documentarias, por el altísimo número de conjeturas mutuamente excluyentes. Pero lo más delicado de la gran mayoría de ellas es que contradicen a Jesucristo y a las mismas claras declaraciones inspiradas de las Sagradas Escrituras. Tales conjeturas documentarias son, pues, apóstatas abiertamente. El más connotado crítico en estos respectos, la montaña más alta de la cordillera modernista liberal, ha sido, sin lugar a dudas, Julius Wellhausen, que perdió la fe en su juventud en el mismo seminario.
El primer traspié de la mayoría de estos críticos ha sido su antisobrenaturalismo. Como si Dios mismo no pudiese ser sobrenatural. Tal tipo de crítica surgió en la época del deismo, cuya tintura era precisamente esa, expulsar a Dios del circuito de la naturaleza. Al respecto valdría la pena leer la obra de C. S. Lewis, titulada "Milagros", el mismo título de la de Rudolph Bultmann ya dentro del campo de la pretendida desmitologización. Pero un Dios sin milagros y sin intervención directa y soberana en la naturaleza y en la historia, ese sí que sería un verdadero mito. A partir del antisobrenaturalismo, y desechando por lo cual el milagro en la historia, se ha pretendido reconstruir la historia con nuevas conjeturas basadas en las presuposiciones teóricas hegelianas. Wellhausen reconocía sus deudas con Vater y Hegel. Pero haciendo caso omiso, o desconociendo los asertos de la arqueología, que sale siempre en defensa de la tradición y contra el modernismo.
La arqueología dio, pues, el golpe de gracia a las teorías wellhausianas que negaban la capacidad escrituraria de los tiempos mosaicos. Bueno es, pues, leer a Wiseman, Sayce, Petrie, Langdom y otros historiadores y arqueólogos que demuestran con los monumentos la antigüedad de la escritura en tiempos premosaicos patriarcales e incluso antediluvianos.
Si se comprende, lo cual es muy fácil, que los antiguos documentos patriarcales y mosaicos tuvieron varias ediciones en los mismos tiempos de Moisés, Josué, Samuel, los cronistas inspirados de la monarquía, Jeremías y Esdras, y que tales ediciones de los Textos arcaicos pusieron en ciertas ocasiones al día tales Textos para mejor comprensión de sus lectores contemporáneos, podrá verse que no se puede datar el Texto arcaico completo en base a su última actualización, como hacen los modernistas, en contravía de las evidencias arqueológicas. Basta leer las demostraciones de Yahuda, mostrando la correspondencia del Pentateuco con su ambiente sinaítico y egipcio de flora, fauna y cultura, para ver lo ridículo de querer fecharlo en datas posteriores. Lo mismo hace, al respecto de la filología, Robert Dick Wilson, una de las mayores autoridades universales en lenguas antiguas. Véase, por ejemplo, su obra "Una investigación científica del Antiguo Testamento".
Igualmente, los modernistas acostumbran referirse a hipotéticas repeticiones que demostrarían varios documentos tardíos como fuentes. Pero tales supuestas repeticiones y duplicaciones han sido muy bien estudiadas y refutadas suficientemente, una por una, por variada serie de estudiosos. Véanse, por ejemplo, las respuestas, caso por caso, de Ch. Aalders, profesor de la Universidad Libre de Amsterdam, en su obra "Una corta introducción al Antiguo Testamento". También el profesor de Princeton y Westminster Oswald T. Allis ha tratado tales asuntos con mucha solvencia en obras tales como "Los cinco libros de Moisés" y otras.
El asunto del variado uso de diferentes nombres divinos ha sido tema constante de la escuela conservadora alemana de Hengstemberg. Véase, por ejemplo, la disertación de éste último al respecto de los nombres divinos, en sus Disertaciones sobre la genuinidad del Pentateuco. Igualmente, el pretendido alegato modernista del supuesto silencio de los profetas acerca de la Ley, ha sido refutado también por la escuela de Hengstemberg. Véanse sus trabajos demostrativos, por ejemplo, acerca de las Trazas del Pentateuco en Oseas, Amós, Reyes...etc., o los trabajos de William Henry Green en Moisés y los profetas. Estos autores no han sido refutados. Tales son sus evidencias.
Mucho más podría decirse al respecto, con el respaldo de la erudición conservadora. Basta un poco de buena voluntad para acceder a estas evidencias. Pero al mismo tiempo, "no hay peor ciego que aquel que no quiere ver". Por eso repiten los ciegos los argumentos ha tiempo refutados por los conservadores; argumentos apóstatas que aparecen repetitivamente de nuevo en la boca de la mala voluntad de los críticos modernistas liberales. Como si ignorando las evidencias y la arqueología pudiesen sepultar la luz. Pero basta una pequeña candela para desgarrar el tétrico coro de la oscuridad.
Todavía dentro del asunto del conflicto de paradigmas, en el área de la cosmogonía y principalmente de la bibliología, donde la apostasía escogióasentar sus reales, es necesario considerar algunos hechos, además de los ya relacionados con el evolucionismo, y con la revelación general encarada por la teología natural. La bibliología se encuentra precisamente en el centro del huracán del conflicto de paradigmas.
Tomando la antorcha de manos de D. J. Wiseman (Nuevos descubrimientos en Babilonia acerca de Génesis), R. K. Harrison (Introducción al Antiguo Testamento), y en parte también de A. H. Sayce (La Alta Crítica del Pentateuco y los Monumentos), principalmente, en las áreas de la arqueología bíblica y de la Alta Crítica, tenemos los hechos de los descubrimientos arqueológicos que nos ayudan a entender mucho mejor los asuntos relacionadoscon los llamados Toledot de Génesis y siguientes. La palabra hebrea Toledot, bien puede traducirse Relaciones, pues incluye relatos, historias, orígenes, generaciones, genealogías, ascendencias, descendencias, etc. Tales Toledot, de los que en Génesis fueron incorporados por Moisés alrededor de uma decena, conformarían tabletas arqueológicas típicas provenientes de la antigüedad patriarcal, actualizadas dentro de una redacción fluída por las ediciones mosaicas, josueicas y samuélicas principalmente.
Los principales Toledot de Génesis son los siguientes: (1) Libro de las Relaciones de los Cielos y la Tierra, según el veterano texto septuagíntico, (2) Libro de las Relaciones de Adam, (3) Relaciones de Noé, (4) Relaciones de los hijos de Noé, (5) Relaciones de Sem, (6) Relaciones de Taré, y luego del Ciclo de Abraham y anterior al Ciclo de José: (7) Relaciones de Ismael, (8) Relaciones de Isaac, (9) Relaciones de Esaú y (10) Relaciones de Jacob. Siendo los autores de las tabletas arqueológicas los mismos autores patriarcales mencionados, aunque con las ya susodichas actualizaciones editoriales inspiradas de Moisés, Josué y Samuel principalmente.
Muy diferentes a las consideraciones científicas arqueológicas han sido las innumerables conjeturas desde Astruc, Ilgen, Eichorn y las posteriores hipótesis documentarias Wellhausianas, donde el conflicto de paradigmas ha llegado a su cúspide. Con Julius Wellhausen y sus émulos principalmente en Alemania, se ha llegado a la mayor confusión y apostasía. No obstante, dentro de la misma Alemania surgió la reacción conservadora de Hengstemberg, principalmente en Sus Discertaciones acerca de la genuinidad del Pentateuco, seguido por Haevernick, Keil, Wilhem Möeller y Dreschler. Pero la antorcha de la corriente corrosiva modernista liberal alemana fue llevada a los países anglófonos por el Obispo Colenso, al que entonces hubo de hacerle frente William Henry Green, en su obra El Pentateuco vindicado de las dispersiones del obispo Colenso, como también a otros seguidores anglófonos. La obra de William Henry Green ha sido sobresaliente al respecto, destacándose dentro del género varias obras suyas tales como: Moisés y los Profetas, Las Fiestas hebreas, Introducción al Antiguo Testamento (El Canon y el Texto), y principalmente sus últimas obras La Alta Crítica del Pentateuco y La unidad del libro del Génesis.
Para aquella época ya había surgido en Princeton la reacción al liberalismo teológico. Al principio Princeton se había caracterizado por la bandera de la ortodoxia conservadora, como en los tiempos de Hodge, Alexander y Barfield; pero cuando la facción modernista liberal del presbiterianismo exigió representación en Princeton, entonces el cristianismo bíblico reaccionó mostrando las grandes diferencias entre la religión revelada y el humanismo liberal. Gresham Machen hizo historia con su libro Cristianismo VS liberalismo y con sus gestiones, de manera que la corriente conservadora de Princeton derivó casi en su mayoría en la nueva línea de Westminster. El Libro de N. Stonehouse acerca de Gresham Machen da buena cuenta histórica de estos acontecimientos.
Fue entonces que, ya una vez muerto William Henry Green, le sucedió en su cátedra el famoso erudito conservador y gran filólogo Robert Dick Wilson. Son muy recomendadas entre sus obras: Escolar el Alto Criticismo?, Uma Investigación Científica del Antiguo Testamento, y la excelente obra Estudios en Daniel. Robert Dick Wilsoncontinuó, pues, y actualizó la obra de William Henry Green. A su vez, Edward Young (Introducción al Antiguo Testamento) continuó y actualizó la obra de Robert Dick Wilson. Igualmente, Gleason Archer (Reseña histórica de uma Introducción al Antiguo Testamento) continuó y actualizó la obra de Edward Young. Esta ha sido, pues, la ruta de relevos en este avance de la antorcha conservadora que defiende el paradigma de la Simiente de la mujer, frente a los conjeturales movimientos incrédulos del paradigma de la serpiente apóstata, en este importantísimo campo de la bibliología.
La escuela de Wellhausen y sus émulos ha sido también además abatida por numerosos trabajos de muchos otros eruditos conservadores. Destacamos aqui los vários trabajos de Harold Wiener, septuaginista y principalmente desde la baja crítica, Aalders (Uma corta introducción al AntiguoTestamento, aunque breve, muy concisa y útil), O. T. Allis (Los 5 libros de Moisés). El trabajo de Josh McDowell frente a los críticos contra el Nuevo Testamento es valioso; como también el trabajo de Herman Ridderbbos contra Bultman.
Jesús dijo: "He aqui yo les envio sábios y escribas; y de ellos a unos mataréis y a otros perseguiréis de ciudad en ciudad". Quiera Dios que el trabajo importantísimo de estos santos sea aprovechado antes de que muerda la serpiente.
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Gino Iafrancesco V., 30-03-2009, Monte Mor SP Brasil.
Con otro de los centenarios de Charles Darwin, comienzan a aparecer cantidad de nuevos panegíricos, llenos de entusiasta fe evolucionista; pero como generalmente lo hacen, siguen también vacíos de verdaderas respuestas científicas. La insistente fe evolucionista y su forzado entusiasmo a manivela, solo presenta frases altisonantes pretendiendo dar por sentado lo indemostrado, y peor aún, lo refutado; al mismo tiempo que procuran ignorar u ocultar el verdadero involucionismo de la historia real del darwinismo. Es la nota común de la intolerancia pro-darwinista, pontificar y al mismo tiempo denigrar, al mejor ejemplo de la superstición barata, como si el disfraz de "científico" fuera lo mismo que serlo. La carencia de argumentación seria es lo más notorio en estos panegíricos. Se ataca con intolerancia, mas no con ciencia, al creacionismo, pero no se responden sus argumentos. Richard Dawkins, el más caracterizado y actual pontífice militante del evolucionismo ateo, ni siquiera quiere conversar con quien cree en Dios; simplemente le da la espalda. Esa es toda su argumentación. En vez de panegíricos y displicencias, desearíamos ver cómo se responde científicamente a la seriedad de los argumentos que desde su inicio se han levantado contra el evolucionismo. Ya estamos cansados de meras asunciones y pataletas.
El propio Charles Darwin, cuyo evolucionismo juvenil se basaba más que todo en la llamada "selección natural", destacó él mismo el punto flaco de su propia hipótesis. Se atuvo a la paleontología, pero esta no resultó ser su amiga. Mucho menos la genética. Precisamente en ese campo comenzó la historia de la involución del darwinismo. Mendel y las leyes de la genética fueron de los primeros que forzaron el comienzo del continuado revisionismo involutivo del darwinismo. El revisionismo Lamarckiano pretendió entonces que los caracteres adquiridos gracias a la influencia del medio ambiente serían heredados; pero fueron muchos los ratoncillos de laboratorio que dejaron sin cola al nacer, por generaciones, pero los genes seguían produciendo colas. La derrota del Lamarckianismo derivó entonces en la llamada hipótesis de la "ortogénesis", a la que no tardó mucho en intentar refutar Hugo De Vries con la nueva hipótesis de las mutaciones a gran escala, los monstruos viables. ¡Cuan grande fe! Y ¡Cuan variable! Jean Piaget, en su obra "Epistemología del pensamiento biológico", al contrastar y analizar las diversas hipótesis evolucionistas, cerca de 40 diferentes, concluye que el biólogo no toma sus datos de la realidad, sino que proyecta sobre ésta sus propias presuposiciones.
Las respuestas a Dawkins, y todavía mucho más, las preguntas de autores como Phillip Johnson, han sido sumamente serias. Requieren mucho más que las espaldas y el sarcasmo intolerante. Los asertos de Phillip Johnson no han sido respondidos con altura, que yo sepa, por ninguno de los panegiristas modernos del darwinismo. Repásense, por favor, lentamente los argumentos de Phillip Johnson, en obras suyas tales como: "Darwin a la prueba", "Ciencia, intolerancia y fe", "Las preguntas ciertas", etc., para constatar y ver si en los panegíricos de centuria se vislumbra alguna respuesta científica. Lo mismo acontece con las obras de los defensores del diseño inteligente, tales como Charles B. Thaxton (El Misterio del orígen de la vida), William Dembski (Diseño inteligente), Michael Behe (La caja negra de Darwin), que son vilipendiados de "creacionistas", pero no refutados ni respondidos con argumentos científicos. En estos días, mientras la obra del ferviente pontífice Dawkins: "El Delirio de Dios", se convierte en best seller, sus propios compañeros de profesorado en Oxford, los doctores Alister & Johanna McGrath escribieron una acuciosa respuesta titulada: "El Delirio de Dawkins", cuya lectura recomendamos. Como buen atalaya de las publicaciones al respecto de los desarrollos actuales, sobresale desde España la obra del biólogo Dr. Antonio Cruz: "Darwin no mató a Dios", como pretende el deseo de los panegiristas. Igualmente de valor son sus numerosos artículos permanentemente publicados en internet.
Después de la demoledora realidad demostrada por Rudolf Clausius dentro del campo de la ciencia termodinámica, en especial la segunda ley, la de la entropía, y cómo ésta afecta terriblemente las ínfulas de la hipótesis evolucionista, se le otorgó apresuradamente el premio Nobel a Illia Prigogine, por especular, aunque por varios años alejado del laboratorio, sobre cómo la llamada "negato-entropía" hubiera podido vencer a la entropía. Lo que no hicieron igualmente notorio los premiantes fue la refutación de las especulaciones de Prigogine realizada por los Ph.D. Dres. Henry Morris y Duane T. Gish. No he visto ninguna refutación científica del trabajo de estos últimos; acerca de lo cual puede leerse en: "La Termodinámica y el orígen de la vida" I y II respectivamente.
El conflicto de paradigmas da cuenta, pues, de los alinderamientos actuales en la batalla entre creacionismo y evolucionismo. El paradigma de La Simiente de la Mujer es creacionista; el paradigma de la serpiente y su simiente es evolucionista; si bien, dentro de la referida involución histórica del darwinismo, se ha dado lugar también para un intento de "reconciliciación" en el llamado "evolucionismo teísta", como el actual del director del proyecto Genoma Humano, Dr. Francis S. Collins, en su libro: "El Lenguaje de Dios", donde reconoce a Dios, y la deuda del científico con los escritos de C. S. Lewis. Pero Yahveh Elohim dijo claramente que pondría enemistad, y no reconciliación, entre los dos paradigmas primigenios y sustentatrices. No olvidemos lo ya sabido acerca de Charles Darwin mismo en su ancianidad; como llamó a su casa a Lady Northfield para pedirle que dirigiera estudios bíblicos en su propia morada. Ella lo encontró absorto en la que él mismo llamó "majestuosa" Epístola a los Hebreos; y cuando ella le reportó lo que se hacía con su hipótesis, el anciano Darwin se lamentó muy preocupado por el hecho de que los hombres hubieran tomado como religión "los inmaduros pensamientos de su juventud"; en sus propias palabras.
Acerca del Testimonio Conjunto del Espíritu, la Escritura, la Iglesia y la Tradición, escrito en Ciudad Presidente Stroessner, Paraguay, en octubre de 1981, hace parte del libro "Asuntos Eclesiológicos" de Gino Iafrancesco V.
Presentamos al HIJO DE DIOS, el Señor Jesucristo, IMAGEN MISMA DE LA SUBSTANCIA[1] Y REVELADOR DE LA GLORIA DE DIOS que se hizo carne en nuestra historia, Único fundamento de la Iglesia, resucitado, ascendido y esperado, en Gloria y corporalmente.
De Él dan testimonio: El Espíritu Santo, las Sagradas Escrituras y el Cuerpo de Cristo, que es Su Iglesia.Estos tres testigos concuerdan: El Espíritu respalda a las Escrituras y a la Iglesia; inspira a ambas.La Iglesia conserva y obedece a las Escrituras, y tiene y obedece al Espíritu.Las Escrituras manifiestan lo que es del Espíritu y enseñan a la Iglesia.El Espíritu no contradice a las Escrituras que Él mismo inspiró.La Iglesia, que es guiada por el Espíritu y obedece a Él, está de acuerdo a las Sagradas Escrituras.
No Iglesia no debe torcer las Escrituras.El Espíritu hace que reconozca a las Escrituras. Las Escrituras confirman la guianza del Espíritu y ponen de manifiesto la falsedad de otros espíritus y los desvíos de la Iglesia.
La Iglesia no canoniza el Canon; éste es canónico en sí. El Espíritu que inspiró las Escrituras es el que hace a la Iglesia reconocerlo y conservarlo. La Iglesia no tiene autoridad sobre las Escrituras para cambiarlas o hacerlas decir diferente de lo que por sí mismas dicen; es el Espíritu Santo el que tiene Autoridad sobre la Iglesia e impone a Ella las Sagradas Escrituras, enseñándole con ellas, para que ella enseñe al mundo.
La Iglesia es la Compañía de todos los regenerados en Cristo, hijos de Dios, que habiéndose antes reconocido pecadores en el mundo, se han arrepentido y han recibido a Cristo como Hijo de Dios, Salvador y Señor, identificándose con Su Muerte y Vida para perdón de los pecados y regeneración para vida eterna, y en su Gloria, mediante el Espíritu Santo.
Loa redimidos nacen de la Palabra de Dios por el testimonio del Espíritu Santo y/o las Escrituras y/o la Iglesia.El testimonio indispensable es el del Espíritu Santo, que convence al mundo de pecado, justicia y juicio, y que puede trabajar solo (Omnipotente y Soberano), junto con las Escrituras, o junto con la Iglesia, o junto con las dos, como quiso condescender a hacerlo habitualmente.
Solamente quien participa de la Vida de Cristo por Su Espíritu, es miembro de Cristo y de Su Cuerpo.
Es el Espíritu quien bautiza o sumerge en el Cuerpo; y es Cristo quien nos hace UNO e Iglesia.No pertenece a la Iglesia o Cuerpo de Cristo ningún no regenerado, ni aunque aparezca nominalmente como un jerarca religioso. Es identificación con Cristo y no con una organización lo que regenera. Y sólo los regenerados mediante el NUEVO nacimiento, del Espíritu, por fe consciente, son miembros de la Iglesia.Toda la compañía de los renacidos en Cristo son la Iglesia.Esta es la Iglesia de Cristo que cuenta con la guianza del Espíritu, el cual inspiró las Escrituras y el cual las impone a la Iglesia.Ésta es una, el Cuerpo de Cristo, que abarca a todos los redimidos por Su Sangre, de todo tiempo y lugar, la Esposa del Cordero, regenerados por medio del Espíritu Santo, los cuales, como Cuerpo de Cristo, forman "las iglesias", una en cada localidad formada por todos los recibidos por Cristo en ese lugar; una iglesia por ciudad, que acoge a todos los renacidos en Cristo.
Los sistemas de organización, sean católicos o protestantes, no determinan los límites de la Iglesia; la regeneración por la Vida de Cristo sí determina tales límites.Tampoco es cristiano el que en vez de entrar por la PUERTA, que es Cristo, pretende hacerse supuestamente cristiano adhiriéndose tan sólo exteriormente, como por la ventana, sin regeneración interior, a tal o cual sistema organizado.Fe en la Palabra de Dios es requisito para la regeneración."Los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios[2]."
Cristo es la CABEZA que directamente dirige por Su Espíritu a la Iglesia, a cada miembro en particular y a todos en conjunto como el COORDINADOR.Si la Iglesia le obedece al Espíritu que enseña con la Escritura, es guiada a toda verdad, y hasta donde ella haya sido fiel a Cristo puede testificar de Él al mundo.El Espíritu testifica de Cristo; las Escrituras testifican de Cristo; la Iglesia, con el Espíritu y las Escrituras, testifica de Cristo el mismo testimonio hasta la medida en que ella misma lo haya aprehendido.La autoridad de la Iglesia descansa, pues, en la medida en que ella misma esté bajo la autoridad del Espíritu que le enseña con las Escrituras y las establece; asimismo la autoridad de la tradición descansa en la medida en que tal tradición sea fiel al Espíritu que enseña con las Escrituras y las establece.Cuando la Iglesia pervierte su tradición agregando y/o quitando y/o deformando, siendo infiel al Espíritu y a las Escrituras, cercena la autoridad de su testimonio. La Iglesia no tiene ninguna autoridad inherente en sí misma que sea independiente del Espíritu y de las Escrituras.
Cristo no nos dejó huérfanos; envió a Su Espíritu para dirigir a Su Iglesia, el cual inspiró las Escrituras y las impuso a la Iglesia para dirigir el curso correcto de su tradición, y para corregir sus perversiones. Las Escrituras fueron dadas por el Espíritu a la Iglesia para establecer sus tradiciones legítimas y para corregir sus desvíos.La Iglesia reconoce a las Escrituras y las conserva, dirigida a esto por el testimonio directo del Espíritu.
Las tradiciones que habiendo pervertido su curso o incorporado elementos extraños, entran en pugna con la autoridad del Espíritu y de las Escrituras inspiradas para establecer y corregir con ellas tales perversiones en la tradición, caen bajo el anatema del Espíritu, que habla también desde las Escrituras vivificándolas hoy a y en la Iglesia.
El Espíritu Santo no puede cambiar, es el Mismo e Inmutable; el Evangelio tampoco puede cambiar; es eterno y su verdad es inmutable.Las Escrituras deben decir lo mismo desde que fueron inspiradas por el Espíritu para establecer y corregir la Doctrina; pero en cambio la Iglesia, cada miembro en particular, puede ser fiel o infiel, perseverar o no, cambiar o no, y un candelero local puede ser o no ser removido.La historia registra errores de cristianos, de obispos y de papas, de reformadores; errores morales y doctrinales, contradicciones interpapales, pugnas interconciliares, etcétera.Sin embargo la Iglesia, no tal o cual organización o jerarquía, sino los regenerados, nunca ha quedado huérfana del Espíritu; además, ha conservado las Escrituras hasta hoy, pero ella misma ha sido muchas veces infiel, descuidada y desobediente; algunos han manchado sus ropas; pero siempre, en toda época hubo también algunos vencedores que aunaron su vida y voz eclesiásticas, es decir, de redimidos, al testimonio inmutable del Espíritu y las Escrituras. Hubo también muchos nominales no regenerados que incluso ocuparon cargos de relevancia en las jerarquías que llegaron a formarse progresivamente y con injusticias; no podemos decir de ellos que son la Iglesia, pues no fueron renacidos.
Una cosa es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, Compañía de todos los redimidos por la sangre de Cristo y regenerados por el Espíritu, y otra cosa es una institución jerárquica y meramente terrenal, muchas veces ajena al movimiento del Espíritu Santo y desobediente a las Sagradas Escrituras; jerarquía que en muchos casos no era ministerio espiritual sino política hegemónica e indigna espiritualmente.
Los límites del Cuerpo los establece la participación con la Vida de Cristo, no la conformidad a las pretensiones de una organización antibíblica, ni mucho menos a las de un usurpador.Acerca de esta Iglesia de redimidos fundada sobre la Roca de la Revelación y Confesión del Cristo, Hijo del Dios Viviente, Jesús, se dice que será edificada y que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
De éstos muestra la historia evangélica una sucesión ininterrumpida hasta nuestros días.Una sucesión que es comunicación de Vida y de Verdad, no de cargos y títulos altisonantes e ilegítimos, algunas veces conseguidos por dinero o por la fuerza o por engaño, etcétera. ¿Descansa acaso la autoridad de la Iglesia en una lista trunca, enredada y manchada con escándalos, de papas a veces en desacuerdo entre sí? ¿Es autoridad sentarse en un trono fabricado con falsificaciones, hegemonías fraudulentas y énfasis desentonados? ¡No, por cierto!No es autoridad espiritual ni moral.La esencia de la autoridad espiritual radica en la evidencia de la Vida reproducida de Cristo y en Espíritu y Verdad, en la comisión directa y personal de Dios, y en la Revelación; ésto nunca contradice las Escrituras ni sobrepasa su Espíritu.
Cristo, como Cabeza de la Iglesia, está con nosotros todos los días, y Él mismo constituye por Su Espíritu, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Él Mismo los llama, los comisiona y envía directamente.Él Mismo confirma a los que unge, en el corazón de los discípulos que forman "las iglesias de los santos", y obliga a reconocer la gracia concedida directamente. Es recién entonces cuando el presbiterio de la iglesia local aparta a los que Él ya ha llamado; la evidencia de la verdad hace que se extiendan manos de compañerismo.
Cristo mismo coordina, y esa coordinación nacida en el Espíritu de Cristo, dirige a la Iglesia a una administración santa cuyos principios fueron revelados en las Escrituras; el Espíritu Santo escoge a los obispos o ancianos de la iglesia de la ciudad, hombres de madurez espiritual, los cuales entonces son constituídos o designados oficialmente con imposición de manos de parte de los obreros apostólicos regionales comisionados directamente también por Cristo, mediante el Espíritu, de entre los presbiterios, y reconocida su autoridad espiritual y moral en la conciencia de las iglesias, las cuales reciben testimonio del Espíritu, expreso principalmente entre sus presbiterios, más maduros para discernir.La Iglesia prueba asimismo a los que se dicen ser apóstoles y no lo son; los prueba por el Espíritu, la Palabra y la Vida; no sólo por cartas de recomendación o certificados vacíos de contenido espiritual, que sin el respaldo de la evidencia vital, no dicen casi nada.
No podemos avasallar a la Iglesia; no podemos prescindir del aporte de ningún regenerado en Cristo, pues al ser recibido por el Señor, es miembro de Su Cuerpo, que es UNO y que se expresa en el tiempo y en la tierra en "iglesias" locales, es decir, sólo una por cada ciudad, a la comunión dentro de la cual, en Espíritu y administración, somos guiados solícitamente por el Espíritu para que el mundo crea: contra lo cual ciertamente ha pecado también el protestantismo, discriminando entre los hijos de Dios con criterios carnales, pues al hacer girar sus facciones alrededor de centros de compañerismo artificiales y denominacionales, no ha discernido el Cuerpo, estorbando su administración local escrituraria, pues, ya que el Cuerpo es UNO, así, conforme a las Escrituras, sólo puede ser una la iglesia de la ciudad y una su administración; la iglesia, que se reúne en las muchas casas, es única en la ciudad. En Jerusalén eran varias las reuniones en diversas casas, pero era una la iglesia de Jerusalén; la iglesia en casa de Ninfas era la iglesia de los laodicenses; en Laodicea era uno el candelero; lo mismo en Éfeso, cuya iglesia podía reunirse en casa de Aquila y Priscila.
La Jurisdicción de los obispos o ancianos es la ciudad y en compañerismo coordinado de presbíteros. Hacia tal integración corporativa apunta el Espíritu Santo, sin dejar de denunciar las herejías y sin dejar de corregir las irregularidades, separando del mundo y liberando de Babilonia.
La Jurisdicción de las compañías de obreros apostólicos es la Región de su Obra, asignada a ellos directamente por el Espíritu.Entre compañías de obreros debe haber compañerismo; que si bien atiende cada una su redil asignado, según su actividad y operación propias, no por eso levanta murallas ilegítimas que impidan la edificación mutua.La diestra de compañerismo entre compañías de obreros significa plena comunión; trabajan para Cristo conjuntamente y no para sí mismas, separadamente; sus convertidos son para el Cuerpo, la iglesia de la ciudad, no para ser encasillados en sucursales competitivas.
Cristo es quien directamente por Su Espíritu coordina en Su Cuerpo a los miembros entre sí, en la iglesia de la ciudad o localidad; y Él Mismo también directamente coordina a los obispos o ancianos en el presbiterio de la iglesia de la ciudad; e igualmente, Él Mismo directamente coordina a los obreros apostólicos de la Región de sus respectivas Obras; también Él coordina la comunión de las iglesias entre sí. Su Vicario coordinador que congrega en unidad universal, real y espiritual, es por supuesto únicamente el Espíritu Santo; nadie más que Él lleva sobre sí la responsabilidad del trabajo total.
Cada miembro es responsable a Cristo; cada iglesia local o candelero también; igualmente cada compañía de obreros apostólicos en su obra regional.La comunión universal sigue la guianza exclusiva del Espíritu según la sazón de Dios.
La Vida de Cristo por el Espíritu, se contiene a plenitud en este odre, y es comunicada ESPIRITUALMENTE por el testimonio íntegro y armónico del Cuerpo todo, conforme a las Sagradas Escrituras.El Diálogo de la reconciliación se acrecienta en el vínculo de la paz que es Cristo, el cual se hace conocido al Cuerpo más y más en la comunión y edificación espiritual mutua hasta que el mundo pueda ver y creer; entonces las naciones habiendo recibido el testimonio de Dios en Cristo, y por Su Cuerpo en la demostración del Espíritu, se alistan para comparecer en juicio.
Dios ha venido, pues, al mundo y se ha dado a conocer en carne de humanidad en Su Hijo Jesucristo, vencedor sobre el pecado, la carne, el mundo, Satanás y la muerte; ha llevado sobre Sí Mismo en Su muerte el castigo por nuestros pecados, derramando Su Sangre para darnos perdón y Vida. Resucitó corporalmente al tercer día, y habiendo ascendido al cielo ante testigos, en el tiempo y la historia, en la carne y desde la tierra, ha sido glorificado y hecho Señor sobre el universo todo, visible e invisible. Intercede por nosotros para salvarnos por gracia mediante la fe que viene de oír Su Palabra.Ha prometido volver pronto, y ya está cerca.Derramó Su Espíritu Santo, el Cual promete a todo aquel que crea en Él.De esto, más, y de Él damos testimonio.Su Espíritu nos guía a toda verdad, nos introduce al Reino.El Espíritu, las Escrituras, la Iglesia y la tradición os damos testimonio.
Hemos examinado la
respuesta que el jesuita Dn. Antonio Colom dio por escrito al artículo
de autoría personal “ACERCA
DEL TESTIMONIO CONJUNTO DEL ESPÍRITU, LA ESCRITURA, LA
IGLESIA Y LA TRADICIÓN”.Esta es, pues, nuestra primera respuesta en
diálogo a la primera respuesta suya, de la cual
tenemos a mano una copia a máquina en cinco páginas,
con insertos manuscritos; también una nota dirigida a
nuestro común amigo Pedro, a la cual se adhiere una
respuesta reelaborada en dos páginas.Por lo dicho a Pedro en la nota: “habiéndote
señalado algunos (errores) en las hojas que te
entregué escritas rápidamente
al leer el escrito”, entiéndese
que la respuesta larga en cinco páginas (que
lastimosamente recibimos incompletas) es la respuesta inicial.
I - Comienza el jesuita Colom citando con un
pequeño error el párrafo
inicial.Cita él: “revelación de la gloria de Dios”,
mas decía: “revelador de la gloria de Dios”
con lo cual se reconoce de por Sí al Hijo de Dios como
copartícipe de la Sustancia (en el sentido de
esencia) Divina, que es lo que creemos.
Después
de citar el párrafo inicial del artículo
criticado, responde él: “El
Verbo, que se hizo carne, no es Imagen de la sustancia de Dios...”
En la nota dice Dn.
Antonio Colom:
“Dicen que el Hijo de Dios es Imagen de la
sustancia de Dios...esto no lo dice la Biblia...”
Más
adelante argumenta él:
“Si el Hijo de Dios es imagen de la sustancia
de Dios, tiene otra sustancia, y esta sustancia es Dios o no es Dios.Si es Dios tenemos dos dioses...”
En la respuesta
elaborada, objeta: “1º
La Biblia, ¿dónde dice que el Hijo de
Dios sea la imagen de la sustancia de Dios?”
Esta es, pues,nuestra respuesta:
La Biblia (versión
Reina-Valera, 1960) dice así en Hebreos 1:1-3:
“Dios, habiendo hablado varias veces y de muchas maneras
en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien
constituyó heredero de todo y por quien asimismo
hizo el universo;el cual, siendo el
resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien
sustenta todas las cosas con la palabra de su poder... se sentó a la diestra de la majestad en las alturas...” (énfasis del autor).
Así,
pues, que el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, es
presentado por la Biblia como el resplandor de la gloria de Dios y la imagen
misma de Su sustancia (en el sentido de hipóstasis); en griego dice: “χαρακτήρτ_ς_πoστασωςα_τo_”
(carácter de la hipóstasis
suya).
Carácter
(χαρακτ_ρ) significa imagen;
Hipóstasis
(υπoστασως) se traduce como sustancia también
en el sentido de subsistencia; tradúcese algunas veces “ser”
y en ocasiones “persona”;
Suya (α_τo_) significa en este caso de El, es
decir, de Dios, de quien habla ser el Hijo, el Resplandor de Su gloria y la
imagen misma de su sustancia (es decir, de la hipóstasis
suya).
Era este pasaje bíblico,
y según la versión
Reina-Valera 1960 arriba citado, el que teníamos
en mente al iniciar nuestro artículo, con el
entendimiento que aquí consta.Claro está que
nosotros con Dn. Antonio Colom,entendemos que las citas bíblicas de 2 Corintios
4:4 y Colosenses 1:15, cuando dicen Dios, se refieren al Padre; también
con él felizmente concordamos en afirmar que la sustancia
(en el sentido de esencia) del Padre, es la misma del Hijo y es una sola
el mismo Dios.Pero si a Dn. Antonio
Colom le parece que al decirse imagen misma de la sustancia (en el
sentido de hipóstasis) como decíamos
basados en Hebreos 1:3, hace al Hijo una sustancia diferente (en el
sentido de esencia), u otro dios, eso no nos parece satisfactorio en
vista de la cita aducida y nuestro entendimiento de ese pasaje.Entendemos que en la esenciaúnica
divina, el Padre contiene en Su seno al Hijo, que es Su misma imagen, de manera
que la imagen misma participa de la misma esencia, siendo en ella el
resplandor.Este resplandor es de la
gloria de Dios, obviamente del Padre que se revela por el Hijo.Así que cuando aludiendo a
Hebreos 1:3, decíamos del Hijo de Dios ser la imagen misma de
la sustancia (en el sentido de hipóstasis
o subsistencia)
y revelador de la gloria de Dios, entendíamos
obviamente ser el Padre Dios, y el Hijo, imagen Suya, aunque distinto en
persona, sin embargo el mismo Dios, quien en la esencia divina es la
imagen por la cual Dios se revela a Sí
mismo.Tal imagen de Dios (2 Corintios
4:4;Colosenses 1:15) es el Hijo, partícipe
de la misma esencia con el Padre.ESTO ES LO QUE REALMENTE CREEMOS, y por lo tanto nos resulta difícil
rehusar leer en la Biblia, y repetirlo, que Dios habló por
el Hijo...el cual es el resplandor de Su gloria y la imagen misma de Su
sustancia (carácter de la hipóstasis suya) (Hebreos 1:3).Sustancia, en este pasaje es traducción
de hipóstasis en el sentido de subsistencia.La intención
del artículo criticado no era explayarse en
definiciones teológicas de ese tipo, puesto que el tema era
otro.Claramente decíase
en la página 6 que “Dios
vino al mundo y se dio a conocer en carne de humanidad por medio de Su Hijo
Jesucristo”.Entendemos por Su Hijo al Verbo de Dios que estaba con Dios y era Dios,
hecho carne, semejante a los hombres, así que
es muy apresurado que se nos inculpe falsamente de negar la divinidad del
Hijo.Para una mejor comprensión
de nuestro verdadero sentir y pensamiento acerca del importante tema, tenemos
otro artículo acerca del Verbo de Dios[3].
Parece que el problema
del jesuita Dn. Antonio Colom acerca de nuestro uso de la palabra sustancia
como traducción legítima
del griego hipóstasis en el sentido de subsistencia se debe
a su enfoque no directo sobre las sencillas Escrituras, sino a través
de las especulaciones, no necesariamente erróneas,
de los siglos posteriores.En el tiempo
cuando escribióse la carta a los Hebreos, la palabra hipóstasis significaba sustancia, y ese era el
significado normalmente usado por los filósofos,
como lo atestigua también Jerónimo
(376) en su carta a Dámaso.Véase también
el tomo a los antioqueños de Atanasio.La epístola
a los Hebreos se escribió antes del primer
concilio de Constantinopla en el año 381, en el cual
adoptose la expresión tres hipóstasis en el sentido de personas subsistentes.
La palabra hipóstasis fórmase de _π_ (traducido comúnmente:bajo de, con, de, debajo de, por, etc.) y de _στασω o _στηψι(traducidos comúnmente:
puesto, poner, establecer, permanecer, estar, pararse, presentarse, señalar,
afirmarse, imputar, ser, perseverar, consistir, etc.)
La raíz
_πό perfectamente puede
traducirse sub; e ίσταvω,
sistencia; de donde hipóstasis tradúcese
legítimamente como sub-sistencia, lo cual
en forma abreviada sería simplemente substancia.
Según
Hebreos 1:3, el Hijo de Dios es el Χαρακτήρ (carácter: imagen misma) της (de la) _πoστάσως (hipóstasis:
substancia) α_τo_ (suya; es
decir, de Dios, según el contexto del
pasaje; obviamente del Padre).
Así
que Dios sub-yace en las características de Su imagen que es el Hijo, carácter
de Su hipóstasis. Tal subyacencia es en la esencia, pues
en la subsistencia distínguese tan sólo
el Hijo como la imagen que es la exacta representación
(del Padre) en el sentido de expresión o Verbo Unigénito.Así que la esencia del
Padre subsiste en el Hijo a quien el Padre reconoce ser Su propia imagen por la
cual se da a conocer, de manera que el Hijo es verdaderamente, como está
escrito, el carácter de Su hipóstasis, es decir, la imagen misma de Su substancia
(en el sentido de subsistencia), conforme a la traducción
bíblica arriba citada, la cual teníamos
en mente al iniciar aquel artículo criticado.
Dn. Antonio Colom dice:
“El Verbo que se hizo carne no es la imagen de
la subsistencia de Dios...”
La Biblia (versión
Reina-Valera 1960) dice en Hebreos 1:3 que:
“...el Hijo...es el resplandor de su gloria y
la imagen misma de su substancia”.(Entiéndese
pues en este caso y en nuestro artículo, substancia
como traducción de hipóstasis).
El jesuita Colom dice
también que: “si
el Hijo de Dios es la imagen de la sustancia de Dios tiene otra sustancia...”
(Entendemos que traduce esencia \ousia]).Pero nosotros al leer el citado pasaje bíblico
permanecemos en el entendimiento de que la misma esencia de Dios que subsiste
en el Padre subyace también en Su imagen que es
el Hijo, por medio del cual se revela, siendo el Padre y el Hijo, con el Espíritu
Santo, el único Dios.
II.Dn.
Antonio Colom en su crítica de nuestra
declaración de Jesucristo como único
fundamento de la Iglesia, afirma: “Jesucristo no es el único
fundamento de la Iglesia.Es la piedra
angular, pero apoyándose en Cristo hay otros fundamentos”.
Reconoce, pues, también
implícitamente con nosotros, el jesuita Colom, que
los otros fundamentos se apoyan también en
El (Cristo), y estos “otros fundamentos”,
decimos, son aún la Iglesia.Nosotros entendemos también sin ningún
problema que estamos edificados sobre el fundamento de los apóstoles
y profetas siendo la principal piedra, la del ángulo,
Jesucristo (Efesios 2:20); igualmente creemos que la Nueva Jerusalén
descansa sobre doce cimientos con los nombres de los doce apóstoles
del Cordero (Apocalipsis 21:14), pero al declarar a Jesucristo como el único
fundamento de la Iglesia, lo hacemos en el sentido de que incluso aquellos apóstoles
y profetas son también la Iglesia;los mismos doce apóstoles
son la Iglesia, parte de ella, y Pedro mismo es parte de la Iglesia y él
descansa, los apóstoles descansan, y nosotros descansamos,
ayudándonos y compaginándonos
unos y otros, sobre ese único fundamento que es
Jesucristo.No separamos a los apóstoles
de la Iglesia, ni tampoco separamos a Pedro de la Iglesia.Todos los santos en Cristo Jesús,
incluídos los apóstoles
y entre éstos Pedro, somos la Iglesia que descansa únicamente
en Jesucristo.Eso no significa que en
la estructura de la Iglesia no nos ayudemos unos a otros, por medio de Cristo,
sobrellevando incluso en Cristo las cargas unos de otros, y sirviéndonos
mutuamente unos a otros según el ministerio de cada
cual incluido el de Simón Pedro Bar-Jonás.Mas toda la Iglesia, con Pedro en ella,
descansa sobre Jesucristo; y en ese sentido Jesucristo es el único
fundamento de la Iglesia (con Pedro y los demás apóstoles
formando parte de ella); solamente Jesucristo es el Hijo de Dios que murió
por nuestros pecados y sólo en base a su
sacrificio somos salvos;solamente en
virtud de Su resurrección somos regenerados y sólo
participando del Padre en el Hijo, y del Hijo por el Espíritu
Santo, y del Espíritu Santo mismo, somos participantes de la
naturaleza divina.Es Cristo mismo
nuestra justificación, santificación,
redención y sabiduría (1
de Corintios 1:30), y aparte de El , dice el apóstol
Pedro , no hay otro nombre en que podamos ser salvos (Hechos 4:12).Si no participamos de El, no somos
salvos, por más amigos que pretendamos ser de los apóstoles.Y tan sólo
si participamos de El, viviendo por El, somos miembros de Su Cuerpo que
es la Iglesia Universal.Jesús
se presentó como el amigo de los pecadores, y hay muchos
pecadores que fingen ser amigos de Jesús y
Sus apóstoles, que sinembargo no le han recibido aún
a El, personalmente, como Señor y Salvador de sus
vidas, y que no están viviendo en la virtud
regeneradora de su resurrección que obra en nosotros,
convirtiéndonos por el Espíritu
Santo.Si mi salvación
no descansa directamente en la persona del Salvador y en el perdón
de Dios por méritos suficientes de la sangre preciosa de
Jesucristo, el Hijo de Dios, entonces de nada me sirve forzar contra mi
conciencia una aceptación, como infalibles, de
montones de documentos papales abiertamente contradictorios unos con otros en
varias ocasiones. ¡Qué horrenda herejía
hacer descansar la salvación de nuestras almas en
otra cosa que en la obra consumada de Cristo Jesús!
Qué
diferente es leer en las escrituras al apóstol
Pablo explicando el evangelio a la Iglesia, y creerle, que leer las tarifas
papales para el perdón de los pecados, de un
León X, papa aparentemente ateo, según
consta en su escrito al cardenal Bembo, llamando fábula
al evangelio y congratulándose del “negocio”,
como lo atestiguaba también el cardenal Pico de
la Mirandola.
Qué
sencillo es entenderle al apóstol Pedro cuando
explica en su primera carta: “Sabiendo que
fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de
vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la
sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero sin mancha ni contaminación...y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que
vuestra esperanza y fe sean en Dios”
(1 Pedro1:18,19,21), pero qué
extraño suena al respecto de cosa tan fundamental
la “interpretación”
papal, en la práctica, cuando, por ejemplo, Julio II, papa,
en sus bulas concede indulgencias a quien hallando a un francés,
lo mate, o a un veneciano;o cuando
conforme al aviso colocado en los templos en Madrid en 1830, los papas desde
1721 hasta 1827, por 43.000.000 de pesetas habían “libertado”
a poco más de un millón de
almas españolas del purgatorio o cuando Inocencio VIII
(1490) editó en sus principios la tasas papales para el
perdón de los pecados, las que años
más tarde León X
(1520), en tiempo de Lutero, hizo vender por toda Europa.Bajo los auspicios del papa Gregorio XIII se
publicaron en Venecia, París y Colonia, 25
ediciones del libro “Taxa cameræ seu cancelaire apostolicæ”, y a Pío VIle fue dedicado por Audofredo una obra donde
enumera las ediciones de este libro publicadas en Roma.Tal libro estipula el precio a pagarse al
papa por el perdón de cada pecado; incluso, el soldado católico
que no acertase a matar a un “hereje”,
debía abonar 36 liras para su absolución.A causa de la Reforma protestante el Concilio
de Trento tuvo que acceder a desaprobar (exteriormente) tal libro,
contradiciendo así a papas anteriores.
Así
que no tenemos la culpa de que nos resulte más fácil
entender las dos sencillas cartas de Pedro, que las sospechosas
interpretaciones papales, especialmente de los siglos medios.
Por lo demás,
en lo relacionado a los doce apóstoles del Cordero, éstos
son cimientos no en el mismo sentido en que lo es Cristo, sino que son los testigos
oculares de Su vida, pasión y resurrección,
fundamento que no puede aplicarse, como pretende Dn. Antonio Colom, a quienes
les sucedieron después, y mucho menos cuando
varios de los que pretendían sucederles se
apartaban del testimonio de ellos, contradiciendo incluso sus mismas
Escrituras, a pesar de haber sido ordenados en la línea
de ellos.Jesús
envió a Judas Iscariote; Pablo, hablando a los
obispos de Efeso en Mileto les dice que de entre ellos mismos se levantarían
hombres que hablarían cosas perversas para llevartras sí
a los discípulos; varios de los herejes condenados en
los concilios ecuménicos, fueron ordenados “legalmente”;la ordenación
humana no garantiza la exacta transmisión de
la verdad;ésto
sólo puede hacerlo la Providencia divina que
está con nosotros directamente todos los días
hasta el fin del mundo.Basta comparar
entre las obras patrísticas, las de sus
maestros con las de sus discípulos, para constatar
que en muchas ocasiones su teología difiere;esto por causa del libre examen con que también
ellos actuaron.Cada uno responderá
por sí mismo al Juez celestial.
CARTA ABIERTA AL JESUITA DON ANTONIO COLOM SEGUNDA PARTE
III.Dn. Antonio Colom dice:
"Jesucristo fundó su Iglesia sobre Pedro (y Pedro descansa en Cristo)..."Nosotros por nuestra parte damos gracias a Dios porque al igual que Pedro, también descansamos en Cristo.
Dice además el jesuita: "La Iglesia de Cristo es la sociedad cuyo jefe es el sucesor de Pedro".También el mismo comienza a esquematizar así:
"La Iglesia de Cristo: Primero, Pedro (...)".
En la segunda página de la respuesta reelaborada dice: "ysobre Pedro (piedra) tenía que fundar Cristo Su Iglesia para que pudiese resistir todas las tempestades conforme a Mateo 7,24 y 25.Sobre los apóstoles, teniendo Pedro la suma autoridad, se fue fundando la Iglesia..."
Más adelante dice: "Y esta sociedad jerárquica, fundada sobre Pedro y los demás apóstoles, y ahora sus sucesores (tenemos la lista de los papas desde Pedro a Juan Pablo II), tiene que durar hasta el fin de los siglos..."
Comienza nuestra respuesta expresando en primer lugar el punto hasta el cual podemos reconocer por las Escrituras, e incluso, la tradición patrística de los primeros seis siglos de la era cristiana, el privilegio concedido exclusivamente a Simón Pedro hijo de Jonás; pero más allá de ese punto no nos permite la conciencia, por la Escritura y la evidencia de la tradición de los primeros siglos cristianos, no nos permite, decíamos, admitir un énfasis desproporcionado y pretencioso, como el que caracteriza a la institución romano-papista.
Así que en carácter de miembro de Cristo, parte de Su Iglesia universal, y con el acuerdo del mayor porcentaje de las opiniones patrísticas (daremos datos más adelante), y con el contexto general de las Sagradas Escrituras, enfocamos pues inicialmente la exégesis del pasaje de Mateo 16:13-18 en relación a todo el Nuevo Testamento.
El Señor Jesús le preguntó a los suyos sobre lo que ellos decían acerca de quién era El.El contexto ya nos indica que la conversacióngiraba inducida por el Señor acerca de quién era El; entonces Simón Bar-Jonás respondió: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente", a lo cual el Señor Jesús ledijo:"Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás(nombre y apellido circunscribiéndose exclusivamente a la persona de Simón),porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca (no sobre ti) edificaré mi iglesia;y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos"(Mateo 16:17-19).
Simón Pedro Bar-Jonás es declarado bienaventurado porque el Padre le reveló de manera que pudo confesarlo que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente; por causa de esta confesión, el Señor le dice a Pedro: y yo también te digo que tú eres Pedro (es decir, piedra).La palabra también en esta frase, liga la confesión de Pedro con la de Jesús.Puesto que Simón Bar-Jonás confesó a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente, entonces también Jesús le confesóa Simón como Pedro, piedra.Ahora bien, el mismo apóstol Pedro declara que también nosotros, todo el pueblo del Señor, somos piedras vivas para ser edificados como casa espiritual y sacerdocio santo (1 Pedro 2:4-5)¿Qué es lo que nos hace piedras vivas? ¿Qué significa ser conciudadano de los santos e hijos de Dios, miembros de Su familia y de Su casa?El hecho de creer con el corazón y confesar con la boca que Jesús es el Señor, el Cristo, el Hijo de Dios resucitado de los muertos[4], lo cual demostramos en el bautismo voluntario y viviendo en la virtud de Su gracia.
Simón Bar-Jonás fue convertido en piedra cuando gracias a la revelación de Dios (y no meramente repitiendo a carne y a sangre) confesó a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente.Al igual que Pedro, nosotros también llegamos a ser piedras vivas para ser edificados juntamente cuando de la misma manera confesamos a Jesucristo (por revelación directa del Padre por el Espíritu Santo), identificándonos en público, voluntaria y personalmente, con El, para lo cual nos sometemos concientemente, cada uno (Hechos 2:38), a su bautismo (que significa inmersión), y procuramos andar en Su Espíritu.
Entonces Jesús, después de haber declarado: "Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella", (Jesús le dijo a Pedro: "a ti te digo que tú eres Pedro"); díjole también a él personalmente: "y a ti te daré las llaves del reino de los cielos"; pero no le dijo: sobre ti edificaré mi Iglesia, sino que le dijo: "sobre esta roca edificaré mi Iglesia".De usar la segunda persona, pasó a usar la tercera, refiriéndose a aquella revelación del Hijo que Pedro había confesado.La piedra sobre la que Jesús edifica Su Iglesia no es Pedro sino aquella confesión revelada directamente del Padre acerca de Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente.Tal confesión del Jesús que nos revela el Padre nos liga a Este cual a fundamento.Esto fue lo que le hizo a Simón Bar-Jonás una piedra del edificio, edificado sobre el fundamento, Cristo Jesús, que le reveló el Padre y que él confesó.Esa misma confesión nos hace también a nosotros piedras vivas para ser edificados sobre la misma Roca sobre la que Pedro es edificado. ¿Qué puerta del Hades puede prevalecer contra nosotros cuando el Padre le place revelarnos al Hijo?Jesús dijo: "...todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí" (Juan 6:45).También dijo Jesús: "Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera" (Juan 6:37).Esto fue lo que sucedió con Pedro y también con nosotros, gracias a Dios.Hemos venido El, y ¿quién nos arrebatará de Su mano?Creemos con el corazón y confesamos públicamente con la boca que Jesús es el Señor, el Hijo del Dios viviente, resucitado corporalmente y sentado a la diestra del Padre; le hemos invocado y hemos sido salvos, limpiados por Su sangre en la cual confiamos; hémosnos identificado con El en el Espíritu, por la fe, y también en las aguas bautismales, sumergidos en El y en ellas, sepultados a la semejanza de Su muerte y nacidos de El y en ellas a la semejanza de Su resurrección, de la cual por la fe participamos realmente en el Espíritu, el cual nos ha bautizado en Su Cuerpo[5] que es la Iglesia universal, una sola, manifiesta en cada época y lugar como las iglesias locales o candeleros, uno en cada ciudad que se compone de todas las "piedras vivas".
Reconocemos que a Pedro, es decir, Simón Bar-Jonás exclusivamente, diole el Señor las llaves del reino, cuyo uso quedó estampado en la vida del apóstol como queda suficientemente registrado en el Nuevo testamento; él abrió las puestas del reino a judíos y gentiles, en Pentecostés y en casa de Cornelio, respectivamente; ya fueron abiertas y quedaron abiertas también para nosotros, por las cuales entramos ya, creyendo de corazón su mensaje, cuyo núcleo esencial nos quedó registrado en las Sagradas Escrituras, presentándonos a Jesús.Creyéndole a los apóstoles desde sus Escrituras, recibimos a Jesús siendo salvos de la misma manera en que lo fueron aquellos primitivos cristianos con los cuales somos un mismo Cuerpo, creyendo el mismo mensaje y poseyendo al mismo Cristo que nos liga en Espíritu.
Ahora bien, aquel privilegio otorgado a Pedro de atar y desatar en la tierra quedando también así en el cielo, lo tenemos también nosotros igualmente, pues fue dado por Jesús de la misma manera a toda la Iglesia, es decir, a cada iglesia local, como consta en Mateo 18:16-20.
El Señor Jesucristo es pues aquella piedra del ángulo en la cual creemos y sobre la cual, al igual que Pedro, estamos fundados, y por cuya virtud vivimos ligados a El directamente, y en quien somos coordinados vital y espiritualmente con el resto del Cuerpo[6].
Esta exégesis que presenta la Roca sobre la que es edificada la Iglesia como el Hijo revelado y confesado, es la central y más abundante del testimonio de la interpretación patrística.El profesor Lannoy de la Sorbona, París, dio a conocer el resultado de la investigación: ocho de los llamados "padres" de la Iglesia interpretan la roca como todos los apóstoles; 16 como simplemente Cristo; 17 como Pedro; y 44 como la fe que confesó Pedro.En el fondo puede permitirse la suma 16+44=60.Incluso Agustín de Hipona, en sus Retractaciones, a los 74 años de edad, se retracta de haber enseñado en su juventud a Pedro como la roca, y presenta más bien a Aquel a quien confesó Pedro.
Pasamos a examinar ahora el pasaje que nos recuerda la ocasión en que Jesús dijo a Pedro: "apacienta a mis corderos".Debemos recordar que antes de la triple negación de Pedro, Jesús se lo advirtió de la siguiente manera: "Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos" (Lucas 22:31,32).Tras esto, Pedro le negó tres veces, pero arrepentido, y llamado del Señor, cuando Este resucitó, fue preguntado también tres veces: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?".La pregunta era específica a Simón Bar-Jonás, la comisión también.No habla aquí de sucesores.Fue Simón Bar-Jonás quien le negó tres veces, pero vuelto, también tres veces se le encomienda apacentar Sus ovejas, lo cual sería el "confirmar a sus hermanos" después de haber vuelto de la caída.Es algo personal y temporal a Simón Pedro Bar-Jonás, de lo cual no hay derecho de extenderlo a supuestos sucesores en tan sólo Roma; además, el alcance de esta comisión es difícil entenderla como universal en vista de las declaraciones del apóstol Pablo en Gálatas 2:7 y 8: "Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles)".Pablo hablaba de límites de jurisdicción.El Señor ha repartido Su viña entre Sus siervos y cada uno debe rendirle cuantas por lo que se le encomendó.
No es tampoco extraño para nosotros que el nombre de Pedro aparezca en primer lugar en las listas de los doce apóstoles, en vista de su privilegio de tener las llaves del Reino y de ser llamado a apacentar los corderos del Señor, pero ésto no debe entenderse más allá de la persona exclusiva de Simón Pedro Bar-Jonás.También Pablo menciona en otro orden a las columnas de la iglesia en Jerusalén: Jacobo, Cefas y Juan, lo cual sería inaudito si en la mente de Pablo estuviera lo que está en las mentes de los seguidores de la corriente romano-papista del siglo XX, en las cuales se han amontonado siglos de prejuicios.
Al considerar los documentos escriturales y otros de la antigüedad cristiana, nos encontramos con un ambiente bastante diferente al de las pretensiones actuales, y eso a pesar de las interpolaciones, recortes y falsificaciones de que han sido objeto las obras patrísticas.El Concilio de Trento comisionó a inquisidores para expurgar las obras patrísticas de manera que fuesen suprimidas también aquellas frases y hasta párrafos contrarios al papismo.En 1564, Pío IV publicó el primer índice de obras a expurgarse; en 1571 fue publicado otro en Amberes; en 1584, otro en Madrid; en 1588, otro en Venecia, y en 1607 se publicó en Roma la edición especial, o sea, oficial, del catálogo de libros a expurgarse.El papa Clemente VIII perfeccionó el índice de Pío IV.Por ejemplo, las obras de Cipriano de Cartago, quien abiertamente se pronunció contra las decisiones del obispo de Roma, fueron por lo visto de alguna manera manipuladas, habiéndose recibido de la antigüedad distintos textos divergentes precisamente en el asunto del primado de Pedro.También la famosa cita de Ireneo de Lyón aducida en favor de la supremacía de la iglesia de Roma, es abiertamente reconocida como espúrea por reconocidos comentaristas romano-papistas.Si se comparan los saludos de las cartas auténticas de Ignacio de Antioquía, se observará que su alabanza a la iglesia caritativa de la Roma de aquella época, en nada es superior a la de los efesios, magnesios, filadelfos, esmírneos y tralios.Basta también leer la carta de los romanos a los corintios por mano de Clemente de Roma para captar el ambiente de dos iglesias hermanas y peregrinas.Así que ni las Escrituras ni la tradición patrística temprana refrenda el pontificado romano.El sumo pontificado atribuíase heredado de Babilonia a los césares como personificaciones de la deificación del estado pagano.Dámaso (366-384) tomó tal título para sí cuando el emperador Graciano rehusó.El obispo de Roma Sirico reclamó jurisdicción universal, pero en sus días el imperio se dividió.Fue recién con el concilio de Sárdica en el siglo IV, de tan sólo occidentales, cuando se aceptó por primera vez la autoridad primada del obispo de Roma.León I (440-461) fue de los primeros obispos de Roma que por las circunstancias de la época obtuvo cierto éxito político con el argumento de que la Iglesia estaba edificada sobre los sucesores de Pedro, a saber, exclusivamente el obispo de Roma;sinembargo, a pesar de todo, al estudiarse los documentos de las controversias de la época, hállase que su autoridad no era aceptada por las iglesias como infalible; poco más de un siglo después de él, aun el poderoso papa Gregorio I, obispo de Roma (590-604) decía que quien se hiciese o pretendiese hacerse obispo universal, es precursor del Anticristo.Sinembargo su sucesor Bonifacio III (después de Sibiniano) era declarado obispo universal por el emperador Focas de Constantinopla en un juego político del siglo VIII, al igual que León había obtenido tal reconocimiento del emperador Valentiniano.Fue la autoridad del emperador y no un encargo de Pedro, ni de las Escrituras, ni de la tradición, ni de las iglesias, lo que estableció al obispo de Roma sobre Occidente con pretensión universal siempre resistida.A mediados del siglo VIII, el rey Pipino de Francia, dio a Esteban III el poder temporal.Nicolás I (858-867) fue el primer papa en usar la corona apenas rehusada por Juan Pablo I en nuestros tiempos.
Falsos documentos tales como las falsas decretales pseudoisidorianas y otros, fueron de los que se sirvieron para refrendar la marcha del pontificado en la Edad Media, de manera que logró establecerse.Pero aun así, antes de Pío IX y el primer Concilio Vaticano (1890), los papas no se consideraban todos infalibles, y así lo declaran abiertamente, por ejemplo, Gregorio VI y XIII, Clemente VI y VII, Inocencio II, Pablo IV, Adriano VI; este último dijo que los papas pueden equivocarse y que varios fueron herejes.De hecho, dos sínodos señalaron 16 herejías de Juan XX (1330), y el concilio de Constanza, que quemó a Juan Huss, declaró también hereje a Juan XXIII (1410); León X, abiertamente sospechoso de ateísmo; Liberio (352-60) firmó una profesión de fe arriana negando la divinidad de Cristo; Zósimo se pronunció a favor del pelagianismo (417-8);el monotelismo del papa Honorio fue condenado en tres concilios ecuménicos; Juliano dio el visto bueno a Marcelo de Ancira en su sabelianismo de lo cual Hipólito de Roma había también sindicado a Calixto.El concilio de Trento anatemizó doctrinas de los papas Inocencio I y Gelasio I; Nicolás I y Gelasio se contradijeron en cuanto al bautismo, y Esteban II contradijo a otros papas en cuanto al divorcio; sobre esto se contradijeron también Celestino I, Inocencio III y Adriano IV; Alejandro VI ratificó con bulas sus lascivias conservándose de él dos bulas contradictorias fechadas en el mismo día.Los requisitos de Eugenio IV para la ordenación, hacen inválidas las ordenaciones de los primeros 10 siglos cristianos.Pascual II y Eugenio III se contradicen con Julio II y Pío IV en cuanto al duelo; en fin, suficiente para meditar e investigar mejor.Cualquier hombre puede fallar, pero al tratarse de pretensiones de infalibilidad en asuntos de fe y moral, es preciso considerar muy detenidamente los hechos.
Además de esto, ¿por qué precisamente un obispo de Roma sería el sucesor de Pedro?Las Escrituras y los documentos más antiguos muestran que los apóstoles nombraron presbíteros que eran los obispos en las ciudades con iglesia.Tan sólo a partir de Ignacio de Antioquía (siglo II) se diferencian presbíteros y obispos y no en todas partes;es de esperar que Pedro y Pablo nombraran obispos en muchos lugares (generalmente más de uno en cada ciudad es el registro bíblico.Entre todos estos obispos, ¿por qué precisamente el de Roma?La historia muestra a la políticahaciéndolo, no al apóstol.Además, las iglesias de Siria y Grecia son más antiguas que la de Roma, que se pretende la más antigua; aquellas iglesias no concuerdan con ésta.La forma actual del romano-papismo es más nueva que la misma Reforma protestante, pues apenas se definió en la contrarreforma.¿Acaso una interrumpida y confundida lista de papas nos asegura la verdad?No puede decirse con toda certeza que tales papas fueron sucesores de Pedro; la mayoría no fueron nombrados como Pedro hubiera nombrado a los obispos; tampoco se puede demostrar que todos se atuvieron a la enseñanza manifiesta del apóstol Pedro; por el contrario, los documentos muestran que le contradijeron en varias ocasiones; varios papas heredaron la "sucesión" al estilo "golpe de estado", o comprado el puesto, pero el Espíritu Santo no se compra.Otros fueron hechos papas por familias poderosas de Roma, o reyes y emperadores de Francia, Alemania y aun de Constantinopla (Focas).Ni la doctrina, ni la vida, ni la ordenación de Pedro corrió demostradamente por aquellos canales; por ejemplo, el papa Crecencio derrocó y estranguló a Benedicto VI; Benedicto IX abdicó por su tío Gregorio VI a cambio de rentas inglesas, pero volvió a reclamar el papado.¿Estará la infalibilidad sujeta a tales caprichos? ¿Son estos manejos transmisión de la verdad que es la vida, o al menos de la ordenación?¡Evidentemente no!Hubo además largos períodos con antipapas rompiendo la cadena.¿Qué del ministerio de aquéllos ordenados y apadrinados por el papa Formoso? ¿Qué de quienes confiaron en tal administración de sacramentos?Las ordenaciones del papa Formoso fueron anuladas por su sucesor Esteban (896) en el concilio cadavérico en el cual fue juzgado el cadáver desenterrado de Formoso, al cual, después de vestir espléndidamente juzgaron muerto y sentenciaron a muerte cortándole la cabeza al cadáver y los tres dedos de la bendición.¡Tal tipo de enredos nada tiene que ver con nuestra fe en Cristo!
La verdad divina no depende de tales supuestos sucesores; ella nos ha llegado ya por otros medios más seguros fundamentados principalmente en la Providencia divina, y es una posesión vital actual.Jesucristo está vivo en el presente y tenemos comunicación directa con El, quien es la Verdad y la única Cabeza del Cuerpo, presente en todas partes; contamos con Su Espíritu, con las Sagradas Escrituras, con el Cuerpo de Cristo y aun con lo que en la tradicióndemuéstrase legítimamente apostólico.
Amamos a la Iglesia universal y somos parte de ella; por medio del Espíritu Santo y la sustancia del evangelio la reconocemos, y nos ayudamos unos a otros a madurar en Cristo como miembros de El.Es con dolor por Babilonia que salimos de ella por mandato de la Palabra divina, para no participar de sus pecados ni de sus plagas, pues los reyes de la tierra y sus naciones se han embriagado con las fornicaciones de la gran ramera vestida de púrpura y escarlata, ebria de la sangre de los santos[7]. ¿No es algo de eso la inquisición?
IV.Por
la crítica de Dn. Antonio Colom, parece que él
no entiende la diferencia entre la Iglesia universal, una sola,el Cuerpo de Cristo, y“las iglesias locales”
tales como la de Jerusalén, la de Antioquía,
la de Efeso, la de Tesalónica y las de Galacia,
las de Macedonia, las de Acaya, las de Judea, las de Asia, etc.
La Iglesia universal,
compuesta de todos los miembros del Cuerpo de Cristo en toda época
y lugar, comenzó a partir de Cristo con sus discípulos
y el día de Pentecostés
tuvo lo que podríamos llamar su “inauguración”,
pues a partir de allí fue derramado
plenamente el Espíritu Santo, quien es el que nos bautiza en el
Cuerpo (1 Corintios 12:13).
La Iglesia universal
tuvo un solo comienzo al cual estamos ligados todos los cristianos.Y comenzó en
Jerusalén, no en Roma; las iglesias de Judea,
Samaria, Galilea, Galacha y las de Siria y griegas, etc. son más
antiguas que la iglesia de Roma.
Nuestra fe, al nacer
del testimonio directo de los apóstoles a través
de sus escritos, es tan antigua como cuando Pablo escribía
a los Romanos antes de visitarlos.Nuestra fe ha nacido y se nutre por el testimonio directo de los apóstoles
a través de sus escrituras; no nos apartamos de ese
testimonio; además hemos sido también
bautizados en las aguas por miembros de Cristo y de Su parte; el Espíritu
Santo nos ha bautizado también, transformándonos
y convirtiéndonos del mundo, del pecado y de la
incredulidad, al Camino que es Cristo mismo reproduciéndose
vitalmente entre nosotros (Juan 14:6).No se nos puede destruir esta fe, pues ha sido el mismo Padre quien por
el Espíritu Santo nos ha revelado al Hijo.La sangre de Cristo nos ha limpiado de todo
pecado y su virtud nos participa la santificación
como experiencia real; incluso, el Espíritu
Santo nos ha bendecido con dones espirituales, y a varios ha llamado
directamente al ministerio del apostolado.Además, en ningún
momento nos consideramos “otra”
iglesia; ni siquiera organizamos nada en forma “exclusivista”
como supone el jesuita Dn. Antonio Colom en su crítica.No tenemos necesidad de fabricar una
organización exclusivista que pretenda ser “otra”
iglesia; ¡no!sino que ya pertenecemos a Cristo y El a nosotros, y somos ya parte de
Su Cuerpo y recibimos a todos los verdaderos cristianos como una familia universal,
respetando la jurisdicción ciudadana de cada
candelero.Y como dice el apóstol
Pablo: “a nadie conocemos según
la carne“ (2 Corintios 5:16).
Ahora bien, en cuanto a
la iglesia local “a la cual acudir”
(Mateo 18:17), es lógico que la iglesia del
lugar se funde apenas en la fecha de su comienzo particular, el cual es
diferente en cada lugar.Hay lugares
donde aún no ha sido fundada la iglesia de allí;
cuando lo sea, aunque en el futuro, eso no la hace menos verdadera, una vez que
su fe sea la misma que predicaron los apóstoles
cuyo núcleo esencial para la salvación
está registrado, gracias a Dios, en las
Escrituras[8].
Así
que tratándose de iglesias locales, es decir, de
ciudades o lugares, no nos afecta cuál sea primero o después;lo que sí nos
importa es que sea el mismo Espíritu
y el mismo evangelio de Cristo y los apóstoles, para conocer el cual acudimos al Señor
resucitado, Cabeza del Cuerpo, y a sus pronunciamientos más
seguros los cuales están registrados en la
Biblia, junto a la explicación de sus apóstoles;
tenemos también el Espíritu
Santo y apreciamos el ministerio del Cuerpo.No tenemos tampoco problema en ayudarnos unos a otros y recibir ayuda,
en Cristo, de cualquier miembro suyo conocido por sus frutos.Si la tradición
extrabíblica puede demostrarnos sin lugar a duda
algo proveniente de Cristo y de los apóstoles
que no se halle en las Escrituras, lo examinamos gozosos; pero una cosa sí
decimos: Nada puede pretenderse de origen apostólico que contradiga sus mismas Escrituras.Estamos al tanto de muchas innovaciones y perversiones a través
de la historia; el diablo siempre ha intentado pervertir el cristianismo de
manera que en parte lo ha hecho edificando a “Babilonia”
en vez de a “Jerusalén”.
Nosotros empero nacimos
en este siglo, y no tenemos la culpa de lo que ha sucedido en la historia.Eramos pecadores mundanos perdidos, incrédulos
e inconversos, pero ahora somos cristianos, y una cosa sí
sabemos bien:somos el fruto del Espíritu
Santo a través de los escritos apostólicos,
y amamos a la Iglesia universal, a todas “las
iglesias de los santos” (Apocalipsis 2:23; 1
Corintios 14:33; Romanos 16:4) y buscamos en Cristo acrecentar y
profundizar nuestra comunión, superando las divisiones
creadas por el diablo.Tenemos por
cierto que tan solo la verdadera común participación
con y en el Cristo vivo efectuará, como es Su
ministerio, la perfecta reconciliación entre los verdaderos
cristianos, nacidos del agua y del Espíritu,
en la genuina regeneración evidente por sus
frutos.A tal reconciliación
estamos dispuestos; pero pretender una mera unificación
externa, política y hegemónica,
ajena al Cristo vivo, es vano para Dios y aprovechable para el diablo y su
anticristo.Mostradnos a Cristo y os
recibiremos.
Dn. Antonio Colom, al
parecer justificando los malos frutos de los que fueron rociados sin creer ni
querer, decía en su crítica
así: “se entra a formar parte
de la Iglesia por medio del bautismo.Y
en la Iglesia de Cristo hay buenos y malos (véase
la parábola de la cizaña,
Mateo 13:24 y ss.).La Iglesia de Cristo
es la sociedad cuyo Jefe es el sucesor de Pedro”.
En primer lugar
respondemos que en la parábola de la cizaña
no es la Iglesia el campo con trigo y cizaña,
sino el mundo; el mundo es el campo donde el Señor
sembró el trigo (Su Iglesia) y el diablo la cizaña
(Babilonia); puede verse la interpretación
de Cristo mismo en Mateo
13:37,38.Sería un
absurdo considerar regenerado a un impostor rociado, incrédulo,
cuyo fruto es cizaña cual hijo del malo.Si es hijo del malo (cizaña)
entonces no es regenerado, y fue plantado por el diablo en el mundo
entre la Iglesia, pero no en ella.Pablo dice que es el Espíritu el que nos bautiza
en el Cuerpo (1 Corintios 12:13) y éste se recibe habiendo
oído con fe (Gálatas
3:5,14) mediante la cual invocamos al Señor
en el bautismo (sumersión) en Cristo y en agua
de parte de Dios.Por eso el apóstol
Felipe respondió al eunuco: “Si
crees de todo corazón, bien puedes (ser bautizado)”.
Una ceremonia de
rociamiento sin fe (que no es bautismo) no regenera a nadie, pues está
desprovista del contacto espiritual.Nadie es regenerado por una fe ajena; es la vida recibida de Cristo, por
la fe personal, concientemente, la que regenera.
Dn. Antonio Colom nos
criticaba por decir que la Iglesia es la suma de los regenerados en Cristo, por
el Espíritu; y enfatizaba el agua; pues bien, entre
nosotros hemos recordado siempre las aguas bautismales, y los que llegan a
creer son entonces bautizados (sumergidos) de parte de Dios en ellas,
obedeciendo a Cristo; pero nuestro énfasis, sin desconocer
el agua, es en la realidad espiritual, la fe personal y consciente, el acto
voluntario, pues faltando esto, el agua por sí
sola no tiene ningún poder regenerador, como también
lo da a entender el apóstol Pedro en su
primera carta (l Pedro 3:21).Se trata,
pues, del lavamiento del agua por la Palabra (Efesios 5:26), del
lavamiento de la regeneración (Tito 3:5), la cual viene de recibir por
la fe a Cristo (Juan 1:12; 1 Juan 5:1,4,5); 1 Pedro 1:24,3); tal fe la
demostramos y confesamos en el bautismo voluntario.Sostenemos, pues, la necesidad de nacer no sólo
del agua sino también del Espíritu
(Juan 3:5,6).
Faltando la sustancia
de la fe y de la realidad espiritual, el rociamiento se convierte en un mero
formalismo que a nadie regenera.Pablo
dice en Colosenses 2:12, que en el bautismo somos resucitados con Cristo mediante
la fe en el poder de Dios que levantó a
Cristo de entre los muertos.Es esta la
razón por la cual al hablar de regeneración,
nuevo nacimiento, enfatizamos la fe y el Espíritu,
precisamente para evitar la irresponsabilidad de los que se confían
en la mera apariencia ritual y externa, atribuyéndole
al agua ceremonial el poder regenerador, enajenados del Cristo vivo al que es necesario
asirse por la fe, en la realidad espiritual.Aun así,
creemos y practicamos también el bautismo en agua,
procurando hacerlo con toda seriedad y responsabilidad, pues no son las estadísticas
lo que deseamos poblar, sino el cielo.
Ahora, Dn. Antonio
Colom contra este contexto nos dice, al parecer ingenuamente, que la Iglesia de
Cristo no son los regenerados sino “la sociedad cuyo jefe
es el sucesor de Pedro”; nos parece que se
engaña y nos quiere también
engañar. ¿De
qué tipo de sucesor habla?Y, ¿sucesor
en qué sentido?Sabemos que se refiere al papa de Roma.Pues, bien, todos los papas actuales, a quienes apreciamos en cuanto
hombres e incluso amamos y por lo cual les somos sinceros en la manifestación
de la verdad, todos los papas actuales, decía,
son sucesores de Martín V, hecho papa por el
concilio de Constanza convocado por el emperador Segismundo de Alemania.Tal papa no recibió la
sucesión de ninguno de los tres que le precedieron a
un mismo tiempo: Gregorio XII de la línea
de Roma, Benedicto XIII de la de Avignon y Juan XXIII de la de Pisa.Estos tres fueron depuestos por el Concilio
de Constanza. ¿Por qué? ¿Eran
falsos?Además, ¿con
qué autoridad?Si la línea de Roma desde Urbano VI a Gregorio XII
era falsa, está rota la cadena, y si era verdadera, ¿por
qué fue desconocida y por qué
acató la deposición? ¿Acaso
no se supone al concilio inferior al papa?Y si cambian las cosas, ¿qué
es lo que sucede? ¿Un título
prohibido por Cristo con diversos contenidos?Si la línea de Roma acató la
deposición, se consideró a sí
misma falsa, y entonces la línea de Avignon sería
la verdadera, la cual a partir de Urbano VI pasó a
Clemente VII, a quien sucedió Benedicto XIII que no
acató la decisión del
concilio.Si la línea
de Roma no era la verdadera, entonces lo era la Avignon y por eso el papa no
acató la deposición
del concilio, pero fue igualmente depuesta y repudiada hasta el día
de hoy.Los “sucesores”
actuales no provienen de Avignon, y si es porque también
esta línea era falsa, entonces no era sino comenzar
de nuevo con Pisa, lo cual no es sucesión.La línea
de Pisa no es heredera de Roma ni de Avignon; no puede serlo pues fueron
repudiadas; ¿cómo entonces iba a
sucederle a Pedro?Además,
la línea de Pisa la heredó
Juan XXIII a quien el concilio depuso por hereje y otras cosas, pues incluso
negaba la inmortalidad del alma.En
nuestro tiempos, otro papa tomó el homónimo
de Juan XXIII, lo cual significa reconocer la deposición
de la línea de Pisa.Así que Martín V,
nombrado por el concilio de Constanza no es sucesor ni de la línea
de Roma depuesta con acatamiento, ni de la línea
de Avignon depuesta sin acatamiento pero abandonada, ni de la línea
de Pisa que venía por el primer Juan XXIII también
depuesto.Entonces Martín
V, a quien suceden los actuales papas, no heredó
ninguna autoridad apostólica proveniente de
Pedro, sino que proviene su autoridad política
del concilio de Constanza, que demostró
mayor autoridad que los papas deponiéndolos a todos y haciéndose
de uno nuevo.Así
que los que pretendían ser sucesores fueron
depuestos y los actuales no vienen de ninguno de ellos, pues ¿cómo
suceder a depuestos?Si fueron depuestos
no eran verdaderos, y entonces se sucede a falsos o no se sucede a nadie.La pretendida cadena está
rota; y pensar que esta no es la única ocasión
en que aconteció tal tipo de cosas, sino que es apenas un
ejemplo entre varios.Sí,
varios papas fueron derrocados por sus supuestos sucesores e incluso condenados
por estos mismos; varios fueron entronizados por reyes poderosos que no tenían
de Pedro ninguna autoridad para constituir.Para nosotros, pues, Dn. Antonio Colom, una lista de papas no significa
nada; ¡si se conociese la verdadera historia de cada
uno de esos nombres! ¿Son “excátedra”
las bulas pontificias?En ellas se
permite matar contradiciendo a Cristo, se manda a desobedecer a las autoridades
civiles contradiciendo Su Palabra, se legitiman mentiras, se anatematizan
verdades y hasta hechos históricos, etcétera.
La verdad, la vida, el
evangelio, el cristianismo, es muchísimo más
que eso y hasta el día de hoy existen
herederos de herencias de verdad más antigua que la misma
fecha de la visita apostólica a Roma.
¡Qué necedad sería
desprendernos de Cristo de sus Palabras seguras por los apóstoles
en las Escrituras, y hacer depender nuestra salvación de
las ocurrencias inesperadas de una galería
tan variada!Un solo Mediador tenemos
entre Dios y nosotros: a Jesucristo hombre, en cuya virtud ha de
vivirse. ¡ Que nadie pretenda separarnos de este
Mediador interponiéndose! ¡Estamos
asidos a la Cabeza y somos el Cuerpo! ¡Somos
la Iglesia! ¡Tenemos Su Espíritu!
¡tenemos voz y voto!Tenemos también
responsabilidad por la cual respondemos directamente al Juez de toda carne: el
Hijo de Dios, Jesucristo el Señor.
Al estudiar la
historia, lastimosamente nos parece que la institución
romano-papista ha sido la causa de terribles males, y aún
hoy, es también triste decirlo, la multitud de su pueblo
que se dice adepto a ella sin conocerla, son en su mayoría
indiferentes, atrapados allí sin voluntad propia, y
hasta usados para escarnecer, y lo que es peor, no conocen aún el camino de salvación,
el Evangelio.Basta una conversación
para notarlo.Perdóneme
por favor si hubo un desmedido entusiasmo en esta respuesta, pero es así
como expresamos nuestro sincero deseo por la genuina salvación
de las almas; confiémosnos en el Hijo de
Dios y Su sacrificio definitivo, conozcamos por la gracia de Dios la virtud de
Su Espíritu que nos convierte verdaderamente a Dios.
V.En
el artículo criticado por Dn. Antonio Colom, decíamos
que el Espíritu Santo inspira las Escrituras y a la
Iglesia; usábase un tiempo presente literario, pero el
jesuita nos corrigió diciendo que el Espíritu
inspiró (pasado) a las Escrituras y ahora (presente)
inspira a la Iglesia.Muchas gracias, es
verdad que es en el pasado que el Espíritu
inspiró las Escrituras, no obstante también
decimos que hoy el Espíritu Santo sigue
operando a través de las Sagradas Escrituras.
Y para terminar, el
jesuita Colom, preguntaba, qué queríase
decir al decirse que “la Iglesia no canoniza
el canon;éste
es canónico en sí”.
Bien, es esto lo que se
quiere decir: No es la Iglesia la que le da el carácter
sagrado a los libros de la Biblia, sino que éstos
son sagrados en sí mismos, y la Iglesia meramente los reconoce;
en ese sentido, la Iglesia no tiene derecho de modificarlos; además,
tales Libros hablan por sí mismos.La Providencia de Dios, no tan sólo
la Iglesia nos los conservó.
Según el apóstol Juan, el Señor
Jesucristo se presentó a sí mismo como el verdadero pan de vida que bajó del
cielo y que da vida al mundo, y vida eterna.“y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del
mundo” dijo el Señor; “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su
sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es
verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe
mi sangre, en mí permanece y yo en El”. (Jn.6:48-58).
El Señor Jesucristo se presentó,
pues, a sí mismo como el alimento que sustenta para vida eterna; y al
presentarse, se presentó con carne y sangre (1ª Jn. 4:2; 5:6). Jesucristo fue y
es un hombre verdadero (1ª Tim. 2:5; 3:16), El Verbo de Dios, que estaba con
Dios y era Dios, se hizo carne (Jn.1:1-3, 14); siendo en forma de Dios, no
estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí
mismo, haciéndose semejante a los hombres (Flp.2:6, 7); sí, Dios envió a su
Hijo en semejanza de carne de pecado (Rom.8:3) y fue tentado en todo conforme a
nuestra semejanza pero sin pecado (Heb.4:15), pues no hay pecado en El (1ª.Jn.3:5);
por lo que padeció, aprendió la obediencia (Heb.5:8) y Dios testificó de El, de
antemano, que nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca (Is.53:4), y después
testificó que en El se complacía (Mt.3:17; 17:5). Sí, Jesucristo vino en carne,
mediante agua y sangre (1ª. Jn.5:6); vino a la tierra en un momento
identificado y específico de la historia del hombre (Lc.2:1-7; 3:1-3) y
ajustándose a la profecía (Mt.1:22; 2:17; 4:14; 12:17; 21:4,42; 27:9; etc.)
marcó su huella, la más profunda; y como personaje indefectiblemente histórico,
nos ofreció su carne y su sangre como verdadera comida y bebida para vida
eterna. “El pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo”
(Jn.6:56).
De modo que en su carne y en su
sangre está la vida. Murió por nosotros (Jn.6:53-57; 1Cor.15:3). En el Hijo
está la vida (1Jn.5:11y 12), en el Hijo total; Dios nos dio al Hijo, sí,
incluso su carne y su sangre. Jesucristo fue hecho por Dios justicia nuestra
(2Cor.5:21). Nuestra justificación es Cristo, nuestra santificación es Cristo,
nuestra sabiduría es Cristo, nuestra redención es Cristo (1Cor. 1:30); todo lo
que pertenece a la vida y a la piedad lo tenemos en Cristo (2Pd.1:3). En El
somos aceptos y estamos completos (Ef. 1.6; Col.2:10). Y cuando dice que Cristo
nos fue hecho por Dios redención, incluyese allí la adopción; es decir, la
redención del cuerpo (Rom.8:23); sí, el cuerpo de la humillación nuestra, el
cuerpo de nuestra bajeza, será transformado, hecho incorruptible, resucitado a
la semejanza suya y glorificado (Flp.3:21), todo esto en virtud del Cristo,
nuestra redención. El Espíritu que le levantó de los muertos, vivificará
nuestros cuerpos mortales (Rom.8:11), y su carne y su sangre nos alimentan con
vida eterna (Jn.6:54); de manera que seamos resucitados total, completa y
literalmente; es decir, espiritual y corporalmente. Sus palabras son espíritu y
son vida.
Dios, a los que antes conoció,
también predestinó, y a estos llamó, justificó, santificó y glorificó
8Rom.8:29,30). Sí, Dios glorificó; habla como en pasado consumado, hecho está;
glorificó a los suyos; ¿cómo? ¿Cuándo? En Cristo Jesús. Dios nos dio a Cristo
por sustento, por pan. Cristo resucitó literalmente de los muertos ysu carne no vio corrupción (Hch. 2:25-32;
Lc.24:36-48), sino que fue glorificado; y nosotros, la iglesia, estamos
totalmente unidos a El, viviendo por El, alimentados por su Espíritu, su vida,
su carne y su sangre.
“Su carne” es dada como comida
por la vida del mundo, y quien come de ella tiene vida eterna. El comer su
carne y beber su sangre, está relacionado a la resurrección; “el que coma…tiene
vida eterna y yo le resucitaré en el día postrero”. “Yo soy la resurrección y
la vida” (Jn.11:25); “El que me come vivirá por mí”. Así que al alimentarnos de
El, sí, incluso de su carne y de su sangre, vivimos para siempre sustentando de
El también el cuerpo de nuestra resurrección, pues El es nuestra redención; y
como El fue glorificado, así lo fue la iglesia en El, pues vive de El comiendo
de El, y su resurrección es nuestra vida, su virtud nuestro sostén. La iglesia
está, pues, totalmente identificada con El, llegando a ser su mismo cuerpo
(Ef.1:22,23); sí, carne de su carne y huesos de sus huesos (Ef. 5:30).
El mismo se repartió entre
nosotros, sí, El mismo; su misma naturaleza nos hace partícipes de la
naturaleza divina (2Pd.1:4); es por eso que en la noche en que fue entregado,
tomó pan, sí, de aquel pan sin levadura que acostumbraba a comerse en la pascua
judía, figura de Cristo; tomó pan y habiendo dado gracias lo partió y dijo:
“Tomad, comed, esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en
memoria de mí; y tomando la copa después de haber cenado dijo: bebed de ella
todos; porque esta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada
para la remisión de los pecados”. Sí, dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi
sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis en memoria de mí”
(Mt.26:26-28; Mr.14:22-24; Lc.22:19,20; 1Cor.11:23-25).
En aquella ocasión, en la
sinagoga de Capernaum, cuando El se presentó como el verdadero pan del cielo,
cuya carne y sangre eran verdadera comida y bebida, muchos de sus discípulos
dijeron que tal palabra era dura; entonces Jesús, entre otras cosas, añadió:
“El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que
yo os he hablado son Espíritu y son vida” (Jn.6:60-63). Pablo apóstol habló del
postrer Adán, Cristo, como Espíritu vivificante (1Cor. 15:45) y escribió
también en la misma carta: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es la comunión
de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de
Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, participamos de aquel
mismo pan…de manera que cualquier que comiere este pan y bebiere esta copa del
Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor… porque el
que como y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y
bebe para sí” (1Cor.10:16,17; 11:27-33).
De manera que al comer “el pan”
hemos de discernir“el cuerpo”, y quien
come indignamente “del pan” será culpado “del cuerpo” del Señor; quien bebe
indignamente de la “copa” será culpado de la “sangre” del Señor, porque ¿no es
acaso la “copa” de bendición que bendecimos la comunión de “la sangre” de
Cristo? Y “el pan” que partimos, ¿no es la comunión del “cuerpo” del Señor?
(1Cor.10:16,17); entonces, cómase “así”, del pan y bébase de la copa, con discernimiento
del cuerpo del Señor y en memoria suya (1Cor.11:26-34).
Por una parte, el sector
católico-romano habla de transubstanciación; es decir, la conversión de la substancia
del pan en la substancia de la carne, y la substancia del fruto de la vid en la
substancia de la sangre; por otra parte, un sector del protestantismo habla de
un mero símbolo o figura. Ahora bien, una declaración expresa de “cambio de
substancia en las especies, no es específica en las escrituras. Ellas dicen:
“coma así del pan y beba de la copa” (1Cor.11:28); no obstante, tampoco aparece
por ningún lugar en la Escritura, la declaración expresa de que sea específica
y exclusivamente un mero símbolo”; tal palabra, u otra afín, es extraña en este
respecto a la Escritura; Jesucristo no dijo: -Esto simboliza mi cuerpo- , sino:
“Esto es mi cuerpo”, “Esta es mi sangre”. El nos dio el pan y el vino en señal
de repartirse a sí mismo entre nosotros, y se repartió real y verdaderamente
entre nosotros, de manera que participamos de El mismo mientras comemos del pan
y bebemos de la copa (Jn.6:48-57; 1Cor.11:29).
Pablo igualmente declara: “…¿No
es la comunión de la sangre de Cristo?... ¿No es la comunión del cuerpo de
Cristo?” (1Cor.10:16,17) nos habla de “la copa” y nos habla de “la sangre”. Por
lo demás, un simple símbolo no sustenta para vida eterna; una mera
representación no alimenta para la resurrección del día postrero; es la
realidad de Cristo mismo, su presencia real, la que nos da vida. Participamos
de la naturaleza de su misma vida, y no tan solo de una mera representación de
ella. He ahí el distinto discernimiento entre Lutero y Zwinglio.
Ahora bien, sabemos que las
palabras del Señor son “Espíritu y vida” y que El es “Espíritu vivificante” y
que por El llegamos a ser realmente “participantes de la naturaleza divina”.
Recibimos de su Espíritu por fe (Gal.3:2-5, 14; Jn7:38,39) así que comamos
“así” “del pan” y discerniendo “el cuerpo” del Señor; bebamos “así” “de la
copa” que es “la comunión de la sangre de Cristo” (1Cor.10:16). Tan solo la
realidad del Cristo viviente nos hace miembros suyos.
Participar con El en completa
identificación nos hace miembros de su cuerpo; entonces “el cuerpo del Señor”
es también la iglesia (aplicada esta palabra exclusivamente con respecto a los
miembros de Cristo, identificados con El en forma personal, mediante la fe: la
iglesia) (Ef.1:22,23; 2:15,16).
Dice Pablo: “ Siendo uno solo el
pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de
aquel mismo pan” (1Cor.10:17) (Sigue llamándole “pan” a aquel del que
participamos, no obstante haber declarado, y también con verdad: “El pan” que
partimos, ¿no es la comunión “del cuerpo” de Cristo?). Así que al comer de “su
cuerpo”, nos hacemos también“su
cuerpo”. Cristo había dicho: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo”, y quien come de
Cristo tiene vida eterna, de Cristo todo, del Hijo. Entonces nos hacemos
miembros suyos. Su Espíritu nos bautiza en un cuerpo (1Cor.12:13).
Cristo tiene, pues, miembros (1Cor.12:12).
En la llamada 1ª carta a los Corintios Pablo nos dice: “Porque así como el
cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo,
siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (12:12). No dice aquí:
-Así también la iglesia- (como si fuera ella la que tiene los miembros), sino:
“Así también Cristo”. Es decir, Cristo mismo es quien tiene muchos miembros,
aquellos identificados personalmente con El, por fe, asidos directamente a la
cabeza y viviendo en virtud de ella (Col.2:19). Entonces, los miembros de
Cristo conformamos su cuerpo, el cual solo puede ser uno, porque Cristo no está
dividido (1Cor.1:13).
Cristo es uno, un solo y nuevo
hombre (Ef.2:15,16), repartido, más no dividido (1Cor.1:13), en cuya virtud,
todos nosotros sus miembros somos uno, primeramente con El, y entonces, por
lógica consecuencia, también uno entre nosotros por Cristo Jesús (Jn.17:23). De
allí que el pan es uno solo.
Dice Pablo: “Siendo uno solo el
pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo, pues todos participamos de
aquel mismo pan”. Así que “aquel mismo pan” es “uno solo”, “este pan”; no
pueden ser dos, pues Cristo no está dividido. Pablo escribía alos Corintios desde otra ciudad; en cada
lugar se perseveraba en el “partimiento del pan”, “partiendo el pan en las
casas” (Hch. 2:42,46); y eran varias las casas, pero Pablo dice: “nosotros, con
ser muchos, somos un cuerpo”; “Nosotros”, dice, ellos en Corinto, él en otra
localidad, “participamos de aquel mismo pan”. Al hablar en presente, no
restringe la interpretación a las veces cuando él estaba presente en Corinto;
esto quiere decir que el pan debe ser uno solo; es decir, al celebrar la cena
del Señor discerniendo el cuerpo, debemos tener presente a toda la Iglesia,
estando la mesa abierta para todos los miembros de Cristo, que al ser recibidos
por El, la cabeza, deben ser recibidos por todos los miembros de su cuerpo.
(Rom.14:1-3; 15:7). Una mesa cerrada, que no recibe a todos los que Cristo ha
recibido, no es la mesa“del Señor”, ni
conserva la unidad del pan; es apenas una secta, es herejía.
Simi hermano participa de la vida de Cristo en
forma real, ¿quién soy yo para negarle el pan que le representa? Porque ¿qué es
más: Cristo o el pan? Y si participa de Cristo, ¿por qué no del pan? Si
participa de la sangre, limpiado en ella de todos sus pecados, ¿quién soy yo
para negarle la copa? Pues ¿qué es mayor: la sangre o la copa? Si participa,
pues, de la sangre ¿por qué no de la copa? Participemos pues, con dignidad y
discernimiento y no hagamos otro pan, es decir, no limitemos el alcance de
nuestro único pan que debe ser también el mismo pan de mis hermanos. Yo debo
participar con su pan, si este es el mismo mío; pues no puedo escoger yo entre
dos panes o dos mesas, pues no hay dos, pues Cristo es uno y no está dividido.
O participo de la mesa de El, o no es del Señor de la que estoy participando.
Ahora bien, el recibir a todos
los que El ha recibido, nos significa participar en pecado ajeno, anulando la
disciplina. No participamos de aquello en lo cual Cristo no participa (Ef. 5:11;
1Tim.5:22), mas participamos en todo aquello en lo que El sí participa. Cristo
no participa del pecado, mas puede perdonarlo (1Jn.3:5); no participa Cristo
del error, mas puede corregirlo. La iglesia es santa porque Cristo es su
santidad (Jn.17:19; 1Cor. 1:30; Heb. 10:10). No tiene la iglesia otra santidad
aparte de Cristo; y Cristo todo es santo. La iglesia en Cristo es, pues, santa,
y es una, porque Cristo es uno. Un solo y nuevo hombre repartido (mas no
dividido) entre sus miembros que conformamos su cuerpo (Ef.2:14-16). En el
mundo, el cuerpo se manifiesta en “iglesias de los santos” (1Cor.15:33; 4:17;
Rom.16:4; Ap.2:23; 22:16), una por ciudad o localidad (Hch. 8:1; 13:1;
1Cor.1:2, etc.). Tal cuerpo se debe mostrar uno en cada localidad, uno solo el
pan, una mesa; es decir, aunque sean muchas las cosas donde se parte el pan,
existe la consciencia de unidad y la práctica de la comunión (Hch. 2:44-46).
Muchos intereses personales, sí, intereses creados, han arrastrado a muchos al
pecado de la división (Rom.16:17,18). De tal pecado también se rinde cuentas.
¿Tenemos consciencia de que participamos de un mismo pan? ¿ O nos hemos
dividido haciendo otro pan, disponiendo otra mesa? ¿De quién es entonces esa
mesa, acaso del Señor? He aquí quea la
mesa del Señor se sientan todos los que El
ha recibido, y “El que ama a Dios, ame también al que ha sido engendrado por
El”(1Jn.5:1).
“Yo en ellos para que sean uno”
dijo Cristo (Jn.17:23). Cristo, pues, es el pan de vida del cual comemos todos
los que somos miembros suyos. Alrededor de El, y solo por El, somos uno (Ef.
2:21); no alrededor de Roma, ni de Constantinopla, no alrededor del papa ni de
Lutero, no alrededor de raza o nación, clase social o sexo, no alrededor de
práctica o costumbre o énfasis doctrinal, o misión o líder (Col.3:11;
Gal.3:28); aunque Cristo enseña también prácticas y doctrinas, pero es El, en
última instancia y no ellas, el único centro legítimo de comunión, y ante solo
El daremos cuenta los cristianos, cada uno, por su fidelidad o infidelidad, su
error o corrección. En este contexto nos estamos refiriendo aquí a los
cristianos renacidos (Rom.14:10). Recibamos, pues, al que Cristo ha recibido;
por eso mismo, porque Dios lo ha recibido (Rom.14:1-3; 15:7). Y ejercítese la
disciplina moral y doctrinal en la iglesia de la localidad (Ap. 2:2),
administrada por su respectivo presbiterio (1Pd.5:5; Heb. 13:17; 1Tes.
5:12,13).
Dios juzgará; mientras tanto,
seamos fieles a lo que hemos aprendido de El; sirviéndole, y a su cuerpo, como
vencedores en cada localidad o ciudad donde alumbre el candelero que es la
iglesia de la ciudad (Ap.2:7, 11, 17, 26; 3:5, 12, 21), soberana, hermana,
responsable por sí misma y administrada por su propio presbiterio de obispos en
comunión primeramente dentro de su propia ciudad (Tit. 1:5; Flp.1:1; Hch.14:23;
13:1; 27:17,28), mientras atienden las muchas ovejas, en las muchas casas, que
se reúnen en diversos sitios de la ciudad, partiendo el pan en las casas,
perseverando en la comunión unos con otros, unánimes, juntos y perseverando
también en las oraciones y por supuesto, en la doctrina de los apóstoles (Hch.2:42),
acerca de la cual leemos directamente de sus escritos: el Nuevo Testamento
(Rom.10:8-13; 1Cor.15:1-8; Gal.6:16; Ef.3:4; 2Tes.2:15; 1Tim.3:16; 1Jn.5:11-13).
Un
Cristo, un cuerpo, una iglesia local en cada ciudad, un presbiterio de ancianos
u obispos en la ciudad con candelero (Flp.1:1), un solo pan, una mesa abierta
para todos los recibidos por Cristo (Rom.15:7). Y también comunión entre
obreros apostólicos regionales (Gal.2:9), y comunión entre iglesias de santos
(1Tes. 4:10; 2Cor.8 y 9). En fin, como dice en Ef.4: Un Espíritu, un cuerpo,
una misma esperanza, un Señor, una fe, un bautismo (en El), un Dios y Padre
(Ef. 4:3-6).
Gino Iafrancesco V., abril 1982,
Ciudad del Este, Paraguay.
Con
el presente ensayo se señalan algunas coyunturas históricas que deben ser
examinadas cuidadosamente en honor de la verdad y de la conciencia, frente a
las pretensiones de infalibilidad papal que se pretenden imponer a todos los
cristianos por la institución romano-papal. No tengo el deseo de polemizar, ni
de señalar errores ajenos, pues errores tiene todo hombre. Yo he cometido
muchos errores en mi vida y debiera ocuparme principalmente de mis propios
errores. Entre los hombres reconozco infalibilidad al Señor Jesucristo. Tampoco
quisiera hacer perder el tiempo a otras personas avivando la llama de la
polémica. Solamente quiero indicar algunas coyunturas históricas que a juicio
de mi conciencia personal merecen un cuidadoso examen antes de poder aceptar
las pretensiones de infalibilidad papal que un grupo de hombres propone, no
siempre pacíficamente, a todos los demás para reconocerlos plenamente
cristianos. Me juzgo plenamente cristiano a la luzde lasSagradas Escrituras; pero ante las
exigencias institucionales del romano-papismo encuentro dificultades en vista
de las coyunturas históricas que señalo para un examen concienzudo.
Pedro
es llamado por el romano-papismo de primer papa. El apóstol Pablo, en su
epístola a los Gálatas escribe: “Cuando empero vino Cefas a Antioquía, en
persona le resistí, pues se había hecho reprochable. Porque antes de venir
algunos de parte de Jacobo, con los gentiles comía; pero cuando vinieron se
retraía y se separaba, temiendo a los de la circuncisión; y juntamente fingían
con él los demás judíos, de manera que incluso Bernabé fue arrastrado con ellos
a la hipocresía. Pero cuando vi que no andan rectamente con relación a la
verdad del evangelio, dije a Cefas delante de todos: - “Si tú judío siendo,
como un gentil y no como un judío vives ¿cómo a los gentiles compeles a
judaizar?” (Gal.2:12-14). Los puntos serios en este pasaje para una reconstrucción
de fondo son las palabras de Pablo: 1) “No andan rectamente conforme a la
verdad del evangelio” (Hoti ouk ortopodousin pros ten aléteian tou euaggelíon);
2) “¿Cómo a los gentiles compeles a judaizar?” (pos ta etne anagkadseis
ioudaidsein). Las palabras fundamentales de Pablo aquí son: “ortopodousin” de “orthos”
(recto) y “pous” (pie) en relación a la verdad del evangelio. La otra palabra
es: “anagkadseis” (compelir u obligar).
También
en el v.11 de Gal.2 aparece el verbo “kategnosménos”, pretérito perfecto
perifrásico pasivo de “kataginosko” (contra-conocer, conocer algo digno de
reprensión). Pablo conoció algo digno de reprensión en Pedro. Si tal cosa digna
de reprensión, si tal ortopodusía carente, si tal obligar a los gentiles a
judaizar, fueron apenas conductas y no enseñanza “excátedra”, es algo que el
texto no es suficiente para dilucidar en lo histórico, pero sí suficiente para
ver el ambiente apostólico del principio, un tanto diferente al actual.
Artemón
sostuvo que Víctor (c.190), alistado en las listas de papas romanos, defendió
la herejía de los melquisedequianos.
Hipólito
de Roma luchó contra la herejía sabelianista por los años 199- 217, en contra
de Calixto y Ceferino, también alistados en la lista de los papas de Roma, y
que se resistían a condenar tal herejía.
Julio
I (entre 337-352), en su encíclica “Anegnan”, aprobó al hereje Marcelo de
Ancira en el año 341; después, en el mismo año, el Sínodo de Antioquía, con
gran parte de ortodoxos, condenó el sabelianismo herético de Marcelo de Ancira,
y del cual su discípulo Fotino dio claras muestras, y por lo cual el Sínodo de
Milán lo anatemizó en el año 345.
Atanasio,
Jerónimo, Filostorgio e Hilario de Poitiers informan de la caída del papa
Liberio (e/352-366) al claudicar bajo la presión del emperador Constancio ante
la fórmula arriana de Sirnio en 358, para poder retornar del destierro a Roma.
En
el año 417, el papa Zósimo, en su carta “Postquam nobis” declara inocente al hereje
Pelagio, y se admira de como “un hombre tan noble” haya sido calumniado. Pelagio
le había presentado su confesión de fe en su “Libelus Fidei”. Luego de examinar
Zósimo junto con su clero al hereje pelagiano Celestio, escribió la carta “Magnum
Pondus” a los obispos africanos liderados por Agustín de Hipona condenando su
precipitación en el caso de este pelagiano. Los africanos, viendo engañado a
Zósimo, volvieron a pronunciarse de nuevo por la ortodoxia; ante lo cual Zósimo
afirmó su “autoridad suprema”, pero también veladamente retrocedió, queriendo
que las cosas quedaran como las había dejado su predecesor Inocencio I, de cuya
posición él se había alejado y por lo cual el Sínodo Africano le había
reclamado. Agustín de Hipona hubo, pues, de reencauzar el pensamiento de
Zósimo.
El
Sínodo de Cartago (550) excomulgó al papa Vigilio culpándolo de la herejía
monofisita al suscribir él “Judicatun” prescribiendo los Tres Capítulos
(Teodoro de Mopsuesti, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa). Ante la protesta de
occidente, suspendió Vigilio indefinidamente su manifiesto. En una epístola,
aunque había jurado ante el emperador Justiniano mantener la condenación de los
Tres Capítulos, antes de celebrarse el II Concilio de Constantinopla convocado
para tratar el asunto, poco después que Justiniano publicó su confesión de fe
condenando los
Tres Capítulos, el papa Vigilio se opuso a él públicamente y huyó de
Constantinopla a Roma. El emperador, en el Concilio, leyó un nuevo escrito de
Vigilio y no lo acató y desterró al papa; entonces el papa retractó de nuevo su
escrito y aceptó al Concilio que siguió al emperador Justiniano.
El
papa Honorio (e/615-638) durante la controversia monotelita impuso silencio en
sus dos cartas a la ortodoxia de Sofronio de Jerusalem, y en cierto modo apoyó
la posición monotelita de Sergio de Constantinopla. Por lo cual, el IV Concilio
de Constantinopla (680-681) y otros posteriores medievales anatemizaron como
hereje a Honorio I. El papa León II, al suscribir las actas del IV Concilio de
Constantinopla (VI Ecuménico), dio por razón al anatema contra Honorio I el que
había permitido que la “sede apostólica” fuera afeada con una tradición
herética.
El
papa León Magno (440-461) impuso obligatoriamente el celibato a todo el clero, incluidos
los subdiáconos, pero fue resistido principalmente en la Germania.
Por
usar Cirilio y Metodio de Moravia la liturgia eslava, fueron citados por el
papa Nicolás I, a instigación de los alemanes, que eran contrarios a ella. Pero
su sucesor Adriano II (867) aprobó la liturgia eslava. Su sucesor Juan VIII de
nuevo la prohibió, pero convencido por Metodio de Sirmio, la aprobó de nuevo.
Muerto, sin embargo, Metodio, el papa Esteban V (916-917) la prohibió de nuevo.
Honorio
II, después de 1215, aprobó una cruzada de Cristian de Oliva cisterciense
contra los bárbaros infieles de Prusia, pretendiendo convertirlos a la fuerza;
pero retirados los cruzados, obviamente los prusianos volvieron al paganismo.
La
falsa Donación de Constantino y las falsas Decretales pseudo-Isidorianas,
documentos del siglo VIII y IX, con las que refrendóse la creación de los
Estados Pontificios, fueron usadas por el papa Silvestre II y por el papa
Nicolás I. Contra Miguel Cerulario las usó León IX; y Gregorio VII las usó para
ciertas exigencias a España. Sin embargo, ya en 1001, al serles presentados
tales documentos al emperador Otón III, éste las rechazó por falsas. En la
lucha de Eugenio IV contra el rey de Nápoles, Lorenzo Valla demostró su
falsedad de nuevo. Los papas Esteban II y Adriano I recibieron del rey Pipino
de Francia la restitución de los Estados Pontificios amparados por esos falsos
documentos.
En
febrero de 756 Esteban II escribe dos cartas al rey Pipino de Francia; y en la
segunda se presenta como el mismo San Pedro que pretende protegerlo con su
presencia, si Pipino cumple el Tratado de Quiercy de proteger los Estados
Pontificios. Pipino lo hace en honor a San Pedro para remisión de sus pecados,
como consta en su Respuesta al Embajador de Bizancio que reclamaba el Exarcado.
Pascual
III canoniza a Carlomagno (que tuvo 9 mujeres) a instancias de Federico
Barbaroja; por lo cual, con consentimiento eclesiástico, se le dio culto en
Aquisgrán y alrededores. El rey Luis XI de Francia ordenó bajo pena de muerte
celebrar su festividad, y la universidad de Paris en el s.XVII lo hizo su
patrón.
De
la carta “Non ignoramus” de Juan VIII se muestra éste condescendiente con Focio
en relación al Filioque. Algunos apologetas de la infalibilidad papal
intentaron declararla entonces apócrifa.
Nicolás
I, excomulgó a Wadrada, amante adulterina de Lotario. Adriano II, su sucesor,
levantó la excomunión.
Juan
VIII excomulgó a Formoso. Su sucesor Marino I (882-884), levantó la excomunión
y le consagró obispo de Porto a pesar del juramento de Formoso impuesto por
Juan VIII en el sentido de que no ejercería nunca más las funciones
sacerdotales. El papa Formoso (891-896) declaró nulas las ordenaciones de
Focio, a las que Juan VIII, su anatemizador había validado. Formoso hizo con
los aprobados de Juan VIII, lo que Juan VIII había hecho con él. Esteban VI
(896-897) no reconoció el pontificado de su antecesor Formoso, el cual le había
ordenado obispo de Anagni. Al invalidar su propia consagración episcopal por
considerar indigno a Formoso, se hizo partícipe del concepto donatista y
tertulianista tenido por herético. Esteban VI desenterró el cadáver de Formoso
después de nueve meses y en el Concilio Cadavérico lo condenaron invalidando su
pontificado y sus ordenaciones y profanando su cadáver, por lo cual, el pueblo
despojó a Esteban VI y lo estranguló. Teodoro II (897), rehabilitó las ordenaciones
de Formoso. Juan IX, venciendo a su oponente en la silla pontificia: Sergio,
anuló el Concilio Cadavérico presidido por Esteban VI y quemó sus actas.
El
papa Cristóbal I destronó y encarceló a León V (903), pero a su vez Sergio III
destronó a Cristóbal I y lo encarceló junto a León V. Sergio III desconoció el
pontificado de sus dos predecesores a quienes degolló; hizo además revalidar el
Concilio Cadavérico, anulando las ordenaciones emanadas de Formoso y sus
ordenados, y proclamando la necesidad de una nueva reordenación bajo pena de
excomunión y destierro. Por lo cual, fue refutado de sus errores por el
presbítero Auxilius en varios tratados. Sergio III había sido, sin embargo,
ordenado por Formoso como obispo de Cere. Fue éste quien tuvo con Marocia como
hijo al que había de ser el futuro papa Juan XI.
El
papa León II (682-683) declaró hereje al papa Honorio I en carta al emperador.
Liutprande
de Cremona, cronista de la época e intérprete del emperador Otón I, traicionado
por el papa Juan VIII, refiere que el Sínodo de Roma del Año 963 acusó al papa
de celebrar misa sin comunión, ordenar a destiempo y una escuadra de caballos,
vender puestos episcopales y consagrar para esto a niños, asesinato de
cardenal, multiplicación de adulterios, incendiario, beber vino a la salud del
diablo, invocar a dioses paganos.
León
VIII (963-965) en dos días recibió todas las ordenes menores y episcopales.
Bonifacio VIII fue semejantemente acusado por Felipe el Hermoso de Francia.
Benecidto
IX hecho papa siendo muy niño huyó en una revuelta causada por sus
indignidades; entonces subió Silvestre III; pero luego regresó Benedicto IX y más
tarde abdicó recibiendo rentas a favor de Gregorio VI (1045-1046) que fue
depuesto en el Sínodo de Sutri (1046). Benedicto IX volvió al papado de nuevo,
pero el Sínodo de Roma de 1046 lo depuso. El emperador Enrique III nombró
entonces a Clemente II, pero muerto éste, volvió Benedicto IX; pero de nuevo el
emperador Enrique III impone a León IX, quien proscribió el matrimonio de los
sacerdotes y fue adalid de conquistas efímeras por las armas.
Alejandro
II (1063) concede indulgencia plenaria a los soldados del normando Roberto
Quiscardo para recuperar Sicilia de los sarracenos.
En
la proposición 23 en el sílabos de errores condenados por Pío IX, se condena la
declaración de que los papas y concilios ecuménicos han usurpado derechos de
príncipes y errado en fe y costumbres.
Benedicto
VIII en el Sínodo de Pavia(1018) manda
que los hijos e hijas de sacerdotes casados, a quienes se considera meramente
de concubinos, sean reducidos a esclavitud o servidumbre. León IX, Nicolás II,
Alejandro II y Gregorio VII excomulgaron a los sacerdotes casados si se
atrevían a decir una misa. A los fieles prohíben tratarlos y asistir a sus
misas. En el Concilio de Letrán (1123) se declara inválido el matrimonio de los
sacerdotes, diáconos y subdiáconos, bajo el pontificado de Calixto II,
contradiciendo así a las Sagradas Escrituras, con doctrina demoniaca.
El
Concilio de Brixen (1080) decretó la deposición de Gregorio VII acusándole de
herejía, magia, simonía y pacto con el demonio. Se eligió por sustituto a
Clemente III.
Gregorio
VII admitía la falsa Donación de Constantino. Véase el “Dictatus papa”
extrafalarius.
Urbano
II y Adriano III usaban también como Gregorio VII, la falsa Donación de
Constantino para pretender propiedad sobre varias tierras al igual que sobre
España y Britania lo hacía Hildebrando.
Pascual
II (1111), bajo presión imperial de Enrique V, concedió al emperador el
privilegio de investir a los obispos, por lo cual, en Roma y Francia algunos lo
consideraron hereje, y un Sínodo lateranense (1112) anuló el privilegio. Pascal
II quiso abdicar y retirarse; luego, en otro Concilio de Letrán (1116), se
retractó confesando su error públicamente y pidiendo perdón.
Gelasio
II (1118), concede indulgencia plenaria a los soldados de Alfonso el Batallador
que mueran en la conquista de Zaragoza.
Calixto
II, que antes de su pontificado había declarado hereje a Pascual II por
conceder al emperador la investidura a los obispos, ahora la prohíbe a Enrique
V en Borgoña e Italia, y la permite en Alemania, según el concordato de Worns.
Urbano
II (1089) concede indulgencia plenaria a los peregrinos a tierra santa.
Juan
VIII y León IV dicen que tiene entrada directamente al cielo el que muera
luchando por la religión. Igualmente dice el Decreto de Graciano.
Los
cruzados se obligaban con juramento bajo pena de excomunión a marchar hasta
Jerusalem y no retroceder jamás. Ademar de Montiel obispo de Puy, de rodillas
ante Urbano II fue de los primeros en juramentarse.
Gregorio
VIII indulgencia la tercera cruzada. Gelasio II indulgencia la Conquista de
Zaragoza. Inocencio III indulgencia la reconquista de España. Urbano II
absuelve del voto de cruzado a Bernardo de Toledo.
Inocencio
II (1139) en elII Concilio de Letrán
declaró nulos los matrimonios de clérigos. En su discurso de apertura sostuvo
que la Jerusalem terrenal era nuestra madre cautiva por los agarenos,
tergiversando así la epístola de Pablo a los Gálatas.
El
Concilio IV de Letrán manda bajo Inocencio III sobre las vestimentas de judíos
y mahometanos.
Inocencio
III introdujo el título “Vicario de Cristo” en vez de “Vicario de Pedro”,
aunque ya desde el siglo IX eran llamados así algunos obispos. Joaquin de Fiori
había llamado al papa: “Vicario del emperador celeste”.
Inocencio
III sostuvo que Melquisedec es figura del papa, por lo cual a éste corresponden
las dos espadas: la espiritual directa y la material por medio del emperador.
En carta al príncipe de Bulgaria Kelojam sostiene que el papa tiene derecho de
quitar el reino a uno y poner a otro. Y falsamente dice que los papas fueron
quienes trasladaron el imperio de oriente a occidente en Carlomagno, y por lo
cual pueden disponer de la corona.
Honorio
III (1219), por instigación de Federico II, dictó excomunión a todos los
príncipes cristianos que no se presentasen en camino a Palestina en cruzada, el
24 de junio de 1219. Pero el 27 de septiembre de 1227, Gregorio IX excomulgó al
mismo Federico II por no acudir tampoco él a la cruzada. Seis meses después lo
excomulgó de nuevo. En 1229 lo excomulgó por tercera vez relevando a los
súbditos del emperador del juramento de fidelidad. La excomunión la levanto
Gregorio IX en 1230 a cambio de la devolución de los bienes eclesiásticos y un
compromiso de no molestar al clero ni las elecciones episcopales. Pero lo
volvió a excomulgar por cuarta vez en 1239 por apoderarse de Cerdeña. Inocencio
IV indulgenció una cruzada contra Federico II y encargó a un dominico el
predicar en Alemania una cruzada contra Conrado IV sucesor de Federico II a
quien excomulgó por no haber asistido a una cita a rendir cuentas. Alejandro IV
excomulgó a Manfredo por proclamarse rey de Sicilia en la catedral de Palermo,
y predicó cruzada contra Ezzelino III. Luego Urbano III (1264) predicó la
cruzada contra Manfredo y excomulgó a los genoveses que se ponían de parte de
Miguel Paleólogo Bizantino.
Gregorio
X (1274) en el II Concilio de Lyon decretó normas para el cónclave de
cardenales para la elección papal. Decreto que luego derogó Juan XXI. Los
Anales de Colmar hablan del papa Juan XXI (1276) como de un mago.
Martín
V (1284) prohibió a Venecia, Génova, Pizza, Ancona y demás ciudades de Italia,
comerciar con Sicilia y con el rey Pedro de Aragón a quien excomulgó por
invadir Sicilia; lo descoronó y ofreció su corona a cualquier rey católico que
invadiere Aragón y la conquistase. También excomulgó a Miguel VIII de
Constantinopla a instigación de Carlos de Aragón que deseaba una cruzada
indulgenciada para atacar Bizancio. Martín IV rompió así la unificación de
Constantinopla y Roma en el Concilio II de Letrán.
Honorio
IV (1285) predicó cruzada contra Alfonso IV de Aragón e instigó a Felipe el
Hermoso a destronarlo y sustituirlo. Depuso además a los obispos que coronaron
a Jaime I de Aragón sobre Sicilia, aunque recibió el reino legítimamente de
Carlos II de Aragón, el Cojo.
Por
consejo de los cardenales y en especial del futuro Bonifacio VIII, Celestino V
(1294) renunció a la tiara pontificia. Subió entonces Bonifacio siendo recluido
Celestino, a quien algunos sostienen, se le dio muerte con un clavo en el
cráneo por orden de Bonifacio VIII para evitar que retomase la tiara como
proponían los celestinianos y juaquinistas. Bonifacio VIII anuló las
concesiones de Celestino V a los ermitaños celestinianos y otras concesiones.
En
el tratado de Aragón estipulóse (1295) por convocación de Bonifacio VIII el
repudio de Isabel de Castilla por parte de su esposo Jaime II excomulgado, para
casarse con Blanca de Anjou. A Jaime II ofreció Bonifacio VIII en feudo Córcega
y Cerdeña, a la par que prometió ayudarle a conquistarla. Con la bula “Clericis
laicos” Bonifacio VIII excomulga a las autoridades civiles que exijan al clero
taxas o tributos. La biblia manda pagar los impuestos. Por lo cual Felipe IV el
hermoso acusó a Bonifacio VIII de prohibir el dar tributo a César. Entonces
Bonifacio VIII con la siguiente Bula: “De temporus Spitiis” (1297) suaviza sus
dos bulas anteriores, pues el clero francés se declaraba a favor del monarca
godo. Bonifacio VIII con la bula “Etsi de Statu” (1297) deroga su propia Bula “Clerisis
Laicos” (1296), permitiendo ahora usar los diezmos en la guerra contra
Inglaterra. Bonifacio VIII en 1297 indulgenció una cruzada contra los Colona
que no lo reconocían papa legítimo. En 1300 Bonifacio VIII proclamó Jubileo,
año de perdón, no obstante, por la preciosísima sangre de Cristo, en cualquier
tiempo podemos obtener el perdón de los pecados si nos arrepentimos
sinceramente y creemos en El. Pero por la época de este Bonifacio se anunciaba
el perdón por la peregrinación a Roma, y por visitar las Basílicas de Pedro y
Pablo. Bonifacio VIII (1301) por la Bula “Salvatore Mundi” desempolva de nuevo
su propia Bula derogada “Clericis Laicos” revocando las concesiones a Felipe
IV. El papa Clemente V hizo raspar de la Bula de Bonifacio VIII “Ausculta Fili”
lo ofensivo a Felipe IV. Terribles acusaciones se hicieron contra Bonifacio
VIII en Louvre (1303) bajo juramento ante prelados romanistas y Felipe IV. Juan
XXI le acusó de fatuo a Bonifacio. Algunos historiadores, como Weick, se
atreven a sostener de Bonifacio VIII que era hereje, que no creía en la
trinidad, encarnación, eucaristía, virginidad mariana, ni en la vida futura.
Inocencio
IV en una Bula del 1º de julio de 1253 se puso a favor de las órdenes
mendicantes en su conflicto con la universidad. Año y medio después se puso en
contra de ellos con otra Bula, amenazando con la excomunión a quien oyera misa
en los templos de los religiosos, a quienes también prohibió predicar en sus
templos durante la misa parroquial o sin permiso del párroco. Pero meses
después, el sucesor de Inocencio, Alejandro IV, en abril de 1255 se puso de
nuevo a favor de los religiosos en su conflicto con la universidad, amenazando
a ésta con la excomunión si no recibía en su seno a los maestros dominicos y
franciscanos.
Pablo
III (1510) sustituyó el voto de castidad de la orden militar de Calatrava
aprobado por Alejandro III (1164) y confirmado por Inocencio III (1199) cambiándolo
por la defensa de la inmaculada concepción de María.
Alejandro
III extendió el decretó de Inocencio III contra los Albigenses confiscándole
sus bienes; los confiscó además a los difuntos tenidos por herejes. Alejandro
III (1179), después de conceder a los príncipes católicos que apresen a los
Albigenses y les confisquen sus bienes, a partir del III Concilio de Letrán
concede indulgencias a quienes tomen las armas contra los Cátaros y otros.
Gregorio
IX (1224) aprobó la ley imperial de quemar vivos a los lombardos herejes, o al
menos cortarles la lengua.
Inocencio
IV aprobó y animó la tortura en los tribunales eclesiásticos en su Bula “Ad
Estirpand” (1259) contradiciendo a Nicolás I que en su epístola seis tan solo
aprobaba la confesión espontanea.
Con
la Bula “Rex Pacificus”, Gregorio IX (1254) estableció sus Decretales como la
única auténtica colección desautorizando las demás colecciones; sin embargo
Raimundo de Peñafort, que fue el compilador de Gregorio IX, eliminó y acomodó
textos antiguos añadiendo nuevos.
Contra
las opiniones teológicas de Juan XXII en lo escatológico, se levantaron varios
teólogos, entre ellos el futuro Benedicto XII que refutaba a Juan XXII en su
obra “Del estado de las almas antes del juicio final”. Ante tales reacciones,
Juan XXII se defendió diciendo que no había definido nada sino apenas expuesto
textos bíblicos y patrísticos para suscitar a un examen teológico. Sostuvo en
público consistorio que estaba dispuesto a retractar su enseñanza errada si
incluso un niño o una mujer le demostraban su error. De hecho, antes de su
muerte y ante los cardenales modificó su antigua confesión manteniendo sin
embargo ciertas restricciones a la visión beatífica de las almas de los justos
separadas de sus cuerpos; restricciones no reconocidas por Benedicto XII
(1336).
Clemente
VI (1343) ordenaba por la Bula “Polita retro” a Ludovico de Baviera a
despojarse del imperio, luego le mandó que sin licencias de la sede papal no
dictase más leyes en su reino y que suspendiese todos los decretos dados hasta
allí. Y en Bula posterior “OlemVidelicet”, lo maldijo, excomulgó y declaró sin poderes imperiales.
Clemente VI nombró rey de las Islas Canarias, no conquistadas, ni cristianas,
ni papistas al conde español Luis de Claramont con la condición de hacerlas
vasallos del papa.
Juan
XXII (1328) excomulgó al patriarca de Aquileia, y a varios arzobispos, obispos
y abades; los suspendió y sometió a entredicho sus jurisdicciones, por no pagar
el tercio de su renta anual como honorarios por el nombramiento, o la
confirmación de su elección, consagración o traslado.
Urbano
IV (1367) concedió indulgencia plenaria a quienes por un poco de espacio llevasen
de Asís aToledo el féretro del cardenal
Albornoz, reconquistador de los estados pontificios para el papa.
Gregorio
XI excomulgó a los florentinos, prohibiendo conversar y tratar con ellos, o
comerciar, o ayudar. Permitió a todas las naciones papistas robar sus bienes a
cualquier florentino que viviere allí, lo cual se hiso por instigación del
papa.
Urbano
VI (1378) amenazaba con la deposición al emperador y a los reyes que no le
rindieran homenaje, presentándose como superior a todo el mundo y hasta
jactándose de poder excluir a los hombres del paraíso.
Inocencio
III acataba el decreto Graciano donde consta que el papa puede ser depuesto por
el concilio, si es hereje.
El
Concilio de Pizza (1409) condenó a los papas Gregorio XII de Roma y Benedicto
XIII de Avignon como herejes, perjuros, cismáticos y escandalosos, deponiéndolos
y quemando sus dos maniquíes con mitra. Fue nombrado entonces Alejandro VI,
pero los de Roma y Avignon no cedieron. A Alejandro VI sucedió Juan XXIII, de
quien el Concilio de Constanza anuló sus condenaciones y censuras. Depuso a los
ya depuestos en Pizza y aceptó la dimisión pontificia de Juan XXIII prometida,
pues ya en la sesión siete, el concilio le consideró hereje, simoniaco, incorregible,
escandaloso; en la sesión doce lo depuso, a lo que se resignó Juan XXIII
devolviendo el anillo papal y el sello de las bulas, y postrándose ante Martín
V su sucesor elegido en Constanza, el cual de nuevo hiso cardenal a su
antecesor Juan XXIII. Gregorio XII legitimando al igual que luego Martín V, el
concilio de Constanza, abdicó. Gerson por su parte, acusó a Benedicto XIII de Avignon
que estaba renuente a abdicar como culpable de herejía eclesiológica. El
concilio lo depuso prohibiendo severamente obedecerle. Benedicto XIII anatemizó
al concilio y cada “jueves santo” anatemizaba a los que le abandonaban. Hiso
jurar a sus cardenales que a su muerte elegirían otro papa, lo cual hicieron
con Clemente VIII que luego en 1409 se reconcilió con Martín V.
Eugenio
IV (1433) en su Constitución “Dudum Sacrae” revoca presionado por el concilio
de Basilea su propia bula que disolvía el concilio al que tampoco pudo
trasladar a Bolonia debido a la resistencia cardenalicia. Igualmente, bajo
presión conciliarista, modificó su bula “Dudum guidem”, sustituyendo la fórmula
pontificia “Volumus et Contestamus”, a pesar de haber expresado al Dux de
Venecia que antes de modificar la primera fórmula pontificia preferiría morir a
perder la dignidad pontificia. A pesar de todo, el Concilio de Basilea depuso a
Eugenio IV, declarando al concilio superior al papa, y declarando hereje a éste
y a quienes negaran la superioridad del concilio. Entonces eligió el concilio,
para el pontificado a Felix V, un adinerado conde ginebrino laico que luego
abdicó después de haberse asegurado la absolución eclesiástica y un cardenalato,
del sucesor del depuesto Eugenio IV y Felix V: Nicolás II. Alemania, en
concordato con Eugenio IV, había conseguido que éste reconociese decretos de
los concilios conciliaristas de Constanza y Basilea. Decretos confirmados luego
por Nicolás V quien también confirmó resoluciones de Felix V. Nicolás V (1453),
organizando una cruzada contra los turcos a la caída de Constantinopla, concede
indulgencia plenaria a quien se alisteo
envíe soldados contra Mohamed II.
Martín
V (1418) y Eugenio IV aprobaron los ataques portugueses contra los moros del
Africa del norte. Nicolás V concedió indulgencia plenaria en la bula “Cum nos
in terris” (1452) a quienes ayunando cada viernes ayudasen a defender la ciudad
Ceuta de Marruecos de los moros a quienes se la conquistó Juan I. Y con la bula
“Dum diversas” Nicolás V (1452) exhorta a Alfonso V a atacar a los paganos
infieles y sarracenos y conquistar sus tierras, concediendo indulgencia
plenaria a quienes vayan a la guerra. En 1455, con la bula “Romanus Pontifex”,
Nicolás V concede al Infante don Enrique el navegante y al rey de Portugal las
islas y costas de Guinea y el Africa meridional, sus puertos, provincias y
mares invadidos. A los de Castilla concedía las Islas Canarias. Calixto III
confirmó las entregas a Portugal, de Nicolás V y las extendió con su Bula “Inter
Caetera” (1456). Calixto III mandó a la orden de San Agustín predicar la guerra
santa bajo pena de excomunión, pues se había juramentado en su elección a la
reconquista de Constantinopla de los Turcos. Ordenó celebrar una vez al mes,
misa contra los paganos, y es legendario ya el hecho que lanzó la excomunión
contra el cometa Halley cuando este apareció. Dice la leyenda que ordenó
Calixto III tocar las campanas contra el cometa excomulgado. La universidad de
Paris apeló al concilio universal de las bulas de cruzada de Calixto III, y los
príncipes electores alemanes reaccionaron contra la codiciosa explotación de
diezmos e indulgencias. Los sínodos de Frankfurt (1456) y Salzburgo concluyeron
que la cruzada contra Turquía predicada por Calixto III era solo un pretexto
para enriquecer a los nepotes pontificios. Calixto III asuzaba contra los
turcos incluso a los no católicos, escribiendo, por ejemplo, al Negus de
Etiopía Zara Jacob y al rey de Persia y Armenia: Usunh Assan. Calixto III, en
su bula “Romani Pontificis” (1456) confirmando la anterior “Etsi Nonuquam” a
Enrique IV de Castilla concede por primera vez indulgencias para los difuntos
con miras a la cruzada contra los Turcos.
Pío
II (1461) escribió una carta al sultán Mahomed II exhortándole a convertirse al
cristianismo y prometiéndole el imperio oriental y de Bizancio, y diciéndole
que entonces “habitará el leopardo con el cordero y el ternerillo con el león;
las espadas se convertirán en hoces, arados y azadas”; lenguaje que alude a la
época mesiánica.
Sixto
IV (1476) concede indulgencias a quienes celebren la festividad de la
inmaculada concepción de María, proclamada en el Concilio de Basilea.
Inocencio
VIII (1492), recibiendo del Sultán Bayaceto la supuesta lanza que atravesó el
costado de Jesucristo, se postró ante ella y la ofreció a la adoración del
pueblo.
En
el período de Inocencio VIII se falsificaron varias bulas; descubierto el
culpable, fueron conducidos a muerte. El cronista Infressura asegura que por
aquella época Inocencio VIII publicó una bula permitiendo el concubinato en
Roma. Los defensores del papado obviamente las consideran espúreas.
Llegado a este punto de la
investigación, percibí claramente en mi espíritu que el Espíritu Santo me
desalentaba para no seguir con ella; por lo cual aquí termino.
Distinción entre revelación general y revelación
especial.-
Como
metodológicamente correspondería, antes de adentrarnos un poquito en las
consideraciones de bibliología histórica, como campo especial donde se da el
conflicto de paradigmas, convendría no pasar por alto la necesaria antesala de
lo que ha sido llamado la revelación general y su conexión con la teología
natural. Por una parte, desde los albores mismos de la humanidad, ha acompañado
al hombre la revelación divina especial (Gn.2:16-18; 3:8-19, 21-24; 4:6-16;
6:13-22; 7:1-5; 8:15-17; 9:1-17).
Ésta
última, como testimonio de la intervención actuada y hablada de Dios directa y
personalmente para con el primer hombre, y los demás, desde el principio, se
distingue del testimonio indirecto, esperando ser deducido y percibido por el
hombre, acerca de Dios, a través de las huellas divinas en la naturaleza (Job
12:7-9; Salmo 19:1-4ª; Hchs.14:17; 17:26-29; Rom.1:18 a 2:16). Así, pues, que,
por una parte, hay una diferencia cualitativa entre la revelación meramente
general a todos los hombres, por medio de las cosas creadas, y la revelación
especial como intervención histórica y redentiva, además de directa y
canónicamene registrada, en la historia humana, que ahora podríamos llamar
sagrada, dirigida también a todos los hombres sin excepción (Ezq.33:11; Mr.16:15,
16; Hchs. 17:30, 31; Col.1.28; 1Tim.2:4; 2ªPd.3:9; 1Jn.2:2).
Distinción entre revelación general y teología natural.-
Por
otra parte, también existe, como bien lo señala G. C. Berkouwer juntamente con
su bibliografía comentada, especialmente en sus Estudios de Dogmática, una
distinción ontológica y epistemológica entre revelación general y teología
natural. Revelación general se refiere al hecho divino de la intención cumplida
de Dios de revelarse, aunque solo sea parcialmente, aunque también verdaderamente,
por medio de sus obras creadas. En cambio, teología natural se refiere al
percibir humano de esa revelación general. La falta, en el barthianismo, de esa
distinción ontológica y epistemológica necesaria, hicieron que el moderno
asalto de Karl Barth a la teología natural, resultase neutralizado. Ni siquiera
Calvino, al que pretendía en parte regresar Barth, tuvo tal confusión epistemológica,
de confundir los planos de la oscura percepción humana y el hecho divino y
objetivo de la revelación. La ceguera del hombre caído no disminuye la realidad
objetiva del actuar divino; y por lo contrario, conmueve a Dios para un actuar
mayor. Por eso aparece la escala ascendente desde la revelación general hacia la
especial, y a su vez, de éstas hacia la iluminación progresiva, no tan solo en
el plano de la gracia soberana, sino también en el plano del carácter divino
que soberanamente decidió tener en cuenta trascendentalmente la responsabilidad
humana, capacitada ahora por la divina gracia común. El Dios soberano, como
Novio que espera el sí de la
Novia, escogió, por dignidad, la colaboración humana, y no
desiste de ella, ni siquiera después de la caída del hombre. Por eso la gracia divina
capacita de nuevo universalmente para la responsabilidad, pero no la sustituye
(A Tito 2:1). Por eso mismo también, por causa de la responsabilidad capacitada
por la gracia común, y que recibe (Jn.1:12) o afrenta la gracia divina
(Hchs.7:51; Heb.10:29), existe igualmente el justo juicio divino. Fue, pues, la
misma soberanía divina la que constituyó en trascendental a la responsabilidad
humana (Mt.16:24; 19:211; 20:27; 21:28-32; 23:37; Mr.8:34 35; 9:35; 10:43, 44;
14:7; Lc.13:34; Jn.7:17; Dt.20:19; Ap.22:17), aunque ésta última, con toda su
sola fuerza, no sea capaz de salvar al hombre (Jn.6:65; 15:5c; Rom.8:8, 7; 9:16)
. La redención en Cristo, recibidos (Cristo y redención) por fe, y fe dada
universalmente a todos con el testimonio y la resurrección históricos y
objetivos de Jesucristo (Hchs. 17:31), es la única fuente de salvación, pues no
hay lugar para la jactancia humana, como enseña el apóstol Pablo (Rom.3:27), en
el don de la fe que viene por el oir el testimonio de Dios (Rom.10:17).
Legitimidad de la
revelación general reconocida divinamente.-
Es
la misma revelación divina especial, canónicamente registrada en las Sagradas
Escrituras bíblicas, la que nos señala el lugar legítimo de la revelación divina
general a través de la naturaleza. No podemos pasar por alto las declaraciones
de Jesús, de Pablo, de los salmistas y escritores sapienciales, etc.,
divinamente inspirados, que nos hablan de la intención divina de dejar Sus
huellas mimetizadas en todas Sus obras. La firma de Dios está allí para ser
primeramente sospechada, entonces buscada, entonces encontrada y escudriñada, a
manera de clave gravitatoria que nos atrae hacia Él mismo. Este campo es, pues,
también, una antesala que deja al hombre sin excusa. Si bien, también debemos
tener en cuenta el hecho de que el hombre caído no conoció suficientemente a
Dios por su sabiduría meramente humana (1Cor.1:21). Ésto, por culpa del hombre
mismo; no por carencia de revelación objetiva. Como dice el dicho popular: “No hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. Así que los ataques de la llamada “ilustración”
a los tradicionales argumentos teológicos, se descubren como meras falacias
escapatorias y culpables, que apenas muestran la deslealtad humana a Dios.
Analogía del amor y la luz.-
Como
dijo Jesucristo: “Sin causa me aborrecieron” (Jn.15:25b). Y
también dijo: “Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los
hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz, para que sus obras no sean
reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea
manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Jn.3:19-21).
No
es de extrañar, en este contexto, entonces, el por qué del conflicto de
paradigmas. La hostilidad, sin causa, injusta y perversa, contra Dios, se
convierte en hostilidad contra Jesús y los Suyos. “No puede el mundo
aborreceros a vosotros; mas a mi me aborrece, porque yo testifico de él, que
sus obras son malas.../...Si fuérais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero
porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os
aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que
su señor. Si a mi me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han
guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas todo esto os harán por
causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado. Si yo no hubiera
venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa
por su pecado. El que me aborrece a mi, también a mi Padre aborrece. Si yo no
hubiera hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado;
pero ahora han visto y han aborrecido a mi y a mi Padre...” (Jn.7:7;
15:19-24).
En
el fondo, es una cuestión de amor. Cuando Judas Tadeo Lebeo, hermano de Jesús,
le preguntó: “¿Cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?”
(Jn.14:22), Jesús le respondió haciendo diferencia entre aquellos bajo el
paradigma dela “Simiente de la Mujer”, Sus discípulos, y
aquellos del paradigma “de la serpiente”, los hijos del diablo, cuyos deseos
quieren cumplir, de sustituir a Dios por sí mismos, haciéndose a sí mismos
dioses. “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y
vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis
palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del que me envió”
(Jn.14:23, 24).
Frente,
tanto a la revelación general, como a la especial, ¿por qué hay alinderamientos
diferentes? Principalmente por causa del amor o no a Dios. Tal amor o des-amor
se encuentra detrás de la formulación de cada paradigma, sea el que sea, tanto
en lo genérico, como en lo minucioso. Las justificaciones conceptuales tienen
como base este amor, o esta carencia de amor. “Los limpios de corazón verán
a Dios” reza la bienaventuranza cristiana. ¿Por qué no oís vosotros mis palabras?,
dice el Señor, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas conocen mi voz y me
siguen y al extraño no seguirán, porque no conocen la voz de los extraños. En
este campo juega un papel importantísimo el conocimiento por el Espíritu; algo
que los electores del árbol que mata no conocen. No ven, porque no quieren;
para no ser estorbados en sus egolatrías. No importa cuanto disfracen
eruditamente su miseria; su erudición no puede esconder las plumas de su
des-amor. Un paladar espiritual aguzado puede discernir el espíritu motriz de
toda clase de argumentación. Esta epistemología espiritual, fácil a los niños,
ha sido desechada por aquellos que por ella son descubiertos y expuestos. Lo
demás es cuento, o tragedia.
_______________________________
Gino
Iafrancesco V., 11 de diciembre de 2008, Bogotá D.C., Colombia.