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Septiembre del 2007

JESÚS, SEÑOR Y REY DE LAS NACIONES

Por Gino Iafrancesco V. - 25 de Septiembre, 2007, 9:53, Categoría: General

JESÚS, SEÑOR Y REY DE LAS NACIONES

Todas las cosas las creó Dios en función de Su Hijo, en Su Hijo, con Su Hijo y para Su Hijo (Col.1:15-16: Jn.1:3).

El hombre fue creado para ser conformado al Hijo de Dios viviendo por Él (Gn.1:26; 2:9). El Hijo de Dios es la vida que está con el Padre (1Jn.1:2). Él es la vida zoé del árbol de la vida, que fue ofrecida al hombre desde el Edén, para que el hombre viviera en unión con Dios siendo conformado a la imagen de Dios que es el Hijo.

Desde el principio Dios pensó al hombre en familia, y planeó que la tierra fuese llena de su género (Gn.1:26-28). El género humano sería, pues, un hombre corporativo que llenaría la tierra, sojuzgándola corporativamente, en familia, para Dios.

Después de la caída del hombre, la condición de éste cambió por el pecado, pero el propósito de Dios nunca ha cambiado. Por eso fue necesaria la redención, para recuperar al hombre para el propósito divino. El hombre caído se tornó un viejo hombre; pero el Hijo de Dios encarnado llegó a ser el elemento del nuevo hombre para la recuperación humana. En la cruz de Cristo, el viejo hombre fue crucificado, en Su sangre nuestros pecados fueron limpiados, y en el poder de Su resurrección, y por Su Espíritu, fuimos regenerados, y somos renovados, trasformados y configurados al Hijo de Dios, en el cuerpo de Cristo. El cuerpo de Cristo es ahora el nuevo hombre en Cristo, que ha de cumplir el propósito divino.

Por eso Dios prefiguró el alcance corporativo de la redención en Cristo. Dios le prometió a Abraham que en su simiente serían benditas todas las familias de la tierra. El cordero pascual debía ser comido en familia. Un cordero por familia. El hilo de grana, que nos recuerda la sangre de Cristo, en la ventana de Rahab, que había recibido a los mensajeros de Dios, era la señal por la que su casa, con su familia, sería guardada del juicio. Por lo tanto, la salvación de Dios abarca, en el cuerpo de Cristo, a gentes de todas las razas, lenguas, etnias y tribus, que cual miembros del cuerpo único de Cristo, extienden el reino de los cielos por toda la tierra, como era la misión del hombre desde el Edén.

En su epístola a los Gálatas, lo cual corrobora en otras, el apóstol Pablo nos enseña por el Espíritu que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, somos revestidos de Él, donde ya no hay diferencia de razas, nacionalidades, etnias, tribus, sexos, clases sociales, sino que somos uno en Cristo, el cuerpo de Cristo, y herederos con Cristo de la promesa hecha a la simiente de Abraham.

Puesto que Dios hizo todas las cosas para Su Hijo, entonces le pidió a Su Hijo que Éste, a Su vez, le pidiera al Padre las naciones; pues eso es lo que el Padre siempre ha deseado: que Su Hijo encabece para Él todas las cosas en los cielos y en la tierra. "Mi Hijo eres Tú; Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra…" (Salmo 2:7,8).

Por eso también, cuando resucitó y apareció a Sus discípulos, les dijo: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra; por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".

Por esa misma razón, la bacia de bronce, el lavacro que Salomón, como hijo de David, figura del verdadero Hijo de David, que es nuestro Señor Jesucristo, construyó en el atrio del templo de Dios, estaba colocada sobre el lomo de 12 bueyes que salían en dirección a los cuatro ángulos de la tierra; así como los apóstoles, llevando su yugo con el Señor, salieron por todo el mundo, llevando el anuncio del evangelio.

Cuando el Hijo del Hombre resucitó de entre los muertos y ascendió a la diestra del Padre, fue llevado en una nube ante el Anciano de días, y allí le fue entregado el dominio de todos los siglos. El Cordero recién inmolado apareció ante el trono, y le fue entregado el Libro sellado con siete sellos, el cual, al ser abierto por el Cordero, traería como resultado al fin, que todos los reinos del mundo viniesen a ser del Señor y de Su Cristo. Ese Libro de los siete sellos contenía el plan del propósito divino, por medio del cual Dios colocaría bajo las plantas de los pies de Su Hijo todas las cosas, sometiéndole todos sus enemigos, suprimiendo toda otra autoridad rebelde en el universo visible y en el invisible.

Lo primero que hizo el Cordero de Dios, ahora León de la tribu de Judá, para echar a andar el maravilloso plan divino para consumar Sus propósitos, fue abrir el primer sello, con lo cual echó a andar victorioso y para vencer, el caballo blanco, personificación del avance del evangelio por toda la tierra. El que descendió, dice Pablo a los Efesios, fue el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. El Cristo ascendido nos envió Su Santo Espíritu para capacitarnos a ir a todas las naciones con Su Palabra para serle testigos. Después de la fiesta de Pentecostés venía la fiesta de las Trompetas; y así, después de ser investidos por Su Espíritu del poder de lo Alto, sale la Iglesia a todas las naciones a predicar la fe para la obediencia de todas las naciones.

Entonces es la hora de la Iglesia, del cuerpo de Cristo. El Cristo ascendido victorioso a la diestra del Padre, y que abre el Libro de los siete sellos para someter al Padre todas las cosas, para que Dios lo sea todo en todos, al abrir el primer sello y echar a andar el caballo blanco destinado a vencer, da a la Iglesia, para perfeccionar a los santos para el ministerio de edificar el cuerpo de Cristo, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Su trabajo en el cuerpo, y el del cuerpo mismo, es la cabalgata victoriosa del caballo blanco, cuyo jinete, Jesucristo, ya disparó su flecha al corazón del enemigo.

Para todos aquellos, entonces, que rehúsan reconocer al Cordero de Dios, al Hijo de Dios resucitado de entre los muertos, como el Señor y Salvador, no les queda sino el cabalgar de los siguientes caballos del Apocalipsis. Si derramaron la sangre de los hijos de Dios, de los mártires de Jesús, entonces, como dice el ángel, han de beber sangre. El caballo bermejo de la guerra es echado a andar detrás del blanco. Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No, sino espada, dijo Jesucristo; porque desde ahora estarán divididos, en una misma casa, dos contra tres, y tres contra dos; y los enemigos del hombre serán aún los de su propia casa. La guerra viene como consecuencia del rechazo del evangelio.

Y como consecuencia de la guerra, viene el hambre; y como consecuencia de la guerra y del hambre, viene pestilencia, mortandad y  muerte. Y a la muerte le sigue el Hades; y al Hades el Lago de fuego. Eso es lo que le espera a los que rechacen el evangelio de Jesucristo. Y entonces, con gran tribulación, y con trompetas y tazas de juicio, todas las cosas son puestas a los pies de Aquel cuyo es el derecho: el Hijo de Dios. Así, de esta manera, los reinos del mundo vendrán a ser del Señor y de Su Cristo.

Pero el primer caballo enviado para vencer, es el caballo blanco del evangelio. El Espíritu Santo, el ministerio en pleno, todos los santos del cuerpo de Cristo,  y sus ángeles acompañantes, han sido puestos en acción para ir a todas las naciones de la tierra, a todas las etnias sin distinción, que fueron pedidas por el Hijo al Padre, de modo a someter la tierra para Dios.  

Ahora corresponde a nosotros, como pueblo de Dios, gemir en intercesión, como lo hacía Juan Knox, para que las naciones nos sean dadas para el Hijo de Dios. "Dame Escocia, Señor, o sino me muero", gemía el gran  reformador escocés. Que no descansemos hasta que todas las cosas le sean puestas por estrado de los pies a nuestro amado Señor.

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Gino Iafrancesco V., 24/IX/2007, Londrina, Paraná, Brasil.

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BREVE INFORME SOBRE EL CONCILIO DE TRENTO

Por Gino Iafrancesco V. - 15 de Septiembre, 2007, 10:31, Categoría: General

BREVE INFORME SOBRE EL CONCILIO DE TRENTO

(Solicitado al autor por la comunión de pastores de Bogotá)

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Ante la condición degradada de la institución romano-papista en los siglos medios y el renacimiento, surge la reforma protestante, que pone en evidencia los abusos y desvíos. Los intentos de "reforma" al interior del romanismo, intentados por Cisneros, Vicente Ferrer, Bernardino de Siena, Juan de Capistrano, Jerónimo Savonarola, y el grupo progresista de Contarini, fracasaron. El emperador Carlos V, velando por los intereses políticos del imperio, presiona al papa para que convoque un concilio general. Se adelantó la dieta de Ratisbona, donde se buscó el entendimiento protestante-romanista; pero el entendimiento de tal dieta es más aparente que real, y termina por desilusionar. Desde el papado, Paulo III, presionado bajo las presiones generales del reclamo por un concilio ecuménico, conforma la comisión Contarini, que luego de estudiar la situación, informa secretamente a Paulo III y su curia, del estado moral deplorable de la institución, y su nefasta influencia sobre el pueblo. Pero los sucesores, Julio III y Paulo IV, consideraron a la comisión Contarini como sospechosa de herejía. Se organiza entonces la contra-reforma, asistida por la inquisición y la compañía de Ignacio de Loyola. Convócase el concilio de Trento, que iniciado en 1545, termina 18 años después, en 1563, y que fue presidido por los legados de Paulo III, Julio III, Marcelo II, Paulo IV y Pio IV. Para las fuentes, véanse las cartas de Contarini y Flaminio, el diario de Pseaume de Verdum, los catálogos de Adverigo, los escritos de Farnesse, González de Mendoza, Pérez de Ayala, las actas de Massarelli, los escritos de Seripando de Salerno, las historias de Sarpi y Palaviccini, y los estudios de Ranke, Dollinger y Denzinger, junto con el texto conciliar de la edición auténtica romana de 1546, traducido al español por Ignacio Pérez de Ayala.

Bajo la influencia de los legados papales, se impuso el voto de la mayoría papista italiana. Fue grande la influencia de los teólogos papales Laínez y Salmerón, de la compañía de Ignacio de Loyola, quienes habían hecho voto de absoluta obediencia al papa y de ensalzarla y propagarla.

Se trató primero sobre las fuentes de la verdad, otorgándosele igual autoridad a la tradición y a la Escritura, incluyendo en ésta última a los llamados apócrifos, y según la traducción de la Vulgata Latina, cuyo texto se hizo el oficial y autoritativo, interpretado por la jerarquía romano-papista. Se prohibieron, entonces, las versiones vernáculas. No se especificó cual era el contenido de la tradición no escrita, sino que se remitió al papa lo que sería tal contenido. Chioggia y su grupo, que propusieron en el concilio como regla de fe a la sola Escritura, fueron tildados de luteranos. Con una bula de Paulo III se acalló a los participantes alemanes y españoles, que insistían en el uso de versiones vernáculas. Catarino, en contra de Cayetano, basado en los decretos papales de Inocencio, Gelasio y Eugenio, insistió en insertar en el Canon a los llamados apócrifos. 30 hombres, en 4 reuniones, discutieron estas cosas. De entre los 30 había 4 partidos, y triunfó la mayoría del tercer partido, que fue la que dio expresión final al decreto que anatemizaba a todo hombre que no lo acate. Fue ratificado por 53 de los participantes, de entre los cuales, según los entendidos, ninguno era erudito en cuestiones históricas. El decreto contradecía el juicio de las iglesias griegas y latinas de los siglos anteriores. La actual constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina revelación, del concilio Vaticano II, se fundamenta exclusivamente en los cánones tridentinos en 4 ocasiones.      

La siguiente sesión trató el tema del pecado original; el decreto excluye a María en este respecto, y se apoya en las constituciones anteriores de Sixto IV, las cuales abrieron la puerta para que posteriormente, en 1854, se proclamara el dogma de la inmaculada concepción de María, contradiciendo a Pablo (Romanos 3 y 4), y a las enseñanzas patrísticas y escolásticas de Eusebio, Agustín, Anselmo y Tomás de Aquino.

Antes de votarse el decreto sobre el pecado original, los legados papales pidieron a Roma que enviara más participantes a Trento, para contrarestar el voto de los que se inclinaban a las doctrinas de la reforma en este respecto. En el párrafo 5 del decreto, refiriéndose a Romanos 7, dice textualmente. "Esta concupiscencia que alguna vez el apóstol llama pecado (Romanos 6:12), declara el santo concilio que la iglesia católica nunca entendió que se llame pecado porque sea verdadera y propiamente pecado en los regenerados, sino porque procede del pecado y al pecado inclina; y si alguno sintiere lo contrario, sea anatema". Lo cual refutó Calvino en su "Antídoto" a los decretos de Trento, citándoles de la antiguedad; además de Pablo, a Ambrosio y Agustín.

Posteriormente se trató acerca de la justificación. Con 32 votos contra 5, se rechazó la doctrina de la justificación imputada; y con 33 contra 16, la de la perseverancia de los redimidos. En esta ocasión, Vosmediano de Cádiz fue pisoteado por sostener que de antiguo los metropolitanos, por propia autoridad, ordenaban obispos.

El concilio anatemiza a quien sostenga que el pecador se salva por la sola fe, y que su justificación es el resultado de serle imputada la justicia de Cristo. El Canon 12 dice textualmente: "Si alguno dijere que la fe justificante no es otra cosa que la confianza en la divina misericordia que perdona pecados por causa de Cristo, y que esa confianza es la única con que nos justificamos, sea anatema".

En sesión posterior se trató el tema de los sacramentos, intentando contraponerse a la reforma; a lo que contestó Calvino: "Nosotros nos adherimos a la verdad de que los signos expresan verdaderamente la realidad de la gracia, pero sostenemos que no son eficaces aparte de la fe". Además de los cánones tridentinos mencionados, también se trataron otros de reforma interna, pero precedidos por una fórmula que salvase siempre "la autoridad de la sede apostólica".

En próximas sesiones, ratificó al concilio IV de Letrán, en lo referente a la transubstanciación eucarística, y promulgando el deber de adorar con culto latréutico a la hostia, imponiendo con anatemas la confesión sacramental previa al comulgar.

Tratáronse también otros temas sacramentales. Más adelante, el concilio se ocupó del índice de libros prohibidos, de la residencia de los obispos, de la cena con una sola especie, y de la misa como sacrificio propiciatorio por vivos y muertos en honor de los santos, y en latín.

En la sesión final, con prisa para terminar el largo concilio, se aprobaron los decretos relativos al purgatorio, la invocación de los santos, las reliquias, las imágenes y las indulgencias. La fe romanista tridentina se resume en el credo del papa Pio IV. Las actas finales fueron firmadas por 213 personas, 2/3 italianos. Con la bula Benedictus Deus se remite únicamente al papa la interpretación de los cánones conciliares.

Apéndice: Credo del papa Pio IV:

"I. Admito y abrazo muy firmemente las tradiciones apostólicas y eclesiásticas, y todos los demás estatutos y constituciones de la misma Iglesia".

"II. Admito también la santa Escritura conforme a aquel sentido que nuestra Santa madre Iglesia ha mantenido y mantiene, a la cual pertenece juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras; ni jamás las recibiré e interpretaeré de otra manera que en conformidad al unánime consentimiento de los Padres".

"III. Confieso, además, que verdadera y propiamente hau siete Sacramentos de la nueva ley, instituídos por Nuestro Señor Jesucristo, y que son necesarios para la salvación del género humano, aunque no todos ellos para cada particular individuo: a saber, el bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, Penitencia, Extrema Unción, el Orden y el Matrimonio; y que ellos confieren gracia; y que de ellos el Bautismo, la Confirmación y el orden no pueden sin sacrileegio ser reiterados; y recibo también y admito las recibidas y aprobadas ceremonias de la Iglesia Católica usadas en la solemne administración de todos los dichos Sacramentos".

"IV. Abrazo y recibo todas u cada una de las cosas que han sido definidas y declaradas en el Santo Concilio de Trento tocante al pecado original y a la justificación".

"V. Confieso, asimismo, que en la misa se ofrece a Dios un verdadero, propio y propiciatorio sacrificio por los vivos y por los difuntos; y que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están verdadera, real y substancialmente eel cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad de Jesucristo; y que se verifica una conversión de toda la substancia del pan en el cuerpo del Señor, y de toda la substancia del vino en su sangre; a cuya conversión llama transubstanciación la Iglesia Católica. También confieso que bajo cualquiera de estas especies se recibe a Cristo total y cumplidamente y un verdadero sacramento".

"VI. Mantengo firmemente que hay un Purgatorio, y que las almas en él detenidas reciben socorro por los sufragios de los fieles".

"VII. Asimismo, que los santos que reinan juntamente con Cristo deben ser honrados e invocados; y que ellos ofrecen a Dios oraciones por nosotros, y que deben ser tenidas en veneración sus reliquias"-.

"VIII.  Sostengo firmísimamente que las imágenes de Cristo, las de la madre de Dios, siempre virgen, y también las de otros santos, se pueden tyener y conserrvar, y que ha de dárseles debida veneración y honra".

"IX.  Del mismo modo afirmo que Cristo dejó a la Iglesia el poder de las indulgencias, y que el uso de ellas es muy provechoso al pueblo cristiano".

"X. Reconozco la santa Iglesia Católica Apostólica Romana por madre y señora de todas las iglesias; y prometo leal obediencia al obispo de Roma, sucesor de San Pedro, Príncipe de losApóstoles y Vicario de Jesucristo".

"XI. Igualmente recibo sin duda y profeso todas las demás cosas dadas, definidas y declaradas por los sagrados cánones y generales conciliois, especialmente por el santo concilio de Trento; y condeno y anatemizo todo lo contrario a ellas, y todas las herejías que la Iglesia ha condenado, repelido y anatemizado".

"XII. o, N:N:, confieso ahora libremente y en verdad abrazo esta verdadera fe católica; sin la cual nadie puede ser salvo; y con la ayuda de Dios, prometo retener perseveranteemente y confesar la misma entera e inviolable hasta el fin de mi vida".

Éste es hasta aquí el texto del credo del papa Pio IV. Es uno de los más breves resúmenes de lo que han sido las doctrinas de la institución romano-papista. Quien no pueda aceptar cada uno de estos artículos, y todos en conjunto, ha sido declarado anatema por los firmantes del tal concilio.

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Gino Iafrancesco V., 1989, Bogotá, Colombia.

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EL BUEN DEPÓSITO

Por Gino Iafrancesco V. - 6 de Septiembre, 2007, 19:47, Categoría: General

EL BUEN DEPÓSITO

 

En el libro de Zacarías, profeta de la restauración, al igual que Hageo, leemos: “…he mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él; y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda” (Zacarías 4:2,3).

 

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, el Libro de Dios nos habla del propósito y del plan divinos, su desarrollo y consumación, todo centrado en el Misterio de Cristo. Las semillas fundamentales que son sembradas en Génesis y el resto del Pentateuco, son cosechadas en el Apocalipsis. Todos los pasajes que encontramos en la Biblia, por el mismo Espíritu que los inspiró, están ligados al hilo central del propósito y del programa divinos. Dios busca reunirlo todo en Cristo para que Dios sea contenido y expresado en gloria a través del Hombre Corporativo, Su esposa, que se consuma en la gloriosa Nueva Jerusalem, morada mútua de Dios y los Suyos.

 

Es así que vemos la revelación del candelabro en Éxodo 25:31-40 y otros pasajes del Pentateuco, relacionada a la cita antedicha de Zacarías, ambientada en Hebreos 9:2 y Mateo 5:15, y consumada en los candeleros del Apocalipsis. Se nos representa a Cristo manifiesto en el Pueblo de Dios, que en el Antiguo Pacto de figuras y sombras era Israel, y que hoy es la Iglesia universal, el cuerpo de Cristo, expresado en la iglesia de cada localidad o ciudad, según el Nuevo Testamento de realidades espirituales.

 

La Luz de Dios, cuyo esplendor es Cristo, brilla por el aceite del Espíritu, desde el depósito de la revelación divina, con plenitud séptuple, a través del organismo único que es Su cuerpo, el cual se asienta en cada localidad como la iglesia del lugar, para alumbrar también desde Dios a este mundo en tinieblas.

 

El oro del candelero representa la naturaleza divina, que ha de formarse en Su pueblo labrada a martillo; es decir, bajo la Palabra viva de Dios y el golpeteo de las circunstancias moldeadoras. El candelero es de una sola pieza, porque la iglesia es una y debe manifestar las características y la unidad de la naturaleza divina en la comunión práctica y visible del Espíritu de Jesucristo que alumbra por Su iglesia en cada localidad, a los ojos del mundo, para que éste conozca y crea (Jn.17:20-23).   

 

He allí la responsabilidad nuestra para colaborar con Dios conforme a Su palabra, y para no escandalizar al mundo con otros nombres y caracteres que el de Cristo, estorbando el propósito del Altísimo.

 

En Zacarías leíamos del depósito que alimenta al candelabro. El suministro proviene del depósito. La Iglesia ha recibido de Dios, por Jesucristo, mediante el Espíritu de la Palabra, un depósito que debe conservar. “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros”, escribía el apóstol Pablo a Timoteo antes de morir (2Tim.1:14);  Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga” (2Tim.2:2ª). Ya en su carta anterior le había escrito: “…guarda lo que se te ha encomendado” (1Tim.6:20).

 

El ministerio y la Iglesia en general no están, pues, colocados para distraerse en ocurrencias múltiples y disímiles, sino para recibir, contener, penetrar, disfrutar y también guardar, suministrar y expresar el buen depósito de Dios, según el suministro del Espíritu de la santa Palabra. Esto debe hacerlo la Iglesia y el ministerio en unidad y con luz plena, séptuple; no en división, ni en parcialidades incompletas que perjudican el testimonio de Jesucristo.

 

Según Efesios 1:22,23, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. De manera que el contenido primero y fundamental del depósito que hace brillar a la Iglesia, es Dios mismo; lo que Dios es, y lo que ha planeado y hecho. Éste Dios se nos ha revelado por el Hijo que es Jesucristo. El Espíritu nos suministra, pues, lo que es del Padre y Cristo (Jn.16:13-15; y 14:23).

 

En Cristo vemos, no solo a la naturaleza divina, sino también a la naturaleza humana perfecta. Vemos en Cristo Su kenósis o anodadamiento y despojamiento; vemos Su encarnación desde la concepción virginal en el vientre de la virgen María. Vemos Su nacimiento, Su crecer humano en estatura, gracia y sabiduría, vemos Sus pruebas y Su vivir humano perfecto, Sus muy significativas y abarcantes crucifixión, sepultura, resurrección, ascención, mediación, gobierno y regreso. Cada uno de estos ítems es riquísimo y se relaciona al depósito de la Iglesia. Lo es también la realidad, el suministro y la obra completa del Espíritu.

 

 En esta breve panorámica a vuelo de pájaro del buen depósito que ha recibido la Iglesia, captamos que sus primeros y fundamentales contenidos son la verdad de Dios y el mismo Dios de la verdad; la verdad de Cristo y el mismo Cristo que es la verdad; la verdad del Espíritu y el mismo Espíritu de la verdad; la verdad de la salvación y la misma experiencia y realidad de la verdadera salvación y liberación. Vemos también que la plena salvación es la recuperación total de hombre para el propósito eterno de la Deidad. Ese propósito, y todo el programa de la economía, o dispensación, o administración del Misterio antes oculto en Dios, es también ahora contenido del depósito, pues la Luz Divina de la Sagrada Revelación nos muestra quien es Dios, qué quiere, y hacia dónde va; también nos muestra cómo va hacia el pleno desarrollo y cumplimiento en nosotros de Su meta. Aquí se incluye también todo el ingrediente profético.

 

La meta de Dios para con nosotros, la cual debe llegar a ser nuestra meta, es ítem fundamental del depósito y de la economía del Nuevo Testamento. El Evangelio y el Misterio de la Economía Divina están intimamente relacionados al hombre, como también a todas las cosas. Por lo tanto, la verdad acerca del hombre, el para qué y el cómo de su creación, su constitución tripartita, es decir, en espíritu, alma y cuerpo, su caída y condición, su recuperación completa en Cristo, su configuración individual y corporativa a Cristo en la Iglesia, su destino final, etc., todo esto cabe dentro de los ítems importantes del depósito.

 

Al lado del hombre, considéranse también todas las cosas; la verdad de la vieja y de la nueva creación, su estado y propósito; la realidad angélica, la obra y la caída de Lucero, sus ángeles y el mundo, junto con su juicio, por sus etapas.

 

Entonces, la mima Iglesia, como parte fundamental del programa divino, y como la edificación de Cristo, victoriosa en Él sobre las puertas del Hades, en su doble aspecto: universal y local, su naturaleza, función, practicalidad, etc., es ítem básico del depósito, pues éste depósito es el suministro especial para la luz de ella, y está relacionado a la función de la Iglesia inseparablemente. Entonces, todo lo relacionado al reino y a la consumación, con todas sus minucias mayores y menores, se relacionan al depósito.

 

Todas las doctrinas y minucias menores, que tienen su lugar secundario en la Palabra, en relación a lo más fundamental, de parte de Dios, no deben dejar de relacionarse por nosotros a lo primero y central, en su debido lugar y ubicación. Muchas veces, son estas minucias tratadas desubicadamente, las que distraen y perjudican la misión principal y fundamental de la Iglesia, según el propósito y la Palabra divinos. Descubramos, pues, el buen depósito, y ahondémosnos en él, guardándolo, porque sólo él es el suministro que hace brillar la Luz de Cristo en la Iglesia.

 

Ante el depósito de Dios no podemos pretender ser originales, ni individualistas. Debemos, más bien, recibir, conservar, penetrar y trasmitir corporativamente el río pleno del Espíritu de verdad de la Palabra, el buen depósito que nos ha confiado Dios, y el cual, conteniéndole a Él y a Su obra, es patrimonio de la Iglesia universal en pleno. La verdad es una, y nos necesitamos todos, unos a otros, en Cristo, para contenerla y expresarla completa y apropiadamente, cual casa espiritual de la plenitud de Dios (Ef.3:18,19). Nuestro individualismo, o nuestro provincialismo congregacional, ajenos a la realidad y plenitud del depósito, y a la edificación conjunta del cuerpo, perjudican y mutilan el testimonio de Jesucristo. Aunque la administración de cada iglesia particular de localidad es local, un candelero por ciudad, sin embargo, el oro y la luz de todos ellos son lo mismo universalmente, puesto que se refieren a la naturaleza y gloria divinas.

 

Todo esto es apenas una consideración panorámica e incompleta, que obviamente debe completarse y complementarse en y por el cuerpo de Cristo, mediante el Espíritu.

 

Gino Iafrancesco V., 1985, Bogotá, Colombia.

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DEL REPOSO CRISTIANO

Por cristianogiv - 3 de Septiembre, 2007, 17:12, Categoría: General

tratadillo # 3


DEL REPOSO CRISTIANO

 

ensayo

 

por:

 

Gino Iafrancesco V.

 

Asunción, Paraguay, 1974.

 

 

 

Con el presente estudio seguiremos la pista, en las Sagradas Escrituras, que nos hablan del verdadero reposo cristiano. Precisamente reposo fue lo que el Señor Jesucristo vino a traer para la humanidad: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

 

Fue también reposo lo que perdieron nuestros primeros padres Adán y Eva en el Edén. Su vida era una tal de dependencia absoluta y confiada en el Creador y Su providencia, de tal manera que aún les estaba vedado el fruto delo árbol del conocimiento del bien y del mal, y no se avergonzaban de estar desnudos.

 

Fue después de perder su inocencia cuando resultaron sometidos a las severas consecuencias de la desobediencia. “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera tus dolores en tus preñeces; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol del que te mandé diciendo: No comerás de él, maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinas y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste ttomado, pues polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:16-19).

 

Fue al desobedecer comiendo del árbol del conocimiento del bien y del mal, que el hombre recibió la muerte, el dolor, el miedo, la dificultad y todo aquello que es precisamente lo contrario del reposo con el que disfrutaba en el Edén mientras Dios había entrado en Su séptimo día. Jesucristto vino, pues, a redimir de aquella condición y abrir de nuevo las puertas a los vencedores, para que tuvieran otra vez derecho al Árbol de la Vida (Apocalipsis 2:7). El hombre debía regresar, pues, a través de Jesucristo, a la vida eterna, la seguridad, la gloria, la providencia, en una absoluta y confiada dependencia del Creador, al cual, así, honraría. Fue esto lo que estaba implícito en la promesa hecha a la humanidad, de que la Simiente de la Mujer aplastaría la cabeza de la serpiente.

A partir de la caída, Dios mismo comenzó a desplegar Su plan eterno de redención, cubriendo de su desnudez al hombre por medio de la sangre derramada. Así Abel ofreció a Dios, como a la puerta del Edén, y así la humanidad aprendió la necesidad de Un sacrificio cubridor, el cual prefiguraba a Cristo y el plan de redención. El problema había sido el pecado; había, pues, que quitarlo. Es precisamente el pecado lo que echa a perder todos los planes y las ilusiones del hombre, todas sus empresasa, emprendimientos y logros; lo que corrompe su salud, su familia, sus onstituciones, sus sociedades, es precisamente el pecado.

 

Solucionar el problema del hombre consiste en desarraigar el pecado, causa de la muerte y de todo mal. Pero había que conocer lo que verdaderamente era el pecado, y entonces se añadió la Ley. El pecado no era solamente trasgresión de la Ley; era una constitución maligna heredada en nuestra naturaleza aún antes de hacer bien o mal, desde nuestros primeros padres caídos. La Ley, pues, nos daría a conocer mejor el pecado; pero Jesucristo nos daría también, además del perdón, una nueva constitución, justa en el Espíritu, de naturaleza divina, mediante la regeneración también por Su Espíritu, de manera que podamos andar en el Espíritu y ya nop necesariamente solo en la carne. He allí, pues, en apretadísima síntesis la cuestión global.

 

Volvemos, pues, a las Sagradas Escrituras: “...El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte; así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues antes de la Ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún en los que no pecaron a la manera de la trasgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir” (Romanos 5:12-14).

 

La manera de la trasgresión de Adán no fue contra el Decálogo; su desobediencia consistió en desobedecer comiendo del árbol del conocimiento del bien y del mal; Eva codició la sabiduría para hacerse a sí misma igual a Dios. Notamos aquí que le estaba vedado al ser humano el fruto del conocimiento del bien y del mal; no solo del mal; sino, exactamente, el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Tal era su inocencia, y por lo tanto, su absoluta dependencia de la dirección del Espíritu divino. Entonces viviría, pues no le estaba vedado el Árbol de la Vida.

 

Cristo nos da de nuevo la posibilidad de comer del Árbol de la Vida; Cristo nos regresa al régimen nuevo del Espíritu, a la dependencia absoluta de la vida y dirección del Espíritu divino. Dependencia tal del mismo Soberano Creador le honra más que la ciega, muerta y aparente sujeción a un código rudimentario y figurativo, que apenas sirve de Tutor, entre tanto se forma Cristo en el hombre, por Su Espíritu, hasta la encarnación de la perfecta voluntad de Dios revelada en Cristo y en la cual somos santificados viviendo por Él.

 

Dícenos la Escritura que Adán era figura del que había de venir, el cual es Cristo; y Cristo habló así: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo…No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:17, 19). La obediencia de Cristo era, pues, directamente a la Persona del Dador de la Ley, de las sombras y los tipos, de la conciencia, etc. Él vivía por el Padre, y por Él obraba. Cuando el Padre se movía, Él se movía; cuando callaba, Él también callaba; cuando hablaba, ël también hablaba; cuando trabajaba, Él trabajaba. Era así, pues, de ésta manera, aún Señor del sábado, por la soberanía del Padre. El sábado sería así un siervo, y no un tirano. Pero el sábado definitivo, el verdadero reposo, sería, pues, Cristo mismo; del cual, el sábado de la Ley sería apenas un ayo y tutor y una sombra, hasta que viniese la Simiente en quien sería cumplido verdadera y eficazmente; lo cual acontece ahora en Cristo Jesús.

 

De manera que los que entramos en Su reposo, por medio del creer en Él, aparte de las obras de la Ley, entramos con Él por fe en el reposo de Dios con el cual Él reposó el séptimo día. Somos así guardados por Su reposo, reposando con Él y como Él. Eso es lo que nos dice la Carta a los Hebreos, a la que Dios mediante volveremos más adelante.

 

Observando, pues, a Cristo y Su absoluta dependencia y obediencia al Padre vivo y vivificante, notamos qué era lo que Dios esperaba del hombre e inauguró en Adán, hasta que ésta lastimosamente cayó. Entonces entró la muerte por el pecado, aún antes de la Ley. Eso es lo que leíamos de la Carta a los Romanos: “Antes de la Ley, había pecado en el mundo…reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún en los que no pecaron a la manera de la trasgresión de Adán”. Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal; y esa fue la manera de su desobediencia; entonces por él entró el pecado; es decir, no tan solo la trasgresión, sino mucho peor que eso; con él entró en la naturaleza humana una condición pecaminosa con una ley de pecado en la carne que nos lleva cautivos al pecado, aún a nuestro pesar. Es decir, llegamos a ser pecadores por concepción y nacimiento aún antes de trasgredir la Ley.

 

Hubo, pues, así, pecado, aún antes de la Ley, en la naturaleza humana; en pecado nos concibe nuestra madre, y antes de pecar y trasgredir la conciencia, o la Ley, o un código, o lo que fuese, antes, somos ya pecadores. Por lo tanto reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, porque todos pecaron, y pecaron aún antes de la Ley, por causa de haber nacido pecadores sin ni siquiera conocer la Ley, sino apenas la conciencia y el gobierno humano.

 

Fue entonces necesario que Dios añadiera la Ley, para que el pecado fuese mejor conocido y reconocido, y fuese manifiesta la causa de la muerte. Entonces Dios apareció a Moisés y le dio el Decálogo y otras leyes, y ritos figurativos hasta que viniese la Simiente Prometida que redimiría; promesa anterior a la Ley, y que la Ley no invalida. La Ley sería, pues, la sombra y el Tutor hasta que viniese Cristo; pero ya venido Cristo, no estamos ya bajo el Tutor, sino bajo Cristo. Esto lo lkeemos así de las escrituras: “La Ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:21).

 

Yo no conocí el pecado sino por la Ley; porque tampoco conociera la codicia, si la Ley no dijera: -No codiciarás.- Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mi toda codicia; porque sin la Ley el pecado está muerto. Y yo sin la Ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Romanos 7:7-9).

 

El Pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la Ley, que vino 430 años después, no lo abroga para invalidar la promesa…Entonces ¿para qué sirve la Ley? Fue añadida a causa de las trasgresiones, hasta que viniese la Simiente a quien fue hecha la promesa…De manera que la Ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gálatas 3:17, 19, 24, 25).  

 

Desde Adán, entonces, hasta Moisés, el hombre se guió por su propia conciencia y el gobierno humano, acusándole o defendiéndole sus razonamientos, estableciendo, según lo mejor de su parecer, los rudimentarios códigos que gobernaban sus acciones. Y estaban las naciones bajo el tutelaje de esos rudimentos de gobiernos humanos; luego vino la Ley Mosaica en Israel, incluyendo el Decálogo, hasta venir Cristo. Éste, entonces, introduciría el Nuevo Régimen Perfecto del Espíritu Santo hasta establecerse plenamente el Reino de los Cielos en justicia.

 

La Simiente de la Mujer vendría, pues, por Seth, Enok, Noé, Sem, Heber, Abraham, Isaak, Israel, judá, Isaí, David, hasta Jesucristo. Las naciones estarían bajo el rudimento de sus códigos y constituciones, pero con pecado en su naturaleza, echándole a perder todo. Entonces Israel recibiría la Ley, el Pacto, la Promesa, preparando el advenimiento del Mesías, salvador del mundo, de judíos y gentiles.

 

No obstante, también Israel, como los demás gentiles, a pesar de la Ley, estaba esclavo del pecado en su naruraleza humana. La Ley Mosaica superaba los códigos de los gentiles, pues era revelación en tipo, de parte de Dios; de lo cual la conciencia gentil poseía apenas una deforme semejanza, un rudimentario parecido; pero ni la Ley, ni los códigos, ni la conciencia,  ni las buenas intenciones, ni las constituciones, ni los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, podían desarraigar el pecado de la naturaleza humana. Entonces lista la mies de la humanidad, encumbrada la Roma del derecho, diseminada la Grecia de la belleza, aparejado el Israel del monoteísmo y guardián de la promesa de la Simiente, entonces, apreció el Cristo para penetrar en las raíces mismas del problema humano: el pecado. Llegó para perdonarlo, vencerlo crucificando al vieho hombre e introduciéndonos en Su victoria por el Espíritu, donde ya está desarraigadoa  favor de judíos y gentiles, andando en Quien tenemos poder sobre la carne caída. Vino Cristo anunciando a la humanidad entera la cercanía del Reino de los Cielos. De aquellos gustadores de Su gracia y de Su vida, se formaría Su Iglesia; y con ésta se sentaría a juzgar en el Milenio, hasta entregar el Reino, en pacificación y reconciliación completa, al Padre, en el Cielo Nuevo y La Tierra Nueva. Aquellos, pues, que rechazaran Su gracia, quedarían, por rebelión definitiva, convictos de juicio y reos de muerte y destrucción eterna. A los tales se les daría entonces la oportunidad de intentar un gobierno mundial sin Dios, con lo cual llenarían el mundo de tribulación; y una vez satisfechas sus pretenciones como las del diablo, pues de éste es de quien proviene la rebelión, y coronado satanás como rey, su propia iniquidad les arrojará, como castigo de Dios, en la destrucción total, bajo las plantas del Soberano Rey de reyes y Señor de señores, Aquel cuyo es el derecho: el Verbo de Dios.

 

Observando en forma global el plan, ubicamos, pues, en la historia, el lugar y propósito de la Ley Mosaica. Contenía, pues, esta Ley, en figura, el elemento eterno de la voluntad del Padre, la sombra de los bienes venideros; de allí las expresiones: “eterna” e “inmutable” que se le aplican. Tal aplicación, sin embargo, sería apenas perfecta cuando fuera cumplida y magnificada en la persona de Cristo, por amor de la justicia de Dios. Jesús había dicho: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20).

 

Los judíos se habían embrollado en la letra de la Ley, y estaban ajenos al Espíritu del Dador de la Ley. Era, pues, necesario que con Un Nuevo Pacto se derramase el Espíritu del Dador de la Ley; y para tal efecto vino Jesucristo. Entonces la Ley sería magnificada bajo el Régimen Nuevo del Espíritu, según el Nuevo Pacto.

 

Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días…” (Joel 2:28,29).

 

Porque en lengua de tartamudo y en extraña lengua hablaré a este pueblo, a los cuales Él dijo: -Ëste es el reposo, dad reposo al cansado; y éste es el refrigerio…” (Isaías 28:11, 12).

 

He aquí viene días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hicieron sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: -Pondré mis leyes en la mente de ellos y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mi por pueblo, y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: -conoce al Señor,- porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:8-12 en base a Jeremías 31:31-34).

 

Yahveh se complació por amor de su justicia en magnificar la Ley y engrandecerla” (Isaías 42:21).

 

Dios, pues, prometió derramar Su Espíritu, magnificar Su Ley y cambiar el corazón de piedra por uno de carne, poniendo Su Espíritu en nosotros. Es allí donde entra en escena Jesucristo para hacer posible esto. ¿Qué hace Él? Cumple la Ley, la magnifica, satisface con Su muerte expiatoria la justicia de la Ley que nos condenaba por trasgresores, resucita y asciende para enviar del Padre al Espíritu Santo, para los que creen, estableciendo así el nuevo régimen del Espíritu, presentando la realidad en lugar de la sombra, y dando al hombre el verdadero reposo. Quedaba así establecida en Él una nueva creación que por la fe entra de nuevo en aquel reposo con que Dios reposó el séptimo día. “Hoy”, pues, podemos entrar en aquel reposo creyendo en Cristo.

 

La tierra misma y la creación serán también libertadas de la esclavitud de corrupción, para alcanzar la libertad de los hijos de Dios. Entonces será completa la redención: Cielo Nuevo y Tierra Nueva, Nueva Jerusalem, con nuevas creaturas en cuerpos glorificados y vida eterna. El plan que Dios tenía en el principio, lo quiso inaugurar en el Edén. Ahora, pues, será restaurado el Edén y coronado con la Ciudad Santa de la Nueva Jerusalem que desciende del cielo de Dios. El debido orden es: (1º) Cristo, (2º) nosotros los de Cristo, (3º) la creación completa. Cristo ya vino como la cabeza de la nueva raza; venció a la muerte y está coronado de honra y gloria a la diestra de la Majestad en las alturas; entonces derramó el Espíritu Santo, y quienes vivan por Él, dando Su fruto, son Su Iglesia, qque se prepara para la adopción y el advenimiento del Señor. Entonces el juicio tomará cuenta de los rebeldes, y la tierra y el cielo actuales serán quemados. Entonces un Nuevo Cielo y una Nueva Tierra serán establecidos, donde mora la justicia, con los redimidos. Será entonces la consumación del Reino de los Cielos.

 

Entre la era nuestra y el Reino eterno definitivo hay un período de mil años; el día en que Dios quitará de la tierra, como lo hizo en la Cruz, pero ahora cumplida y reclamadamente, el pecado. En éste día de mil años reinarán los vencedores con Cristo; aquellos que reciban facultad de juzgar (Apocalipsis 20).

 

 Notamos que el punto crucial de la historia es entonces la venida del Señor Jesucristo; es allí cuando la Ley es cumplida y magnificada, la expiación satisfecha, y el pacto definitivo del régimen nuevo del Espíritu, como al principio, es inaugurado. Detengámosnos, entonces, a observar al Cristo cumplidor y magnificador de la Ley. Así habló y obró:

No penséis que he venido para abrogar la Ley o los profetas; no he venido para abrogar sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que toda se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de  los cielos” (Mateo 5:17-19).

 

Cristo fue más allá de la letra; Él llegó hasta demostrar el Espíritu mismo del Dador de la Ley; y fue entonces cuando la magnificó. Tomó el Decálogo y las otras leyes y dijo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: -No matarás, y cualquiera que matare será culpable de juicio.-  Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que le diga: -Necio,- será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: -Fatuo,- quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:21, 22). Entonces continuó diciendo acerca del adulterio del corazón (Mateo 5:28), de la dureza del corazón en el repudio (Mateo 19:8), de no jurar sino que baste con una palabra honrada (Mateeo 5:33-37), de amar a los enemigos en vez de aborrecerlos (Mateo 5:43, 44), de ir más allá de la milla pedida, de adorar en espíritu y verdad, de poner el sábado al servicio del hombre y no al hombre al servicio del sábado, de hacer el bien en secreto delante de Dios, de juzgar con misericordia o no juzgar, de no invalidar el mandamiento por la tradición, ni deformar la justicia colando el mosquito y tragando el camello mientras se limpia lo de afuera sin hacerlo primero por dentro, etc., etc. En fin, la Ley de Dios fue verdaderamente magnificada en Él conforme a la profecía, siendo Él mismo la personificación de la perfecta voluntad de Dios.

 

Muchos judíos lo acusaron de blasfemo y de quebrantar el sábado; pero Él les demostró que Él era el Hijo de Dios, y cual era el verdadero reposo que Dios quería para el hombre. Sí, demostró el Espíritu del Dador de la Ley; entonces la magnificó: “Oísteis que fue dicho…más Yo os digo…”. Además cumplió en Sí mismo el sacrificio prefigurado en los ritos. Con la experiencia de Su vida fue el antitipo de lo cual el antiguo pacto eera apenas una sombra figurativa. Sí, ahora, en lugar del templo, Él era el Templo y le edificaba verdadera casa al Padre. En lugar de becerros y carneros, derramó Su propiua sangre. En lugar de tablas de piedra en un arca de madera y oro figurando la presencia de Dios en el corazón, Él fue lleno del Espíritu y satisfizo el deseo del Padre. “Mi Padre hasta ahora trabaja y Yo trabajo”, entonces quisieron apedrearlo. No entendieron que lo importante era agradar verdaderamente al Dador de la Ley. En amarlo sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, descansaba toda la Ley y los profetas. Y en la obediencia al nuevo mandamiento del Amor los unos por los otros, se cumpliría toda la Ley. Contra el fruto del Espíritu Santo no hay Ley. Necesario es, pues, vivir por el Espíritu; y quieenes por Él son guiados, éstos son los hijos de Dios. He allí el Nuevo Régimen, la voluntad perfecta, la Perfecta Ley, la Ley de la Libertad. Cristo trajo en Sí al Espíritu que estaba detrás de la letra de la Ley, como lo anticipaban los profetas. Él ha sido el único hombre sobre la faz de la tierra que cumplió la Ley al agrado del dador de ella; de lo cual Dios mismo dio testimonio: “Éste es mi Hijo amado en el cual tengo contentamiento; a Él oid” (Mateo 17:5).  Jesús había dicho: “Yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). La profecía lo anunciaba sin defecto.

 

Dios constituyó entonces a Cristo en nuestra Ley, identificándonos con Él por medio del Espíritu Santo. Los fariseos, con un celo ciego y sin ciencia, pensaban que el paralítico no debía cargar su lecho en sábado porque trasgrediría la letra de la Ley; pero el Dador de la Ley era el que había dado la orden a través de Cristo: “Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa”. De esa manera le hizo descansar. Ese era el reposo con el cual sería servido el paralítico, pues el sábado fue hecho por causa del hombre.

 

Entonces Éste Cristo inocente, sin mácula ni defecto, fue llevado a la muerte de cruz, para morir en lugar de todos nosotros los culpables. La Ley nos condenaba a muerte por trasgresión y naturaleza caída, y la verdadera trasgresión era desagradar al Padre. Eentonces Cristo murió la muerte a la cual también la Ley nos condenaba, y no solo desde Moisés, sino desde aquella sentencia cuando Dios dijo en el Edén: “El día que comiéreis del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, ciertamente moriréis”. El inocente Cordero de Dios fue nuestro sustituto. El inocente fue tratado como culpable, para que nosotros los culpables pudiésemos ser perdonados y recibidos regenerados por Su eespíritu como nuevas creaturas en Él, como inocentes, al recibirle a Él como Hijo de Dios, Salvador y Señor, resucitado de la muerte expiatoria, y recibir su expiación, confiando de corazón en ella. Cristo resucitó habiendo expiado nuestras culpas y al habernos crucificado, resucitado ascendido y escondido con Él en Dios. Al ascender y ser glorificado a la diestra de la Majestad en las alturas, derramó del Padre Su Santo Espíritu para capacitarnos para vivir Su vida, y solamente así poder agradar a Dios por la fe, y en el Espíritu vivir en Cristo Jesús para agrado del Padre.

 

Fue entonces Cristo quien cumplió la Ley, la magnificó y fue “más allá de la segunda milla”; fue Él quien luchó y venció, y entonces volvió a nosotros por Su Espíritu para hacernos participantes de la natruraleza divina, mediante una nueva creación provista del elemento de Su resurrección como don de la justicia y de la victoria perfecta, creadoa en la justicia y santidad de la verdad, a la imagen, por Su Espíritru, del que nos creó.

La Ley había cumplido su propósito: nos había hecho convictos de pecado y nos había condenado a muerte para conducirnos a Cristo como única esperanza. Entonces, en la cruz de Cristo, identificados con Él por la fe, recibimos el juicio de muerte, sufrimos el peso de la Ley y la justicia que demandaba muerte para el trasgresor. La justicia de la Ley fue satisfecha en la muerte por crucifixión de Cristo por nosotros, incluténdonos en Él, que fue hecho maldición por nosotros. Entonces resucitamos con Él, pues por el Espíritu nos dio Su vida, para que vivamos por Él, quien por el Espíritu que contiene el pleno cumplimiento de Su palabra, y para que así Él sea nuestra ley interior vivificante, puesto que la vieja y buena  y eterna Ley ya había cumplido su justicia sentenciándonos. Ahora, por el espíritu cumpolimos la justicia de la Ley.

 

Gino Iafrancesco V., 1974, Paraguay.

   

 

 

 

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