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Junio del 2008

bienvenido al blog CAMINANTE

Por Gino Iafrancesco V. - 7 de Junio, 2008, 14:40, Categoría: General

BIENVENIDO

A ESTE BLOG CRISTIANO:

 

 

CAMINANTE

 

Autor: GINO IAFRANCESCO V.

 

 

EN ESTE BLOG ENCONTRARÁ LOS SIGUIENTES LIBROS:

 


(1)   CAMINANTE

(2)   INSTANCIAS

(3)   AFORISMOS Y REFLEXIONES

(4)   PERSPECTIVA DEL HOMBRE

(5)   ENCARANDO ASPECTOS BRANHAMITAS

     (6)  TRATADILLOS

     (7)  EDIFICACIÓN

     (8)  SEFER GITAIM

      (9)   ISAGOGIA JACOBEA. Introducción a las cuestiones santiaguinas.


ENSAYOS Y ARTÍCULOS:


ANTE LAS INQUIETUDES DE ALGUNOS HERMANOS

ÁREAS BÁSICAS DE LA REVELACIÓN DIVINA

RELACIÓN ALREDEDOR DEL HEPTAEMERÓN

RELACIÓN SOBRE LOS DÍAS DE PELEG

RELACIÓN MIGRATORIA TUBALÍ-SINEA

ANTICIPACIÓN PROFÉTICA MESIÁNICA

LINAJE MESIÁNICO

EL CUMPLIMIENTO DEL TIEMPO 

    LA SATANIZACIÓN DE LA NAVIDAD

    LAS DOS BESTIAS DEL FIN   

    LIBERTAD DE CONCIENCIA DE LOS MÉDICOS

    BREVE INFORME SOBRE EL CONCILIO DE TRENTO

    LA OBRA DE DIOS, DEL MINISTERIO Y DE CADA UNO

    JESÚS, SEÑOR Y REY DE LAS NACIONES


Si desea acceder a todos los capítulos de este blog en depósito, y no solo a la primera vitrina, haga click en categoría "General".

 

 

ADVERTENCIAS:

 

EL AUTOR DE ESTE BLOG NO ES RESPONSABLE POR EL CONTENIDO DE LAS PROPAGANDAS NI DE LOS ENLACES QUE LA EMPRESA DE BLOGS INSERTA PARA SU FINANCIAMIENTO Y EXTENSIÓN.

ROGAMOS AL LECTOR HACER DIFERENCIA ENTRE LOS VERDADEROS CONTENIDOS DEL AUTOR DEL BLOG, Y LOS OTROS DE LAS PROPAGANDAS O ENLACES.

 

EL VERDADERO PENSAMIENTO Y SENTIMIENTO DEL AUTOR SE ENCUENTRA SOLAMENTE EN SUS PROPIOS ESCRITOS.

 

SE ADVIERTE A LOS LECTORES QUE PERSONAS INESCRUPULOSAS HAN ESTADO USANDO INDEBIDA, FALSA E ILEGALMENTE EL NOMBRE DE ESTE AUTOR EN PÁGINAS PIRATAS PARA SOLICITAR DINERO, PROMOVER SEXO ILÍCITO, HACER DECLARACIONES ANTISEMITAS Y PRESENTARLO TERGIVERSADAMENTE COMO OCULTISTA, ESOTÉRICO, HERMÉTICO, CABALISTA, MORMÓN, ETC.,

TODO LO CUAL ES FALSO.

 

ESTE AUTOR, GINO IAFRANCESCO V.,

SE DECLARA ABIERTAMENTE CRISTIANO BÍBLICO,

ABIERTO AL DIÁLOGO CIVILIZADO CON TODOS LOS HOMBRES.

POR LO TANTO, ADVIERTE QUE TODA PÁGINA QUE LO PRESENTE COMO SOLICITANDO DINERO,

COMO PROXENETA O PROMISCUO,

COMO ANTISEMITA,

O COMO OCULTISTA ESOTÉRICO CABALISTA HERMÉTICO, 

ES FALSA.

 

 

 

Si desea consultar los blogs legítimos de este autor, puede verlos en:

 

Gino Iafrancesco V. ……………        http://cristianogiv.zoomblog.com

Caminante……………                      http://giv.zoomblog.com

Escritos exegéticos……………          http://exegiv.zoomblog.com

Escritos filosóficos……………          http://filosofiagiv.zoomblog.com

Escritos poéticos……………            http://poemasgiv.zoomblog.com

Escritos políticos……………            http://232.bloghispano.org

Escritos eclesiológicos……………    http://eklesiagiv.voyblogs.com

Escuela de la obra cristiana……     http://esqqelagiv.voyblogs.com

Artículos……………                         http://giv.voyblogs.com

Azotea……………                             http://azoteagiv.blogspot.coom

Hechos en la ciencia y la cultura    http://hcc-giv.blogspot.com

¿Qué de la noche?....                      http://kdln-giv.com.blogspot.com

Voz………………                              http://www.blogextremo.com/giv

Artículos en inglés y portugués      http://es.facebox.com/giv1

Canciones……………..                    http://givevangelio.multiply.com


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TRATADILLOS / Índice / Prefacio

Por Gino Iafrancesco V. - 6 de Junio, 2008, 1:15, Categoría: General

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TRATADILLOS

por:
 

Gino Iafrancesco V.

 

 

CONTENIDO

 

Prefacio

 

(1)    PARA USTED MISMO /  lo mínimo que quisiera decirle    a todo ser humano.

 

(2)    JESUCRISTO, EL REMEDIO DE DIOS.

 

(3)    DESTELLO DIVINO EN LA TIERRA DESDE LA ETERNIDAD.

 

(4)    LA ENCARNACIÓN DEL VERBO DE DIOS.

 

(5)    JESUCRISTO EN LA TIPOLOGÍA FESTAL.

 

(6)    BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO.

 

(7)    EL BUEN DEPÓSITO.

 

(8)    DEL REPOSO CRISTIANO.

 

(9)    LIBERTAD Y CONSIDERACIÓN.

 

Prefacio

 

El presente libro: "Tratadillos", de Gino Iafrancesco V., está formado por la colección de una serie de breves tratados escritos y publicados por el autor para evangelizar y ayudar a los cristianos nuevos en asuntos que suelen presentarse en el inicio de la caminada cristiana. Los diversos tratados no están ordenados aquí según un criterio cronológico, sino más bien siguiendo un orden temático.

 

Para usted mismo, es un tratadillo evangelístico que lleva por subtítulo: "lo mínimo que quisiera decirle a todo ser humano", y expresa la carga sentida en el espíritu por el autor para comunicar el camino de salvación, el evangelio de Jesucristo, a todo el mundo, en los términos más sencillos. Este tratadillo fue escrito en el año 1985, en Facatativá, Cundinamarca, Colombia, después de orar con Roosevelt Muriel en el parque arqueológico de "Las piedras del Tunjo", pidiendo dirección por la carga evangelística. Desde ese mismo año hasta el presente, todos los años se realizan varias ediciones de este tratadillo.

 

Jesucristo, el remedio de Dios, fue ministrado en una concurrida reunión juvenil en Sincelejo, Sucre, Colombia, el 17 de agosto de 1997, trascrito por Esteban Iafrancesco A., y revisado por el autor.

 

Destello Divino en la Tierra desde la eternidad, es una compilación de pasajes bíblicos donde Dios mismo habla de Sí mismo, y de lo cual la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha desentrañado profundos significados. Este tratado fue escrito durante el primer semestre de 1998 en Bogotá D.C., Colombia, y su primera edición se realizó en septiembre de ese mismo año. También ha sido publicado en varios blogs en internet.

 

La Encarnación del Verbo de Dios, fue ministrado a la iglesia en la localidad de Teusaquillo, Bogotá D.C., Colombia, el 16 de octubre de 1992, y su segunda edición se realizó en julio de 2002. Se colecciona en Coletánea.

 

Jesucristo en la tipología festal, fue ministrado a la iglesia en Mosquera, Cundinamarca, Colombia, el 17 de octubre de 1992, y su segunda edición también se realizó en julio de 2002. Se colecciona igualmente en Coletánea.

 

 
Breve compendio bautismal cristiano, es un pequeño ensayo sobre el tema del bautismo que muchos cristianos nuevos desean comprender mejor, y alrededor del cual existen muchas preguntas. Este tratadillo fue escrito y publicado por el autor en el año 1978, en Asunción, Paraguay, donde se realizó su primera edición, que fue ampliamente distribuída principalmente en tal nación.

 

El buen depósito, es un artículo escrito por el autor con el fin de ayudar al pueblo del Señor, en los comienzos de la vida cristiana, para percibir el amplio espectro de los asuntos fundamentales abordados por la Palabra de Dios, de manera a no encasillarse en enredos periféricos, sino avanzar discerniendo lo prioritario. Este tratadillo fue escrito por el autor el año 1985, en Bogotá, Colombia, y recibió la clara dirección del Espíritu de difundirlo entre el pueblo cristiano. Existe de este tratadillo también una edición hecha en 1994 de la versión portuguesa de Roujet Fuchs llevada a cabo en Rio de Janeiro, RJ, Brasil, y distribuida desde allí.

 

Del reposo cristiano, es también un breve ensayo donde se busca responder bíblica y neotestamentariamente a las consabidas preguntas acerca del sábado, que suelen hacerse en los primeros tiempos del caminar cristiano, a veces debido a presiones religiosas de ciertos ambientes. El tratadillo busca ser cristocéntrico, presentando a Cristo como el cumplimiento perfecto, perpetuo, espiritual y real de todas las fiestas sagradas ordenadas por Yahveh a Israel. Quien está en Cristo, está en el cumplimiento perpetuo de tales fiestas que eran sombra de Él. Éste tratadillo fue escrito por el autor el año 1974, en Asunción, Paraguay.

 

Libertad y consideración, es la trascripción y traducción de una homilia presentada por el autor en portugués a la iglesia en Curitiba, Paraná, Brasil, la noche del 7 de diciembre de 1980, teniendo en vista la unidad de la iglesia. Los obreros cristianos brasileños: Aniceto Mario Franco y Juvenal Moura, trascribieron en portugués el mensaje, y lo publicaron editado y abreviado, difundiéndolo principalmente en Brasil. Este tratadillo, que contiene tal homilía, fue traducido por el mismo autor al castellano.

 

Se presentan agrupados aquí estos tratadillos de Colombia, Paraguay y Brasil, en este orden temático, con el fin de intentar servir de ayuda a los cristianos nuevos que se hacen preguntas relacionadas con los temas aquí tratados. De todos estos tratadillos, y otros, existen publicaciones en diversos blogs en internet.

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(1) PARA USTED MISMO

Por Gino Iafrancesco V. - 6 de Junio, 2008, 0:58, Categoría: General

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TRATADILLOS (1)

PARA USTED MISMO

LO MÍNIMO QUE QUISIERA DECIRLE A TODO SER HUMANO


+

Un ¡alto! puede salvarle la vida.

Dios desea comunicarle algo, antes de que usted siga de largo, y se pierda definitivamente.

No está en sus manos su futuro. Un minuto para atender a Dios, aquí y ahora, puede significar su salvación eterna.

Dios sí sabe de qué necesita usted ser salvo, aunque usted por ahora no lo sepa.

Dios lo hizo a usted con un propósito, y ahora interviene en su vida para hablarle.

El Dios de la gloria, Creador único de todas las cosas, se ha revelado a los hombres mediante Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el eje y la explicación de todas las cosas. Él es la Luz, la única que puede alumbrarle realmente.

Dios le ama y le comprende. Porque lo ha pensado a usted desde antes, fue porqué lo creó. Y ahora mismo le ha encontrado para hablarle, pues le ha estado buscando, aunque usted no se ha dado cuenta.

Él quiere decirle que está dispuesto a perdonarle todo pecado, y justificarle, con base en los méritos de Su Hijo Jesucristo en Su sacrificio en la Cruz.

El Hijo de Dios, que llegó a ser un hombre verdadero, y el Mesías profetizado de la historia, ha pagado en la Cruz el precio de todos los pecados de usted.

Al tercer día resucitó y se presentó vivo ante muchos testigos, pues Dios lo levantó de entre los muertos para mostrar que Él es Su Hijo y que ha recibido Su sacrificio en expiación por los pecados de todos los hombres, para que quien le creyere y le recibiere sea eternamente salvo por la fe en Sus méritos y en Su nombre.

Si usted cree y por Su gracia lo decide, puede invocar ahora mismo a Dios en el nombre de Jesucristo, y decirle de todo corazón que usted reconoce que ha pecado mucho, pero que por Su gracia se arrepiente de todos sus pecados, y que usted lo recibe a Él como su Salvador y Señor, como el Hijo de Dios completamente resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre, aceptando con toda fe el sacrificio que Él hizo por usted en la Cruz, de manera que Su sangre le limpia de todos los pecados por la fe.

Jesús dijo en Su Palabra:

"Ninguno que a Mi viene Yo lo hecho fuera",

"Venid a Mi todos los que estáis cargados, trabajados y cansados, y Yo os haré descansar",

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; Nadie viene al Padre sino por Mi".

Jesucristo ha resucitado de entre los muertos ante testigos, y ante quienes mostró Su gloria; y ¡está vivo!; ¡está ascendido a la diestra del Padre! y conoce todos los secretos de su corazón, pero le ama y desea salvarlo.

Dios desea que usted mismo se pronuncie definitivamente por Su gracia.

Hable con Él en el nombre de Su Hijo Jesucristo, recíbalo por la fe de todo corazón, y encomiéndele en Sus manos todo su ser, su pasado, su presente y su futuro eterno. Si usted lo toma en serio, Él también lo tomará a usted en serio y le será fiel a usted y a su fe. Él es la misma Fidelidad Divina encarnada, el Testigo Fiel y Verdadero.

Reconcíliese ahora mismo con Dios por medio de la fe en Jesucristo; arrepiéntase, pídale perdón y crea. No permita que su orgullo y necedad le arrebaten la salvación eterna prometida por Dios a los que creen en Su Hijo. Pídale perdón y misericordia. Él será justo en perdonarle, pues Jesucristo ya pagó el precio de sus pecados y usted cree y lo recibe de parte de Dios, de todo corazón. 

No se haga el inocente, ni sea descuidado, porque entonces sus males le alcanzarán.

La manifestación del reino de los cielos profetizada, está más cerca que nunca. Jesucristo regresará pronto, vendrá por segunda vez como lo prometió, y hará juicio. Los acontecimientos de este siglo, cada vez más dolorosos, son las señales profetizadas por Él que anuncian Su cercanía.

Él ha dicho que si alguno no está con Él, entonces está contra Él. ¿De parte de quién está usted?

No sea tibio. Comprométase en serio con Jesucristo, pues Él mismo le ayudará a hacerlo. Hable con Dios ahora mismo desde lo más profundo de su corazón y reciba Su ayuda. Confíe en Él, pues nunca ha defraudado a nadie que en verdad le busque y le reciba. No depende de nuestros métodos , sino de Su misericordia, gracia y justicia. Justicia por que yá pagó por usted con Su propia muerte y usted le ha creído.

La manifestación, pues, del reino de Dios está cerca, y el sistema actual de esta mundo se acaba. No se obstine en seguir sus propios caminos hasta el infierno. ¡El infierno sí existe! ¡Muchos lo conocen y no es ninguna broma!

Vuélvase a Dios por Su gracia ahora mismo. El temor reverente de Dios es la sabiduría.

No confíe en sus propias promesas. Confíe en la ayuda que Dios da a los débiles. Confíe en Su misericordia, gracia y justicia, sin falsedades ni posturas. Exprésese tal como ustted mismo es. Dios, que lo creó, le entenderá mejor que usted a sí mismo.

¡Escúchele ahora! El mañana no es suyo, y la eternidad es irrevocable. No arriesgue su futuro eterno en su insensatez. Sea sabio. Atienda la Palabra de Dios que está en la Biblia, Las Sagradas Escrituras, que por inspiración divina escribieron los profetas y apóstoles del Señor.

Lea atentamente la Sagrada Escritura, pidiéndole a Dios que por Su Santo Espíriru le ayude a entender. Considere a Jesucristo muy atentamente.

No se engañe a usted mismo, porque la muerte le espera seguramente cuando y donde usted menos lo espera y ni se lo imagina.

No se deje engañar por los hombres, ni por su propia torpeza. Sólo Dios te puede dar vida eterna, por medio de Su Hijo y Su Santo Espíritu. Busque directamente a Dios, a quien hallará en Su hijo Jesucristo, comforme a las Sagradas Escrituras. Sea honesto y Él será fiel con usted.

Él le está ofreciendo el perdón de sus pecados, para limpiarlo mediante la fe con la sangre de Su Hijo Jesucristo. También ha prometido venir entonces a morar en su espíritu, por medio del Espíritu Santo, para regenerarle, renovar su alma, vivificarle en las debilidades, inspirarle, enseñarle, comunicarle todo lo que Él es y ha hecho por usted; también para corregirle y fortalecerle interiormente para el supremo bien.

Usted mismo sería culpable, si rechaza o rehúsa esta bendición. El remordimiento le perseguirá siempre.

Dígale, pues, a Jesucristo, que usted cree en Él, por Su gracia, y le recibe, y de todo el corazón le entrega su vida. Pídale también con confianza que le guíe a usted y a los suyos. No espere a los demás. Recíbale usted primero, para que los suyos lo reciban más fácil. 

Sea bautizado en Cristo. Sea un verdadero cristiano. Forme parte de la familia de Dios, que es una sola, formada por todos sus verdaderos hijos, aquellos que le creen y han sido perdonados de sus pecados, al ser comprados eternamente por la sangre de Cristo, y regenerados para siempre por Su Espíritu.

Reúnase con cristianos genuinos para agradecer y adorar a Dios, y aprender considerando Su Palabra, Las Sagradas Escrituras, y para animarse para hacer el Bien con la ayuda de Dios. Prepárese para la manifestación del reino de Dios que está cerca. 

No se deje distraer, ni arrastrar por el diablo. Enfóquese de lleno en Jesucristo, y conocerá de verdad a Dios, Su amor, Su plan y Su propósito.

Dios quiere que usted le conozca verdaderamente como a Padre, y se goce con Él, y con lo que Él ha hecho, y con lo que se ha propuesto hacer con los que le aman y reciben con confianza.

Jesucristo interviene. Su Espíritu se está moviendo y actuando.

No todo será siempre guerras, masacres, alborotos, terremotos, hambres, desastres, enfermedades, injusticias, violencia y maldad. Estos son los estertores finales de este sistema del mundo, los dolores de parto cada vez más frecuentes e intensos por la maldad en la tierra. Alboreará, y pronto se verá la manifestación del reino de los cielos con la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Espérelo. Viene pronto.

Encare la vida con la ayuda del Divino Espíritu. Mejórela desde ya con Jesucristo. Su confianza en Él le permite salvarle. Su incredulidad y rebelión le deshonran y harán que permanezca sobre usted la condenación eterna.

Usted no está sólo. Dios está con usted y por usted; pero usted debe recibirlo por Su gracia. Nosotros, los cristianos, también estamos por usted. Decídase.

Este mensaje delante de usted, significa que usted ya ha sido llamado. No tenemos excusa.

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Gino Iafrancesco V., 1985, Facatativá, Cundinamarca, Colombia.

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(2) JESUCRISTO: EL REMEDIO DE DIOS

Por Gino Iafrancesco V. - 6 de Junio, 2008, 0:36, Categoría: General

TRATADILLOS (2)


JESUCRISTO,

EL REMEDIO DE DIOS

-------

 

 Hermanos jóvenes, yo estaba por allí sentado atrás, y los hermanos estaban muy contentos cantando; estaban cantando muy bonito y alegremente. Yo no sé quien paró las canciones, y escuché que algunos se pusieron tristes; ¡ah! Qué tristes. Cuando uno está cantando, quiere seguir cantando. Si es por mi, yo no paraba las canciones; dejaba que cantaran hasta que quisieran. Gracias hermanos. Pero, bueno,  me tocó a mi hacer de malo y dañarles la fiesta; pero yo sé que ustedes también tienen al Señor, y ustedes entienden también; así que oremos a Dios; el Señor ha dicho que donde estamos dos o tres reunidos en Su Nombre, allí Él está; y Él está en nuestros corazones; así que podemos tocar al Señor con nuestros espíritus; así que los que quieran acompañarme en oración, se los ruego; amén.

 

Señor Jesús, gracias por estar con nosotros en esta noche; gracias, Señor, por atraernos a Ti. Padre, ayúdanos en esta noche; concédenos, Señor, entenderte; concédenos, Señor, conocer algo más de Ti, conocerte a Ti mismo, Señor. Señor Jesús, hazte conocido a Tu pueblo en esta noche; Señor Jesús, Tú que estás entre nosotros, toca nuestros corazones; pasa con Tu precioso Espíritu y déjanos conocer algo más de Ti. Padre celestial, en nombre del Señor Jesús, nosotros te pedimos, Señor, que nos attraigas a Ti, nos concedas entendertte, nos concedas ser atraídos por Ti; muchas coisas hay en la Tierra, señor, muchas voces; déjanos oir Tu voz, déjanos oir la Voz Tuya, señor. Señor Jesús, atráenos a Ti con Tu Presencia, atráenos a Ti con Tu Espíritu, y sea Tu Presencia, Señor, y Tu atracción, superior a cualquier cosa en la Tierra; superior a nosotros mismos. En el Nombre de Jesucristo, te lo pedimos, Padre. Amén y amén.

 

Bueno, le hemos encomendado al Señor Jesús que Él gane a todas las voces que hay en la Tierra; ¿no?. Hay muchas voces que nos atraen, muchos programas; y la juventud siempre es el blanco de muchas cosas. Yo le doy gracias a Dios porque hay juventud reunida aquí atraída por el Nombre del Señor Jesús. Tengo aquí la Biblia abierta en la segunda epístola que el apóstol Pablo le escribió a los corintios. Yo sé que muchos hermanos tienen su Biblia. La tengo abierta en el capítulo 4. Voy a leer el versículo 5. Allí el apóstol Pablo dice lo siguiente:

 

Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor a Jesús”.

 

No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor. Mire lo que decía el apóstol Pablo; no estaba tratando de atraer gente hacia su propia persona, ni los otros apóstoles; sino tratando de presentar al Señor Jesús. Dios sabe que nada más en esta Tierra, sino el mismísimo Señor Jesús,  puede ayudar al ser humano. Hay muchas cosas que se hacen; algunas, inclusive, utilizando el nombre de Dios; pero si no está Jesucristo mismo en el asunto, resultan inútiles, y a veces, engañosas. El apóstol Pablo sabía que solamente Jesucristo mismo es el Señor y es el Salvador, y lo que Él hace es lo que es realmente útil al ser humano. Por eso, la intención de los apóstoles no era llevar a la gente a ninguna otra parte. Los apóstoles no tenían interés en distraer al pueblo. Al contrario, ellos querían llevar al pueblo a la verdadera fuente de vida, al Señor Jesucristo mismo.

 

A veces nosotros, y lo digo a ustedes que son jóvenes, nos preguntamos: ¿Y por qué es necesario conocer y recibir a Jesucristo? ¿por qué es necesario aprender de Él? ¿por qué Dios tuvo que enviar a Jesucristo? ¿por qué tenemos que poner atención a este asunto de Jesucristo?

 

Cuando uno es muchachito, a veces el papá o la mamá le hacen tomar a uno una sopa de verduras que el muchachito no se qquiere tomar. Dios sabe que se necesita esa sopa, pero el muchachito no lo sabe. Si fuese por él, se la pasaría comiendo caramelos, pues son tan dulces. El no piensa que comer tan solo caramelos le va a producir diabetes; y en cambio, eso de comer sopa de verduras, con espinacas, zanahorias, habichuelas, eso como que no le sabe tan sabroso. Pareciera que los caramelos parecen más agradables. Sin embargo, el papá y la mamá saben que que el muchachito no solamente necesita algún dulce, sino que necesita los nutrientes de esas espinacas, zanahorias, habichelas y toda clase de verduras, frutas y granos. ¿Pueden concordar con eso?

 

¿Saben una cosa? Dios sabía que si Él mismo no enviaba a Su Hijo Jesucristo, y si Jesucristo no fuera quien es, y no hubiera logrado lo que logró, todo ser humano estaría perdido para siempre. A veces las personas no saben qué es lo que ha pasado y qué le ha sucedido al ser humano. Sí, nos encontramos que el mundo no anda tan bien, que hay gente que está muriendo, mientras otros están robando y destruyendo, pero pensamos que el mal está solamente por allá afuera, un poco lejos de nosotros. Pero de pronto vamos descubriendo que el mal está también por aquí cerca, y a veces tan cerca, que hasta lo descubrimos en nosotros mismos. Sí, a veces lo descubrimos. Pero Dios sabe mejor que la condición del hombre es una de completa caída.

 

Hasta tal punto, uno de muchachito como que no se da cuenta de tanto. Uno de muchacho es idealista, y le parece a uno que sería fácil cambiar al mundo con nuestros ideales, con nuestro entusiasmo; pero todos los muchachos se fueron poniendo viejos, y se murieron, y el mundo no mejoró, sino que empeoró, y está cada vez peor. La Biblia sí lo dice con claridad. La Biblia sí dice que hay algo radicalmente malo en todos los hombres. La Biblia no anda con pañitos de agua tibia. La Biblia no dice que somos angelitos buenos que solo de vez en cuando cometemos algún pecadillo. ¡No! La Palabra de Dios hace un diagnóstico certero y verdadero; y Dios no lo hace para condenarnos; Dios no nos dice la verdad acerca del hombre y de su maldad simplemente para que nos pongamos tristes. ¡No!, Dios nos muestra la verdadera realidad, para que nosotros estemos dispuestos a recibir el remedio. Si la persona no descubre el mal que tiene, y piensa que de lo que adolece es apenas de un efímero dolor de muela, que con una pastillita mágica dejará de molestar, entonces la persona no recibe el verdadero remedio que condice con la verdadera condición. Solamente en la medida en que la persona va tomando conciencia de la verdadera situación, estará dispuesta para aceptar someterse al necesario tratamiento, y a recibir los remedios necesarios.

 

Uno, al principio, como que no se da cuenta de la profundidad del problema; pero Dios sí conoce todo el problema, así como los padres conocen que el muchachito necesita mucho más que meros caramelos. Puede ser que el niño diga: -pero papá, qué anticuado eres; cómo se te ocurre darme cosas tan desagradables.- Él no sabe que necesita esas cosas. Pero por eso Dios nos hece conocer que tenemos necesidad urgentísima de Su ayuda.

 

Dios no creó al hombre para vivir sin Dios. El hombre fue creado para vivir en unión con Dios. Miremos ese ventilador, o ese foco de luz. El fluorescente o el ventilador no pueden funcionar por sí solos, sin la energía eléctrica. Fueron diseñados para funcionar en estrecha relación con la energía eléctrica. Si la corriente entra en el fluoresacente, este alumbra; pero el fluorescente no alumbra por sí solo. El ventilador tampoco puede funcionar solo. Fue diseñado para funcionar en conexión con la corriente. Así también es con el ser humano. Fuimos hechos por Dios para vivir en estrecha comunión con Él; para que la vida de Dios, y el Espíritu de Dios, sean como esa especie de corriente eléctrica interior que nos lleva a realización perfecta.

 

Por eso, cuando Dios hizo al hombre en el principio, lo colocó delante del Árbol de la Vida; y esa Vida a la que se refiere el Génesis, es la propia vida de Dios. Dios hizo al hombre para que desde su espíritu el hombre se alimentara de la vida divina. Dios no le dio al hombre alimentos solamente para su cuerpo, cuando le dijo que de los árboles del huerto podría comer, puesto que el hombre es mucho más que un simple animalito. Lo que es más interior y noble en el hombre, necesita también de un alimento apropiado. Por eso el hombre fue colocado no solamente delante de los árboles frutales, sino también delante del Árbol de la Vida divina.  Dios desea que la vida divina sea el alimnento que sustenta interiormente al hombre para la eternidad bienaventurada.

 

Si el hombre decidía vivir sin Dios, pues entonces moriría, de la misma manera como el fluorescente se apagaría si se desconecta de la corriente. El hombre podría ser inmortal y vivir eternamente si se alimenta de la vida divina. Sería como un fluorescente conectado, que alumbra, pues recibe el fluir de la corriente; pero desconectado no alumbra.

 

La Palabra de Dios nos dice que nuestro espíritu está dentro de nuestro ser; que nosotros tenemos un espíritu que funciona. Yo pienso que cada uno de ustedes, cristianos, ya ha captado la función de su propio espíritu. La conciencia es una función del espíritu. No somos animalitos; tenemos conciencia, incluso los pequeños. Si le preguntas al niño si decir mentiras está bien o mal, aunque quiera hacer trampitas, en su interior él sabe que decir mentiras está mal. El sabe que está bien obedecer a sus padres. No solamente por que lo aprendió de su mamita, sino porque lo tiene escrito en su corazoncito. En su conciencia él va percibiendo que no es solamente un cuerpo, que no es solamente algo exterior, sino que en su interior hay algo adentro, lo cual es el espíritu y el alma. Tú puedes reconocer tu propia alma en este mismo momento. Tú puedes decir: -yo soy fulano de tal.- Ese que está pensando, sintiendo y decidiendo, eres tú mismo, tu propia alma. A veces estás alegre, a veces aburrido, como algunos ahora recién cuando pararon de cantar. El alma es la que prefiere y la que escoge. La que decide es la voluntad de tu propia alma. Tu alma tiene pensamientos, sentimientos y voluntad.

 

A veces los muchachos se acuerdan solamente de la belleza de los cuerpos, y se olvidan de que adentro hay un alma y un espíritu. Cuanta atención se coloca hoy en el cuerpo, para lo cual se realizan ejercicios y dietas de modo a mantenerse en forma. Los jóvenes tienen más esperanzas que los viejos en ese respecto. Pero ¿acaso no es verdad que somos mucho más que eso? Sí, tenemos cuerpo, pero también alma y espíritu. Por tanto, debemos prestarle atención también a las demás cosas. La Escritura nos compara con una especie de vaso, el cual es un recipiente para contener. Así como este vaso de agua, así la Escritura nos compara con vasos de barro, y dice que los hijos de Dios somos como vasos de barro que contienen un tesoro adentro. Nosotros los seres humanos fuimos creados para ser llenados con Dios.

 

Pero ¿qué sucede, jóvenes, cuando el vaso está vacío? Llega una edad cuando el vacío se comienza a sentir; algunos se ponen románticos y comienzan a sentir ciertas emociones, de diversas clases; incluso la melancolía. A veces el muchacho aparenta estar contento en el exterior, pero en el interior está sufriendo, como en la conocida historia del payaso que fue a visitar al médico confesándole su tristeza  y melancolía, y el médico le aconsejó asistir al circo para alegarse oyendo a aquel payaso famoso; pero el médico no sabía que su triste y melancólico cliente era precisamente ese payaso. Hacía reir a los otros, pero él mismo estaba vacío. Los jóvenes pronto van a darse cuenta de que, sin Dios, hay un abismo profundo dentro del ser del hombre; y van a querer llenarlo equivocadamente con alguna cosa de su mundo exterior; pero la parte más interior del hombre solo puede ser llenada con la vida divina del Árbol de la Vida.

El otro árbol a su lado, del conocimiento del bien y del mal, significaba el vivir solo por sí mismo como si no hubiera Dios. Pero estaba prohibido, pues nos apartaría de la verdadera Vida y realización. Así que concentrémosnos mejor en Aquel que Dios sí quería que el hombre comiera. Dios creó al hombre para que éste pudiera vivir por la misma vida de Dios. La mera vida humana tiene principio y tendrá su propio fin; pero la vida de Dios es eterna y sublime. Pero el hombre debe elegir libremente asociarse con Dios para vivir por la vida divina. Así como el citado fluorescente precisa alumbrar permaneciendo unido a la corriente eléctrica, así el hombre necesita ser llenado del Espíritu de Dios.

 

Cuando el hombre pecó, se separó de Dios, y algo comenzóma sucederle: su espíritu murió; dice la Escritura que estábamos muertos en delitos y pecados. Es como cuando se desconecta una conexión y la luz se apaga. Antes, ni siquiera se daban cuenta de que estaban desnudos; estaban totalmente brillando en la presencia del Señor, eran inocentes y transparentes; pero después de que el hombre se apartó, comenzó a esconderse, pues tenía miedo de Dios. Cuando la persona ha sido perdonada y está limpia, está delante de Dios con paz y vive a Su luz; pero cuando la persona se aleja de Dios, entra en oscuridad y tiene la conciencia culpable; empieza a esconderse, se hace el tonto, y usa muchas técnicas para disfrazarse, para q1ue no se descubra su oscuridad; pero el espíritu sin Dios está muerto, y por eso el hombre tiene un vacío adentro; de manera que el alma, por sí misma comienza a autoengrandecerse para compensar ese vacío, y se torna en un ego. Ahora el hombre quiere hacer las cosas solo por sí mismo, y se hace el fuerte y el duro, sobrepasa temerariamente los límites. Y el alma del hombre, que había sido diseñada para interpretar y representar el sentir de Dios en su espíritu, cual mayordomo atento al querer de su amo, en vez de consentir a la indicación de Dios en su espíritu, y cooperar con Él, ahora solo hace lo que le da la gana, haciéndose el alma enemiga de Dios, y pretendiendo soberbia la autosuficiencia, a veces hasta pretendiendo ser ella misma Dios. Esto le ha ocurrido al hombre por instigación de la serpiente, que dijo: -seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.- Hoy muchos promueven la auto-superación del hombre por su propia fuerza; pero eso es apenas el payaso inflándose hasta reventar.

 

El cuerpo del hombre también fue afectado por el pecado, y por eso el hombre muere. Además, dice ahora la Escritura, que en nuestra carne no mora el bien, sino el mal y el pecado. Todo esto sucedió cobn el hombre cuando se rebeló y desobedeció a Dios. Su espíritu, alma y cuerpo fueron afectados. Dios sí sabe lo que acontece con el hombre, aunque éste no conozca cuan torcido ha nacido. Pero ese niñito aparentemente tan querido, buenito e inocente, cuando menos pensamos, le da su pellizco violento a su hermanito o amiguito. Y si los padres se descuidan, los maneja de la oreja. La Escritura sostiene que el pecado del primer hombre constituyó pecadores por naturaleza a los demás hombres. Antes de reproducirse la primera pareja, ya la naturaleza humana fue vendida por ellos al pecado, de manera que el poder del pecado comenzó a operar en el hombre desde el mismo principio en que el hombre por sí mismo le dio lugar. Cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, comenzaron a reproducirse, sus retoños nacimos todos torcidos y malos. Dios sí sabe con que clase de “diablillos” se está metiendo, pero apenas nosotros nos damos cuenta.

 

Gracias a Dios que Él no fue sorprendido por esto. Él ya sabía todo lo que iba a acontecer, pero nos amó, y como nadie puede frustrar Sus planes, ya tenía preparado un plan de redención, un plan apropiado para tratar con la condición caída del hombre. Dios quiere restaurar al hombre en todas sus partes que fueron afectadas.

 

El hombre necesita, entonces, por una parte, ser perdonado de lo que ha hecho; pero también ser liberado de lo que él mismo llegó a ser. Pues no solo hace cosas malas, sino que él mismo es malo. Hace cosas malas, porque es malo. Por eso Jesucristo dijo: “¿Cómo podéis vosotros hacer cosas buenas, siendo malos?”. El árbol bueno produce fruto bueno, y el árbol malo produce fruto malo. Por su fruto se conoce el árbol. Y Dios tiene solamente un árbol bueno: Jesucristo. Todos los demás árboles somos malos. Yo sé que esto no es muy agradable decírselo a la juventud, pero ustedes mismos saben que no les estoy diciendo mentiras. Ustedes no son de otro planeta. No hay aquí entre nosotros ningún “marciano”. Pueden levantar la mano los que se creen buenitos. Cuando Jesucristo dijo: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, los primeros que comenzaron a irse fueron los viejos, pero después también todos los jóvenes se fueron. Dios sabe muy bien que tú necesitas ser ayudado, perdonado, liberado, reconciliado, limpiado, regenerado, justificado, santificado, renovado, fortalecido, transformado, configurado a la imagen de Su Hijo. Muchas cosas tiene que hacer Dios con nosotros. Y para hacerlas fue que vino Jesucristo.

 

Porque Dios vio la condición del hombre, tuvo gran compasión, y decidió poner sobre sí al hombre y pasar por la cruz, para poder así terminar con todo aquello que el hombre se hizo a sí mismo. Entonces resucitar para comenzar de nuevo, siendo ahora, otra vez, el alimento del hombre. Entonces da vida a nuestro espíritu, para que el poder de Su Espíritu regenere el nuestro. Y a partir de allí ir ganando nuestra alma renovándola, vivificando nuestros cuerpos hasta un día glorificarnos con la glorificación con que Él fue gloirificado en Su humanidad que asumió. Porque habíamos sido afectados en espíritu, alma y cuerpo; entonces ahora Dios que dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanzam y señoree...”, cumplirá definitivamente Su propósito, perdonándomos, limpiándonos, reconciliándonos, justificándonos, liberándonos, santificándonos, regenerándonos, renovándonos, transformándonos y configurándonos en Cristo a la imagen Suya. Pues fuimos creados para parecernos a Cristo, al vivir por Él. Ese ha sido el plan de Dios para el hombre, que el hombre fuese como Su Hijo. El Hijo de Dios es el modelo y el contenido para el hombre. Para que esto se dé, el Hijo mismo ha de ser la vida y el contenido del hombre. Fuimos hechos para contenerlo a Él, viviendo en estrecha comunión con Él, en unión mística. Dios en Cristo y por el Espíritu viviendo en el hombre, y el hombre viviendo a Dios en Dios. Cristo siendo la vida y el vivir del hombre.

 

Pero cuando el hombre está vacío, muere; usted puede ponerle todos los adjetivos negativos, pues allí estarán. Pero el Verbo de Dios vino y se hizo hombre, y como Adán, fue sometido a la prueba. Adán recibió gratuitamente la naturaleza humana libre, pero la vendió al pecado. Al hacerlo, prácticamente traicionó y perjudicó a toda su progenie. Ahora el poder del pecado opera en todo ser humano. Ahora no hacemos el bien que queremos, pero sí el mal que no quisiéramos; como lo dice Pablo a los romanos en el capítulo 7 de su epístola. Cuando se trata de ideales, especialmente los jóvenes tienen muchos. Y decimos: -qué lindas serían las cosas, si fueran así.- Pero al intentar hacerlas, no nos salen las cosas como esperábamos, sino que resultamos tan fracasados como nuestros abuelos, o quizá peor. Descubrimos que no somos tan generosos como ponderábamos, sino avaros como criticábamos. ¿Será que el problema del egoismo es un problema solamente mio? ¿Ustedes qué dicen? También he querido muchas veces ser diligente, pero no sé de donde brota la pereza. Quisiera ser una persona pura, pero no se pueden aprobar todos mis pensamientos y sentimientos. Quisiera siempre decir la verdad, pero a veces le agregamos por aquí y le quitamos por allá. En la valoración de las cosas, resaltamos lo que nos atañe, pero disminuimos lo que atañe a otros. Algo malo siempre aparece en el hombre, y con esto creo que ya será suficiente para entender. Yo no los veo muy tristes; ¿será que es necesario seguir insistiendo? Nos reímos, pero la cosa es para llorar. Dios, que conoce nuestro problema, sabe como arreglarlo. El método de Dios se llama: Jesucristo.

 

El Verbo e Hijo de Dios se vistió de naturaleza humana; fue tentado en todo como el hombre es tentado, pero en vez de vender al pecado la naturaleza humana, Jesucristo no permitió que el pecado le venciese; y aunque fue tentado en todo conforme a nuestra semejanza, venció al pecado en la carne. ¡Qué gran trabajo estaba haciendo Dios con Jesucristo! Cuanto debemos aprender a apreciar la obra que hizo el Señor Jesús. Vino a deshacer las obras del diablo, y a realizar al hombre en su persona. El hombre fue restaurado en la humanidad de Jesucristo; por eso Él debe ser nuestro alimento diario. Como hombre, pues no como Dios, Él comenzó a crecer en estatura, gracia y sabiduría. Aprendió la obediencia por el sufrimiento, y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para los que creemos en Él. El hombre, por el pecado, se tornó un viejo hombre; pero ahora, por Jesucristo, ha surgido un nuevo hombre. Antes de la caída, el hombre nomera ni viejo ni juevo; era simplemente hombre. Con la caída nos hicimos viejos; incluso los más jovencitos aquí, son viejos cuando solo están en sí mismos. Para ser nuevos, precisamos andar en Cristo. Y escúchenlo, por favor, las jovencitas; para no envejecer, y permanecer por siempre jóvenes, debemos vivir en Cristo, pues Él resucitó joven para siempre. Él es la novedad de vida. Jesucristo llegó a ser el hombre que Dios esperaba que fuese el hombre. Lo que Adán no alcanzó, lo logró Jesucristo.

 

Pero, escúchenme bien; todo lo que logró Jesucristo, lo hizo para nosotros. Él se santificó a sí mismo para santificarnos a nosotros. Él desarrolló en sí mismo todas las potencialidades de la humanidad. Él llegó a ser el Varón Perfecto, con el fin de agradar a Dios y poder meterse dentro de nuestro espíritu, y con Su capacidad, darnos nueva vida. Dios siempre ha querido que nuestro contenido sea Jesucristo. Dios sabe que sin Él somos unos perversos. En nosotros mismos estamos dañados y muertos, no importa cuan jovencitos seamos. Toda apariencia es pura paja. En nosotros mismos solamente somos gusanos disfrazados. Pero Dios en Cristo, por el Espíritu, nos da vida como un regalo, recuperando nuestro espíritu que estaba muerto, y comienza a transformar nuestra alma, para retornarla a la semejanza Suya.

 

Nos perdona por Su sangre derramada en expiación, para que se olvide el pasado. Nos libera de lo que éramos, para que seamos nuevos en Él andando por el socorro oportuno de Su Espíritu. Nos hace, pues, nuevas creaturas. La deformación de nuestras almas comienza a ser transformada en dirección a configurarnos a Él hasta que se forme en nosotros. Lo que éramos lo terminó en Su muerte, y lo que recibimos ahora proviene de Su resurrección por el Espíritu. Cristo en nosotros es el nuevo hombre. Ya murió, pero resucitó y ascendió, y habiendo enviado Su Espíritu victorioso, nos alumbra, regenera, renueva, transforma y configura, haciéndonos un solo cuerpo. El fluorescente ahora alumbra gracias al fluir de la energía. En su epístola a los filipenses, Pablo nos habla de la suministración del Espíritu de Jesucristo.

 

Amados, desde jóvenes conozcamos que existe algo así como la suministración del Espíritu de Jesucristo. Su sangre nos limpia, mas Su Espíritu nos da vida.  Todo lo que Cristo es y logró pasa a ser nuestro gracias a la obra de Su Espíritu. Estas son dos “cosas” muy importantes: la sangre y el Espíritu de Cristo. Eso lo anunció muy bien el apóstol Pedro en el día de Pentecostés, cuando nos ofreció, de parte de Dios, la remisión de los pecados y el don del Espíritu Santo. Dijo Pedro que nos arrepintiéramos y fuéramos bautizados. Así expresamos la fe por la que recibimos las promesas de Dios.  El perdón borra lo pasado, la cruz termina con lo viejo, pues Jesús llevó nuestros pecados, el viejo hombre, la maldición sobre sí mismo en la muerte; pero resucitó, porque tiene poder para poner Su vida y para volverla a tomar. El Padre le dio el que tenga vida en sí mismo. Resucitó para resucitarnos, dándonos vida al injertar en nosotros Su Espíritu. Y entonces comenzar a permear nuestras almas, nuestros pensamientos, sentimientos y voliciones. Antes nuestros pensamientos vagaban sin rumbo por caminos de muerte; igualmente nuestras emociones. Pero ahora el Espíritu, desde nuestro interior, nos trae de vuelta al redil. Hija, no cedas al enamoramiento de ese caballero, pues es un hombre casado. Te consuela y fortalece. Caballero, aquella mujer es mujer de otro; no te detengas en ella; y te fortalece para hacerte a un lado y mirar en otra dirección.

 

Las emociones comienzan a ser puestas en orden por el Espíritu, en unión con tu alma. Comienzas a recibir aquella inspiración que te conduce como un jinete a su caballo. El potro indómito comienza a ser domado. Todos necesitamos que Dios dome nuestra lengua, nuestros apetitos; y ese poder será nuestro por Jesucristo. Como Él ya pasó por la prueba del mundo y de la carne, y ya venció a todo enemigo, entonces es poderoso para socorrernos en nuestras debilidades. La victoria de Jesucristo sobre satanás, es ahora un regalo para nosotros, dispouestro a ser tomado por la fe, en estrecha comunión con Cristo. Él enfrentó la muerte y la venció, para compartir con nosotros. Por eso el Espíritu Santo es un Don que se recibe al creer en el Evangelio. El espíritu Santo fue derramado como demostración de la victoria de Jesucristo, y como garantía de nuestra herencia con Él. Ahora está disponible para nosotros, por la fe que se atreve a contar con Él. Al recibir por la fe al Señor Jesús, le estamos diciendo: -desde ahora, Señor, cuento contigo firmemente.- Cuando sinceramente crees, tú en verdad no haces nada, pues Dios sabe que de ti no puede salir nada bueno por sí solo. Simplemente lo recibes por fe, diciéndole Amén. No es necesario subir de rodillas hasta el monte para merecer alguna cosa. Dios sabe que todo eso es inútil. Lo único que puede ayudarte es recibir a Jesucristo por la fe, contando con Él para todas las cosas y desafíos. Jesucristo es el único que nos puede cambiar. Los que somos genuinos cristianos, ya tenemos a Jesucristo adentro con todas Sus capacidades que están a nuestra disposición, no solamente para imitarlo, sino para vivir por Su mismo Espíritu. Somos fortalecidos en el Señor. Por eso Pablo le escribe a Timoteo que se esfuerce en la gracia. No se trata de una imitación exterior basada en la justicia propia desde la carne, sino de una fe activa que se apropia de la provisión. Por eso el apóstol Juan hablaba a los jóvenes, con fe, diciéndoles ser fuertes y haber vencido al maligno. No les pedía ser fuertes, sino que les comunicaba que en el Señor ya eran fuertes. Ya no estamos más solos, sino que Él está en nosotros, y nosotros estamos en Él, como un café con leche. La leche está en el café, y el café en la leche. Ya no se separan más. Así también nosotros por la fe estamos en Cristo, pues Él está en nosotros al haberle recibido por la fe. Ya no nos separaremos más. Antes el café y la leche estaban separados. Cristo estaba en el Cielo y nosotros en la Tierra. Pero ahora estamos unidos como Uno en espíritu. Contamos con Él, no importa como nos sintamos. Si nos sentimos débiles, pues Él es fuerte y Su poder se manifiesta a través de nuestra debilidad. Si estamos tristes, nos consuela. Si estamos cansados, nos hace descansar. No necesitamos fingir; simplemente confiar, creer y contar sinceramente con Él por la fe.

 

A veces no sabemos ni siquiera como orar; pero nos enseña el apóstol Pablo que el mismo Espíritu nos enseña a orar con gemidos indecibles según la voluntad divina. El Espíritu está ahí presente. Tú no ves la corriente eléctrica, pero enchufas con confianza y la energía fluye. Acudes al Señor y Él no te echa fuera. No importa cuan oscuro esté un cuarto; si hay una pequeña brechita, el rayo de luz pasará por allí. Así hará el Espíritu Santo. Se nos dio a beber del Espíritu. Él está ahí. No podemos huir de Su Espíritu. También la palabra Espíritu se dice en griego: pneuma. Lo cual podemos asociar con el viento. El aire está ahí simplemente para que respiremos. Así es con el Espíritu. La manera de beber y de respirar es por la fe. Y así como añades a una bebida láctea toda clase de vitaminas y nutrientes, y con solo tomarla, esos nutrientes entran en usted, así también el Espíritu contiene todas las riquezas y victorias de Cristo que pasan a ser nuestras al beber por la fe. Todo lo que necesitamos está allí. No es lo que tú eres lo que te ayuda, sino lo que el Señor es en el Espíritu para ti. Jesús dijo que si creemos en Él, desde nuestro interior fluirá el Espíritu como rios de aguas vivas.

 

La Iglesia es edificada sobre la roca que es Cristo revelado y confesado. Lo que el Señor es para nosotros, no lo que nosotros somos, es lo que hace la diferencia. Si crees, lo confiesas con tu boca. Cuando una señora va a planchar una camisa, espera a que la plancha se caliente, y para eso debe enchufarla. Si estás frío, acudes al seeñor invocándolo de todo corazón con fe, y permaneces asido de Él. La plancha entonces se calentará y la señora podrá aplanchar la camisa. Permanezca allí confiando. No solo pidiendo, sino creyendo que fue oído y las cosas ya están en camino. Cuando fluye el agua del Espíritu,  Su fluir se lleva lo viejo, y trae refrigerio. El Nombre del Señor es una torre firme. Invoquémoslo con fe, pues no está lejos de nosotros, sino en nuestra boca y en nuestro corazón. A Él acudirá el justo (por la fe) y será escuchado. Es decir, recibirá respuesta. A veces acudimos a muchas partes, pero no a Él mismo. Toquemos su manto por la fe y contemos con su socorro.

 

¡Que el Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu!

 

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Gino Iafrancesco V., 17/VIII/1997, Sincelejo, Sucre, Colombia.                                            

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(3) DESTELLO DIVINO EN LA TIERRA DESDE LA ETERNIDAD

Por Gino Iafrancesco V. - 6 de Junio, 2008, 0:28, Categoría: General

TRATADILLOS (3)

DESTELLO DIVINO

EN LA TIERRA
DESDE LA ETERNIDAD






"SEFER YAH".

א
ALEF




DESTELLO DIVINO EN LA TIERRA

DESDE LA ETERNIDAD


Yo soy Yahveh.
Yo soy el que soy.
Yahveh El Holam.
Yo soy El Shaday.
Yahveh Elohim.
Yahveh El Helion.
Adonay.
Adón Yahveh Elohim.
Yo soy Santo.
Santo soy Yo Yahveh Elohim.
No hay otro junto a Yahveh Elohim.
Yo Yahveh Elohim El Celoso.
Yahveh Elohim, Yahveh Uno.
El Elohim es Yahveh.
Elohim de todo saber es Yahveh.
Yahveh Elohy TSabaoth.
Adonay Yahveh.
Yahveh Elohim sin semejante.
Yahveh Elohim es Justo.
Yahveh Elohim desde la eternidad.
Yahveh Elohim Bendito de eternidad a eternidad.
Yah es Bueno.
Yah Yahveh.
Yahveh es Rey eternamente y para siempre.
Yahveh es Fiel.
La Fidelidad de Yahveh es para siempre.
Yahveh es Recto.
Yahveh es Puro.
Yahveh es Limpio.
Yahveh es Verdadero.
Yahveh es Creador.
Yahveh es Sustentador.
Yahveh es Redentor.
De Yahveh es el Reino.
Yahveh TSabaoth es el Rey de la Gloria.
Bueno y Recto es Yahveh.
Yahveh es Misericordioso y Clemente.
El consejo de Yahveh permanecerá para siempre.
Yahveh el Helion es Temible.
Grande es Yahveh,
Adonay Yahveh TSabaoth.
Yahveh es TodoPoderoso.
Yahveh Hacedor.
Yahveh permanece para siempre.
Yahveh es Perfecto.
Yahveh, eterno es Su Nombre.
Yahveh es Excelso.
Santo, Santo, Santo Yahveh TSabaoth.
Yahveh el Santo.
Yahveh es Juez, Yahveh es Legislador, Yahveh es Rey.
Yo Yahveh, el Primero.
Yo Yahveh, Este es Mi Nombre, y a otro no daré Mi Gloria.
Vivo Yo para siempre.
Ved ahora que Yo, Yo Soy,
y no hay dioses conmigo.
Yo Mismo Soy;
antes de Mi no fue formado Dios,
ni lo será después de Mi.
Yo, Yo Yahveh, y fuera de Mi no hay quien salve.
Yahveh dice: Yo Soy Elohim.
Yo Yahveh, Santo, Creador, Rey.
Yo Soy el Primero y Yo Soy el Postrero y fuera de Mi no hay Dios.
Yo Yahveh, que lo hago todo, que extiendo Solo los cielos, que extiendo la tierra por Mi Mismo.
Yo Soy Yahveh, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de Mi.
No hay más que Yo; Yo Yahveh, y ninguno más que Yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Yahveh soy el que hago todo esto.
Yahveh que creó los cielos dijo así: que El es Elohim, El que formó la tierra, El que la hizo y la compuso; no la creó en vano; para que fuese habitada la creó.
Yo Soy Yahveh, y no hay otro.
Yo soy Yahveh que hablo Justicia, que anuncio rectitud.
¿Quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino Yo Yahveh?
Y no hay más Dios que Yo;
Dios Justo y Salvador; ningún otro fuera de Mi.
Mirad a Mi, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque Yo Soy Elohim, y no hay más.
Por Mi Mismo hice juramento, de Mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: que a Mi se doblará toda rodilla y jurará toda lengua. Y se dirá de Mi: en Yahveh está la justicia y la fuerza.
¿A quién me asemejáis, y me igualáis, y me comparáis, para que seamos semejantes?
Yo Soy Elohim, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a Mi, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero.
Yo hablé y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré.
Yo Mismo, Yo el Primero, Yo también el Postrero.
Yahveh es Elohy TSabaoth; Yahveh es Su Nombre.
Yahveh es Dios Celoso y Vengador.
Yahveh es Vengador y lleno de indignación; se venga de sus adversarios y guarda enojo para sus enemigos.
Yahveh es tardo para la ira y grande en poder y no tendrá por inocente al culpable.
Yahveh es Bueno, Fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en El confían.
Yo Soy Gran Rey, dice Yahveh TSabaoth.
¿Quién es este Hermoso en Su vestido, que marcha en la Grandeza de Su Poder? Yo, El que hablo en Justicia, Grande para salvar.
Yahveh Yiréh.
Yahveh Rafah.
Yahveh Nissi.
Yahveh Raah.
Yahveh TSidkenu.
Yahveh Shalom.
Yahveh Shama. 
Yo lleno los cielos y la tierra, dice Adonay Elohim Yahveh TSabaoth El Holam El Helion El Shadday.

Esto y más ha dicho y revelado Yah acerca de sí mismo a los hombres y a los ángeles.

Yah es Yahveh, y Yahveh es El; El es Elohim,

y Elohim es traducido inspiradamente por Su Espíritu mediante Sus apóstoles como Theòs y significa Dios.
También Yahveh dícese Jehová.
Yah El,
Yahveh Elohim,
Jehová Dios.
Adón es traducido Kyrios y significa Señor, Soberano, Amo y Esposo.
Adonay, Mi Señor.
El Holam, Dios Eterno.
El Helion, Dios Altísimo.
Yahveh TSabaoth, Jehová de los ejércitos.
El Shadday, Dios TodoPoderoso, Divino Pecho Todosuficiente que alimenta, nutre, sustenta y hace florecer y fructificar.
Jehová el Proveedor, el Sanador, el Estandarte de nuestra Vanguardia y Victoria, el Pastor, Nuestra Justicia, Paz, Siempre ahí Presente.
Yahveh Elohim es Personal y tiene conciencia de sí mismo, se conoce y se revela.
Yahveh Elohim dice: Yo Soy.
Yahveh Elohim es Eterno.
Yahveh Elohim es Uno.
Yahveh Elohim es Amor.
Yahveh Elohim es Bueno, Fiel, Misericordioso y Clemente, Justo, Recto y Verdadero, Perfecto, Santo, Galardonador y Vengador.
Yahveh Elohim es Rey, Legislador y Juez.
Yahveh Elohim es Creador, Hacedor, Formador, Sustentador y Redentor.
Yahveh Elohim es Espíritu.
Yahveh Elohim es TodoPoderoso, Omnipotente.
Yahveh Elohim es TodoSapiente, Omnisciente.
Yahveh Elohim está todo en todas partes, Omnipresente.
Yahveh Elohim es antes de todo y sobre todo; es Trascendente.
Yahveh Elohim está en todo y todo en El; es Inmanente.
Yahveh Elohim es Inmutable, Nunca cambia.
Yo Yahveh no cambio, no mudo.
En Elohim no hay mudanza ni sombra de variación.
Yahveh Elohim es Padre Eterno,
Yahveh Elohim es Verbo Eterno e Hijo Eterno,
Yahveh Elohim es Espíritu Eterno.
Yahveh Elohim es Uno en Esencia y Trino en Persona.
Yahveh Elohim es Uno en Naturaleza y Trino en Hipóstasis o Subsistencia.
Yahveh Elohim dice: Yo, y dice: Nosotros.
Yahveh Elohim envía a Yahveh Elohim y a Su Santo Espíritu.
También Yahveh es Enviado de Yahveh.
El Ángel Yahveh es Yahveh y dice: Yo Yahveh.
Yahveh Elohim es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Yahveh Elohim es Propio.
Yahveh Elohim es TodoAdorable.

¡Yahveh! ¡Yahveh! Fuerte, Misericordioso y Piadoso; Tardo para la ira y Grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.

Esto ha proclamado Yahveh de Sí mismo y ha declarado Su Nombre.


Yo Soy Jehová Tu Dios, Fuerte, Celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

Dios es Amor.
El Amor Divino es Eterno.
Dios ama con amor eterno.
Dios es Fuego Consumidor.
Dios es Santo.
Mirad la Bondad y la Severidad de Dios.
Soberano es Dios y Misericordioso.
Con Justicia juzga y pelea.
Yahveh Elohim, como Padre Eterno, ha engendrado Su Sabiduría eterna, que le acompaña desde la eternidad, y que está delante de Sí como un Consejero, el Verbo Divino, el Hijo Unigénito.
Yahveh Elohim, el Padre Eterno, al conocerse a Sí Mismo desde la eternidad, y a todas las cosas, engendró Su Sabiduría eterna.
La Divina Sabiduría es Eterna y tiene conciencia de Sí, tiene Hipóstasis, Subsistencia y Personalidad.
Por Su Divino Verbo Yahveh Elohim se revela según se conoce y dice: Yo Soy El que Soy.
La Sabiduría Divina y Eterna es el Verbo Divino y Eterno, Subsistente y Personal, que dice de Sí Mismo Yo Soy, así como el Padre Eterno dice Yo Soy.
El Padre Eterno Yahveh Elohim ha dicho a Su Hijo Unigénito:
Yo te engendré hoy.
Engendrado, no creado, porque es de la misma Esencia, Substancia, Naturaleza, Deidad y Divinidad.
Engendrado, no creado, porque ya era en el Principio, y nunca comenzó Yahveh Elohim a conocerse, sino que eternamente se ha conocido en, con, y por Su Divina Sabiduría Eterna, Subsistente y Personal, Tan Igual a Sí Mismo que es el Propio Carácter de Su Hipóstasis, la Impronta de Sí Mismo, La Imagen Subsistente y Personal de Su Propia Subsistencia y Persona.
Así pues, Yahveh Elohim es el Resplandor de la gloria de Yahveh Elohim.
Yahveh Elohim se revela según se conoce perfectamente a Sí Mismo como Yahveh Elohim.
Yahveh Elohim es el Padre Eterno.
Yahveh Elohim es también la Plenitud consciente, subsistente y personal del Divino Verbo, Sabiduría Divina Eterna, Revelación Divina Perfecta, Resplandor Divino de Divina Gloria, el cual también con el Padre es Yahveh Elohim, el Verbo Eterno, Hijo Eterno y Unigénito, Engendrado, no creado, El Mismo y Único Dios Verdadero. Dios Verdadero de Dios Verdadero.
La Sabiduría Divina y Eterna, como subsistente y personal, dijo de Sí Misma: Yo, la Sabiduría, eternamente fui engendrada; con Yahveh estaba Yo antes de todas las cosas, delante de El como Su Consejero. Yahveh me poseía en el Principio, ya de antiguo, antes de Sus obras; eternamente tuve el Principado.
El Verbo Divino y Eterno, cual Divina Teofanía o Manifestación de Dios, es Yahveh, el Príncipe de los ejércitos de Yahveh, Yahveh Enviado de Yahveh, El Ángel Yahveh que dice: Yo Soy Yahveh, Yo Soy El que Soy.

Así ha dicho el Hijo Unigénito:

Antes que Abraham fuese, Yo Soy.
Padre, Glorifícame Tú, al lado Tuyo, con Aquella Gloria que Yo tuve ConTigo antes que el mundo fuese.
Como el Padre tiene Vida en Sí Mismo, así ha dado al Hijo el tener Vida en Sí Mismo.
Que todos honren al Hijo como honran al Padre.
El que no honra al Hijo, no honra tampoco al Padre.
El que no tiene al Hijo, no tiene tampoco al Padre.
El que no recibe al Hijo, no recibe tampoco al Padre.
El que Me recibe a Mi, recibe Al que me Envió.

Yahveh Elohim envía. Yahveh Elohim es enviado de Yahveh.


Si Me conocieseis, también a Mi Padre conocerías.
El que Me ha visto a Mi, ha visto al Padre.
Yo y el Padre Uno somos.
Yo Soy en el Padre y el Padre Es en Mi.
Tú, oh Padre, en Mi; y Yo en Ti.
Todo lo Tuyo es Mío y lo Mío Tuyo.
La Vida Eterna que estaba con el Padre se nos manifestó.
En el Principio Era el Verbo, y el Verbo era y estaba con Dios, y Dios era el Verbo. Este era en el Principio con Dios.
¿Cuál es Su Nombre y el Nombre de Su Hijo si sabes?

Y Aquel que es la Sabiduría Divina y Eterna, es también el Poder Divino y Eterno.
El Verbo es también el Único Dios, Yahveh Elohim.
El Verbo es Divino y Eterno como Sabiduría Divina  y Eterna de Dios y como Poder Divino y Eterno de Dios.
El Hijo Unigénito del Padre es el Verbo Divino y Eterno.
El Hijo es Eterno con el Padre. Igual en Divinidad, en Esencia, en Substancia, en Naturaleza, en Sabiduría, en Poder, en Gloria.
El Hijo es la Sabiduría, el Poder, el Verbo, la Impronta, la Imagen, el Poder, la Gloria, de Dios.
El Único Dios Verdadero es conocido mediante el Hijo Unigénito, Divino, Eterno, Subsistente y Personal.
Agradó al Padre que en el Hijo habitase toda Plenitud.
El Hijo de Dios es Dios, Yahveh Elohim.
Cuando el Padre dice Yo Soy, revela poseer una Subsistencia Personal, La Persona Divina del Padre.
Cuando el Hijo dice Yo Soy, revela poseer también una Subsistencia Personal, la Persona Divina del Hijo.
Cuando el Espíritu dice Yo Soy, revela poseer igualmente una Subsistencia Personal, la Persona Divina del Espíritu Santo.
El Padre ha dicho al Hijo: Mi Hijo eres Tú, Yo te he engendrado hoy; Tú eres Mi Hijo Amado en el cual Yo tengo contentamiento.
El Hijo ha dicho al Padre: Tú, oh Padre, en Mi, y Yo en Ti; Todo lo Tuyo es Mío y lo Mío Tuyo. Aquella Gloria que Yo tuve Contigo antes que el mundo fuese.
El Espíritu ha dicho: Yo los he enviado. Y ha dicho: Apartadme para Mí... Yo los he llamado.
El Espíritu no habla por Su propia cuenta, sino lo que oye;
El Espíritu glorifica al Hijo;
El Espíritu toma lo del Hijo, que también es del Padre, y lo entrega en Su Nombre.
Dios es Espíritu.
El Espíritu de Dios, que conoce las cosas profundas de Dios, que es Señor, que es Espíritu del Padre y Espíritu del Hijo, que procede del Padre y del Hijo, que convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio, que vivifica y da Vida Eterna y es Eterno, que Unge, Santifica, participa la Naturaleza Divina y llena de la Plenitud de Dios, que transforma, que contiene, presenta y transmite al Padre y al Hijo, Es también Dios Mismo, Yahveh Elohim.
El Espíritu vivifica y transforma en el Nombre del Hijo que a Su vez vino en el Nombre del Padre.
Yahveh Elohim es Uno en Esencia, Substancia, Naturaleza y Ser, y subsiste hipostática y personalmente en la Persona Divina del Padre, en la Persona Divina del Hijo y en la Persona Divina del Espíritu Santo.
Tres Personas Distintas y Un Solo Dios Verdadero, Yahveh Elohim.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Tres Personas Divinas que subsisten en la Misma Esencia y Naturaleza Divinas como Un Solo y Mismo Dios y Ser Divino; siendo coeternas, coexistentes, coinherentes e interpenetrables, siendo Una en la Otra, e interpenetrándose mutuamente a manera de Amor Divino TriPersonal en el que subsiste Una sola y misma Esencia, Naturaleza y Ser Divino.
Son Distintas (mas no en esencia ni naturaleza) las Tres Hipóstasis, Subsistencias y Personas del Único Dios Verdadero Yahveh Elohim, puesto que el Padre Eterno y Divino subsiste hipostática y personalmente como Aquel Invisible que engendra al Verbo y exhala al Espíritu; en cambio el Verbo Divino y Eterno subsiste hipostática y personalmente como el Hijo Unigénito engendrado del Padre, Imagen Suya y Resplandor de Su Gloria; y el Espíritu Divino y Eterno subsiste hipostática y personalmente como Espíritu Procedente del Padre y el Hijo, en cuanto que el Padre no es Unigénito, ni Procedente; ni tampoco el Hijo puede dejar de ser Unigénito, y aunque procede del Padre, no procede de la misma manera que el Espíritu, pues el Hijo procede por Generación Divina desde el Padre, siendo así Unigénito del Padre desde la eternidad. En cambio el Espíritu procede del Padre y del Hijo.
El Padre y el Hijo participan en un Amor Común tan Pleno que al compartirse y expirarse es Plenitud Divina subsistente y personal y es el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo.
Dios ha revelado, pues, que es Uno Solo y Trino. Dice: Yo, y dice: Nosotros.
Dijo en Sí Mismo: Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza.
Y dijo: Descendamos y confundamos su lengua, en Babel.
Y preguntó: ¿quién irá por Nosotros?, cuando el profeta Isaías, en días de Uzías rey de Israel, vio y oyó el Trisagio conque los serafines Le confesaban Tres Veces Santo.
Y el Hijo de Dios, refiriéndose a la venida del Otro Consolador, el Espíritu Santo, dijo: Mi Padre y Yo vendremos. Y al Padre dijo de los Suyos: que ellos sean uno en Nosotros.
Por ello el título Elohim que Dios usa apropiadamente, tiene la terminación "im" que en hebreo implica pluralidad en la singularidad; así como la palabra "uno" de la confesión básica del Monoteísmo en Deuteronomio 6:4 no es "Jahad" según la reformuló Maimónides en el siglo XII de la era cristiana y que no admite pluralidad, sino que es "ejad" que sí la admite dentro de su singularidad.
No obstante, aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo subsisten propiamente cada Uno en la Divina Esencia Única de una manera particular y distintiva, siendo Coexistentes, sin embargo también son Inseparables, Coinherentes e Interpenetrables, perfectamente Unificables en Un Solo Ser Divino, Siendo Uno en el Otro, y estando Uno en el Otro y donde está el Otro, y como el Otro, siendo y actuando Juntos en un Solo Nombre, de tal manera que el Hijo que nos es dado como un niño es llamado sin mentira ni error: Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Y el que ha visto al Hijo, ha visto al Padre. Y pidiendo Su discípulo Felipe de Betsaida: -Muéstranos al Padre y nos basta, respondió el Hijo en primera persona: -Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y ¿no ME has conocido?...- Y enseñó que el Padre ES en el Hijo y el Hijo ES en el Padre.
Y hablando el Hijo de la venida del Espíritu Santo, dijo en primera persona refiriéndose a aquello: -Yo no os dejaré huérfanos. Yo vendré a vosotros. De modo que la venida del Espíritu Santo es la venida pneumática del Hijo, y también del Padre, pues que dijo: -el Padre y Yo vendremos. Y así también está Escrito que El Señor ES el Espíritu. Y la Sagrada Escritura considera que el Espíritu de Dios morando, es el Espíritu de Cristo morando, y el Espíritu de Cristo morando es Cristo morando, y Cristo morando es el Espíritu del Padre morando, y por la morada del Espíritu del Padre, el Padre Mismo vivifica mediante Su Espíritu.
Y También se revela en la Sagrada Escritura que el decir del Hijo es el decir del Espíritu.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se connumeran, pues, en la Sagrada Escritura divinamente inspirada por Dios.
Esto y más, entonces, ha revelado Yahveh Elohim de Sí mismo a los hombres y ante los ángeles, lo cual se ha recogido con la debida suficiencia, por inspiración divina, en las Sagradas Escrituras de la Antigua y Nueva Alianza, de un Mismo y Único Dios que se ha revelado progresivamente a los hombres, y cuyo Espíritu ha iluminado también progresivamente a Su Pueblo desde La Suma de la Palabra Divina, propuesta a la Fe de los Hombres una sola vez, en la consumación de los siglos, a la venida del Hijo de Dios Jesús el Cristo, Yahveh Salvador el Mesías.
El Padre ha confesado la Divinidad del Hijo ante los hombres y los ángeles cuando al introducir al Primogénito en el mundo dice: -Adórenle todos los ángeles de Dios. Y también dice al Hijo: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo.
También el Hijo mismo ha confesado Su Divinidad cuando proclama en el Apocalipsis: Yo Soy el Alfa y la Omega, Principio y Fin, el que es y que era y que ha de venir, el TodoPoderoso, el Primero y el Ultimo; y el que Vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos .
Y El Espíritu confiesa la Divinidad del Hijo por los profetas y apóstoles enviados por Dios. Isaías le llama Dios con nosotros y Dios fuerte; y dice que el precursor del Mesías precursaría a Yahveh. Jeremías le llama Yahveh TSidkenu; Zacarías al igual que Moisés reconoce como Yahveh al Ángel Yahveh, y reconoce ser Yahveh Aquel que sería vendido por treinta piezas de plata, y traspasado, y que retornará glorioso con los santos al Monte de los Olivos. Pedro le llama Nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo al igual que Pablo, que además confiesa a Cristo como Dios Bendito por los siglos. Juan le llama al Verbo: Dios, y al Hijo de Dios: Dios Verdadero. Y Tomás le confiesa: Señor Mío y Dios Mío. Aún Su propio hermano Jacobo el Justo le confiesa Kyrios, Adonay. Y Jesús mismo recibe adoración.
Por otra parte, las Sagradas Escrituras consideran que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.

Hasta aquí, pues, someramente, solo lo relativo a la Divinidad en su aspecto esencial, la Trinidad esencial en Sí Misma y ante Sí Misma y para Sí Misma, aunque también revelada en la economía divina a los hombres progresivamente y en parte; entre otros, a Adam, Abel, Set, Enós, Enok Jaredita, Matusalem, Noé, Sem, Abraham, Isaak, Jacob, Job, Elifaz Temanita, Bildad Suhita, Zofar Naamatita, Eliú ben-Baraquiel Buzita de Ram, Levi, Judá, José, Coat, Amram, Jocabed, Moisés, Aarón, Josué, como está Escrito en la Torah; y también en los Nebiim y Ketubim: Josué, Caleb, Eleazar, Finees, Otoniel, Débora, Gedeón, Abimelek Jerobaalita, Tola ben-Fúa ben-Dodo Isacarita de Samir, Jair Galaadita, Jefté, Manoa de Zora Danita, Sansón, Booz, Noemí, Ruth, Elcana, Ana, Samuel, David, Sadoc, Natán, Gad, Asaf, Coreítas, Hemán Ezraíta, Etán Ezraíta, Salomón, Agur ben-Jaqué, Ahías Silonita, Iddo, Semaías, Urías ben-Semaías de Quiriat-Jearim, Azarías ben-Obed, Hananí, Josafat, Micaías ben-Imla, Jehú ben-Hanani, Jahaziel ben-Zacarías ben-Jeiel ben-Matanías Asafita, Elías Tisbita, Eliseo ben-Safat, Jehú ben-Josafat ben-Nimsi, Eliezer ben-Dodava de Maresa, Joiada, Jonás ben-Amitai de Gat-hefer, Isaías ben-Amoz, Obed, Ezequías, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Miqueas de Moreset, Nahum de Elcos, Habacuc, Josías, Jeremías de Anatot, Sofonías ben-Cusi ben-Gedalías ben-Amarías ben-Ezequías, Ezequiel ben-Buzi, Daniel, Ananías Sadrac, Misael Mesac, Azarías Abed-nego, Baruk, Hageo, Zacarías ben-Berequías ben-Iddo, Zorobabel, Josué ben-Josadac, Esdras, Nehemías, Mardoqueo, Ester, Malaquías. Y entre los dos Pactos: Judas Macabeo. Y en el Nuevo Testamento: Zacarías de la clase de Abías, Elizabeth, José ben-Jacob y ben-Elí, María de Nazareth, Juan el Bautista, Simeón de Jerusalem, Ana bet-Fenuel Aserita de Jerusalem, JESÚS EL CRISTO, Simón Cefas Pedro bar-Jonás, Jacobo bar-Zebedeo de Cafarnaum, Juan bar-Zebedeo de Cafarnaum, Andrés bar-Jonás, Felipe de Betsaida, Natanael Bartolomé, Mateo Leví bar-Alfeo, Tomás Dídimo, Jacobo bar-Alfeo, Judas Tadeo Lebeo bar-José, Simón cananita el Zelote, Matías, José Barsabás Justo, María Magdalena, Martha de Betania, Lázaro de Betania, Cleofás de Emaús, María de Emaús, Salomé, Jacobo el Justo, José bar-José, Simeón bar-José, Jacobo el Menor, José de Arimatea, Juana de Chuza, Susana de Galilea, Zaqueo, Jairo, Bartimeo, José Bernabé Levita de Chipre, Esteban, Felipe de Jerusalem, Prócoro de Jerusalem, Nicanor de Jerusalem, Timón de Jerusalem, Parmenas de Jerusalem, Nicolás de Antioquía, Eunuco de Candace Etiope, Ananías de Damasco, Pablo de Tarso, Eneas de Lida, Dorcas Tabita de Jope, Cornelio de Cesarea, Simón Níger, Lucio de Cirene, Manaén de Antioquía, Judas Barsabás, Silvano Silas, Loida de Galacia, Eunice de Galacia, Gayo de Derbe, Timoteo de Galacia, Lucas de Troas, Lidia de Tiatira, Carcelero de Filipos, Jasón de Tesalónica, Aristarco de Tesalónica, Segundo de Tesalónica, Tíquico de Asia, Trófimo de Efeso, Sópater de Berea, Dionisio Areopagita, Dámaris de Atenas, Aquila del Ponto, Priscila de Aquila, Crispo de Corinto, Sóstenes de Corinto, Apolos de Alejandría, Erasto de Corinto, Eutico de Troas, Agabo de Judea, Mnasón de Chipre, Publio de Malta, Tito de Grecia, Estéfanas Epeneto de Acaya, Fortunato de Corinto, Acaico de Corinto, Febe de Cencrea, María de Roma, Andrónico, Junias, Amplias de Roma, Urbano de Roma, Estaquis de Roma, Apeles de Roma, Aristóbulo de Roma, Herodión de Tarso, Narciso de Roma, Trifena de Roma, Trifosa de Roma, Pérsida de Roma, Rufo de Cirene, Asíncrito de Roma, Flegonte de Roma, Hermas de Roma, Patrobas de Roma, Hermes de Roma, Filólogo de Roma, Julia de Roma, Nereo de Roma, Olimpas de Roma, Lucio de Tarso, Tercio de Corinto, Cuarto de Corinto, Epafrodito Epafras de Colosas, Ninfas de Laodicea, Arquipo de Colosas, Onésimo de Colosas, Juan Marcos de Jerusalem, Jesús Justo de la Circunsición, Crescente, Carpo de Troas, Onesíforo de Efeso, Eubulo de Roma, Clemente de Roma, Pudente de Roma, Lino de Roma, Claudia de Roma, Artemas de Nicópolis, Zenas, Filemón, Apia de Colosas, Demetrio de Derbe, Lucas; y otros íntimamente allegados a la primera generación cristiana apostólica en que se completó la Fe dada completa a los santos: Policarpo de Esmirna, Antipas de Pérgamo, Papías de Hierápolis, Ignacio de Antioquía, Cuadrato...Todos estos recibieron Revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y sus nombres, algunos más que otros, son testigos o de la Antigua, o de la Nueva Alianza de Dios, con Israel y con la Iglesia de JesuCristo.
Y conforme a la promesa del Hijo de Dios, el Espíritu Santo ha iluminado progresivamente a la Iglesia de Dios y de Cristo, acerca de la Revelación de Sí Mismo en las Sagradas Escrituras, conduciéndola a toda verdad, usando el ministerio del Nuevo Pacto en hombres como: Justino Mártir que corroboró el cumplimiento mesiánico de las Escrituras en Jesucristo; Ireneo de Lyon que desenmascaró las herejías gnósticas, como también Hipólito de Roma, Novaciano y Tertuliano de Cartago frente al unitarismo monarquiano modalista; Atanasio de Alejandría, gran defensor de la confesión de la Divinidad del Hijo de Dios, como también Hilario de Poitiers en Occidente; Basilio Magno y Dídimo el Ciego confesores de la Divinidad del Espíritu Santo. Lo cual fue proclamado en su orden en el Primer Concilio de Nicea y en el primer Concilio de Constantinopla. Profundizada fue también la iluminación acerca de la Trinidad, así llamada por Teófilo de Antioquía y Tertuliano de Cartago por primera vez en griego y latín respectivamente en el siglo II, por Agustín de Hipona, Gilberto de la Porré, Tomás de Aquino y el Concilio de Florencia en lo relativo a la relación de las Personas. Andrew Murray ha señalado profundidades acerca del Espíritu de Cristo. Acerca de la coinherencia de las Personas ha insistido Witness Lee de Chefow, aunque advertido por Stephen Kaung para no permitir desliz al sabelianismo. Y frente a lo cual aquí sostenemos la necesidad de velar para que la consideración de los aspectos económicos de la Trinidad en Su revelación a los hombres y a los ángeles, y en Su Don, no supediten la Trinidad esencial a los accidentes de la economía. Pues la economía divina no puede traer mudanza a la inmutabilidad confesada por Dios de la Trinidad esencial, sino apenas revelación progresiva de Su Ser y Gloria, y participación de Su Naturaleza (aunque no de Su Deidad que solo a Dios mismo le es propia), y realización de los hechos eternamente decretados de Su Administración, cumplidos en el tiempo por Dios el Padre con el Hijo y el Espíritu para nuestro disfrute y glorificación corporativa: el Misterio de Cristo que es Su Cuerpo en Gloria para alabanza de la Gloria de Su Gracia en Su Preeminencia y Primogenitura; Participación de Su Vida y Naturaleza, y las de Cristo, para Conocimiento y Expresión de Su Gloria. Ahora aquí: Destello Divino en la Tierra desde la eternidad.

Esta es la administración apostólica del Misterio de Dios.
Primera Parte.

Compilado y escrito en el año de 1998, en la localidad de Teusaquillo, Santafé de Bogotá D.C., Colombia, América del Sur, por Gino Iafrancesco V.

Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el TodoPoderoso”.
    (Apocalipsis 1:8)

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(4) LA ENCARNACIÓN DEL VERBO DE DIOS

Por Gino Iafrancesco V. - 6 de Junio, 2008, 0:14, Categoría: General

TRATADILLOS (4)


LA

ENCARNACIÓN

DEL

VERBO DE DIOS


 

Algunos errores cristológicos

 Este apéndice hace parte de las enseñanzas de la serie llamada "Edificando a la Iglesia", y fue precedido por un largo pasaje sobre el contenido de la Iglesia, en donde vimos que Dios ha dado un depósito a la Iglesia, el cual consta de varias áreas básicas y algunas verdades fundamentales que son propias de la Iglesia, entre ellas la Trinidad y la encarnación del Verbo de Dios.  Habíamos tratado lo relacionado con el Verbo de Dios, pero no de Su encarnación.  Por tanto vamos a considerar dos pasajes claves relativos a la encarnación del Verbo de Dios;  se trata de dos grandes verdades, grandes dogmas de la Iglesia cristiana, nacidos de la Palabra de Dios:  La Trinidad, la existencia de un solo Dios en tres Personas, y la encarnación de esa segunda Persona, el Verbo de Dios.  Esos dos pasajes relativos a la encarnación los encontramos en el capítulo 1 del Evangelio según San Juan, y en el capítulo 2 de Filipenses.

"1En el principio era el Verbo (nos recuerda la preexistencia del Verbo antes de todas las cosas), y el Verbo era con Dios (nos recuerda la coexistencia de la persona del Hijo con el Padre antes de la fundación del mundo), y el Verbo era Dios (nos recuerda la divinidad del Hijo de Dios).  3Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.  14Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:1,3,14). 

La primera consideración que debemos tener en cuenta por causa de los errores cristológicos que se han dado en la historia de la Iglesia, es aquel Verbo; es decir, el Hijo de Dios que estaba con el Padre desde antes de la fundación del mundo, por medio de quien el Padre creó todas las cosas y para quien las creó, como lo dice en otros pasajes: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros";  teniendo en cuenta que lo que aquí se traduce   «habitó», en el original griego es «tabernaculizó», utilizando el verbo que nos recuerda la figura del tabernáculo.  En el tabernáculo aparecía el arca del madera de acacia y de oro, señalando la naturaleza humana en la madera y la divina en el oro que recubre el arca.


Es necesario detenernos en el primer pasaje.  No dice que el Verbo descendió sobre una carne, sino que El fue hecho carne.  Esto es muy importante entenderlo cristológicamente porque la confesión del Espíritu Santo se distingue de la confesión del espíritu del anticristo acerca de Cristo; es decir, lo que cada espíritu confiese acerca de Jesucristo;  lo delata.  San Juan dice en su primera epístola 4:1-3a:

"1Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.  2En esto conoced el Espíritu de Dios:  todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; 3y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo".

También hemos leído en la misma epístola de Juan 5:6a que:  "Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre".  ¿Por  qué esas declaraciones tan misteriosas de que Jesucristo no vino sólo mediante agua, sino mediante agua y sangre?  ¿Por qué esos misterios?  Porque dice que el Espíritu de Dios confiesa que Jesucristo ha venido en carne, y aquí dice San Juan en el prólogo del evangelio, "Y aquel Verbo fue hecho carne".  Lo que está declarando Juan allí no es una cosa liviana;  está haciendo la confesión propia del Espíritu de Dios acerca de esta gran verdad de la encarnación del Verbo  divino;  entonces cuando dice que no vino sólo mediante agua, es porque algunos herejes, entre ellos Cerinto y otros gnósticos, decían que el Logos o Verbo había entrado en un hombre; es decir que allá en el bautismo, cuando vino el Espíritu Santo en forma de paloma, fue cuando el Verbo entró en un hombre.

Eso nos dice que estaban considerando a este hombre, Jesús, como un hombre al cual visitó el Verbo, y después el Verbo lo volvió a dejar en la cruz cuando  dijo:  "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?";  entonces están negando que esa persona del Señor Jesús es divina y humana, y la están tomando solamente como humana;  por eso esa frase tan sencilla que solemos leer rápido y que suena muy bonita, y que a veces no la discernimos, "el Verbo fue hecho carne", significa que la persona divina preexistente del Hijo, que estaba con el Padre antes de la fundación del mundo, consustancial, de su misma esencia, porque el Verbo era con Dios y era Dios, y aquel Verbo se hizo carne.  No dice que descendió sobre una carne, sino que El mismo se hizo; es decir, El asumió la naturaleza humana desde el vientre de la virgen María;  la misma persona del Verbo que era y es el Hijo de Dios, llegó a hacerse el Hijo del Hombre, una misma persona con dos naturalezas, la naturaleza divina en cuanto Verbo de Dios, y la naturaleza humana en cuanto se hizo carne;  no son dos personas, una Logos y otra el hombre.  Decían que sobre El descendió el Logos;  y no es que el Logos descendió sobre un hombre, sino que "el Logos se hizo carne", "semejante a los hombres", como dice Filipenses 2:7.


De lo contrario estaríamos dividiendo al Logos uno y al hombre otro.  Es como si se tratara de dos personas.  Ese es el error cristológico del nestorianismo, que se llamó así porque lo enseñó en la historia de la Iglesia un hombre que se llamó Nestorio, y él enseñaba que Jesús no había sido sino solamente un hombre;  que el que nació de la virgen María era solamente un hombre, y que a ese hombre se unió voluntariamente el Logos de Dios; es decir, que el Logos o el Verbo es una persona, y el hombre sobre el que entró es otra persona.  De manera que no está confesando que Jesús es el Cristo, sino que Jesús es uno y el Cristo es otro;  pero San Juan en el capítulo 2 de su segunda epístola, se refiere a esto mismo, diciendo que precisamente el espíritu del anticristo es el que no confiesa que Jesús es el Cristo.

 

Falsos cristos

"¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?  Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo" (1Juan 2:22).

¿Quién es el mentiroso?  El que niega que Jesús es el Cristo;  es decir, que hay personas que usan el concepto Cristo por un lado y el concepto Jesús por el otro, sin identificar a Jesús como el Cristo;  esto es lo característico de los falsos cristos.  El Señor me ha permitido conocer la doctrina de algunos falsos cristos que se dicen así mismo cristos, como por ejemplo los de Abdu-Bahá, de la fe Bahai, o de Baha-Bulá; o William Soto Santiago, que dice ser la segunda venida de Cristo;  a Julio Alvarado, de Bolivia, que dice ser el Cristo;  a Majertal, de Holanda, que dice ser el Cristo;  a Laurey, de la India, que era adorado como Nishu-Khrisna, quien también decía ser el Cristo.  Estos personajes tenían en común un detalle:  que ellos hablan del Cristo como el Logos aparte de Jesús, pretendiendo ser cada uno de ellos el mismo Cristo que estuvo en Jesús, afirmando que se trata del mismo Cristo que había estado antes en Buda, en Krisna, en Rama, después en Rama-Krisna, y el mismo que ahora pretenden que está en fulano de tal, y que no era otro sino que era el mismo;  o sea que ellos separan el Cristo de Jesús y ponen ese Cristo, una vez en Buda, otra vez en Jesús, otra vez en otro personaje, y ahora en un falso Cristo.  De esta forma ellos separan a Jesús del Cristo.


Pero la Biblia dice:  "¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?"; es decir, que Jesús es el nombre personal del Verbo de Dios encarnado, Cristo es su posición, es el Ungido, es el Mesías;  es decir Cristo es el título propio de la persona de Jesucristo, pero no es otro.  El Cristo es Jesús, Jesús es el Cristo, Jesucristo es una sola persona divina-humana; divina en cuanto al Verbo, y humana en cuanto ese Verbo se encarnó; es decir, asumió naturaleza humana.  Cuando la Palabra dice que "el Verbo se hizo carne", está afirmando no que descendió sobre una carne, sino que El mismo fue hecho carne;  es decir, que su misma persona divina asumió una naturaleza adicional pero no una persona adicional.  La persona es  El mismo en cuanto a persona.

Antes de la creación era el Verbo, en la creación era el Verbo;  en la eternidad antes de la creación era el Verbo, y desde que comenzó a encarnarse en el vientre de la virgen María continuó siendo la misma persona, el mismo Verbo, solamente que ahora estaba asumiendo, además de su naturaleza divina, la naturaleza humana, pero en su misma persona.  Aquel Verbo fue el que se hizo carne;  aquel Verbo es la persona de este hombre llamado Jesús;  el Verbo de Dios se hizo hombre, entonces Jesús es el Cristo.  No que el Verbo sea uno, y Jesús otro; no es que el hombre sea una persona y la divinidad otra persona.  La persona divina se hizo humana y es una persona divino-humana.  Una sola persona con dos naturalezas:  divina en cuanto Verbo, y humana en cuanto se encarnó.

 

La kenosis de Cristo

Es posible que si uno considera solamente la encarnación a la luz del capítulo I del evangelio de Juan, se podría cometer un error;  es por eso que no solamente en ese capítulo se habla en las Escrituras de la encarnación, sino también en el capítulo 2 de Filipenses.  Leamos en Filipenses 2:5-7 para ver en qué sentido debemos tomar la palabra "carne" que aparece en Juan 1:14.

"Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres".

La frase "el cual siendo en forma de Dios", significa que el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios, como lo afirma Juan.  La Palabra "se despojó a sí mismo",  en el griego es "ekenosen", de donde viene otra palabra que se usa en teología, la kenosis de Cristo; es el despojamiento o anonadamiento a que se sometió el Señor por su propia voluntad, de acuerdo con el Padre, a fin de someterse a una condición de inferioridad.  Al despojarse a Sí mismo y tomar forma de siervo, se trata de Cristo Jesús;  es la misma persona con forma de siervo.  Detengámonos aquí un poco antes de entrar en lo relativo a la cruz y a la resurrección, lo cual requiere una consideración mayor.  Por el momento veamos solamente los pasajes relativos a la encarnación.


  El versículo 7 dice: "Se despojó a sí mismo";  eso es precisamente lo que se llama la "kenosis";  o sea que Él estaba en una condición de gloria pero se sometió a una condición de humillación.  Él estaba en forma de Dios y tomó forma de siervo; es decir, si tomó forma de siervo es porque no lo era; tuvo que tomar forma de siervo.  El debe ser el servido, no el siervo.  Eso significa que la kenosis consistió por una parte, en tomar forma de siervo, en despojarse; pero fijémonos en un detalle:  no dice que se despojó de sí mismo, de su propia persona, de su propia identidad, sino a sí mismo; es decir se humilló a sí mismo.  No que Él mereciera ser humillado, sin embargo acepta tomar forma de siervo sin ser siervo, y aceptó ser humillado, aceptó ser obediente y estar en condición de hombre, habiendo estado en condición de Dios.  En Filipenses dice: "hecho semejante a los hombres; y estando en condición de hombre, se humilló"; entonces si leemos solamente la declaración de Juan podríamos pensar que lo único que el Verbo asumió de la humanidad sería el cuerpo debido a que la palabra carne es un término que se usa con varios significados; algún día el Señor nos permita considerar los distintos sentidos bíblicos de la palabra carne.  De manera que si uno toma esa palabra sólo en el sentido del cuerpo, de que el Verbo solamente se puso un cuerpo, pero que no tenía ni alma ni espíritu humano (porque la palabra carne en griego es sarx), cuando dice:  "el Verbo se hizo carne", si uno la toma en un sentido literalista, sin relacionarlo con Filipenses 2, entonces, ¿qué sucedería?   pensaríamos que el Verbo divino sólo se puso un cuerpo humano, pero que el alma no era humana, como tampoco el espíritu; eso significaría que realmente no sería un hombre, sino sólo un cuerpo;  y es por eso que el pasaje de la encarnación de Juan 1 se complementa con el pasaje de Filipenses 2.  Es importante aclarar que la carta a los Filipenses fue escrita antes del evangelio de Juan, ya que ese evangelio fue escrito después de la muerte de Pablo.


En Filipenses 2:7 dice:  "Se despojó a sí mismo".  Miremos la prueba de que se despojó a sí mismo.  Recordemos que en el evangelio de Juan, el Señor oraba diciendo:  "Padre, glorificame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese" (Juan 17:5).  La palabra tuve indica que El estaba antes en una condición de gloria y eso nos da a entender más o menos en qué consistió la kenosis, o sea el despojamiento o anonadamiento a que El se sometió;  tomó forma de siervo.  Tenía esa gloria pero ahora en vez de recibir gloria es humillado.  Estaba en forma de Dios y tomó forma de siervo; estaba en condición de Dios y tomó condición de hombre. Si entendemos ese fenómeno de kenosis aunque sea superficialmente, vamos a percibir algo interesante, vamos a entender el por qué en algunas ocasiones, aunque el Señor es Dios, habla como si fuera menor.  Si no hubiera habido kenosis no habría razón para que Jesús mismo dijera, "porque el Padre es mayor que yo".  Notemos que aquí en Filipenses dice que "siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse"; y eso significa que El es igual a Dios en cuanto Verbo, porque dice que el Verbo es Dios; y si el Verbo es Dios no puede ser menor que Dios, en cuanto Verbo, o en Su  divinidad.  Notemos que como El se despojó a sí mismo, entonces en Su humillación, en Su encarnación, en Su forma de siervo, en Su condición de hombre, podía decir una cosa:  "El Padre es mayor que yo; yo nada hago por mí mismo sino lo que veo hacer al Padre".  El Padre es la cabeza y el Hijo está sujeto a la cabeza.  Dios es la cabeza de Cristo; es decir, El tomó la forma de siervo; no la tenía pero la tomó.

La inferioridad, la subordinación que aparece en algunos pasajes es por causa de la kenosis del Hijo; no es inferioridad del Hijo respecto a la divinidad del Padre, porque no hay sino una sola divinidad.  Si Dios es Dios y el Verbo es Dios, la divinidad del Verbo es igual a la del Padre, de lo contrario no sería divinidad; pero cuando El se subordina al Padre es porque tomó forma de siervo haciendo a Dios el Padre Su Cabeza.

¿Qué implica la kenosis?  El despojamiento tomando forma de criatura; por eso se llama el Primogénito de la creación, pues toma forma de criatura, y como criatura fue tentado, porque como Dios El no puede ser tentado.  Entonces entendamos un poco lo relativo a la encarnación.  Estando en la condición de hombre se humilló; es decir, todavía más, porque no sólo se despojó a Sí mismo siendo Dios, sino que tomando la naturaleza humana, no se hizo hombre potentado, sino que se hizo siervo, el más humilde; se humilló.


La parte clave es el versículo 7: “hecho semejante a los hombres”. ¿Qué quiere decir eso?  Que el Verbo de Dios no solamente asumió el cuerpo humano, sino toda la naturaleza humana, de lo contrario El no sería hombre.  Si El no hubiera sido un hombre como nosotros, no habría podido redimirnos porque era necesario que Él desarrollara en Su humanidad las posibilidades de la humanidad en Dios, para luego compartirse con nosotros para que nosotros lo asimilemos y seamos realizados en Él; pero Él tenía que hacerse hombre semejante a nosotros.  Por eso dice la Biblia claramente que se hizo carne, no sólo en el sentido de cuerpo, sino que dice: “fue hecho semejante a los hombres”; o sea que el Señor Jesús, que es la persona divina del Verbo de Dios que estaba con Dios el Padre antes de la fundación del mundo, ese Verbo se hizo carne, pero carne semejante a los hombres; es decir, Él no solamente tuvo cuerpo humano, sino también alma humana y espíritu humano; o sea que la persona divina asumió la naturaleza humana con todos sus íntegros componentes, propiedades y operaciones.  Por eso Él decía: “mi alma está muy triste hasta la muerte”.[1]  O sea que Él tenía también alma humana, no sólo cuerpo humano.  “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”,[2] significando que Cristo tenía también espíritu humano.  Si El no tuviera espíritu, alma y cuerpo humanos, no sería un hombre como nosotros.  Él en todo es semejante a nosotros excepto en el pecado, porque el pecado no es propio de la naturaleza humana, sino que fue algo a lo que se vendió Adán y Eva.  En las tentaciones sí es semejante a nosotros, por cuanto la Biblia dice que El aprendió la obediencia por lo que padeció, que fue tentado en todo, conforme nosotros somos tentados.

14Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, 15y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.  16Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham.  17Por lo cual debía ser (debía, de lo contrario no habría podido salvarnos) en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.  18Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:14-18).

Eso indica que El sabía lo que estaba haciendo, y por eso el diablo no quiere confesar que Jesucristo vino en carne para anular toda la obra de Satanás.

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).

7Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente.  8Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; 9y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:7-9).


Notemos que de la frase: “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia, y habiendo sido perfeccionado”, esas palabras no se pueden decir de Dios, pues de Dios no se puede decir que es perfeccionado, o de que aprende, o que tiene temor, que es liberado, pero cuando se hizo hombre tuvo que crecer, como dice el evangelio de Lucas[3], en estatura, en sabiduría, en gracia delante de Dios y de los hombres; tuvo que aprender la obediencia por lo que padeció, tuvo que ser perfeccionado; es decir, que Él asumió la naturaleza humana y por eso el Mesías no apareció así glorioso la primera vez (excepto en la transfiguración).  En la segunda sí porque ya hizo lo necesario.  La primera vez El hubiera podido aparecer como quería la gente.   Ellos estaban esperando un mesías que se apareciera con poder y echara a los romanos al fondo del mar; que apareciera en la plaza y dijera: Yo soy el Mesías, y miren el poder que tengo.  Pero de haber hecho eso, hubiera puesto muy alegres a los judíos, pero no nos hubiera podido salvar.  Él tenía que ser engendrado, concebido, gestado, ser niño, crecer, aprender, crecer en estatura, en gracia y sabiduría, ser sometido a la tentación, estar treinta años ahí trabajando en la carpintería.  La naturaleza humana antes no era caída, sino que Adán fue tentado, y aceptado el mal, llegó a ser caído.  Ahora Jesucristo tomó la naturaleza humana, pero al revés de Adán que permitió que el pecado entrara.  El Señor Jesús no permitió que el pecado entrara, e hizo lo contrario de Adán; Él asumió la naturaleza humana, pero no permitió que el pecado entrara.  Adán recibió la naturaleza humana pero permitió que el pecado entrara en él; es decir, que la condición de la naturaleza antes de la caída no era sometida al pecado; entonces esa la tomó Cristo pero no la sometió al pecado.  Él vino en carne pero sin pecado.  Dice Romanos 8:3, que vino “en semejanza de carne de pecado”; es decir, que el Señor asumió el mismo tipo de carne que luego se vendió al pecado, pero esta vez El no permitió que el pecado entrara en Su carne; entonces condenó el pecado en la carne, y por eso es muy importante la cuestión de la encarnación.

Cuando la Biblia dice que “fue tentado en todo”, nos indica que Él fue un verdadero hombre igual que nosotros, pero que Él no aceptó la tentación.  Adán fue tentado y cayó; Él también fue tentado, pero no cayó.  El Señor Jesús fue tentado por cuanto Él era un hombre con espíritu, con alma y con cuerpo.  Él habla de Su cuerpo cuando dice: “un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:39); respecto del alma dice: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38); respecto del espíritu dice:  “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).  Vemos claramente que la persona del Verbo asumió la naturaleza humana íntegramente y se sometió a la primigenia inocencia y libertad; para eso fue que El se sometió.  Estos dos pasajes de Juan y Filipenses que hemos venido analizando son muy importantes y fundamentales.


Por esa razón el diablo admite confesar que el Señor Jesús es el Hijo de Dios, pero no que vino en carne.  ¿Por que?  Porque fue en la carne que Satanás fue vencido, porque Cristo se hizo hombre, porque se sometió, porque el diablo lo llevó y le dijo: Mira, mira acá; y le dejaba por un rato y luego venía constantemente con todo tipo de tentaciones; sin embargo Él no pecó, Él fue fiel. ¿Para qué hacía el Señor Jesús eso?  Para nosotros.  Dios quiere al hombre con espíritu, alma y cuerpo; Dios no quiere sólo el espíritu del hombre, ni sólo el alma, ni sólo el cuerpo.  Dios dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen”;  lo hizo espíritu, alma y cuerpo, y el hombre cayó íntegramente, y Dios lo quiere recuperar íntegramente, y para eso Él se hizo íntegramente humano y recuperó en su condición, la condición humana; restauró al hombre en su persona, pero luego hizo algo más, incluso algo más que Adán, porque lo que no había hecho Adán era comer del árbol de la vida, y lo que hizo Cristo fue vivir la vida de Dios.  Él pasó a ser la vida del Verbo encarnado, porque antes sólo era del Verbo, y ahora era del Verbo encarnado.  De manera que ahora la gloria del Verbo llegó a ser de nuevo del Verbo, pero encarnado; es decir, la humanidad en el Verbo fue glorificada, y por eso la humanidad fue glorificada en la resurrección, ascensión y entronización de Cristo.  Él es el Hijo del Hombre, y por eso la Biblia dice que nosotros ya estamos glorificados, porque nuestra humanidad asumida por Cristo fue glorificada en Él, y ahora Él es nuestra vida.  Por eso nos alimentamos de Él, y por eso Él mismo dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:54);  porque nosotros asimilamos de lo que nos alimentamos y eso llega a ser parte nuestra.  Todo lo que hizo el Señor lo hizo por nosotros.  El mismo dijo: “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Juan 17:19).  Sí, todo el vivir humano del Señor, todo su desarrollo humano, era para llevar a la humanidad, a nosotros, a la estatura del varón perfecto[4]; y ahora nosotros nos alimentamos de Él, vivimos por Él, lo asimilamos a Él, para ser redimidos otra vez a la imagen perfecta de Dios.

La encarnación del Verbo es la gran verdad de la Iglesia;  eso es lo más grande, y siendo tan fundamental hay que ponerle mucha atención.  La Iglesia tiene ésto como uno de los contenidos centrales de la verdad.  El Verbo se hizo carne, no solamente cuerpo, sino naturaleza humana completa.

37Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan: 38cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:37-38).


Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret;  es decir, que Jesús es presentado aquí también ungido por el Espíritu Santo.  Notemos que el Verbo, en cuanto Dios es la segunda persona de la Trinidad, que estaba con el Padre antes de la fundación del mundo, siendo Dios juntamente con Él; y aquel Verbo se hizo carne, semejante a los hombres, y estuvo en condición de hombre asumiendo ahora la naturaleza humana, y además de la divina teniendo también la humana.  Una misma persona que se llama Jesús y es el Cristo, con dos naturalezas: la divina en cuanto Verbo, por la que es igual al Padre, y la humana por cuanto se encarnó y se hizo hombre semejante a los hombres, en condición de hombre, por la cual es menor que el Padre;  y por eso es que Él a veces dice que “el Padre es mayor que yo”; por eso es que los a sí mismos llamados testigos de Jehová se aferran de los versículos donde Él habla como hombre en Su kenosis, en Su despojamiento, para pretender negar Su divinidad, y no comprenden que lo que pasó fue que aquel Verbo se despojó a sí mismo, no de Su divinidad, sino de Su condición.  Él sigue siendo siempre la misma persona, pero la condición humana ya no es lo mismo que la divina.  La forma de siervo es una y la forma de Dios es otra;  entonces, Él no se despojó de sí mismo, sino a sí mismo.  Esto no quiere decir que Él desapareció como Dios y ya no es Dios; ¡no! Él siempre es Dios; por eso les dice a ellos: “antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58).

Entonces el Verbo no se despojó en el sentido de que dejó de ser Dios, sino que siendo igual a Dios, no lo estimó como cosa a que aferrarse; no se aferró a esa condición, sino que estando en forma de Dios, tomó forma de siervo.  Eso es un despojamiento de aquella gloria que tenía con el Padre; cuando hablaba  esas palabras Él estaba en humillación, y por eso le dijo: “Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5).  Él fue hecho menor que los ángeles.  En Hebreos dice ”menor que los ángeles”; eso fue un despojamiento: concebido como hombre, tentado como hombre, se hizo menor que el Padre, como hombre se subordinó, como hombre Él no sabía algunas cosas, tenía que depender de Dios para que se las quisiera revelar, y es por eso que dice (refiriéndose a la segunda venida): “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Marcos 13:32); pero se dirá, cómo, ¿acaso el Hijo no es Dios? Sí, pero Él está hablando en su kenosis, en Su despojamiento, en Su condición humana.

Entonces hay que verlo en los dos aspectos: Él es Dios y Él es hombre.  A veces actúa como Dios, a veces actúa como hombre; pero Él es Dios perfecto y hombre perfecto.  Dos naturalezas en una misma persona.  El Verbo encarnado que asumió la naturaleza humana, ahora como hombre; como Verbo divino asumió la naturaleza humana, con espíritu humano, alma humana, cuerpo humano, tentaciones humanas, pero sin pecado; también ungido por el Espíritu Santo, o sea, como ese varón.  El Espíritu Santo de Dios ungió el espíritu humano de Jesús de Nazaret, que es el Cristo y que es el mismo Verbo de Dios que vino encarnado.

 



[1]Mateo 26:38

[2]Lucas 23:46

[3] Referencia a Lucas 2:40

[4] Referencia a Efesios 4:13

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Gino Iafrancesco V., 16/X/1992, Bogotá D.C., Colombia.

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(5) JESUCRISTO EN LA TIPOLOGÍA FESTAL

Por Gino Iafrancesco V. - 6 de Junio, 2008, 0:00, Categoría: General

TRATADILLOS (5)


JESUCRISTO

EN LA TIPOLOGÍA FESTAL

 

 

El Señor Jesús es el fundamento

El Señor Jesús es el fundamento. La primera epístola del apóstol san Pablo a los Corintios está dirigida a una iglesia que estuvo pasando por algunas dificultades debido a que acontecían cosas propias de la niñez en Cristo.  El apóstol en la carta, entre otras cosas, les enseña que ellos son un edificio, una labranza, y al mencionar el símil del edificio, se los dice de la siguiente manera:

"9Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. 10Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 11Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera heno, hojarasca, 13la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego. 26¿No sabéis que sois templos de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? 17Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es" (1 Corintios 3:9-17).

El siguiente versículo también es muy importante, pero para tratar lo relacionado con el contexto del edificio, del tempo de Dios, basten estos versículos por el momento. Aquí el apóstol presenta el edificio de Dios con dos partes: Una parte es el fundamento, y la otra es la sobre-edificación.  Respecto al fundamento es estricto; él dice: "...nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo". Ahora, sobre ese fundamento "cada uno mire cómo sobreedifica". No dice: cada uno mire qué fundamento pone; no.


Nadie puede poner otro fundamento; pero sobre ese fundamento cada uno mire cómo sobreedifica; es decir, se puede edificar sobre ese fundamento con materiales como el oro, la plata y las piedras preciosas, representando todo esto la naturaleza divina, la obra de la redención y la obra de la transformación por medio del Espíritu Santo; o lo contrario, también se puede edificar con madera, que es lo meramente humano; o con heno, que es como la paja y muy parecido al trigo pero sin granos; o con hojarasca, que son las hojas que caen de los árboles porque se secan al no llegarles la savia. Se puede edificar algo al Señor sin la savia de Dios, o edificarlo con oro, que representa la naturaleza de Dios. Sin embargo, en este momento vamos a tratar no lo relativo a la superestructura sino lo relacionado con el fundamento, puesto que la sobreedificación simplemente trata con el galardón, mientras que el funda­mento trata con la salvación.  Esa es la diferencia entre el fundamento y la sobre edificación.

El que no está en el fundamento, que es Jesucristo, está perdido; pero el que está en Jesucristo, puede tratar de servir a Jesucristo a su manera y su obra ser quemada, pero él no pierde la salvación, sino que él mismo será salvo; aunque sea por fuego, pero será salvo.  Entonces quiere decir que lo relativo a la sobreedificación afecta la recompensa del creyente, en cambio lo relativo al fundamento determina si la persona está salva o no.  Antes de tratar lo relativo a la sobreedificación, que también es importante, trataremos el fundamento, porque Dios quiere todo el edificio. ¿Qué hacemos con tan sólo el fundamento?  El quiere que sobre ese fundamento se edifique la estatura de la plenitud de Cristo; por eso tiene que establecerse en Jesucristo.  El fundamento es la persona del Señor Jesús, es Jesucristo mismo;  tenemos que mirar lo relativo a Su persona, lo relativo a Su obra y lo relativo a Su enseñanza.

 

La persona del Señor Jesús

Primeramente veamos lo relacionado con Su persona. ¿Quién es Jesucristo? ¿Cuál fue la confesión que aprobó el Señor? La de Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente"[1]; es decir, que Jesús es el Mesías, aquel que estaba prometido. Y ¿cuál es el Mesías prometido? Dios mismo que se haría hombre, como dice en Isaías 9:6: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz".

Dios enseñó que Su Hijo vendría a la tierra como un niño y ese sería el Mesías, Emmanuel (Dios con nosotros). Entonces hay que reconocer los dos aspectos de la persona de Jesucristo: Su divinidad y Su humanidad.  El Señor Jesús es el Hijo de Dios y en cuanto Hijo de Dios, el Verbo de Dios, Dios mismo. En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios; y aquel Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y fue hecho semejante a los hombres, tentado en todo, conforme a nuestra semejanza; estuvo en la condición de hombre, se humilló, murió por nuestros pecados y resucitó íntegramente, completamente, y se sentó a la diestra del Padre, y allí intercede por nosotros. Esta es la persona, esta es la obra y esto es lo principal de la doctrina apostólica que fue primero la doctrina de Cristo.

Quisiera llamar la atención sobre distintos aspectos acerca de la persona y obra del Señor Jesús; y para esto quiero valerme de algunos pasajes de la epístola a los Colosenses, y otros que nacen de éste.


Rudimentos tipológicos


"16Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, 17todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo" (Colosen­ses 2:16-17).

En aquella ocasión, en aquella coyuntura histórica, el apóstol Pablo estaba escribiendo a esta iglesia porque sus miembros tenían la siguiente dificultad: por un lado, los judaizantes querían hacer a los cristianos como judíos y, por otro lado, los gnósticos querían hacerlos gnósticos.  Por esa razón la epístola a los Colosenses es para tratar a los judaizantes y a los gnósticos.  Los judaizantes querían que los cristianos se circuncidaran para ser salvos y se sometieran a la ley de Moisés imponiéndoles que no tenían que comer esto o aquello, que tenían que guardar ésto y que tenían que guardar aquéllo.  Entonces, en este contexto, en esta coyuntura histórica, Pablo les escribió lo siguiente: "Por tanto, nadie os juzgue (como quien dice, no se dejen amedrentar, o criticar, o asustar) en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo (porque de eso era que estaban pendientes los judaizantes, de lo que había que comer, de lo que no había que comer, de lo que había que guardar, etc.)".

Pablo también le dice a los gálatas: "9Mas ahora (es decir, antes sí vosotros estabais en una situación diferente, pero ahora que hemos recibido a Cristo, que estamos en el Nuevo Testamento), conociendo a Dios, o más bien (Pablo corrige sin haber dicho una mentira), siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? (¿Cuáles eran esos rudimentos?) 10Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años. 11Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros" (Gá. 4:9-11).  Eso nos dice que también a los gálatas querían someterlos a las fiestas judaicas, a la tradición judaica.

Pablo está enseñando algo en Colosenses, al decirles: "Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta". Fijémonos que esos días de fiesta, luna nueva o días de reposo, son cosas diferentes.  Los días de reposo eran los sábados, las lunas nuevas eran cada mes y los días de fiesta eran otras fiestas que se celebraban en Israel aparte de los sábados. Entonces tenemos aquí tres tipos de celebraciones festivas judaicas:

a) Las fiestas solemnes o los días de fiesta,

b) las lunas nuevas, y

c) los días de reposo, cada séptimo día.


Los judaizantes querían que los cristianos guardasen los mismos días que ellos guardaban, y los de Galacia ya estaban guardando los días, los meses y los años, y Pablo les dice que parece que trabajó en vano con ellos, que cómo es que quieren volverse atrás, retroceder otra vez a los antiguos rudimentos. La explicación de Pablo para estas fiestas, esos ritos, esas comidas, es el siguiente versículo, al decirles: "...todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo" (Colosenses 2:17).

Notemos que san Pablo entiende por el Espíritu Santo que aquellas comidas, aquellas bebidas, aquellos días de fiesta, aquellas lunas nuevas o novilunios, aquellos sábados, no eran sino la sombra de lo que habría de venir, pero lo que proyecta la sombra es un cuerpo. Si hay una luz que alumbra y viene un cuerpo para entrar en un cuarto, primero llega la sombra si la luz es proyectada desde atrás; entonces cuando nosotros vemos la sombra, por ella entendemos qué clase de cuerpo es el que va a entrar: si es un hombre, si es una mujer, si es un animal, eso se sabe por medio de la sombra; uno mira la sombra y ella nos avisa lo que viene.  Pablo dice que el Antiguo Testamento era como una sombra. Dice que aquellos mandamientos acerca de comidas, bebidas, días de fiesta, novilunios y sábados, todo esto, fijémonos en la palabra todo, "todo lo cual es sombra", pero en realidad lo que proyectaba esa sombra era Cristo.

 

Las fiestas veterotestamentarias proyectan la sombra de Cristo

Dejando a un lado las cuestiones de bebidas, de comidas, de sábados, de novilunios, vamos a detenernos en los días de fiesta. Dice Pablo que los días de fiesta que Dios había mandado en el Antiguo Testamento son una sombra de Cristo; es decir, que Dios quería proyectar algo acerca de Cristo con aquellas fiestas. No tenemos que mirar esas fiestas como simples fiestas judaicas para someternos a ellas en el Nuevo Testamento, sino que tenemos que mirar entre líneas qué era lo que Dios quería hablar acerca de Jesucristo por medio de aquellas fiestas, porque aquellos días de fiesta son sombra de Cristo; es decir, lo que realmente es importante es Cristo, pero Dios, antes de que viniera Jesús, nos empezó a hablar en forma tipológica y profética acerca de Cristo que vendría, y lo empezó a hacer a través de algunas fiestas y otras cosas; pero como estamos diciendo que el fundamento es Cristo, vamos a ver qué usó Dios en esas fiestas para señalar de Cristo.

En primer lugar notemos que las principales fiestas ordenadas por Dios a Israel, eran siete (7). Fijemos nuestra atención en el número siete (7), que es un número de completación. Dios toda Su obra la completa en siete: siete trompetas, siete sellos, siete truenos, siete copas, siete estrellas, siete candeleros, siete ángeles, etcétera.  El número siete aparece constantemente en la Palabra de Dios. También son siete fiestas, pero estas fiestas muestran siete aspectos diferentes de Jesucristo.


¿Para qué se hace una fiesta?­  Por ejemplo, ¿por qué no todos los días del año son iguales al 20 de Julio o al 7 de Agosto para los colombianos?  Porque un 7 de agosto sucedió algo especial, muy significativo, que cambió la historia de Colombia; somos deudores de lo que sucedió en ese tiempo.  La condición actual es deudora de lo sucedido el 20 de julio y el 7 de agosto, y por eso se celebra una fiesta. Una fiesta no es un día común y corriente; una fiesta es un día especial que pretende traer algo especial a la memoria de las personas, algo significativo, y por eso es especial.  Decimos que es la fiesta de tal cosa para que los acontecimientos no sean comunes y corrientes ese día, para que ese día nos acordemos de algo importante, algo significativo, algo que siempre hay que recordar y tener presente; entonces es cuando se establece una fiesta.

¿Para qué estableció Dios siete fiestas? Para recordarnos constantemente y hacernos mantener presentes siete aspectos fundamentales de Jesucristo. Dicho de otra forma, la plenitud de Cristo está representada en siete fiestas, y la Biblia nos habla de ello tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamen­to. En el Nuevo nos da la pista para interpretar esas fiestas. Veamos cuáles eran esas fiestas:

1. La fiesta de la Pascua

2. La fiesta de los Panes sin levadura

3. La fiesta de las Primicias

4. La fiesta de Pentecostés

5. La fiesta de las Trompetas

6. La fiesta de la Expiación

7. La fiesta de los Tabernáculos, o de las cabañas.

Las tres primeras fiestas: la pascua, los panes sin levadura o ácimos y las primicias, eran las primeras en celebrarse, e iban juntas.  La pascua era como decir el principio del año; el mes de Abib era el primer mes del año.  Dios dijo: "Para vosotros este es el inicio del año", o sea que el inicio del año es la pascua, porque nuestra nueva vida comienza con Cristo, nuestra pascua es Cristo. Pascua, junto con los panes ácimos o sin levadura y las primicias que se celebraban al final de la semana. La fiesta de pentecostés se celebraba conjuntamente con la fiesta de las Trompetas. Hasta el día de hoy se celebran estas fiestas en los medios judíos.

Tengamos presentes estas fiestas: Pascua, ácimos, primicias, pentecostés, trompetas, expiación y tabernáculos.  Siete palabras claves, siete fiestas con las cuales, manifiesta san Pablo, Dios quiere enseñarnos algo de Jesucristo, porque dice que esos días de fiesta son sombra de Cristo, de lo que ha de venir; Cristo había de venir y hacer algo por nosotros, y esa obra séptuple, completa, de Cristo, está representada en siete fiestas.

 

La obra del Señor Jesús

Ahora, ¿qué representan esas fiestas?  Vamos a ver inicialmente las dos primeras y luego la tercera, pues están íntimamente relacionadas.  En la primera carta a los Corintios aparecen dos fiestas que se celebran juntas.


"7Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. 8Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad" (1 Co. 5:7-8).

La Pascua. Aquí vemos en el Nuevo Testamento dos fiestas: La pascua y los panes sin levadura. Dice que Cristo es nuestra pascua; recordemos este aspecto. El ángel de la muerte tenía que pasar juzgando, pero el pueblo del Señor se había cubierto bajo el cordero, comiendo de él.[2]  Un cordero había muerto por la familia y la sangre del cordero estaba en los dinteles de las puertas; entonces cuando el ángel del Señor, el ángel del juicio, pasaba para traer juicio y se encontraba con la sangre del cordero en la puerta, decía: No, aquí no puedo entrar porque el juicio ya cayó sobre el cordero, ya no puedo juzgarlos porque el cordero ya fue sacrificado por ellos, y la prueba de que el cordero ya fue sacrificado es que la sangre de ese cordero está en la puerta. Esto quiere decir justamente Pascua, pasar por alto, paso. Dios pasaba por alto los pecados de los que estaban en esa casa, porque el cordero había sido sacrificado por ellos; primera cosa.

Los panes sin levadura. Segunda cosa: Ellos, además de poner la sangre del cordero en la puerta, también se comían el cordero con panes sin levadura, porque son los aspectos de Cristo. Un aspecto es objetivo, que aconteció cuando Cristo murió por nosotros; eso es Cristo muriendo por nosotros pero allá, fuera de nosotros; otro es el aspecto subjetivo, otra cosa es nosotros aprovechándonos, experimentando subjetivamente lo que Cristo hizo en la cruz; esto representa comer el cordero y comerlo con los panes sin levadura. Porque fijémonos en una cosa; la Biblia nos enseña, no sólo que Cristo murió por nosotros sino que nosotros también morimos con Cristo, que nuestro viejo hombre también fue crucificado juntamente con Él, y que nosotros fuimos crucificados al mundo en la cruz de Cristo, y que el mundo nos fue crucificado a nosotros en la cruz de Cristo, y que en la cruz de Cristo fuimos circuncidados, y en Su nombre otras cosas sucedieron en la cruz de Cristo. Por lo tanto, no era sólo suficiente la fiesta de la pascua sino que ésta tenía que ir acompañada con la fiesta de los panes sin levadura.


La levadura representa la maldad, el pecado, la hipocresía; por eso el Señor Jesús le dijo a los apóstoles: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos[3]", y ellos pensaban en lo físico; ¿será que nos está diciendo esto porque no trajimos pan?  Pero, ¿acaso no recuerdan de los panes y los peces que se multiplicaron cuando alimenté a los cinco mil?[4]"Guardaos de la levadura", es decir, de la hipocresía, la maldad, el pecado, eso es lo que representa la levadura; y Jesucristo fue sin pecado.  Así que Jesús se convierte en nuestro alimento; por eso cuando El celebró e instituyó la Cena del Señor, fue justo el día de la pascua. Tomó un pan ácimo, un pan sin levadura; por esta razón cuando se toma la Cena del Señor se prefiere hacer con pan sin levadura, aunque algunos lo hacen con pan con levadura. La razón por la que se hace sin levadura es por el pan ácimo con el que Cristo se representó a sí mismo. Tomó ese pan ácimo de la pascua y lo partió y dijo: "Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido[5]"; y dijo en otra ocasión: "el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo"[6].

Entonces hay dos aspectos: Uno objetivo, de lo que pasó con Cristo allá en la cruz, cuando aún no habíamos ni siquiera nacido. Pero hay un aspecto subjetivo, lo que nosotros creemos, vivimos, experimentamos gracias a Cristo. Cristo no sólo murió por nosotros, sino también para llevar a la muerte justamente con lo que Él se puso. Él se puso la humanidad encima, Él fue hecho pecado por nosotros, las cosas viejas pasaron para librarnos a nosotros;  así nosotros debemos celebrar la fiesta de los panes sin levadura. No se trata de que tal día vayamos a hacer panes sin levadura, sino que todos los días estamos celebrando esa fiesta, todos los días estamos con la pascua, todos los días estamos con los ácimos.

La sangre de Cristo es lo principal, lo primero, allí empieza todo, allí somos librados del juicio; sin la sangre de Cristo no hay nada. Nunca debemos olvidar lo importante que es la sangre de Cristo. No se debe alabar a Dios sin tener presente la sangre de Cristo; nadie puede ir delante de Dios por el mérito de la propia alabanza, nadie puede ir delante de Dios por el mérito de su propio ayuno o por el mérito de haber hecho una buena obra o de no haber pecado. Solamente somos aceptos delante de Dios por la sangre del Cordero; aun cuando alabes, es la sangre la que te da la entrada, no la alabanza; aun cuando ayunes, es la sangre la que te da la entrada, no el ayuno; es solamente la sangre; "Veré la sangre y pasaré de vosotros"[7]; Si no veis la sangre, si no confiáis en la sangre, entonces estáis bajo juicio.


El Señor dice: "veré la sangre". Él mira la sangre; lo que el Cordero hizo por nosotros es lo que en verdad salva. La primera verdad fundamental es constantemente confiar solamente en la sangre, tanto delante de Dios como de ti mismo, como delante del diablo. No trates de responderle al diablo con ninguna otra respuesta que la sangre de Jesucristo; y no trates de responderle a tu conciencia, con ninguna otra cosa distinta que la sangre de Jesucristo; y no trates de presentarte con cosa diferente a la sangre de Jesucristo. Sin la sangre no hay comunión con Dios, no hay reconciliación; la sangre es el comienzo. Por eso dice de la pascua, "este día será principio de días para vosotros". ¿Qué día?  El día de la pascua, cuando se derramaba la sangre del Cordero, cuando la familia entera se ponía bajo la sangre y entonces por siete días se comían los panes sin levadura. Estas dos fiestas se celebraban juntas.

Las Primicias.  Luego se celebraban las Primicias, o sea, los primeros frutos antes de la cosecha general, que eran los más valiosos; y así como la pascua representa la muerte de Jesucristo por nosotros, y los panes ácimos representan nuestra participación con Cristo, las primicias representan la resurrección de Jesús. Este es el tercer aspecto de Jesucristo en relación con las fiestas judaicas.

"20Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. 21Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos" (1 Corintios 15:20-21).

Ese texto nos dice que el primero en ser resucitado de los muertos, Aquel por quien entró la resurrección de los muertos, fue Jesucristo; por lo tanto, las primicias son Jesucristo, la fiesta de las primicias nos representa la resurrec­ción de Jesús. Cuando vamos al mercado, las frutas fuera de estación son las más caras; cuando es el tiempo de una fruta, éstas son baratísimas, pero cuando no es el tiempo sino que algunas se adelantan, éstas son de más valor; esto es lo importante de las primicias.  Notemos que el Evangelio se centra en la persona del Señor Jesús, en Su muerte y en Su resurrección; esto es lo central. La Iglesia no puede salir de este centro: Dios revelado en Jesucristo, el Hijo de Dios, el Cristo, la persona de Jesucristo, Su muerte y Su resurrec­ción.

La muerte es quitar, a través de la cruz, todas las cosas negativas que entraron en el universo; pero la resurrección es para suplir las cosas nuevas, porque había que quitar lo viejo y sustituirlo con lo nuevo; entonces todo lo viejo, todo lo desagradable a Dios se trató con la cruz;  y todo lo nuevo, proviene de la resurrección. La cruz es para quitar, la resurrección es para suplir;  por eso la persona de Jesucristo, Su muerte en la cruz y Su resurrec­ción, son lo central del evangelio.

 

La enseñanza del Señor Jesús


"1Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predica­do, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. 3Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; 5y que apareció..." (1 Co. 15:1-5a).


Aquí Pablo hace una declaración apostólica de lo que es fundamentalmen­te el evangelio, que reteniéndolo se es salvo. Y ¿cuál es el evangelio?  Que Cristo murió por nuestros pecados, que fue sepultado y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras, y que apareció. Se trata de las distintas apariciones a grupos e individuos después de la resurrección. Estas son las tres claves de la historia de la salvación y del evangelio: Jesucristo, Su muerte y Su resurrección. La Iglesia nunca puede descentrarse de la persona de Jesucristo, de Su obra en la cruz y de Su resurrección. ¿Cuándo empezamos a disfrutar del perdón? Cuando se oye de El y se cree, el perdón llega a ser una experien­cia personal. Pero, ¿cuánto hace que Jesucristo murió por nosotros? Inclusive antes de que naciéramos, pero sólo cuando se oye, se cree y se apropia, es una experiencia personal. Sin embargo, el perdón no fue lo único conseguido en la cruz de Cristo, sino también muchas otras cosas que tienen que ser oídas y creídas y disfrutadas. La Iglesia tiene que conocer la cruz y conocer la resurrección.

A veces se piensa que no se va al infierno porque Dios perdonó nuestros pecados, pero una cosa es el perdón de los pecados, y otra cosa es la limpieza de la mancha del pecado, y otra cosa es la libertad del yugo del pecado, y otra cosa es la justificación, y otra cosa es la reconciliación, y otra cosa es la regeneración, y otra cosa es la santificación, y otra cosa es la renovación, y otra cosa es la configuración a Jesucristo, y otra cosa es la glorificación; todo esto fue hecho en la cruz y en la resurrección. La Iglesia tiene la persona de Jesucristo y Su obra en la cruz y Su resurrección. Estas son las tres primeras fiestas, pero hagámonos la siguiente pregunta: ¿Quién es el que aplica a nosotros todo lo que hizo Cristo? La respuesta es: El Espíritu Santo.

Pentecostés.  La siguiente fiesta, la de Pentecostés, representa la venida del Espíritu Santo. Fue el día de Pentecostés que el Espíritu Santo descendió. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo viene a tomar lo que hizo Jesucristo;  porque lo que hizo Jesús fue allá afuera, pero el que lo hace efectivo como experiencia personal, subjetiva en cada uno de nosotros, es el Espíritu Santo.  Después de que el Señor puso ese fundamento de ser Él quien es: el Mesías, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, concebido en el vientre de la virgen María, que vivió sin pecado y murió por nuestros pecados y resucitó, después de esto, Él descendió y derramó el Espíritu Santo, que es la fiesta de Pentecostés y que viene después de las tres primeras. No se puede empezar con Pentecostés, se tiene que empezar con la Pascua. Pentecostés representa al Espíritu Santo que toma lo de Cristo y lo del Padre y nos lo da a conocer.


Trompetas. Hay otro aspecto. ¿Qué había dicho el Señor antes de Pentecostés? "Quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder de lo alto, y me seréis testigos"[8].  Entonces, después de Pentecostés viene la fiesta de las Trompetas, porque las trompetas representan a Jesucristo siendo anunciado. Este es otro de Sus aspectos en las fiestas.  Notemos la secuencia: Primero Cristo crucificado, luego Cristo compartido, luego Cristo resucitado, luego Cristo por Su Espíritu descendiendo, o sea, derramado, y ahora Cristo anunciado. Porque imaginemos, Jesucristo muere por nosotros, el Señor se hace nuestra vida, resucita por nosotros, derrama Su Espíritu, pero nadie lo anuncia;  y si nadie lo anuncia,  ¿quién recibe la vida?  Por eso Cristo tiene que ser anunciado y esto lo representa la fiesta de las trompetas. En la primera epístola de Pablo a Timoteo 3:16 se nos habla de Cristo predicado a los gentiles, creído en el mundo; allí dice: "predicado a los gentiles, creído en el mundo". Eso es parte del misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria. Cristo predicado y creído, es ese el aspecto que tiene que hacer la Iglesia: presentar a Cristo, anunciar a Cristo. Esto lo podemos apreciar en el libro de los Hechos de los apóstoles, cuya síntesis es la siguiente: El Cristo resucitado actuando, por Su Espíritu, a través de la Iglesia, para establecer el Reino. Por esto Hechos de los apóstoles comienza así: "En el primer tratado, oh Teófilo", dice Lucas, comenzando a decir lo que Cristo empezó a hacer, ahora escribo el segundo tratado, que es lo que Cristo continuó haciendo[9]. San Lucas dice en su evangelio, lo que Cristo comenzó, pero el libro de los Hechos es lo que Cristo continúa. Lucas nos presenta el misterio terrenal de Cristo, porque después de que Él resucitó ascendió y es sacerdote, y envió a la Iglesia, la comisionó.

Expiación.  La fiesta siguiente, es la expiación.  ¿Por qué necesitamos la expiación? ¿Por qué no era suficiente la Pascua? ¿Por qué también había la fiesta de la Expiación? ¿Qué aspecto nos señala de Cristo? El aspecto que nos señala de Jesucristo es su virtud de abogado, como propiciación nuestra. Porque tengamos en cuenta que una cosa es crucificado, otra compartido, otra resucitado, otra ascendido y  derramado, otra anunciado y ahora intercediendo por nosotros. ¿Por qué? Es anunciado por nosotros como creyentes, pero fallamos;  todos los días necesitamos de la sangre de Cristo, todos los días necesitamos de un Abogado, o sea, el que ejercita un ministerio celestial, el ministerio de Abogado, de Intercesor, de Sumo Sacerdote.

Tabernáculos. La última fiesta era la fiesta de los tabernáculos. En esta fiesta el pueblo de Israel tenía que salir de su morada habitual y cambiarse a morar a los tabernáculos. También la Biblia dice: "Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos" (2 Co. 5:1). O sea que la fiesta de los tabernáculos, siendo la última del ciclo, una fiesta alegre que nos recuerda nuestra condición de peregrinos, nos hace pensar en el importante aspecto del Cristo esperado, del Cristo de la segunda venida, del Cristo del Reino. Justamente, el profeta Zacarías identifica la fiesta de los tabernáculos con el Milenio. Cuando Jesucristo venga seremos transformados en nuestros cuerpos, dejando el tabernáculo viejo y cambiando de morada.  Entonces haremos fiesta, será el final del ciclo. Estaremos en el Reino Milenial celebrando la verdadera fiesta de los tabernáculos con el Cristo que ahora esperamos, el deseado de todas las naciones.



[1] Mateo 16:16

[2]Referencia a Éxodo 12

[3] Mateo 16:6

[4] Paráfrasis de Mateo 16:7-12

[5] 1 Corintios 11:24

[6] Juan 6:51b

[7] Exodo 12:13b

[8] Lucas 24:49; Hechos 1:8

[9] Paráfrasis de Hechos 1:1-3

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Gino Iafrancesco V., 17/X/1992, Mosquera, Cundinamarca, Colombia.

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(6) BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO

Por Gino Iafrancesco V. - 5 de Junio, 2008, 23:48, Categoría: General

TRATADILLOS (6)


BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO


Dios fue manifestado en carne, conforme a la profecía, en la persona de Jesucristo. Éste predicó el arrepentimiento, la fe en Dios y el reino de Dios; murió en la cruz para expiar el pecado del mundo, y resucitó, apareciéndoseles durante 40 días a sus discípulos, hablándoles del reino, y comisionándoles para hacer discípulos, bautizarles y enseñarles todo lo que Él les enseñó. Ascendió a los cielos y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, donde intercede por nosotros, y de donde vendrá y volverá por los Suyos, y juzgará al mundo con justicia, y establecerá la manifestación del reino de los cielos.

Jesucristo ordenó Él mismo a sus discípulos el bautismo, y Él mismo fue bautizado. “Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma, y vino una Voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en Ti tengo complacencia” (Lucas 3:21,22).

La presente consideración es con el fin de presentar, desde los sagrados documentos de las Escrituras, este aspecto de la doctrina cristiana concerniente al bautismo; el mandamiento, su aplicación, el significado, su efecto. Procuraremos considerar no solamente su forma ceremonial externa, sino también, principalmente, el misterio de su contenido sobrenatural; pues es la verdadera identificación con Cristo lo que salva al hombre. No descuidaremos, sin embargo tampoco, su obediencia y aplicaxción externa, pues no fue descuidada por Jesús, ni por sus apóstoles. La Iglesia no tiene derecho de decir ni hacer cosa diferente, a menos que se excomulgue a sí misma de la verdad. Tengamos, entonces, presente que al considerar este asunto del bautismo, lo cual significa “sumersión”, estaremos enfocando el misterio sobrenatural de la identificación del cristiano con Su Señor en su muerte, sepultura, resurrección y ascención; misterio velado en la práctica bautismal.

No confundimos, pues, la práctica exterior con la operación interior, ni atribuimos a lo meramente exterior el efecto de lo interior; pero tampoco ignoramos lo exterior, que es como el canal que representa las glorias de la salvación, y hace manifiesto ante los hombres el testimonio de la operación interior efectuada a través del canal de la fe; además es mandamiento divino. Observemos esta doble dimensión en el bautismo de Jesús: “Juan les respondió diciendo: yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis. Este es aquel que viene después de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. Estas cosas acontecieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando. El siguiente día vió Juan a Jesús que venía a él y dijo: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste es de quien yo decía: después de mí viene un varón, el cual es antes de mí, porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. También Juan dio testimonio diciendo: Ví al espíritu qquwe deescendía del cielo como paloma, y permaneció sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, Aquel me dijo: sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo y fuego. Y yo le ví, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1:26-34).

Puede notarse el lenguaje: bautismo en agua y bautismo en el Espíritu Santo y fuego. Además notamos esta yuxtaposición: cuando el agua le bautizó, el Espíritu le ungió. Ciertamente el agua no hace el papel del Espíritu, ni el Espíritu es el agua; pero entretanto que cumplía con toda justicia bautizándose en el agua, era a la vez investido del Espíritu Santo. De la misma manera, es el Cordero de Dios el que quita el pecado del mundo; pero tal operación sobrenatural se representa en el bautismo en las aguas, como obediencia de la fe. No aplicamos a la mera ceremonia externa el honor de la operación misma; el honor le corresponde a Cristo mismo que opera realmente con Su propia vida, y Suya es la eficacia de la salvación, mediante la sola fe. No obstante, éste mismo Cristo ordenó también descender a las aguas, y lo hizo Él mismo, para cumplir toda justicia.

He aquí, pues, el mandamiento: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado…” (Mateo 28:19). Marcos también testifica de este mandamiento: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15,16).

Además de Jesús, Sus apóstoles también lo ordenaron: “Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…/…Así que los que recibieron su palabra, fueron bautizados; y se añadieron aquel día como 3.000 personas” (Hechos de los Apóstoles 2:38,41).

Teniendo, pues, el mandamiento y el ejemplo de Jesús y sus apóstoles, no se justifica en un creyente una actitud descuidada en este respecto; mucho menos una actitud desobediente. Es la voluntad de Dios que los Suyos sean bautizados. Ciertamente hay casos excepcionales, como el ladrón en la cruz, en los que la gracia de Dios condesciende a prescindir de la ceremonoio por fuerza mayor; pero creemos que se trata de casos en que la persona está, a su pesar, completamente imposibilitada de cumplir el mandamiento. Eeste era el caso del ladrón crucificado al lado de Jesús. No podemos aplicar con libertad el caso de esta excepción en el curso normal donde el creyente, bajo mandamiento divino y apostólico, está en plena condición de descender a las aguas. La Iglesia tiene, pues, este mandamiento y ejemplo aplicable a todo aquel que creyere y quisiere ser discípulo de Jesucristo.

Ahora bien, en las Sagradas Escrituras vemos que aquellas personas que recibieron el bautismo cristiano en el génesis de la Iglesia, eran por lo general personas concientes y responsables de sí mismas; es decir, lo hacían generalmente por convicción personal propia. Sin tal fe y convicción personal, ¿no sería, acaso, nulo el efecto del bautismo? Pues su efecto de gracia recibida se debe a la fe, que obedece con la identificación voluntaria del creyente con Su Señor, por esa fe, en Su muerte y resurrección. No despreciamos las buenas intenciones de aquellos que someten forzadamente a sus bebés a una ceremonia externa, a veces mayormente para eludir el ostracismo social; pero aquello no es suficiente, sin la fe personal, para que de facto se realice una unión mutua e indispensable con el Señor. El requisito de la fe personal es necesario para recibir eficazmente la gracia expresada en el bautismo. Ciertamente Jesús dijo que dejasen a los niños venir a Él, porque de los tales es el reino de los cielos; entonces el Señor los tomaba en Sus manos y los bendecía. Hagamos hoy lo mismo, entreguémoslos en Sus manos para que los bendiga.

En la práctica primitiva vemos generalmente que la fe y el arrepentimiento precedían al bautismo. “Yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe le dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro, y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó” (Hechos de los Apostoles 8:36-38). La pregunta era por el impedimento; la respuesta era según la condicón. ¿Qué impide?...Si crees de todo corazón, bien puedes. “Si crees…” era la condición. En el día de Pentecostés, Pedro había dicho: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros…”. Antepuso el arrepentimiento y añadió el cada uno de vosotros. Notamos, pues, en estos casos, que para acercarse a las aguas bautismales se efectuaba una operación de conciencia lo suficiente y mínimamente responsable. Creemos que es esto lo que Dios espera de nosotros y Su gracia produce. No deberíamos, pues, prescindir de esta confesión personal, madura y pública. El creyente conciente debería así, cada uno, pedir por sí mismo su propio bautismo. En alguna ocasión, Juan el bautista se había visto en la necesidad de decir a algunos de los que se acercaban a su bautismo: “Haced frutos dignos de arrepentimiento”. Jesús dijo a los apóstoles: “A quienes remitiéreis los pecados, les son remitidos; a quienes se los retuviéreis, le son retenidos” (Juan 20:23). No ignoramos, sin embargo, el caso de Simón el Mago en Hechos capítulo 8; éste, después de ser bautizado por Felipe, fue reprendido por el apóstol Pedro, pues quería comprar con dinero la facultad de conferir el Espíritu Santo. Vemos, pues, que aquella ceremonia, pues Simón el mago había consentido exteriormente, parece que no le había regenerado su corazón. Los frutos posteriores lo demostraron.

Es en relación a tal clase de casos por la cual creemos que el apóstol Pedro se refiere en su primera carta en estos términos: “El bautismo, que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1ª Pedro 3:21). Ni la mera ceremonia, ni el agua, operan con el pecado que está en la carne. Es por la fe en la sangre de Cristo que se limpian los pecados, y el bautismo ceremonial es una aspiración a tal buena conciencia; pero es la regeneración real por el Espíritu Santo la que nos introduce en la ley del Espíritu de Vida en Cristo Jesús que opera eficazmente contra el pecado que se halla en la naturaleza humana. Es por medio del erspíritu que combatimos contra las inmundicias de la carne. El bautismo ceremonial conciente testifica de nuestra fe personal en que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; y esto nos salva. Pero es por el espíritu que participamos de la vida de resurrección de Cristo, y de la ley del Espíritu de vida en Él, que nos libra de la ley del pecado y de la muerte en la carne, enfrentándole un poder superior. Y es la investidura del poder de lo Alto, por el Espíritu, la que nos capacita para el servicio cristiano a Dios y al prójimo.

No debemos, pues, perder de vista esta superposición de lo sobrenatural velado en la ceremonia externa del bautismo; ni tampoco confundamos los planos en la perspectiva. No siempre tal superposición coincide en nuestra experiencia subjetiva; como lo podemos ver en el caso de Cornelio y su casa. Mientras Pedro apenas aún hablaba, el Espíritu Santo descendió antes de que ellos fueran bautizados; pero entonces se bautizaron (Hchs.10:44-48). La operación interior sobrenatural precedió a la ceremonia bautismal en agua. Dejemos que Dios opere en el interior de los hombres a Su manera, y estemos listos a obedecer lo más pronto posible en lo concerniente a la ceremonia externa. Un mayor crecimiento en la revelación del misterio del bautismo puede acontecer normalmente después de realizado éste. Al fin y al cabo, la ceremonia inicial indica el comienzo de una nueva vida. El Espírittu Santo tiene derecho a obrar la gracia del Señor en los hombres de la mejor manera que le plazca.

Observemos las implicaciones sobrenaturales del bautismo en las declaraciones apostólicas. De la carta de Pablo a los Colosenses leemos: “Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuísteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos…/…Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, enttonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 2:12; 3:1-4). Es, pues, la fe la que nos introduce en el bautismo verdaderamente. Sepultados con Cristo en el bautismo, y resucitados con Él, mediante la fe en el poder de Dios. “Mediante la fe”; es decir, si de corazón creemos que Jesús es el Hijo de Dios, muerto por nuetros pecados, y nosotros con Él y en Él; y resucitado a la diestra de Dios, y nosotros en unión con Él y en Él. Como está escrito: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado; porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:9-13).

La fe establece, entonces, el vínculo con la realidad objetiva y sobrenatural de Dios y de la obra consumada de Cristo. Y tal invocación de fe conduce a la salvación y es testificada en el bautismo: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs. 22:16).

En la ceremonia bautismal es, pues, tal invocación en fe la que conecta el efecto de salvación con el acto externo. Sin embargo, tal invocación no acontece siempre solamente durante el acto, sino algunas veces antes. Lo normal sería que la persona, al creer, invoque el Nombre, bautizándose. Ejemplo: “Y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hchs. 18:8). Esto les salvó. ¿Qué? La obra de Cristo creída y apropiada por la fe que le invoca y obedece en el bautismo.

La ceremonia sola no salva sin fe; la fe sola sin la obra de Cristo no salvaría; la obra de Cristo, sin ser recibida por fe, no se hace efectiva. ¿De qué sirve una ceremonia sin fe? Al faltar la fe, entonces no se hace apropiación de la obra de Cristo. Es en virtud de la obra de Cristo, recibida por fe, que se opera la salvación. Por una parte, ¿qué haríamos con la sola fe, si Cristo no hubiera hecho Su obra? Pues sería mera fe en la fe, y no fe en Él y Su obra. Sería una fe en vano, sin una realidad expiatoria que la respalde. Por otra parte, ¿qué aprovecharía la real obra consumada de Cristo, si no la creemos y no la recibimos por la fe? No haría efecto en nosotros por causa de incredulidad. El Señor dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:16a). Entonces la salvación descansa en la realidad objetiva y sobrenatural de la persona y obra consumada de Cristo, creída y recibida por fe, la cual se apropia por invocación y confesión, y se testifica por el bautismo. Esto es lo normal. ¡Cuántos elementos hay aquí!. Primera y principalmente, sin lo cual lo demás no tiene valor alguno, la persona y obra de Jesucristo; porque depende de quien sea Jesucristo y qué hizo, para que la fe e invocación de la persona tengan la suficiente base para un efecto de salvación. Es necesario creer que Jesucristo es el Hijo del Dios Viviente, que salió del padre y vino al mundo, hecho carne, hecho hombre, para darnos a conocer al Padre mediante sí. Ésta es la persona. Y ésta es Su obra: la reconciliación, por medio de Su muerte en la cruz en nuestro lugar; el Justo por los injustos; resucitado y glorificado a la derecha del Padre en los cielos, presentado como ofrenda por nosotros, mediador e intercesor, abogado, Señor y Cristo, y cuya vida y naturaleza nos es impartida mediante el Espíritu Santo, mediante la fe, pues al creer, vivimos por Él. Como está escrito: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…/…Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Corintios 5:19,21).

Es la identificación con Cristo en Su muerte y resurrección, por la fe, la que se oculta tras el velo del bautismo. Es el bautismo en Cristo confesado por el bautismo en las aguas en Su nombre, la garantía de la salvación por Su promesa y las arras del Espíritu. Jesucristo es la puerta. Nos corresponde, pues, para testimonio de nuestra salvación, cruzar la puerta de la obediencia de la fe en Jesucristo. El juicio por desobediencia parcial, lo remitimos al Supremo Juez universal en el tribunal de Cristo. Por Su mandamiento, pues, enseñamos el bautismo en las aguas.

¿Qué hace en el creyente su bautismo en Cristo mediante la fe? Hablamos aquí del bautismo en Cristo, de la realidad de esta identificación sobrenatural por fe, con Cristo el Señor, del creyente. No nos referimos, pues, tan solo al velo ceremonial que bien pudiera ser hueco sin la identificación de fe. Lemos, entonces, de Pablo: “Porque todos los que habéis sido bautizadois en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:27,28). La primera parte de esta declaración apostólica tiene que ver con Cristo, la Cabeza; la segunda parte: “sois uno en Cristo”, tiene que ver con nuestra identificación en Él con Su cuerpo que es la Iglesia.

Examinemois la primera parte: “revestidos de Cristo”. La fe nos identifica con Cristo cuando lo recibimos. Al recibirlo, recibimos juntamente con Él el efecto de Su obra. Es decir, participamos de Él, de Su muerte, sepultura, resurrección, ascención y escondite en Dios. Si permanecemos en Él, cualquier cosa que viniere a nosotros, tiene que venir a encontrarse primeramente con Él antes de tocarnos a nosotros, pues estamos revestidos, por la fe, de Él. El pecado, la maldición y el mundo fueron crucificados en Su cruz; es decir, al morir Él como postrer Adam, y que también como segundo hombre es ahora nuestra vida, fuimos libertados. El pecado, la maldición, la corrupción y la muerte se desvanecen al chocar en nuestro espíritu y ser con Su resurrección. Satanás y sus ángeles, sus demonios, resultan abatidos y aplastados bajo nuestros pies, al encontrarse con la ascención y posición suprema de Cristo que nos ha unido a sí en el Espíritu, estando nosotros muertos, resucitados y ascendidos en lugares celestiales juntamente con Cristo, en nuestra unión espiritual de fe. Cristo, entonces, se convierte en la nueva experiencia de nuestra vida, si vivimos por Él mediante la fe. Entonces Su victoria es administrada continuamente a nosotros por el Espíritu de Dios, para que sea también nuestra victoria. Porque Él vive, nosotros también vivimos. “El que permanece en mi, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Juan 15:5).

Tal gloriosa identificación es la que se vela en el bautismo. Nos dice el apóstol Pablo: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo; a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruído, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:1-11).

También sostiene el apóstol Pablo en otras epístolas: “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor conque nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:4-6). “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:1-4).

Por estos pasajes anteriores se nos revela que la vida y obra de Cristo es impartida a nosotros en todo Su poder, por medio de nuestra identificación con Él por la fe. Su vida, muerte, resurrección y ascención son nuestras, porque Él es nuestra vida; y cuando Él se manifieste, lo seremos también.

Por medio de Su muerte Cristo nos libera del cuerpo del pecado. Su sangre nos limpia de todo pecado, y Su cruz nos liverta del pecado mismo, pues ya no hemos de andar en la carne donde el pecado mora, sino en el Espíritu donde Cristo es nuestra realidad de victoria. Somos muertos a nosotros mismos en Él, y llevamos Su muerte y la cruz todos los días, unidos a Él por la fe; somos beneficiarios de la crucifixión, para libertad. Su victoria de la Cruz es nuestra, pues Él está en nosotros al recibirle en fe. Si vivimos por Aquel que murió al pecado y por los pecados, la virtud de Su victoria nos es participada al creer. Asimismo, resultamos con Él resucitados y ascendidos, sentados con Él en lugares celestiales, sobre todo poder del diablo.

Entonces enfatizamos que si Jesús murió, resucitó y ascendió, al vivir nosotros en virtud de la vida del Hijo de Dios, Su paso por la muerte al pecado, nos libra, del pecado, por muerte; y del juicio, por cumplimiento en Él y ahora también en nosotros que estamos unidos a Él. Nuestra Nueva Vida ha resucitado ya levantándonos con todo Su poder, ascendida a lugares celestiales sobre todo poder del diablo, presentándonos en la misma presencia de Dios como nuevas creaturas, en Su vida perfecta y acepta, que mora en nosotros por la fe, injertado en nuestro espíritu, por el Espíritu santo, que toma lo de Él y nos lo administra a nosotros. Así tenemos vida eterna en Él, con Él y para Él, participando con Él en el seno de Su gloria, y de Su naturaleza y amor eternamente.

Dios se nos participó en Cristo, y la fe es el canal que le permite traducir Su realidad en nuestra experiencia. Somos llamados a esa íntima participación, bautizados incluso en Su muerte, para liberación. Éste es también un profundo privilegio: el conocerle en Su muerte. Cuando dos de Sus discípulos quisieron sentarse a Su diestra y a Su siniestra en el reino, Él les preguntó: “¿podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?.../…A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados” (Mateo 20:22,23).

San Pablo entendía esto cuando escribió: “…Ser hallado en él,…a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:10,11). “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Romanos 6:8). “Llevando en el cuerpo siempre la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” (2ª Corintios 4:10,11). “Porque, aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para vosotros” (2ª Corintios 13:4). Así, pues, de tan sublime manera llegamos a ser revestidos de Cristo al ser bautizados o sumergidos en Él.

También, de nuestra identificación con Él, resulta otra maravillosa identificación: la unidad del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. “Sois uno en Cristo” había declarado el apóstol. Si todos los creyentes en Cristo participamos del Padre por el Hijo, esta reconciliación nos funde en una unidad de amor en Él; porque la vida de cada miembro en el cuerpo es la misma de su compañero. La Iglesia, pues, es un vaso único que contiene la vida de Cristo. En virtud de esa vida somos unidos, nutridos, concertados y coordinados, llegando a ser coherederos de Cristo, y copartícipes de la plenitud de Dios por Jesucristo. Él había dicho: “Yo en ellos, y Tú en mi, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:23). Tal unidad es, pues, posible única y exclusivamente en virtud del Cristo compartido. Quien no participa primeramente de Cristo, no puede participar de tal unidad, ya que es el Espíritu de Cristo el que nos sumerge dentro de un solo cuerpo; como está escrito: “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1ª Corintios 12:13).

El individuo debe, pues, identificarse primero con Cristo, la cabeza, por el Espíritu; y entonces así se convierte en miembro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La puerta es Jesucristo mismo, y fuera de Él no hay otro acseso. “Por medio de él, los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre…/…miembros de la familia de Dios…/…siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:15-22). “Asiéndose de la cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios” (Colosenses 2:19).

Cristo había declarado: “Yo en ellos…para que sean uno”; es decir, aparte de Él no puede haber reconciliación, pues Él mismo es nueestra reconciliación, Su vida. Es en Su cruz donde terminaron nuestras barreras, y es por Su Espíritu la entrada; es por Su virtud la unión y coordinación de todo el cuerpo. Primero Él, entonces lo demás. Hallamos entonces la razón de Su nombre como piedra fundamental. “Éste Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza de ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hchs. 4:12). Esa fue la declaración de san Pedro. Dios había declarado también que solamente recibiría adoración en el lugar que ël escogiera para poner allí Su nombre; y ese verdadero tabernáculo, esa verdadera casa es Jesucristo. Fue el Hijo Unigénito quien dio a conocer al Padre, viniendo en Su nombre, y poniéndolo de manifiesto. Jesús significa: Yahveh el Salvador. Jesucristo dio y da a conocer el nombre del Padre. El Espíritu santo viene en el nombre de Jesucristo. Dios en Cristo, y éste en la Iglesia por el Espíritu. Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres.

Considerando, pues, para el bautismo, este primordialísimo elemento: la realidad de la persona y obra de Jesucristo, añadimos que la fe de invocación necesaria para apropiarnos de la provisión de Dios en Él, debe ser una fe definida y exclusiva en ese Nombre, donde está contenida toda la plenitud de la Deidad: Jesucristo. Somos bautizados en éste Cristo específico por la fe. Jesús es el Cristo, Yahveh develado exclusivamente en Jesús. El Padre es visto en el Hijo. Fue sólo éste quien murió por nosotros y resucitó para nuestra justificación. Con Él es con quien somos identificados para muerte y resurrección en el bautismo. Por eso lo apóstoles bautizaron en Su nombre; para sepultura y resurrección con Él, identificados mediante la fe que le invoca específicamente, y que acude al Padre en Su nombre.

Jesús había ordenado: “…bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19b). Es decir, por una parte, de parte del Padre que envió al Hijo, y de parte del Hijo que envió al Espíritu Santo, y de parte del Espíritu Santo que habita en la Iglesia; por lo tanto habla de la autoridad de la Iglesia que bautiza. Por otra parte, también, los que son bautizados son sumergidos en el Padre por el Hijo, y en el Hijo por el Espíritu. Por eso los apóstoles obedecieron bautizando a los creyentes en el nombre de Jesucristo; pues Jesucristo vino en el nombre del Padre, y el Espíritu Santo vino en el nombre de Jesucristo. El Hijo es el lugar donde Dios escogió poner Su propio Nombre. Allí le encontraremos para adorarle. El nombre que fue puesto sobre el Hijo de Dios es Jesús: Yahveh el Salvador. Pedro les dijo: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hchs.2:38). A los gentiles les fue dicho lo mismo en casa de Cornelio. “¿Puede acaso alguno impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo así como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hchs.10:48). En Cristo no hay diferencia para el judío o el gentil. Los samaritanos también fueron bautizados por Felipe en el nombre de Jesús (Hchs.8:16). Pablo encontró en Efeso a unos discípulos ya bautizados por Juan el bautista, pero sin el Espíritu Santo; entonces los volvió a bautizar, pero ahora en el nombre del Señor Jesús (Hchs.19:5), y recibieron el Espíritu Santo. A Pablo mismo se le dijo: “¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs.22:16).

Todos los registros de las Sagradas Escrituras muestran que los apóstoles obedecieron el mandamiento del Señor usando Su nombre en el bautismo. Lo hacían de parte del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, con Su autoridad, identificando a los creyentes con Dios mediante Cristo y el Espíritu, sepultándolos en la myuerte de cristo y sacándolos a resurrección, es decir, en Su nombre. Son dos aspectos complemetarios.

Deducimos también por las Escrituras que generalmente lo hicieron por inmersión, que es lo que significa bautismo, pues descendían para ser sepultados y subían del agua. Bautismo significa, pues, sumersión.

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Gino Iafrancesco V., 1978, Asunción, Paraguay.

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(7) EL BUEN DEPÓSITO

Por Gino Iafrancesco V. - 5 de Junio, 2008, 23:38, Categoría: General

TRATADILLOS (7)


EL BUEN DEPÓSITO


En el libro de Zacarías, profeta de la restauración, al igual que Hageo, leemos: “…he mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él; y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda” (Zacarías 4:2,3).

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, el Libro de Dios nos habla del propósito y del plan divinos, su desarrollo y consumación, todo centrado en el Misterio de Cristo. Las semillas fundamentales que son sembradas en Génesis y el resto del Pentateuco, son cosechadas en el Apocalipsis. Todos los pasajes que encontramos en la Biblia, por el mismo Espíritu que los inspiró, están ligados al hilo central del propósito y del programa divinos. Dios busca reunirlo todo en Cristo para que Dios sea contenido y expresado en gloria a través del Hombre Corporativo, Su esposa, que se consuma en la gloriosa Nueva Jerusalem, morada mútua de Dios y los Suyos.

Es así que vemos la revelación del candelabro en Éxodo 25:31-40 y otros pasajes del Pentateuco, relacionada a la cita antedicha de Zacarías, ambientada en Hebreos 9:2 y Mateo 5:15, y consumada en los candeleros del Apocalipsis. Se nos representa a Cristo manifiesto en el Pueblo de Dios, que en el Antiguo Pacto de figuras y sombras era Israel, y que hoy es la Iglesia universal, el cuerpo de Cristo, expresado en la iglesia de cada localidad o ciudad, según el Nuevo Testamento de realidades espirituales.

La Luz de Dios, cuyo esplendor es Cristo, brilla por el aceite del Espíritu, desde el depósito de la revelación divina, con plenitud séptuple, a través del organismo único que es Su cuerpo, el cual se asienta en cada localidad como la iglesia del lugar, para alumbrar también desde Dios a este mundo en tinieblas.

El oro del candelero representa la naturaleza divina, que ha de formarse en Su pueblo labrada a martillo; es decir, bajo la Palabra viva de Dios y el golpeteo de las circunstancias moldeadoras. El candelero es de una sola pieza, porque la iglesia es una y debe manifestar las características y la unidad de la naturaleza divina en la comunión práctica y visible del Espíritu de Jesucristo que alumbra por Su iglesia en cada localidad, a los ojos del mundo, para que éste conozca y crea (Jn.17:20-23).

He allí la responsabilidad nuestra para colaborar con Dios conforme a Su palabra, y para no escandalizar al mundo con otros nombres y caracteres que el de Cristo, estorbando el propósito del Altísimo.

En Zacarías leíamos del depósito que alimenta al candelabro. El suministro proviene del depósito. La Iglesia ha recibido de Dios, por Jesucristo, mediante el Espíritu de la Palabra, un depósito que debe conservar. “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros”, escribía el apóstol Pablo a Timoteo antes de morir (2Tim.1:14); “Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga…” (2Tim.2:2ª). Ya en su carta anterior le había escrito: “…guarda lo que se te ha encomendado” (1Tim.6:20).

El ministerio y la Iglesia en general no están, pues, colocados para distraerse en ocurrencias múltiples y disímiles, sino para recibir, contener, penetrar, disfrutar y también guardar, suministrar y expresar el buen depósito de Dios, según el suministro del Espíritu de la santa Palabra. Esto debe hacerlo la Iglesia y el ministerio en unidad y con luz plena, séptuple; no en división, ni en parcialidades incompletas que perjudican el testimonio de Jesucristo.

Según Efesios 1:22,23, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. De manera que el contenido primero y fundamental del depósito que hace brillar a la Iglesia, es Dios mismo; lo que Dios es, y lo que ha planeado y hecho. Éste Dios se nos ha revelado por el Hijo que es Jesucristo. El Espíritu nos suministra, pues, lo que es del Padre y Cristo (Jn.16:13-15; y 14:23).

En Cristo vemos, no solo a la naturaleza divina, sino también a la naturaleza humana perfecta. Vemos en Cristo Su kenósis o anodadamiento y despojamiento; vemos Su encarnación desde la concepción virginal en el vientre de la virgen María. Vemos Su nacimiento, Su crecer humano en estatura, gracia y sabiduría, vemos Sus pruebas y Su vivir humano perfecto, Sus muy significativas y abarcantes crucifixión, sepultura, resurrección, ascención, mediación, gobierno y regreso. Cada uno de estos ítems es riquísimo y se relaciona al depósito de la Iglesia. Lo es también la realidad, el suministro y la obra completa del Espíritu.

En esta breve panorámica a vuelo de pájaro del buen depósito que ha recibido la Iglesia, captamos que sus primeros y fundamentales contenidos son la verdad de Dios y el mismo Dios de la verdad; la verdad de Cristo y el mismo Cristo que es la verdad; la verdad del Espíritu y el mismo Espíritu de la verdad; la verdad de la salvación y la misma experiencia y realidad de la verdadera salvación y liberación. Vemos también que la plena salvación es la recuperación total de hombre para el propósito eterno de la Deidad. Ese propósito, y todo el programa de la economía, o dispensación, o administración del Misterio antes oculto en Dios, es también ahora contenido del depósito, pues la Luz Divina de la Sagrada Revelación nos muestra quien es Dios, qué quiere, y hacia dónde va; también nos muestra cómo va hacia el pleno desarrollo y cumplimiento en nosotros de Su meta. Aquí se incluye también todo el ingrediente profético.

La meta de Dios para con nosotros, la cual debe llegar a ser nuestra meta, es ítem fundamental del depósito y de la economía del Nuevo Testamento. El Evangelio y el Misterio de la Economía Divina están intimamente relacionados al hombre, como también a todas las cosas. Por lo tanto, la verdad acerca del hombre, el para qué y el cómo de su creación, su constitución tripartita, es decir, en espíritu, alma y cuerpo, su caída y condición, su recuperación completa en Cristo, su configuración individual y corporativa a Cristo en la Iglesia, su destino final, etc., todo esto cabe dentro de los ítems importantes del depósito.

Al lado del hombre, considéranse también todas las cosas; la verdad de la vieja y de la nueva creación, su estado y propósito; la realidad angélica, la obra y la caída de Lucero, sus ángeles y el mundo, junto con su juicio, por sus etapas.

Entonces, la misma Iglesia, como parte fundamental del programa divino, y como la edificación de Cristo, victoriosa en Él sobre las puertas del Hades, en su doble aspecto: universal y local, su naturaleza, función, practicalidad, etc., es ítem básico del depósito, pues éste depósito es el suministro especial para la luz de ella, y está relacionado a la función de la Iglesia inseparablemente. Entonces, todo lo relacionado al reino y a la consumación, con todas sus minucias mayores y menores, se relacionan al depósito.

Todas las doctrinas y minucias menores, que tienen su lugar secundario en la Palabra, en relación a lo más fundamental, de parte de Dios, no deben dejar de relacionarse por nosotros a lo primero y central, en su debido lugar y ubicación. Muchas veces, son estas minucias tratadas desubicadamente, las que distraen y perjudican la misión principal y fundamental de la Iglesia, según el propósito y la Palabra divinos. Descubramos, pues, el buen depósito, y ahondémosnos en él, guardándolo, porque sólo él es el suministro que hace brillar la Luz de Cristo en la Iglesia.

Ante el depósito de Dios no podemos pretender ser originales, ni individualistas. Debemos, más bien, recibir, conservar, penetrar y trasmitir corporativamente el río pleno del Espíritu de verdad de la Palabra, el buen depósito que nos ha confiado Dios, y el cual, conteniéndole a Él y a Su obra, es patrimonio de la Iglesia universal en pleno. La verdad es una, y nos necesitamos todos, unos a otros, en Cristo, para contenerla y expresarla completa y apropiadamente, cual casa espiritual de la plenitud de Dios (Ef.3:18,19). Nuestro individualismo, o nuestro provincialismo congregacional, ajenos a la realidad y plenitud del depósito, y a la edificación conjunta del cuerpo, perjudican y mutilan el testimonio de Jesucristo. Aunque la administración de cada iglesia particular de localidad es local, un candelero por ciudad, sin embargo, el oro y la luz de todos ellos son lo mismo universalmente, puesto que se refieren a la naturaleza y gloria divinas.

Todo esto es apenas una consideración panorámica e incompleta, que obviamente debe completarse y complementarse en y por el cuerpo de Cristo, mediante el Espíritu.

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Gino Iafrancesco V., 1985, Bogotá, Colombia.

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(8) DEL REPOSO CRISTIANO

Por Gino Iafrancesco V. - 5 de Junio, 2008, 23:26, Categoría: General


TRATADILLOS (8)

DEL REPOSO CRISTIANO


Con el presente estudio seguiremos la pista, en las Sagradas Escrituras, que nos hablan del verdadero reposo cristiano. Precisamente reposo fue lo que el Señor Jesucristo vino a traer para la humanidad: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

Fue también reposo lo que perdieron nuestros primeros padres Adán y Eva en el Edén. Su vida era una tal de dependencia absoluta y confiada en el Creador y Su providencia, de tal manera que aún les estaba vedado el fruto delo árbol del conocimiento del bien y del mal, y no se avergonzaban de estar desnudos.

Fue después de perder su inocencia cuando resultaron sometidos a las severas consecuencias de la desobediencia. “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera tus dolores en tus preñeces; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol del que te mandé diciendo: No comerás de él, maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinas y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste ttomado, pues polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:16-19).

Fue al desobedecer comiendo del árbol del conocimiento del bien y del mal, que el hombre recibió la muerte, el dolor, el miedo, la dificultad y todo aquello que es precisamente lo contrario del reposo con el que disfrutaba en el Edén mientras Dios había entrado en Su séptimo día. Jesucristto vino, pues, a redimir de aquella condición y abrir de nuevo las puertas a los vencedores, para que tuvieran otra vez derecho al Árbol de la Vida (Apocalipsis 2:7). El hombre debía regresar, pues, a través de Jesucristo, a la vida eterna, la seguridad, la gloria, la providencia, en una absoluta y confiada dependencia del Creador, al cual, así, honraría. Fue esto lo que estaba implícito en la promesa hecha a la humanidad, de que la Simiente de la Mujer aplastaría la cabeza de la serpiente.

A partir de la caída, Dios mismo comenzó a desplegar Su plan eterno de redención, cubriendo de su desnudez al hombre por medio de la sangre derramada. Así Abel ofreció a Dios, como a la puerta del Edén, y así la humanidad aprendió la necesidad de Un sacrificio cubridor, el cual prefiguraba a Cristo y el plan de redención. El problema había sido el pecado; había, pues, que quitarlo. Es precisamente el pecado lo que echa a perder todos los planes y las ilusiones del hombre, todas sus empresasa, emprendimientos y logros; lo que corrompe su salud, su familia, sus onstituciones, sus sociedades, es precisamente el pecado.

Solucionar el problema del hombre consiste en desarraigar el pecado, causa de la muerte y de todo mal. Pero había que conocer lo que verdaderamente era el pecado, y entonces se añadió la Ley. El pecado no era solamente trasgresión de la Ley; era una constitución maligna heredada en nuestra naturaleza aún antes de hacer bien o mal, desde nuestros primeros padres caídos. La Ley, pues, nos daría a conocer mejor el pecado; pero Jesucristo nos daría también, además del perdón, una nueva constitución, justa en el Espíritu, de naturaleza divina, mediante la regeneración también por Su Espíritu, de manera que podamos andar en el Espíritu y ya nop necesariamente solo en la carne. He allí, pues, en apretadísima síntesis la cuestión global.

Volvemos, pues, a las Sagradas Escrituras: “...El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte; así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues antes de la Ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún en los que no pecaron a la manera de la trasgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir” (Romanos 5:12-14).

La manera de la trasgresión de Adán no fue contra el Decálogo; su desobediencia consistió en desobedecer comiendo del árbol del conocimiento del bien y del mal; Eva codició la sabiduría para hacerse a sí misma igual a Dios. Notamos aquí que le estaba vedado al ser humano el fruto del conocimiento del bien y del mal; no solo del mal; sino, exactamente, el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Tal era su inocencia, y por lo tanto, su absoluta dependencia de la dirección del Espíritu divino. Entonces viviría, pues no le estaba vedado el Árbol de la Vida.

Cristo nos da de nuevo la posibilidad de comer del Árbol de la Vida; Cristo nos regresa al régimen nuevo del Espíritu, a la dependencia absoluta de la vida y dirección del Espíritu divino. Dependencia tal del mismo Soberano Creador le honra más que la ciega, muerta y aparente sujeción a un código rudimentario y figurativo, que apenas sirve de Tutor, entre tanto se forma Cristo en el hombre, por Su Espíritu, hasta la encarnación de la perfecta voluntad de Dios revelada en Cristo y en la cual somos santificados viviendo por Él.

Dícenos la Escritura que Adán era figura del que había de venir, el cual es Cristo; y Cristo habló así: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo…No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:17, 19). La obediencia de Cristo era, pues, directamente a la Persona del Dador de la Ley, de las sombras y los tipos, de la conciencia, etc. Él vivía por el Padre, y por Él obraba. Cuando el Padre se movía, Él se movía; cuando callaba, Él también callaba; cuando hablaba, ël también hablaba; cuando trabajaba, Él trabajaba. Era así, pues, de ésta manera, aún Señor del sábado, por la soberanía del Padre. El sábado sería así un siervo, y no un tirano. Pero el sábado definitivo, el verdadero reposo, sería, pues, Cristo mismo; del cual, el sábado de la Ley sería apenas un ayo y tutor y una sombra, hasta que viniese la Simiente en quien sería cumplido verdadera y eficazmente; lo cual acontece ahora en Cristo Jesús.

De manera que los que entramos en Su reposo, por medio del creer en Él, aparte de las obras de la Ley, entramos con Él por fe en el reposo de Dios con el cual Él reposó el séptimo día. Somos así guardados por Su reposo, reposando con Él y como Él. Eso es lo que nos dice la Carta a los Hebreos, a la que Dios mediante volveremos más adelante.

Observando, pues, a Cristo y Su absoluta dependencia y obediencia al Padre vivo y vivificante, notamos qué era lo que Dios esperaba del hombre e inauguró en Adán, hasta que ésta lastimosamente cayó. Entonces entró la muerte por el pecado, aún antes de la Ley. Eso es lo que leíamos de la Carta a los Romanos: “Antes de la Ley, había pecado en el mundo…reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún en los que no pecaron a la manera de la trasgresión de Adán”. Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal; y esa fue la manera de su desobediencia; entonces por él entró el pecado; es decir, no tan solo la trasgresión, sino mucho peor que eso; con él entró en la naturaleza humana una condición pecaminosa con una ley de pecado en la carne que nos lleva cautivos al pecado, aún a nuestro pesar. Es decir, llegamos a ser pecadores por concepción y nacimiento aún antes de trasgredir la Ley.

Hubo, pues, así, pecado, aún antes de la Ley, en la naturaleza humana; en pecado nos concibe nuestra madre, y antes de pecar y trasgredir la conciencia, o la Ley, o un código, o lo que fuese, antes, somos ya pecadores. Por lo tanto reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, porque todos pecaron, y pecaron aún antes de la Ley, por causa de haber nacido pecadores sin ni siquiera conocer la Ley, sino apenas la conciencia y el gobierno humano.

Fue entonces necesario que Dios añadiera la Ley, para que el pecado fuese mejor conocido y reconocido, y fuese manifiesta la causa de la muerte. Entonces Dios apareció a Moisés y le dio el Decálogo y otras leyes, y ritos figurativos hasta que viniese la Simiente Prometida que redimiría; promesa anterior a la Ley, y que la Ley no invalida. La Ley sería, pues, la sombra y el Tutor hasta que viniese Cristo; pero ya venido Cristo, no estamos ya bajo el Tutor, sino bajo Cristo. Esto lo lkeemos así de las escrituras: “La Ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:21).

“Yo no conocí el pecado sino por la Ley; porque tampoco conociera la codicia, si la Ley no dijera: -No codiciarás.- Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mi toda codicia; porque sin la Ley el pecado está muerto. Y yo sin la Ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Romanos 7:7-9).

“El Pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la Ley, que vino 430 años después, no lo abroga para invalidar la promesa…Entonces ¿para qué sirve la Ley? Fue añadida a causa de las trasgresiones, hasta que viniese la Simiente a quien fue hecha la promesa…De manera que la Ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gálatas 3:17, 19, 24, 25).

Desde Adán, entonces, hasta Moisés, el hombre se guió por su propia conciencia y el gobierno humano, acusándole o defendiéndole sus razonamientos, estableciendo, según lo mejor de su parecer, los rudimentarios códigos que gobernaban sus acciones. Y estaban las naciones bajo el tutelaje de esos rudimentos de gobiernos humanos; luego vino la Ley Mosaica en Israel, incluyendo el Decálogo, hasta venir Cristo. Éste, entonces, introduciría el Nuevo Régimen Perfecto del Espíritu Santo hasta establecerse plenamente el Reino de los Cielos en justicia.

La Simiente de la Mujer vendría, pues, por Seth, Enok, Noé, Sem, Heber, Abraham, Isaak, Israel, judá, Isaí, David, hasta Jesucristo. Las naciones estarían bajo el rudimento de sus códigos y constituciones, pero con pecado en su naturaleza, echándole a perder todo. Entonces Israel recibiría la Ley, el Pacto, la Promesa, preparando el advenimiento del Mesías, salvador del mundo, de judíos y gentiles.

No obstante, también Israel, como los demás gentiles, a pesar de la Ley, estaba esclavo del pecado en su naruraleza humana. La Ley Mosaica superaba los códigos de los gentiles, pues era revelación en tipo, de parte de Dios; de lo cual la conciencia gentil poseía apenas una deforme semejanza, un rudimentario parecido; pero ni la Ley, ni los códigos, ni la conciencia, ni las buenas intenciones, ni las constituciones, ni los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, podían desarraigar el pecado de la naturaleza humana. Entonces lista la mies de la humanidad, encumbrada la Roma del derecho, diseminada la Grecia de la belleza, aparejado el Israel del monoteísmo y guardián de la promesa de la Simiente, entonces, apreció el Cristo para penetrar en las raíces mismas del problema humano: el pecado. Llegó para perdonarlo, vencerlo crucificando al vieho hombre e introduciéndonos en Su victoria por el Espíritu, donde ya está desarraigadoa favor de judíos y gentiles, andando en Quien tenemos poder sobre la carne caída. Vino Cristo anunciando a la humanidad entera la cercanía del Reino de los Cielos. De aquellos gustadores de Su gracia y de Su vida, se formaría Su Iglesia; y con ésta se sentaría a juzgar en el Milenio, hasta entregar el Reino, en pacificación y reconciliación completa, al Padre, en el Cielo Nuevo y La Tierra Nueva. Aquellos, pues, que rechazaran Su gracia, quedarían, por rebelión definitiva, convictos de juicio y reos de muerte y destrucción eterna. A los tales se les daría entonces la oportunidad de intentar un gobierno mundial sin Dios, con lo cual llenarían el mundo de tribulación; y una vez satisfechas sus pretenciones como las del diablo, pues de éste es de quien proviene la rebelión, y coronado satanás como rey, su propia iniquidad les arrojará, como castigo de Dios, en la destrucción total, bajo las plantas del Soberano Rey de reyes y Señor de señores, Aquel cuyo es el derecho: el Verbo de Dios.

Observando en forma global el plan, ubicamos, pues, en la historia, el lugar y propósito de la Ley Mosaica. Contenía, pues, esta Ley, en figura, el elemento eterno de la voluntad del Padre, la sombra de los bienes venideros; de allí las expresiones: “eterna” e “inmutable” que se le aplican. Tal aplicación, sin embargo, sería apenas perfecta cuando fuera cumplida y magnificada en la persona de Cristo, por amor de la justicia de Dios. Jesús había dicho: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20).

Los judíos se habían embrollado en la letra de la Ley, y estaban ajenos al Espíritu del Dador de la Ley. Era, pues, necesario que con Un Nuevo Pacto se derramase el Espíritu del Dador de la Ley; y para tal efecto vino Jesucristo. Entonces la Ley sería magnificada bajo el Régimen Nuevo del Espíritu, según el Nuevo Pacto.

“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días…” (Joel 2:28,29).

“Porque en lengua de tartamudo y en extraña lengua hablaré a este pueblo, a los cuales Él dijo: -Ëste es el reposo, dad reposo al cansado; y éste es el refrigerio…” (Isaías 28:11, 12).

“He aquí viene días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hicieron sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: -Pondré mis leyes en la mente de ellos y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mi por pueblo, y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: -conoce al Señor,- porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:8-12 en base a Jeremías 31:31-34).

“Yahveh se complació por amor de su justicia en magnificar la Ley y engrandecerla” (Isaías 42:21).

Dios, pues, prometió derramar Su Espíritu, magnificar Su Ley y cambiar el corazón de piedra por uno de carne, poniendo Su Espíritu en nosotros. Es allí donde entra en escena Jesucristo para hacer posible esto. ¿Qué hace Él? Cumple la Ley, la magnifica, satisface con Su muerte expiatoria la justicia de la Ley que nos condenaba por trasgresores, resucita y asciende para enviar del Padre al Espíritu Santo, para los que creen, estableciendo así el nuevo régimen del Espíritu, presentando la realidad en lugar de la sombra, y dando al hombre el verdadero reposo. Quedaba así establecida en Él una nueva creación que por la fe entra de nuevo en aquel reposo con que Dios reposó el séptimo día. “Hoy”, pues, podemos entrar en aquel reposo creyendo en Cristo.

La tierra misma y la creación serán también libertadas de la esclavitud de corrupción, para alcanzar la libertad de los hijos de Dios. Entonces será completa la redención: Cielo Nuevo y Tierra Nueva, Nueva Jerusalem, con nuevas creaturas en cuerpos glorificados y vida eterna. El plan que Dios tenía en el principio, lo quiso inaugurar en el Edén. Ahora, pues, será restaurado el Edén y coronado con la Ciudad Santa de la Nueva Jerusalem que desciende del cielo de Dios. El debido orden es: (1º) Cristo, (2º) nosotros los de Cristo, (3º) la creación completa. Cristo ya vino como la cabeza de la nueva raza; venció a la muerte y está coronado de honra y gloria a la diestra de la Majestad en las alturas; entonces derramó el Espíritu Santo, y quienes vivan por Él, dando Su fruto, son Su Iglesia, qque se prepara para la adopción y el advenimiento del Señor. Entonces el juicio tomará cuenta de los rebeldes, y la tierra y el cielo actuales serán quemados. Entonces un Nuevo Cielo y una Nueva Tierra serán establecidos, donde mora la justicia, con los redimidos. Será entonces la consumación del Reino de los Cielos.

Entre la era nuestra y el Reino eterno definitivo hay un período de mil años; el día en que Dios quitará de la tierra, como lo hizo en la Cruz, pero ahora cumplida y reclamadamente, el pecado. En éste día de mil años reinarán los vencedores con Cristo; aquellos que reciban facultad de juzgar (Apocalipsis 20).

Notamos que el punto crucial de la historia es entonces la venida del Señor Jesucristo; es allí cuando la Ley es cumplida y magnificada, la expiación satisfecha, y el pacto definitivo del régimen nuevo del Espíritu, como al principio, es inaugurado. Detengámosnos, entonces, a observar al Cristo cumplidor y magnificador de la Ley. Así habló y obró:

“No penséis que he venido para abrogar la Ley o los profetas; no he venido para abrogar sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que toda se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos” (Mateo 5:17-19).

Cristo fue más allá de la letra; Él llegó hasta demostrar el Espíritu mismo del Dador de la Ley; y fue entonces cuando la magnificó. Tomó el Decálogo y las otras leyes y dijo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: -No matarás, y cualquiera que matare será culpable de juicio.- Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que le diga: -Necio,- será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: -Fatuo,- quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:21, 22). Entonces continuó diciendo acerca del adulterio del corazón (Mateo 5:28), de la dureza del corazón en el repudio (Mateo 19:8), de no jurar sino que baste con una palabra honrada (Mateeo 5:33-37), de amar a los enemigos en vez de aborrecerlos (Mateo 5:43, 44), de ir más allá de la milla pedida, de adorar en espíritu y verdad, de poner el sábado al servicio del hombre y no al hombre al servicio del sábado, de hacer el bien en secreto delante de Dios, de juzgar con misericordia o no juzgar, de no invalidar el mandamiento por la tradición, ni deformar la justicia colando el mosquito y tragando el camello mientras se limpia lo de afuera sin hacerlo primero por dentro, etc., etc. En fin, la Ley de Dios fue verdaderamente magnificada en Él conforme a la profecía, siendo Él mismo la personificación de la perfecta voluntad de Dios.

Muchos judíos lo acusaron de blasfemo y de quebrantar el sábado; pero Él les demostró que Él era el Hijo de Dios, y cual era el verdadero reposo que Dios quería para el hombre. Sí, demostró el Espíritu del Dador de la Ley; entonces la magnificó: “Oísteis que fue dicho…más Yo os digo…”. Además cumplió en Sí mismo el sacrificio prefigurado en los ritos. Con la experiencia de Su vida fue el antitipo de lo cual el antiguo pacto eera apenas una sombra figurativa. Sí, ahora, en lugar del templo, Él era el Templo y le edificaba verdadera casa al Padre. En lugar de becerros y carneros, derramó Su propiua sangre. En lugar de tablas de piedra en un arca de madera y oro figurando la presencia de Dios en el corazón, Él fue lleno del Espíritu y satisfizo el deseo del Padre. “Mi Padre hasta ahora trabaja y Yo trabajo”, entonces quisieron apedrearlo. No entendieron que lo importante era agradar verdaderamente al Dador de la Ley. En amarlo sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, descansaba toda la Ley y los profetas. Y en la obediencia al nuevo mandamiento del Amor los unos por los otros, se cumpliría toda la Ley. Contra el fruto del Espíritu Santo no hay Ley. Necesario es, pues, vivir por el Espíritu; y quieenes por Él son guiados, éstos son los hijos de Dios. He allí el Nuevo Régimen, la voluntad perfecta, la Perfecta Ley, la Ley de la Libertad. Cristo trajo en Sí al Espíritu que estaba detrás de la letra de la Ley, como lo anticipaban los profetas. Él ha sido el único hombre sobre la faz de la tierra que cumplió la Ley al agrado del dador de ella; de lo cual Dios mismo dio testimonio: “Éste es mi Hijo amado en el cual tengo contentamiento; a Él oid” (Mateo 17:5). Jesús había dicho: “Yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). La profecía lo anunciaba sin defecto.

Dios constituyó entonces a Cristo en nuestra Ley, identificándonos con Él por medio del Espíritu Santo. Los fariseos, con un celo ciego y sin ciencia, pensaban que el paralítico no debía cargar su lecho en sábado porque trasgrediría la letra de la Ley; pero el Dador de la Ley era el que había dado la orden a través de Cristo: “Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa”. De esa manera le hizo descansar. Ese era el reposo con el cual sería servido el paralítico, pues el sábado fue hecho por causa del hombre.

Entonces Éste Cristo inocente, sin mácula ni defecto, fue llevado a la muerte de cruz, para morir en lugar de todos nosotros los culpables. La Ley nos condenaba a muerte por trasgresión y naturaleza caída, y la verdadera trasgresión era desagradar al Padre. Eentonces Cristo murió la muerte a la cual también la Ley nos condenaba, y no solo desde Moisés, sino desde aquella sentencia cuando Dios dijo en el Edén: “El día que comiéreis del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, ciertamente moriréis”. El inocente Cordero de Dios fue nuestro sustituto. El inocente fue tratado como culpable, para que nosotros los culpables pudiésemos ser perdonados y recibidos regenerados por Su eespíritu como nuevas creaturas en Él, como inocentes, al recibirle a Él como Hijo de Dios, Salvador y Señor, resucitado de la muerte expiatoria, y recibir su expiación, confiando de corazón en ella. Cristo resucitó habiendo expiado nuestras culpas y al habernos crucificado, resucitado ascendido y escondido con Él en Dios. Al ascender y ser glorificado a la diestra de la Majestad en las alturas, derramó del Padre Su Santo Espíritu para capacitarnos para vivir Su vida, y solamente así poder agradar a Dios por la fe, y en el Espíritu vivir en Cristo Jesús para agrado del Padre.

Fue entonces Cristo quien cumplió la Ley, la magnificó y fue “más allá de la segunda milla”; fue Él quien luchó y venció, y entonces volvió a nosotros por Su Espíritu para hacernos participantes de la natruraleza divina, mediante una nueva creación provista del elemento de Su resurrección como don de la justicia y de la victoria perfecta, creadoa en la justicia y santidad de la verdad, a la imagen, por Su Espíritru, del que nos creó.

La Ley había cumplido su propósito: nos había hecho convictos de pecado y nos había condenado a muerte para conducirnos a Cristo como única esperanza. Entonces, en la cruz de Cristo, identificados con Él por la fe, recibimos el juicio de muerte, sufrimos el peso de la Ley y la justicia que demandaba muerte para el trasgresor. La justicia de la Ley fue satisfecha en la muerte por crucifixión de Cristo por nosotros, incluténdonos en Él, que fue hecho maldición por nosotros. Entonces resucitamos con Él, pues por el Espíritu nos dio Su vida, para que vivamos por Él, quien por el Espíritu que contiene el pleno cumplimiento de Su palabra, y para que así Él sea nuestra ley interior vivificante, puesto que la vieja y buena y eterna Ley ya había cumplido su justicia sentenciándonos. Ahora, por el espíritu cumplimos la justicia de la Ley. Quien está en Cristo permanece en sábado, pues Cristo mismo es el cumplimiento perfecto de todas las fiestas sagradas.

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Gino Iafrancesco V., 1974, Asunción, Paraguay.


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