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Diciembre del 2008

ACERCA DEL TESTIMONIO CONJUNTO DEL ESPÍRITU, LA ESCRITURA, LA IGLESIA Y LA TRADICIÓN

Por Gino Iafrancesco V. - 16 de Diciembre, 2008, 12:40, Categoría: General

 

ACERCA DEL TESTIMONIO

CONJUNTO DEL ESPÍRITU,

LA ESCRITURA, LA IGLE­SIA

Y LA TRADICIÓN

 

POR:

GINO  IAFRANCESCO V.

 


Acerca del Testimonio Conjunto del Espíritu, la Escritura, la Iglesia y la Tradición, escrito en Ciudad Presidente Stroessner, Paraguay, en octubre de 1981, hace parte del libro "Asuntos Eclesiológicos" de Gino Iafrancesco V.


Presentamos al HIJO DE DIOS, el Señor Jesucristo, IMAGEN MISMA DE LA SUBSTANCIA[1] Y REVELADOR DE LA GLORIA DE DIOS que se hizo carne en nuestra historia, Único fundamento de la Iglesia, resucitado, ascendido y esperado, en Gloria y corporalmente.

De Él dan testimonio: El Espíritu Santo, las Sagradas Escrituras y el Cuerpo de Cristo, que es Su Iglesia.  Estos tres testigos concuerdan: El Espíritu respalda a las Escrituras y a la Iglesia; inspira a ambas.  La Iglesia conserva y obedece a las Escrituras, y tiene y obedece al Espíritu.  Las Escrituras manifiestan lo que es del Espíritu y enseñan a la Iglesia.  El Espíritu no contradice a las Escrituras que Él mismo inspiró.  La Iglesia, que es guiada por el Espíritu y obedece a Él, está de acuerdo a las Sagradas Escrituras.

No Iglesia no debe torcer las Escrituras.  El Espíritu hace que reconozca a las Escrituras. Las Escrituras confirman la guianza del Espíritu y ponen de manifiesto la falsedad de otros espíritus y los desvíos de la Iglesia.

La Iglesia no canoniza el Canon; éste es canónico en sí. El Espíritu que inspiró las Escrituras es el que hace a la Iglesia reconocerlo y conservarlo. La Iglesia no tiene autoridad sobre las Escrituras para cambiarlas o hacerlas decir diferente de lo que por sí mismas dicen; es el Espíritu Santo el que tiene Autoridad sobre la Iglesia e impone a Ella las Sagradas Escrituras, enseñándole con ellas, para que ella enseñe al mundo.

La Iglesia es la Compañía de todos los regenerados en Cristo, hijos de Dios, que habiéndose antes reconocido pecadores en el mundo, se han arrepentido y han recibido a Cristo como Hijo de Dios, Salvador y Señor, identificándose con Su Muerte y Vida para perdón de los pecados y regeneración para vida eterna, y en su Gloria, mediante el Espíritu Santo.


Loa redimidos nacen de la Palabra de Dios por el testimonio del Espíritu Santo y/o las Escrituras y/o la Iglesia.  El testimonio indispensa­ble es el del Espíritu Santo, que convence al mundo de pecado, justicia y juicio, y que puede trabajar solo (Omnipotente y Soberano), junto con las Escrituras, o junto con la Iglesia, o junto con las dos, como quiso condescender a hacerlo habitualmente.

Solamente quien participa de la Vida de Cristo por Su Espíritu, es miembro de Cristo y de Su Cuerpo.

Es el Espíritu quien bautiza o sumerge en el Cuerpo; y es Cristo quien nos hace UNO e Iglesia.  No pertenece a la Iglesia o Cuerpo de Cristo ningún no regenerado, ni aunque aparezca nominalmente como un jerarca religioso. Es identificación con Cristo y no con una organización lo que regenera. Y sólo los regenerados mediante el NUEVO nacimien­to, del Espíritu, por fe consciente, son miembros de la Iglesia.  Toda la compañía de los renacidos en Cristo son la Iglesia.  Esta es la Iglesia de Cristo que cuenta con la guianza del Espíritu, el cual inspiró las Escrituras y el cual las impone a la Iglesia.  Ésta es una, el Cuerpo de Cristo, que abarca a todos los redimidos por Su Sangre, de todo tiempo y lugar, la Esposa del Cordero, regenerados por medio del Espíritu Santo, los cuales, como Cuerpo de Cristo, forman "las iglesias", una en cada localidad formada por todos los recibidos por Cristo en ese lugar; una iglesia por ciudad, que acoge a todos los renacidos en Cristo.

Los sistemas de organización, sean católicos o protestantes, no determinan los límites de la Iglesia; la regeneración por la Vida de Cristo sí determina tales límites.  Tampoco es cristiano el que en vez de entrar por la PUERTA, que es Cristo, pretende hacerse supuestamente cristiano adhiriéndose tan sólo exteriormente, como por la ventana, sin regenera­ción interior, a tal o cual sistema organizado.  Fe en la Palabra de Dios es requisito para la regeneración.  "Los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios[2]."


Cristo es la CABEZA que directamente dirige por Su Espíritu a la Iglesia, a cada miembro en particular y a todos en conjunto como el COORDINADOR.  Si la Iglesia le obedece al Espíritu que enseña con la Escritura, es guiada a toda verdad, y hasta donde ella haya sido fiel a Cristo puede testificar de Él al mundo.  El Espíritu testifica de Cristo; las Escrituras testifican de Cristo; la Iglesia, con el Espíritu y las Escrituras, testifica de Cristo el mismo testimonio hasta la medida en que ella misma lo haya aprehendido.  La autoridad de la Iglesia descansa, pues, en la medida en que ella misma esté bajo la autoridad del Espíritu que le enseña con las Escrituras y las establece; asimismo la autoridad de la tradición descansa en la medida en que tal tradición sea fiel al Espíritu que enseña con las Escrituras y las establece.  Cuando la Iglesia pervierte su tradición agregando y/o quitando y/o deformando, siendo infiel al Espíritu y a las Escrituras, cercena la autoridad de su testimonio. La Iglesia no tiene ninguna autoridad inherente en sí misma que sea independiente del Espíritu y de las Escrituras.

Cristo no nos dejó huérfanos; envió a Su Espíritu para dirigir a Su Iglesia, el cual inspiró las Escrituras y las impuso a la Iglesia para dirigir el curso correcto de su tradición, y para corregir sus perversiones. Las Escrituras fueron dadas por el Espíritu a la Iglesia para establecer sus tradiciones legítimas y para corregir sus desvíos.  La Iglesia reconoce a las Escrituras y las conserva, dirigida a esto por el testimonio directo del Espíritu.

Las tradiciones que habiendo pervertido su curso o incorporado elementos extraños, entran en pugna con la autoridad del Espíritu y de las Escrituras inspiradas para establecer y corregir con ellas tales perversiones en la tradición, caen bajo el anatema del Espíritu, que habla también desde las Escrituras vivificándolas hoy a y en la Iglesia.

El Espíritu Santo no puede cambiar, es el Mismo e Inmutable; el Evangelio tampoco puede cambiar; es eterno y su verdad es inmutable.  Las Escrituras deben decir lo mismo desde que fueron inspiradas por el Espíritu para establecer y corregir la Doctrina; pero en cambio la Iglesia, cada miembro en particular, puede ser fiel o infiel, perseverar o no, cambiar o no, y un candelero local puede ser o no ser removido.  La historia registra errores de cristianos, de obispos y de papas, de reformadores; errores morales y doctrinales, contradicciones interpapa­les, pugnas interconciliares, etcétera.  Sin embargo la Iglesia, no tal o cual organización o jerarquía, sino los regenerados, nunca ha quedado huérfana del Espíritu; además, ha conservado las Escrituras hasta hoy, pero ella misma ha sido muchas veces infiel, descuidada y desobediente; algunos han manchado sus ropas; pero siempre, en toda época hubo también algunos vencedores que aunaron su vida y voz eclesiásticas, es decir, de redimidos, al testimonio inmutable del Espíritu y las Escrituras. Hubo también muchos nominales no regenerados que incluso ocuparon cargos de relevancia en las jerarquías que llegaron a formarse progresi­vamente y con injusticias; no podemos decir de ellos que son la Iglesia, pues no fueron renacidos.


Una cosa es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, Compañía de todos los redimidos por la sangre de Cristo y regenerados por el Espíritu, y otra cosa es una institución jerárquica y meramente terrenal, muchas veces ajena al movimiento del Espíritu Santo y desobediente a las Sagradas Escrituras; jerarquía que en muchos casos no era ministerio espiritual sino política hegemónica e indigna espiritualmente.

Los límites del Cuerpo los establece la participación con la Vida de Cristo, no la conformidad a las pretensiones de una organización antibíblica, ni mucho menos a las de un usurpador.  Acerca de esta Iglesia de redimidos fundada sobre la Roca de la Revelación y Confesión del Cristo, Hijo del Dios Viviente, Jesús, se dice que será edificada y que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

De éstos muestra la historia evangélica una sucesión ininterrumpida hasta nuestros días.  Una sucesión que es comunicación de Vida y de Verdad, no de cargos y títulos altisonantes e ilegítimos, algunas veces conseguidos por dinero o por la fuerza o por engaño, etcétera. ¿Descansa acaso la autoridad de la Iglesia en una lista trunca, enredada y manchada con escándalos, de papas a veces en desacuerdo entre sí? ¿Es autoridad sentarse en un trono fabricado con falsificaciones, hegemonías fraudulen­tas y énfasis desentonados? ¡No, por cierto!  No es autoridad espiritual ni moral.  La esencia de la autoridad espiritual radica en la evidencia de la Vida reproducida de Cristo y en Espíritu y Verdad, en la comisión directa y personal de Dios, y en la Revelación; ésto nunca contradice las Escrituras ni sobrepasa su Espíritu.

Cristo, como Cabeza de la Iglesia, está con nosotros todos los días, y Él mismo constituye por Su Espíritu, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Él Mismo los llama, los comisiona y envía directamente.  Él Mismo confirma a los que unge, en el corazón de los discípulos que forman "las iglesias de los santos", y obliga a reconocer la gracia concedida directamente. Es recién entonces cuando el presbite­rio de la iglesia local aparta a los que Él ya ha llamado; la evidencia de la verdad hace que se extiendan manos de compañerismo.


Cristo mismo coordina, y esa coordinación nacida en el Espíritu de Cristo, dirige a la Iglesia a una administración santa cuyos principios fueron revelados en las Escrituras; el Espíritu Santo escoge a los obispos o ancianos de la iglesia de la ciudad, hombres de madurez espiritual, los cuales entonces son constituídos o designados oficialmente con imposi­ción de manos de parte de los obreros apostólicos regionales comisiona­dos directamente también por Cristo, mediante el Espíritu, de entre los presbiterios, y reconocida su autoridad espiritual y moral en la concien­cia de las iglesias, las cuales reciben testimonio del Espíritu, expreso principalmente entre sus presbiterios, más maduros para discernir.  La Iglesia prueba asimismo a los que se dicen ser apóstoles y no lo son; los prueba por el Espíritu, la Palabra y la Vida; no sólo por cartas de recomendación o certificados vacíos de contenido espiritual, que sin el respaldo de la evidencia vital, no dicen casi nada.

No podemos avasallar a la Iglesia; no podemos prescindir del aporte de ningún regenerado en Cristo, pues al ser recibido por el Señor, es miembro de Su Cuerpo, que es UNO y que se expresa en el tiempo y en la tierra en "iglesias" locales, es decir, sólo una por cada ciudad, a la comunión dentro de la cual, en Espíritu y administración, somos guiados solícitamente por el Espíritu para que el mundo crea: contra lo cual ciertamente ha pecado también el protestantismo, discriminando entre los hijos de Dios con criterios carnales, pues al hacer girar sus facciones alrededor de centros de compañerismo artificiales y denominacionales, no ha discernido el Cuerpo, estorbando su administración local escritura­ria, pues, ya que el Cuerpo es UNO, así, conforme a las Escrituras, sólo puede ser una la iglesia de la ciudad y una su administración; la iglesia, que se reúne en las muchas casas, es única en la ciudad. En Jerusalén eran varias las reuniones en diversas casas, pero era una la iglesia de Jerusalén; la iglesia en casa de Ninfas era la iglesia de los laodicenses; en Laodicea era uno el candelero; lo mismo en Éfeso, cuya iglesia podía reunirse en casa de Aquila y Priscila.

La Jurisdicción de los obispos o ancianos es la ciudad y en compañe­rismo coordinado de presbíteros. Hacia tal integración corporativa apunta el Espíritu Santo, sin dejar de denunciar las herejías y sin dejar de corregir las irregularidades, separando del mundo y liberando de Babilonia.


La Jurisdicción de las compañías de obreros apostólicos es la Región de su Obra, asignada a ellos directamente por el Espíritu.  Entre compañías de obreros debe haber compañerismo; que si bien atiende cada una su redil asignado, según su actividad y operación propias, no por eso levanta murallas ilegítimas que impidan la edificación mutua.  La diestra de compañerismo entre compañías de obreros significa plena comunión; trabajan para Cristo conjuntamente y no para sí mismas, separadamente; sus convertidos son para el Cuerpo, la iglesia de la ciudad, no para ser encasillados en sucursales competitivas.

Cristo es quien directamente por Su Espíritu coordina en Su Cuerpo a los miembros entre sí, en la iglesia de la ciudad o localidad; y Él Mismo también directamente coordina a los obispos o ancianos en el presbiterio de la iglesia de la ciudad; e igualmente, Él Mismo directa­mente coordina a los obreros apostólicos de la Región de sus respectivas Obras; también Él coordina la comunión de las iglesias entre sí. Su Vicario coordinador que congrega en unidad universal, real y espiritual, es por supuesto únicamente el Espíritu Santo; nadie más que Él lleva sobre sí la responsabilidad del trabajo total.

Cada miembro es responsable a Cristo; cada iglesia local o candelero también; igualmente cada compañía de obreros apostólicos en su obra regional.  La comunión universal sigue la guianza exclusiva del Espíritu según la sazón de Dios.

La Vida de Cristo por el Espíritu, se contiene a plenitud en este odre, y es comunicada ESPIRITUALMENTE por el testimonio íntegro y armónico del Cuerpo todo, conforme a las Sagradas Escrituras.  El Diálogo de la reconciliación se acrecienta en el vínculo de la paz que es Cristo, el cual se hace conocido al Cuerpo más y más en la comunión y edificación espiritual mutua hasta que el mundo pueda ver y creer; entonces las naciones habiendo recibido el testimonio de Dios en Cristo, y por Su Cuerpo en la demostración del Espíritu, se alistan para comparecer en juicio.

Dios ha venido, pues, al mundo y se ha dado a conocer en carne de humanidad en Su Hijo Jesucristo, vencedor sobre el pecado, la carne, el mundo, Satanás y la muerte; ha llevado sobre Sí Mismo en Su muerte el castigo por nuestros pecados, derramando Su Sangre para darnos perdón y Vida. Resucitó corporalmente al tercer día, y habiendo ascendido al cielo ante testigos, en el tiempo y la historia, en la carne y desde la tierra, ha sido glorificado y hecho Señor sobre el universo todo, visible e invisible. Intercede por nosotros para salvarnos por gracia mediante la fe que viene de oír Su Palabra.  Ha prometido volver pronto, y ya está cerca.  Derramó Su Espíritu Santo, el Cual promete a todo aquel que crea en Él.  De esto, más, y de Él damos testimonio.  Su Espíritu nos guía a toda verdad, nos introduce al Reino.  El Espíritu, las Escrituras, la Iglesia y la tradición os damos testimonio.



[1] En sentido de "hipóstasis" (Heb. 1:3).

[2] Juan 1:12

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Gino Iafrancesco V., octubre 1981, Ciudad del Este, Paraguay.

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CARTA ABIERTA AL JESUITA DON ANTONIO COLOM (1)

Por Gino Iafrancesco V. - 16 de Diciembre, 2008, 12:31, Categoría: General

CARTA ABIERTA AL JESUITA DON ANTONIO COLOM

PRIMERA PARTE

Ciudad Presidente Stroessner, Agosto 12 de 1982

Carta abierta.

 Hemos examinado la respuesta que el jesuita Dn. Antonio Colom dio por escrito al artículo de autoría personal ACERCA DEL TESTIMONIO CONJUNTO DEL ESPÍRITU, LA ESCRITURA, LA IGLESIA Y LA TRADICIÓN.  Esta es, pues, nuestra primera respuesta en diálogo a la primera respuesta suya, de la cual tenemos a mano una copia a máquina en cinco páginas, con insertos manuscritos; también una nota dirigida a nuestro común amigo Pedro, a la cual se adhiere una respuesta reelaborada en dos páginas.  Por lo dicho a Pedro en la nota: habiéndote señalado algunos (errores) en las hojas que te entregué escritas rápidamente al leer el escrito, entiéndese que la respuesta larga en cinco páginas (que lastimosamente recibimos incompletas) es la respuesta inicial.

 

I - Comienza el jesuita Colom citando con un pequeño error el párrafo inicial.  Cita él: revelación de la gloria de Dios, mas decía: revelador de la gloria de Dios con lo cual se reconoce de por Sí al Hijo de Dios como copartícipe de la Sustancia (en el sentido de esencia) Divina, que es lo que creemos.

Después de citar el párrafo inicial del artículo criticado, responde él: El Verbo, que se hizo carne, no es Imagen de la sustancia de Dios...

En la nota dice Dn. Antonio Colom:

Dicen que el Hijo de Dios es Imagen de la sustancia de Dios...esto no lo dice la Biblia...

Más adelante argumenta él:

Si el Hijo de Dios es imagen de la sustancia de Dios, tiene otra sustancia, y esta sustancia es Dios o no es Dios.  Si es Dios tenemos dos dioses...

En la respuesta elaborada, objeta: 1º La Biblia, ¿dónde dice que el Hijo de Dios sea la imagen de la sustancia de Dios?

 

 

 

 

Esta es, pues,  nuestra respuesta:

La Biblia (versión Reina-Valera, 1960) dice así en Hebreos 1:1-3:

Dios, habiendo hablado varias veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo y por quien asimismo hizo el universo;  el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder... se sentó a la diestra de la majestad en las alturas... (énfasis del autor).

Así, pues, que el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, es presentado por la Biblia como el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de Su sustancia (en el sentido de hipóstasis); en griego dice: χαρακτήρτ_ς _πoστασως α_τo_ (carácter de la hipóstasis suya).

Carácter (χαρακτ_ρ) significa imagen;

Hipóstasis (υπoστασως) se traduce como sustancia también en el sentido de subsistencia; tradúcese algunas veces ser y en ocasiones persona;

Suya (α_τo_) significa en este caso de El, es decir, de Dios, de quien habla ser el Hijo, el Resplandor de Su gloria y la imagen misma de su sustancia (es decir, de la hipóstasis suya).


Era este pasaje bíblico, y según la versión Reina-Valera 1960 arriba citado, el que teníamos en mente al iniciar nuestro artículo, con el entendimiento que aquí consta.  Claro está que nosotros con Dn. Antonio Colom,  entendemos que las citas bíblicas de 2 Corintios 4:4 y Colosenses 1:15, cuando dicen Dios, se refieren al Padre; también con él felizmente concordamos en afirmar que la sustancia (en el sentido de esencia) del Padre, es la misma del Hijo y es una sola el mismo Dios.  Pero si a Dn. Antonio Colom le parece que al decirse imagen misma de la sustancia (en el sentido de hipóstasis) como decíamos basados en Hebreos 1:3, hace al Hijo una sustancia diferente (en el sentido de esencia), u otro dios, eso no nos parece satisfactorio en vista de la cita aducida y nuestro entendimiento de ese pasaje.  Entendemos que en la esencia única divina, el Padre contiene en Su seno al Hijo, que es Su misma imagen, de manera que la imagen misma participa de la misma esencia, siendo en ella el resplandor.  Este resplandor es de la gloria de Dios, obviamente del Padre que se revela por el Hijo.  Así que cuando aludiendo a Hebreos 1:3, decíamos del Hijo de Dios ser la imagen misma de la sustancia (en el sentido de hipóstasis o subsistencia) y revelador de la gloria de Dios, entendíamos obviamente ser el Padre Dios, y el Hijo, imagen Suya, aunque distinto en persona, sin embargo el mismo Dios, quien en la esencia divina es la imagen por la cual Dios se revela a Sí mismo.  Tal imagen de Dios (2 Corintios 4:4;  Colosenses 1:15) es el Hijo, partícipe de la misma esencia con el Padre.  ESTO ES LO QUE REALMENTE CREEMOS, y por lo tanto nos resulta difícil rehusar leer en la Biblia, y repetirlo, que Dios habló por el Hijo...el cual es el resplandor de Su gloria y la imagen misma de Su sustancia (carácter de la hipóstasis suya) (Hebreos 1:3).  Sustancia, en este pasaje es traducción de hipóstasis en el sentido de subsistencia.  La intención del artículo criticado no era explayarse en definiciones teológicas de ese tipo, puesto que el tema era otro.  Claramente decíase en la página 6 que Dios vino al mundo y se dio a conocer en carne de humanidad por medio de Su Hijo Jesucristo.  Entendemos por Su Hijo al Verbo de Dios que estaba con Dios y era Dios, hecho carne, semejante a los hombres, así que es muy apresurado que se nos inculpe falsamente de negar la divinidad del Hijo.  Para una mejor comprensión de nuestro verdadero sentir y pensamiento acerca del importante tema, tenemos otro artículo acerca del Verbo de Dios[3].

Parece que el problema del jesuita Dn. Antonio Colom acerca de nuestro uso de la palabra sustancia como traducción legítima del griego hipóstasis en el sentido de subsistencia se debe a su enfoque no directo sobre las sencillas Escrituras, sino a través de las especulaciones, no necesariamente erróneas, de los siglos posteriores.  En el tiempo cuando escribióse la carta a los Hebreos, la palabra hipóstasis significaba sustancia, y ese era el significado normalmente usado por los filósofos, como lo atestigua también Jerónimo (376) en su carta a Dámaso.  Véase también el tomo a los antioqueños de Atanasio.  La epístola a los Hebreos se escribió antes del primer concilio de Constantinopla en el año 381, en el cual adoptose la expresión tres hipóstasis en el sentido de personas subsistentes.

La palabra hipóstasis fórmase de _π_ (traducido comúnmente:  bajo de, con, de, debajo de, por, etc.) y de _στασω o _στηψι(traducidos comúnmente: puesto, poner, establecer, permanecer, estar, pararse, presentarse, señalar, afirmarse, imputar, ser, perseverar, consistir, etc.)

La raíz _πό perfectamente puede traducirse sub; e ίσταvω, sistencia; de donde hipóstasis tradúcese legítimamente como sub-sistencia, lo cual en forma abreviada sería simplemente substancia.

Según Hebreos 1:3, el Hijo de Dios es el Χαρακτήρ (carácter: imagen misma) της (de la) _πoστάσως (hipóstasis: substancia) α_τo_ (suya; es decir, de Dios, según el contexto del pasaje; obviamente del Padre).

Así que Dios sub-yace en las características de Su imagen que es el Hijo, carácter de Su hipóstasis. Tal subyacencia es en la esencia, pues en la subsistencia distínguese tan sólo el Hijo como la imagen que es la exacta representación (del Padre) en el sentido de expresión o Verbo Unigénito.  Así que la esencia del Padre subsiste en el Hijo a quien el Padre reconoce ser Su propia imagen por la cual se da a conocer, de manera que el Hijo es verdaderamente, como está escrito, el carácter de Su hipóstasis, es decir, la imagen misma de Su substancia (en el sentido de subsistencia), conforme a la traducción bíblica arriba citada, la cual teníamos en mente al iniciar aquel artículo criticado.

Dn. Antonio Colom dice: El Verbo que se hizo carne no es la imagen de la subsistencia de Dios...

La Biblia (versión Reina-Valera 1960) dice en Hebreos 1:3 que:

...el Hijo...es el resplandor de su gloria y la imagen misma de su substancia.  (Entiéndese pues en este caso y en nuestro artículo, substancia como traducción de hipóstasis).

El jesuita Colom dice también que: si el Hijo de Dios es la imagen de la sustancia de Dios tiene otra sustancia... (Entendemos que traduce esencia \ousia]).   Pero nosotros al leer el citado pasaje bíblico permanecemos en el entendimiento de que la misma esencia de Dios que subsiste en el Padre subyace también en Su imagen que es el Hijo, por medio del cual se revela, siendo el Padre y el Hijo, con el Espíritu Santo, el único Dios.

 

II.  Dn. Antonio Colom en su crítica de nuestra declaración de Jesucristo como único fundamento de la Iglesia, afirma: Jesucristo no es el único fundamento de la Iglesia.  Es la piedra angular, pero apoyándose en Cristo hay otros fundamentos.


Reconoce, pues, también implícitamente con nosotros, el jesuita Colom, que los otros fundamentos se apoyan también en El (Cristo), y estos otros fundamentos, decimos, son aún la Iglesia.  Nosotros entendemos también sin ningún problema que estamos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas siendo la principal piedra, la del ángulo, Jesucristo (Efesios 2:20); igualmente creemos que la Nueva Jerusalén descansa sobre doce cimientos con los nombres de los doce apóstoles del Cordero (Apocalipsis 21:14), pero al declarar a Jesucristo como el único fundamento de la Iglesia, lo hacemos en el sentido de que incluso aquellos apóstoles y profetas son también la Iglesia;  los mismos doce apóstoles son la Iglesia, parte de ella, y Pedro mismo es parte de la Iglesia y él descansa, los apóstoles descansan, y nosotros descansamos, ayudándonos y compaginándonos unos y otros, sobre ese único fundamento que es Jesucristo.  No separamos a los apóstoles de la Iglesia, ni tampoco separamos a Pedro de la Iglesia.  Todos los santos en Cristo Jesús, incluídos los apóstoles y entre éstos Pedro, somos la Iglesia que descansa únicamente en Jesucristo.  Eso no significa que en la estructura de la Iglesia no nos ayudemos unos a otros, por medio de Cristo, sobrellevando incluso en Cristo las cargas unos de otros, y sirviéndonos mutuamente unos a otros según el ministerio de cada cual incluido el de Simón Pedro Bar-Jonás.  Mas toda la Iglesia, con Pedro en ella, descansa sobre Jesucristo; y en ese sentido Jesucristo es el único fundamento de la Iglesia (con Pedro y los demás apóstoles formando parte de ella); solamente Jesucristo es el Hijo de Dios que murió por nuestros pecados y sólo en base a su sacrificio somos salvos;  solamente en virtud de Su resurrección somos regenerados y sólo participando del Padre en el Hijo, y del Hijo por el Espíritu Santo, y del Espíritu Santo mismo, somos participantes de la naturaleza divina.  Es Cristo mismo nuestra justificación, santificación, redención y sabiduría (1 de Corintios 1:30), y aparte de El , dice el apóstol Pedro , no hay otro nombre en que podamos ser salvos (Hechos 4:12).  Si no participamos de El, no somos salvos, por más amigos que pretendamos ser de los apóstoles.  Y tan sólo si participamos de El, viviendo por El, somos miembros de Su Cuerpo que es la Iglesia Universal.  Jesús se presentó como el amigo de los pecadores, y hay muchos pecadores que fingen ser amigos de Jesús y Sus apóstoles, que sinembargo no le han recibido aún a El, personalmente, como Señor y Salvador de sus vidas, y que no están viviendo en la virtud regeneradora de su resurrección que obra en nosotros, convirtiéndonos por el Espíritu Santo.  Si mi salvación no descansa directamente en la persona del Salvador y en el perdón de Dios por méritos suficientes de la sangre preciosa de Jesucristo, el Hijo de Dios, entonces de nada me sirve forzar contra mi conciencia una aceptación, como infalibles, de montones de documentos papales abiertamente contradictorios unos con otros en varias ocasiones. ¡Qué horrenda herejía hacer descansar la salvación de nuestras almas en otra cosa que en la obra consumada de Cristo Jesús!

Qué diferente es leer en las escrituras al apóstol Pablo explicando el evangelio a la Iglesia, y creerle, que leer las tarifas papales para el perdón de los pecados, de un León X, papa aparentemente ateo, según consta en su escrito al cardenal Bembo, llamando fábula al evangelio y congratulándose del negocio, como lo atestiguaba también el cardenal Pico de la Mirandola.

Qué sencillo es entenderle al apóstol Pedro cuando explica en su primera carta: Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero sin mancha ni contaminación...y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra esperanza y fe sean en Dios (1 Pedro  1:18,19,21), pero qué extraño suena al respecto de cosa tan fundamental la interpretación papal, en la práctica, cuando, por ejemplo, Julio II, papa, en sus bulas concede indulgencias a quien hallando a un francés, lo mate, o a un veneciano;  o cuando conforme al aviso colocado en los templos en Madrid en 1830, los papas desde 1721 hasta 1827, por 43.000.000 de pesetas habían libertado a poco más de un millón de almas españolas del purgatorio o cuando Inocencio VIII (1490) editó en sus principios la tasas papales para el perdón de los pecados, las que años más tarde León X (1520), en tiempo de Lutero, hizo vender por toda Europa.  Bajo los auspicios del papa Gregorio XIII se publicaron en Venecia, París y Colonia, 25 ediciones del libro Taxa cameræ seu cancelaire apostolicæ”, y a Pío VI  le fue dedicado por Audofredo una obra donde enumera las ediciones de este libro publicadas en Roma.  Tal libro estipula el precio a pagarse al papa por el perdón de cada pecado; incluso, el soldado católico que no acertase a matar a un hereje, debía abonar 36 liras para su absolución.  A causa de la Reforma protestante el Concilio de Trento tuvo que acceder a desaprobar (exteriormente) tal libro, contradiciendo así a papas anteriores. 

Así que no tenemos la culpa de que nos resulte más fácil entender las dos sencillas cartas de Pedro, que las sospechosas interpretaciones papales, especialmente de los siglos medios.


Por lo demás, en lo relacionado a los doce apóstoles del Cordero, éstos son cimientos no en el mismo sentido en que lo es Cristo, sino que son los testigos oculares de Su vida, pasión y resurrección, fundamento que no puede aplicarse, como pretende Dn. Antonio Colom, a quienes les sucedieron después, y mucho menos cuando varios de los que pretendían sucederles se apartaban del testimonio de ellos, contradiciendo incluso sus mismas Escrituras, a pesar de haber sido ordenados en la línea de ellos.  Jesús envió a Judas Iscariote; Pablo, hablando a los obispos de Efeso en Mileto les dice que de entre ellos mismos se levantarían hombres que hablarían cosas perversas para llevar  tras sí a los discípulos; varios de los herejes condenados en los concilios ecuménicos, fueron ordenados legalmente;  la ordenación humana no garantiza la exacta transmisión de la verdad;  ésto sólo puede hacerlo la Providencia divina que está con nosotros directamente todos los días hasta el fin del mundo.  Basta comparar entre las obras patrísticas, las de sus maestros con las de sus discípulos, para constatar que en muchas ocasiones su teología difiere;  esto por causa del libre examen con que también ellos actuaron.  Cada uno responderá por sí mismo al Juez celestial.

 

 Continuará...

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CARTA ABIERTA AL JESUITA DON ANTONIO COLOM (2)

Por Gino Iafrancesco V. - 16 de Diciembre, 2008, 12:28, Categoría: General

CARTA ABIERTA AL JESUITA DON ANTONIO COLOM

SEGUNDA PARTE

III.  Dn. Antonio Colom dice:

"Jesucristo fundó su Iglesia sobre Pedro (y Pedro descansa en Cristo)..."  Nosotros por nuestra parte damos gracias a Dios porque al igual que Pedro, también descansamos en Cristo.

Dice además el jesuita: "La Iglesia de Cristo es la sociedad cuyo jefe es el sucesor de Pedro".  También el mismo comienza a esquematizar así:

"La Iglesia de Cristo: Primero, Pedro (...)".

En la segunda página de la respuesta reelaborada dice: "y  sobre Pedro (piedra) tenía que fundar Cristo Su Iglesia para que pudiese resistir todas las tempestades conforme a Mateo 7,24 y 25.  Sobre los apóstoles, teniendo Pedro la suma autoridad, se fue fundando la Iglesia..."

Más adelante dice: "Y esta sociedad jerárquica, fundada sobre Pedro y los demás apóstoles, y ahora sus sucesores (tenemos la lista de los papas desde Pedro a Juan Pablo II), tiene que durar hasta el fin de los siglos..."

 

Comienza nuestra respuesta expresando en primer lugar el punto hasta el cual podemos reconocer por las Escrituras, e incluso, la tradición patrística de los primeros seis siglos de la era cristiana, el privilegio concedido exclusivamente a Simón Pedro hijo de Jonás; pero más allá de ese punto no nos permite la conciencia, por la Escritura y la evidencia de la tradición de los primeros siglos cristianos, no nos permite, decíamos, admitir un énfasis desproporcionado y pretencioso, como el que caracteriza a la institución romano-papista.

Así que en carácter de miembro de Cristo, parte de Su Iglesia universal, y con el acuerdo del mayor porcentaje de las opiniones patrísticas (daremos datos más adelante), y con el contexto general de las Sagradas Escrituras, enfocamos pues inicialmente la exégesis del pasaje de Mateo 16:13-18 en relación a todo el Nuevo Testamento.

El Señor Jesús le preguntó a los suyos sobre lo que ellos decían acerca de quién era El.  El contexto ya nos indica que la conversación  giraba inducida por el Señor acerca de quién era El; entonces Simón Bar-Jonás respondió: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente", a lo cual el Señor Jesús ledijo: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás  (nombre y apellido circunscribiéndose exclusivamente a la persona de Simón),  porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.   Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca (no sobre ti) edificaré mi iglesia;  y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.  Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos"  (Mateo 16:17-19).

Simón Pedro Bar-Jonás es declarado bienaventurado porque el Padre le reveló de manera que pudo confesarlo que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente; por causa de esta confesión, el Señor le dice a Pedro: y yo también te digo que tú eres Pedro (es decir, piedra).  La palabra también en esta frase, liga la confesión de Pedro con la de Jesús.  Puesto que Simón Bar-Jonás confesó a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente, entonces también Jesús le confesó  a Simón como Pedro, piedra.  Ahora bien, el mismo apóstol Pedro declara que también nosotros, todo el pueblo del Señor, somos piedras vivas para ser edificados como casa espiritual y sacerdocio santo (1 Pedro 2:4-5)  ¿Qué es lo que nos hace piedras vivas? ¿Qué significa ser conciudadano de los santos e hijos de Dios, miembros de Su familia y de Su casa?  El hecho de creer con el corazón y confesar con la boca que Jesús es el Señor, el Cristo, el Hijo de Dios resucitado de los muertos[4], lo cual demostramos en el bautismo voluntario y viviendo en la virtud de Su gracia.


Simón Bar-Jonás fue convertido en piedra cuando gracias a la revelación de Dios (y no meramente repitiendo a carne y a sangre) confesó a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente.  Al igual que Pedro, nosotros también llegamos a ser piedras vivas para ser edificados juntamente cuando de la misma manera confesamos a Jesucristo (por revelación directa del Padre por el Espíritu Santo), identificándonos en público, voluntaria y personalmente, con El, para lo cual nos sometemos concientemente, cada uno (Hechos 2:38), a su bautismo (que significa inmersión), y procuramos andar en Su Espíritu.

Entonces Jesús, después de haber declarado: "Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella", (Jesús le dijo a Pedro: "a ti te digo que tú eres Pedro"); díjole también a él personalmente: " y a ti te daré las llaves del reino de los cielos"; pero no le dijo: sobre ti edificaré mi Iglesia, sino que le dijo: "sobre esta roca edificaré mi Iglesia".  De usar la segunda persona, pasó a usar la tercera, refiriéndose a aquella revelación del Hijo que Pedro había confesado.  La piedra sobre la que Jesús edifica Su Iglesia no es Pedro sino aquella confesión revelada directamente del Padre acerca de Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente.  Tal confesión del Jesús que nos revela el Padre nos liga a Este cual a fundamento.  Esto fue lo que le hizo a Simón Bar-Jonás una piedra del edificio, edificado sobre el fundamento, Cristo Jesús, que le reveló el Padre y que él confesó.  Esa misma confesión nos hace también a nosotros piedras vivas para ser edificados sobre la misma Roca sobre la que Pedro es edificado. ¿Qué puerta del Hades puede prevalecer contra nosotros cuando el Padre le place revelarnos al Hijo?  Jesús dijo: "...todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí" (Juan 6:45).  También dijo Jesús: "Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera" (Juan 6:37).  Esto fue lo que sucedió con Pedro y también con nosotros, gracias a Dios.  Hemos venido El, y ¿quién nos arrebatará de Su mano?  Creemos con el corazón y confesamos públicamente con la boca que Jesús es el Señor, el Hijo del Dios viviente, resucitado corporalmente y sentado a la diestra del Padre; le hemos invocado y hemos sido salvos, limpiados por Su sangre en la cual confiamos; hémosnos identificado con El en el Espíritu, por la fe, y también en las aguas bautismales, sumergidos en El y en ellas, sepultados a la semejanza de Su muerte y nacidos de El y en ellas a la semejanza de Su resurrección, de la cual por la fe participamos realmente en el Espíritu, el cual nos ha bautizado en Su Cuerpo[5] que es la Iglesia universal, una sola, manifiesta en cada época y lugar como las iglesias locales o candeleros, uno en cada ciudad que se compone de todas las "piedras vivas".

Reconocemos que a Pedro, es decir, Simón Bar-Jonás exclusivamente, diole el Señor las llaves del reino, cuyo uso quedó estampado en la vida del apóstol como queda suficientemente registrado en el Nuevo testamento; él abrió las puestas del reino a judíos y gentiles, en Pentecostés y en casa de Cornelio, respectivamente; ya fueron abiertas y quedaron abiertas también para nosotros, por las cuales entramos ya, creyendo de corazón su mensaje, cuyo núcleo esencial nos quedó registrado en las Sagradas Escrituras, presentándonos a Jesús.  Creyéndole a los apóstoles desde sus Escrituras, recibimos a Jesús siendo salvos de la misma manera en que lo fueron aquellos primitivos cristianos con los cuales somos un mismo Cuerpo, creyendo el mismo mensaje y poseyendo al mismo Cristo que nos liga en Espíritu.

Ahora bien, aquel privilegio otorgado a Pedro de atar y desatar en la tierra quedando también así en el cielo, lo tenemos también nosotros igualmente, pues fue dado por Jesús de la misma manera a toda la Iglesia, es decir, a cada iglesia local, como consta en Mateo 18:16-20.

El Señor Jesucristo es pues aquella piedra del ángulo en la cual creemos y sobre la cual, al igual que Pedro, estamos fundados, y por cuya virtud vivimos ligados a El directamente, y en quien somos coordinados vital y espiritualmente con el resto del Cuerpo[6].

Esta exégesis que presenta la Roca sobre la que es edificada la Iglesia como el Hijo revelado y confesado, es la central y más abundante del testimonio de la interpretación patrística.  El profesor Lannoy de la Sorbona, París, dio a conocer el resultado de la investigación: ocho de los llamados "padres" de la Iglesia interpretan la roca como todos los apóstoles; 16 como simplemente Cristo; 17 como Pedro; y 44 como la fe que confesó Pedro.  En el fondo puede permitirse la suma 16+44=60.  Incluso Agustín de Hipona, en sus Retractaciones, a los 74 años de edad, se retracta de haber enseñado en su juventud a Pedro como la roca, y presenta más bien a Aquel a quien confesó Pedro.


Pasamos a examinar ahora el pasaje que nos recuerda la ocasión en que Jesús dijo a Pedro: "apacienta a mis corderos".  Debemos recordar que antes de la triple negación de Pedro, Jesús se lo advirtió de la siguiente manera: "Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos" (Lucas 22:31,32).  Tras esto, Pedro le negó tres veces, pero arrepentido, y llamado del Señor, cuando Este resucitó, fue preguntado también tres veces: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?".  La pregunta era específica a Simón Bar-Jonás, la comisión también.  No habla aquí de sucesores.  Fue Simón Bar-Jonás quien le negó tres veces, pero vuelto, también tres veces se le encomienda apacentar Sus ovejas, lo cual sería el "confirmar a sus hermanos" después de haber vuelto de la caída.  Es algo personal y temporal a Simón Pedro Bar-Jonás, de lo cual no hay derecho de extenderlo a supuestos sucesores en tan sólo Roma; además, el alcance de esta comisión es difícil entenderla como universal en vista de las declaraciones del apóstol Pablo en Gálatas 2:7 y 8: "Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles)".  Pablo hablaba de límites de jurisdicción.  El Señor ha repartido Su viña entre Sus siervos y cada uno debe rendirle cuantas por lo que se le encomendó.

No es tampoco extraño para nosotros que el nombre de Pedro aparezca en primer lugar en las listas de los doce apóstoles, en vista de su privilegio de tener las llaves del Reino y de ser llamado a apacentar los corderos del Señor, pero ésto no debe entenderse más allá de la persona exclusiva de Simón Pedro Bar-Jonás.  También Pablo menciona en otro orden a las columnas de la iglesia en Jerusalén: Jacobo, Cefas y Juan, lo cual sería inaudito si en la mente de Pablo estuviera lo que está en las mentes de los seguidores de la corriente romano-papista del siglo XX, en las cuales se han amontonado siglos de prejuicios.

Al considerar los documentos escriturales y otros de la antigüedad cristiana, nos encontramos con un ambiente bastante diferente al de las pretensiones actuales, y eso a pesar de las interpolaciones, recortes y falsificaciones de que han sido objeto las obras patrísticas.  El Concilio de Trento comisionó a inquisidores para expurgar las obras patrísticas de manera que fuesen suprimidas también aquellas frases y hasta párrafos contrarios al papismo.  En 1564, Pío IV publicó el primer índice de obras a expurgarse; en 1571 fue publicado otro en Amberes; en 1584, otro en Madrid; en 1588, otro en Venecia, y en 1607 se publicó en Roma la edición especial, o sea, oficial, del catálogo de libros a expurgarse.  El papa Clemente VIII perfeccionó el índice de Pío IV.  Por ejemplo, las obras de Cipriano de Cartago, quien abiertamente se pronunció contra las decisiones del obispo de Roma, fueron por lo visto de alguna manera manipuladas, habiéndose recibido de la antigüedad distintos textos divergentes precisamente en el asunto del primado de Pedro.  También la famosa cita de Ireneo de Lyón aducida en favor de la supremacía de la iglesia de Roma, es abiertamente reconocida como espúrea por reconocidos comentaristas romano-papistas.  Si se comparan los saludos de las cartas auténticas de Ignacio de Antioquía, se observará que su alabanza a la iglesia caritativa de la Roma de aquella época, en nada es superior a la de los efesios, magnesios, filadelfos, esmírneos y tralios.  Basta también leer la carta de los romanos a los corintios por mano de Clemente de Roma para captar el ambiente de dos iglesias hermanas y peregrinas.  Así que ni las Escrituras ni la tradición patrística temprana refrenda el pontificado romano.  El sumo pontificado atribuíase heredado de Babilonia a los césares como personificaciones de la deificación del estado pagano.  Dámaso (366-384) tomó tal título para sí cuando el emperador Graciano rehusó.  El obispo de Roma Sirico reclamó jurisdicción universal, pero en sus días el imperio se dividió.  Fue recién con el concilio de Sárdica en el siglo IV, de tan sólo occidentales, cuando se aceptó por primera vez la autoridad primada del obispo de Roma.  León I (440-461) fue de los primeros obispos de Roma que por las circunstancias de la época obtuvo cierto éxito político con el argumento de que la Iglesia estaba edificada sobre los sucesores de Pedro, a saber, exclusivamente el obispo de Roma;  sinembargo, a pesar de todo, al estudiarse los documentos de las controversias de la época, hállase que su autoridad no era aceptada por las iglesias como infalible; poco más de un siglo después de él, aun el poderoso papa Gregorio I, obispo de Roma (590-604) decía que quien se hiciese o pretendiese hacerse obispo universal, es precursor del Anticristo.  Sinembargo su sucesor Bonifacio III (después de Sibiniano) era declarado obispo universal por el emperador Focas de Constantinopla en un juego político del siglo VIII, al igual que León había obtenido tal reconocimiento del emperador Valentiniano.  Fue la autoridad del emperador y no un encargo de Pedro, ni de las Escrituras, ni de la tradición, ni de las iglesias, lo que estableció al obispo de Roma sobre Occidente con pretensión universal siempre resistida.  A mediados del siglo VIII, el rey Pipino de Francia, dio a Esteban III el poder temporal.  Nicolás I (858-867) fue el primer papa en usar la corona apenas rehusada por Juan Pablo I en nuestros tiempos.


Falsos documentos tales como las falsas decretales pseudoisidorianas y otros, fueron de los que se sirvieron para refrendar la marcha del pontificado en la Edad Media, de manera que logró establecerse.  Pero aun así, antes de Pío IX y el primer Concilio Vaticano (1890), los papas no se consideraban todos infalibles, y así lo declaran abiertamente, por ejemplo, Gregorio VI y XIII, Clemente VI y VII, Inocencio II, Pablo IV, Adriano VI; este último dijo que los papas pueden equivocarse y que varios fueron herejes.  De hecho, dos sínodos señalaron 16 herejías de Juan XX (1330), y el concilio de Constanza, que quemó a Juan Huss, declaró también hereje a Juan XXIII (1410); León X, abiertamente sospechoso de ateísmo; Liberio (352-60) firmó una profesión de fe arriana negando la divinidad de Cristo; Zósimo se pronunció a favor del pelagianismo (417-8);  el monotelismo del papa Honorio fue condenado en tres concilios ecuménicos; Juliano dio el visto bueno a Marcelo de Ancira en su sabelianismo de lo cual Hipólito de Roma había también sindicado a Calixto.  El concilio de Trento anatemizó doctrinas de los papas Inocencio I y Gelasio I; Nicolás I y Gelasio se contradijeron en cuanto al bautismo, y Esteban II contradijo a otros papas en cuanto al divorcio; sobre esto se contradijeron también Celestino I, Inocencio III y Adriano IV; Alejandro VI ratificó con bulas sus lascivias conservándose de él dos bulas contradictorias fechadas en el mismo día.  Los requisitos de Eugenio IV para la ordenación, hacen inválidas las ordenaciones de los primeros 10 siglos cristianos.  Pascual II y Eugenio III se contradicen con Julio II y Pío IV en cuanto al duelo; en fin, suficiente para meditar e investigar mejor.  Cualquier hombre puede fallar, pero al tratarse de pretensiones de infalibilidad en asuntos de fe y moral, es preciso considerar muy detenidamente los hechos.

Además de esto, ¿por qué precisamente un obispo de Roma sería el sucesor de Pedro?  Las Escrituras y los documentos más antiguos muestran que los apóstoles nombraron presbíteros que eran los obispos en las ciudades con iglesia.  Tan sólo a partir de Ignacio de Antioquía (siglo II) se diferencian presbíteros y obispos y no en todas partes;  es de esperar que Pedro y Pablo nombraran obispos en muchos lugares (generalmente más de uno en cada ciudad es el registro bíblico.  Entre todos estos obispos, ¿por qué precisamente el de Roma?  La historia muestra a la política  haciéndolo, no al apóstol.  Además, las iglesias de Siria y Grecia son más antiguas que la de Roma, que se pretende la más antigua; aquellas iglesias no concuerdan con ésta.  La forma actual del romano-papismo es más nueva que la misma Reforma protestante, pues apenas se definió en la contrarreforma.  ¿Acaso una interrumpida y confundida lista de papas nos asegura la verdad?  No puede decirse con toda certeza que tales papas fueron sucesores de Pedro; la mayoría no fueron nombrados como Pedro hubiera nombrado a los obispos; tampoco se puede demostrar que todos se atuvieron a la enseñanza manifiesta del apóstol Pedro; por el contrario, los documentos muestran que le contradijeron en varias ocasiones; varios papas heredaron la "sucesión" al estilo "golpe de estado", o comprado el puesto, pero el Espíritu Santo no se compra.  Otros fueron hechos papas por familias poderosas de Roma, o reyes y emperadores de Francia, Alemania y aun de Constantinopla (Focas).  Ni la doctrina, ni la vida, ni la ordenación de Pedro corrió demostradamente por aquellos canales; por ejemplo, el papa Crecencio derrocó y estranguló a Benedicto VI; Benedicto IX abdicó por su tío Gregorio VI a cambio de rentas inglesas, pero volvió a reclamar el papado.  ¿Estará la infalibilidad sujeta a tales caprichos? ¿Son estos manejos transmisión de la verdad que es la vida, o al menos de la ordenación?   ¡Evidentemente no!  Hubo además largos períodos con antipapas rompiendo la cadena.  ¿Qué del ministerio de aquéllos ordenados y apadrinados por el papa Formoso? ¿Qué de quienes confiaron en tal administración de sacramentos?  Las ordenaciones del papa Formoso fueron anuladas por su sucesor Esteban (896) en el concilio cadavérico en el cual fue juzgado el cadáver desenterrado de Formoso, al cual, después de vestir espléndidamente juzgaron muerto y sentenciaron a muerte cortándole la cabeza al cadáver y los tres dedos de la bendición.  ¡Tal tipo de enredos nada tiene que ver con nuestra fe en Cristo!

La verdad divina no depende de tales supuestos sucesores; ella nos ha llegado ya por otros medios más seguros fundamentados principalmente en la Providencia divina, y es una posesión vital actual.  Jesucristo está vivo en el presente y tenemos comunicación directa con El, quien es la Verdad y la única Cabeza del Cuerpo, presente en todas partes; contamos con Su Espíritu, con las Sagradas Escrituras, con el Cuerpo de Cristo y aun con lo que en la tradición  demuéstrase legítimamente apostólico.

Amamos a la Iglesia universal y somos parte de ella; por medio del Espíritu Santo y la sustancia del evangelio la reconocemos, y nos ayudamos unos a otros a madurar en Cristo como miembros de El.  Es con dolor por Babilonia que salimos de ella por mandato de la Palabra divina, para no participar de sus pecados ni de sus plagas, pues los reyes de la tierra y sus naciones se han embriagado con las fornicaciones de la gran ramera vestida de púrpura y escarlata, ebria de la sangre de los santos[7]. ¿No es algo de eso la inquisición?

 Continuará...

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CARTA ABIERTA AL JESUITA DON ANTONIO COLOM (3)

Por Gino Iafrancesco V. - 16 de Diciembre, 2008, 12:21, Categoría: General

CARTA ABIERTA AL JESUITA DON ANTONIO COLOM

TERCERA PARTE

 

IV.  Por la crítica de Dn. Antonio Colom, parece que él no entiende la diferencia entre la Iglesia universal, una sola,  el Cuerpo de Cristo, y  las iglesias locales tales como la de Jerusalén, la de Antioquía, la de Efeso, la de Tesalónica y las de Galacia, las de Macedonia, las de Acaya, las de Judea, las de Asia, etc.

La Iglesia universal, compuesta de todos los miembros del Cuerpo de Cristo en toda época y lugar, comenzó a partir de Cristo con sus discípulos y el día de Pentecostés tuvo lo que podríamos llamar su inauguración, pues a partir de allí fue derramado plenamente el Espíritu Santo, quien es el que nos bautiza en el Cuerpo (1 Corintios 12:13).


La Iglesia universal tuvo un solo comienzo al cual estamos ligados todos los cristianos.  Y comenzó en Jerusalén, no en Roma; las iglesias de Judea, Samaria, Galilea, Galacha y las de Siria y griegas, etc. son más antiguas que la iglesia de Roma.

Nuestra fe, al nacer del testimonio directo de los apóstoles a través de sus escritos, es tan antigua como cuando Pablo escribía a los Romanos antes de visitarlos.  Nuestra fe ha nacido y se nutre por el testimonio directo de los apóstoles a través de sus escrituras; no nos apartamos de ese testimonio; además hemos sido también bautizados en las aguas por miembros de Cristo y de Su parte; el Espíritu Santo nos ha bautizado también, transformándonos y convirtiéndonos del mundo, del pecado y de la incredulidad, al Camino que es Cristo mismo reproduciéndose vitalmente entre nosotros (Juan 14:6).  No se nos puede destruir esta fe, pues ha sido el mismo Padre quien por el Espíritu Santo nos ha revelado al Hijo.  La sangre de Cristo nos ha limpiado de todo pecado y su virtud nos participa la santificación como experiencia real; incluso, el Espíritu Santo nos ha bendecido con dones espirituales, y a varios ha llamado directamente al ministerio del apostolado.  Además, en ningún momento nos consideramos otra iglesia; ni siquiera organizamos nada en forma exclusivista como supone el jesuita Dn. Antonio Colom en su crítica.  No tenemos necesidad de fabricar una organización exclusivista que pretenda ser otra iglesia; ¡no!  sino que ya pertenecemos a Cristo y El a nosotros, y somos ya parte de Su Cuerpo y recibimos a todos los verdaderos cristianos como una familia universal, respetando la jurisdicción ciudadana de cada candelero.  Y como dice el apóstol Pablo: a nadie conocemos según la carne (2 Corintios 5:16).

Ahora bien, en cuanto a la iglesia local a la cual acudir (Mateo 18:17), es lógico que la iglesia del lugar se funde apenas en la fecha de su comienzo particular, el cual es diferente en cada lugar.  Hay lugares donde aún no ha sido fundada la iglesia de allí; cuando lo sea, aunque en el futuro, eso no la hace menos verdadera, una vez que su fe sea la misma que predicaron los apóstoles cuyo núcleo esencial para la salvación está registrado, gracias a Dios, en las Escrituras[8].

Así que tratándose de iglesias locales, es decir, de ciudades o lugares, no nos afecta cuál sea primero o después;  lo que sí nos importa es que sea el mismo Espíritu y el mismo evangelio de Cristo y los apóstoles, para conocer el cual acudimos al Señor resucitado, Cabeza del Cuerpo, y a sus pronunciamientos más seguros los cuales están registrados en la Biblia, junto a la explicación de sus apóstoles; tenemos también el Espíritu Santo y apreciamos el ministerio del Cuerpo.  No tenemos tampoco problema en ayudarnos unos a otros y recibir ayuda, en Cristo, de cualquier miembro suyo conocido por sus frutos.  Si la tradición extrabíblica puede demostrarnos sin lugar a duda algo proveniente de Cristo y de los apóstoles que no se halle en las Escrituras, lo examinamos gozosos; pero una cosa sí decimos: Nada puede pretenderse de origen apostólico que contradiga sus mismas Escrituras.  Estamos al tanto de muchas innovaciones y perversiones a través de la historia; el diablo siempre ha intentado pervertir el cristianismo de manera que en parte lo ha hecho edificando a Babilonia en vez de a Jerusalén.

Nosotros empero nacimos en este siglo, y no tenemos la culpa de lo que ha sucedido en la historia.  Eramos pecadores mundanos perdidos, incrédulos e inconversos, pero ahora somos cristianos, y una cosa sí sabemos bien:  somos el fruto del Espíritu Santo a través de los escritos apostólicos, y amamos a la Iglesia universal, a todas las iglesias de los santos (Apocalipsis 2:23; 1 Corintios 14:33; Romanos 16:4) y buscamos en Cristo acrecentar y profundizar nuestra comunión, superando las divisiones creadas por el diablo.  Tenemos por cierto que tan solo la verdadera común participación con y en el Cristo vivo efectuará, como es Su ministerio, la perfecta reconciliación entre los verdaderos cristianos, nacidos del agua y del Espíritu, en la genuina regeneración evidente por sus frutos.  A tal reconciliación estamos dispuestos; pero pretender una mera unificación externa, política y hegemónica, ajena al Cristo vivo, es vano para Dios y aprovechable para el diablo y su anticristo.  Mostradnos a Cristo y os recibiremos.

Dn. Antonio Colom, al parecer justificando los malos frutos de los que fueron rociados sin creer ni querer, decía en su crítica así: se entra a formar parte de la Iglesia por medio del bautismo.  Y en la Iglesia de Cristo hay buenos y malos (véase la parábola de la cizaña, Mateo 13:24 y ss.).  La Iglesia de Cristo es la sociedad cuyo Jefe es el sucesor de Pedro.


En primer lugar respondemos que en la parábola de la cizaña no es la Iglesia el campo con trigo y cizaña, sino el mundo; el mundo es el campo donde el Señor sembró el trigo (Su Iglesia) y el diablo la cizaña (Babilonia); puede verse la interpretación de Cristo mismo en Mateo 13:37,38.  Sería un absurdo considerar regenerado a un impostor rociado, incrédulo, cuyo fruto es cizaña cual hijo del malo.  Si es hijo del malo (cizaña) entonces no es regenerado, y fue plantado por el diablo en el mundo entre la Iglesia, pero no en ella.  Pablo dice que es el Espíritu el que nos bautiza en el Cuerpo (1 Corintios 12:13) y éste se recibe habiendo oído con fe (Gálatas 3:5,14) mediante la cual invocamos al Señor en el bautismo (sumersión) en Cristo y en agua de parte de Dios.  Por eso el apóstol Felipe respondió al eunuco: Si crees de todo corazón, bien puedes (ser bautizado).

Una ceremonia de rociamiento sin fe (que no es bautismo) no regenera a nadie, pues está desprovista del contacto espiritual.  Nadie es regenerado por una fe ajena; es la vida recibida de Cristo, por la fe personal, concientemente, la que regenera.

Dn. Antonio Colom nos criticaba por decir que la Iglesia es la suma de los regenerados en Cristo, por el Espíritu; y enfatizaba el agua; pues bien, entre nosotros hemos recordado siempre las aguas bautismales, y los que llegan a creer son entonces bautizados (sumergidos) de parte de Dios en ellas, obedeciendo a Cristo; pero nuestro énfasis, sin desconocer el agua, es en la realidad espiritual, la fe personal y consciente, el acto voluntario, pues faltando esto, el agua por sí sola no tiene ningún poder regenerador, como también lo da a entender el apóstol Pedro en su primera carta (l Pedro 3:21).  Se trata, pues, del lavamiento del agua por la Palabra (Efesios 5:26), del lavamiento de la regeneración (Tito 3:5), la cual viene de recibir por la fe a Cristo (Juan 1:12; 1 Juan 5:1,4,5); 1 Pedro 1:24,3); tal fe la demostramos y confesamos en el bautismo voluntario.  Sostenemos, pues, la necesidad de nacer no sólo del agua sino también del Espíritu (Juan 3:5,6).

Faltando la sustancia de la fe y de la realidad espiritual, el rociamiento se convierte en un mero formalismo que a nadie regenera.  Pablo dice en Colosenses 2:12, que en el bautismo somos resucitados con Cristo mediante la fe en el poder de Dios que levantó a Cristo de entre los muertos.  Es esta la razón por la cual al hablar de regeneración, nuevo nacimiento, enfatizamos la fe y el Espíritu, precisamente para evitar la irresponsabilidad de los que se confían en la mera apariencia ritual y externa, atribuyéndole al agua ceremonial el poder regenerador, enajenados del Cristo vivo al que es necesario asirse por la fe, en la realidad espiritual.  Aun así, creemos y practicamos también el bautismo en agua, procurando hacerlo con toda seriedad y responsabilidad, pues no son las estadísticas lo que deseamos poblar, sino el cielo.


Ahora, Dn. Antonio Colom contra este contexto nos dice, al parecer ingenuamente, que la Iglesia de Cristo no son los regenerados sino la sociedad cuyo jefe es el sucesor de Pedro; nos parece que se engaña y nos quiere también engañar. ¿De qué tipo de sucesor habla?  Y, ¿sucesor en qué sentido?  Sabemos que se refiere al papa de Roma.  Pues, bien, todos los papas actuales, a quienes apreciamos en cuanto hombres e incluso amamos y por lo cual les somos sinceros en la manifestación de la verdad, todos los papas actuales, decía, son sucesores de Martín V, hecho papa por el concilio de Constanza convocado por el emperador Segismundo de Alemania.  Tal papa no recibió la sucesión de ninguno de los tres que le precedieron a un mismo tiempo: Gregorio XII de la línea de Roma, Benedicto XIII de la de Avignon y Juan XXIII de la de Pisa.  Estos tres fueron depuestos por el Concilio de Constanza. ¿Por qué? ¿Eran falsos?  Además, ¿con qué autoridad?  Si la línea de Roma desde Urbano VI a Gregorio XII era falsa, está rota la cadena, y si era verdadera, ¿por qué fue desconocida y por qué acató la deposición? ¿Acaso no se supone al concilio inferior al papa?  Y si cambian las cosas, ¿qué es lo que sucede? ¿Un título prohibido por Cristo con diversos contenidos?  Si la línea de Roma acató la deposición, se consideró a sí misma falsa, y entonces la línea de Avignon sería la verdadera, la cual a partir de Urbano VI pasó a Clemente VII, a quien sucedió Benedicto XIII que no acató la decisión del concilio.  Si la línea de Roma no era la verdadera, entonces lo era la Avignon y por eso el papa no acató la deposición del concilio, pero fue igualmente depuesta y repudiada hasta el día de hoy.  Los sucesores actuales no provienen de Avignon, y si es porque también esta línea era falsa, entonces no era sino comenzar de nuevo con Pisa, lo cual no es sucesión.  La línea de Pisa no es heredera de Roma ni de Avignon; no puede serlo pues fueron repudiadas; ¿cómo entonces iba a sucederle a Pedro?  Además, la línea de Pisa la heredó Juan XXIII a quien el concilio depuso por hereje y otras cosas, pues incluso negaba la inmortalidad del alma.  En nuestro tiempos, otro papa tomó el homónimo de Juan XXIII, lo cual significa reconocer la deposición de la línea de Pisa.  Así que Martín V, nombrado por el concilio de Constanza no es sucesor ni de la línea de Roma depuesta con acatamiento, ni de la línea de Avignon depuesta sin acatamiento pero abandonada, ni de la línea de Pisa que venía por el primer Juan XXIII también depuesto.  Entonces Martín V, a quien suceden los actuales papas, no heredó ninguna autoridad apostólica proveniente de Pedro, sino que proviene su autoridad política del concilio de Constanza, que demostró mayor autoridad que los papas deponiéndolos a todos y haciéndose de uno nuevo.  Así que los que pretendían ser sucesores fueron depuestos y los actuales no vienen de ninguno de ellos, pues ¿cómo suceder a depuestos?  Si fueron depuestos no eran verdaderos, y entonces se sucede a falsos o no se sucede a nadie.  La pretendida cadena está rota; y pensar que esta no es la única ocasión en que aconteció tal tipo de cosas, sino que es apenas un ejemplo entre varios.  Sí, varios papas fueron derrocados por sus supuestos sucesores e incluso condenados por estos mismos; varios fueron entronizados por reyes poderosos que no tenían de Pedro ninguna autoridad para constituir.  Para nosotros, pues, Dn. Antonio Colom, una lista de papas no significa nada; ¡si se conociese la verdadera historia de cada uno de esos nombres! ¿Son excátedra las bulas pontificias?  En ellas se permite matar contradiciendo a Cristo, se manda a desobedecer a las autoridades civiles contradiciendo Su Palabra, se legitiman mentiras, se anatematizan verdades y hasta hechos históricos, etcétera.

La verdad, la vida, el evangelio, el cristianismo, es muchísimo más que eso y hasta el día de hoy existen herederos de herencias de verdad más antigua que la misma fecha de la visita apostólica a Roma.

¡Qué necedad sería desprendernos de Cristo de sus Palabras seguras por los apóstoles en las Escrituras, y hacer depender nuestra salvación de las ocurrencias inesperadas de una galería tan variada!  Un solo Mediador tenemos entre Dios y nosotros: a Jesucristo hombre, en cuya virtud ha de vivirse. ¡ Que nadie pretenda separarnos de este Mediador interponiéndose! ¡Estamos asidos a la Cabeza y somos el Cuerpo! ¡Somos la Iglesia! ¡Tenemos Su Espíritu! ¡tenemos voz y voto!  Tenemos también responsabilidad por la cual respondemos directamente al Juez de toda carne: el Hijo de Dios, Jesucristo el Señor.

Al estudiar la historia, lastimosamente nos parece que la institución romano-papista ha sido la causa de terribles males, y aún hoy, es también triste decirlo, la multitud de su pueblo que se dice adepto a ella sin conocerla, son en su mayoría indiferentes, atrapados allí sin voluntad propia, y hasta usados para escarnecer, y lo que es peor, no conocen aún el camino de salvación, el Evangelio.  Basta una conversación para notarlo.  Perdóneme por favor si hubo un desmedido entusiasmo en esta respuesta, pero es así como expresamos nuestro sincero deseo por la genuina salvación de las almas; confiémosnos en el Hijo de Dios y Su sacrificio definitivo, conozcamos por la gracia de Dios la virtud de Su Espíritu que nos convierte verdaderamente a Dios.

 

 

V.  En el artículo criticado por Dn. Antonio Colom, decíamos que el Espíritu Santo inspira las Escrituras y a la Iglesia; usábase un tiempo presente literario, pero el jesuita nos corrigió diciendo que el Espíritu inspiró (pasado) a las Escrituras y ahora (presente) inspira a la Iglesia.  Muchas gracias, es verdad que es en el pasado que el Espíritu inspiró las Escrituras, no obstante también decimos que hoy el Espíritu Santo sigue operando a través de las Sagradas Escrituras.

Y para terminar, el jesuita Colom, preguntaba, qué queríase decir al decirse que la Iglesia no canoniza el canon;  éste es canónico en sí”.

Bien, es esto lo que se quiere decir: No es la Iglesia la que le da el carácter sagrado a los libros de la Biblia, sino que éstos son sagrados en sí mismos, y la Iglesia meramente los reconoce; en ese sentido, la Iglesia no tiene derecho de modificarlos; además, tales Libros hablan por sí mismos.  La Providencia de Dios, no tan sólo la Iglesia nos los conservó.

 

En Paraguay, 1982.



[1] En sentido de “hipóstasis” (Heb. 1:3).

[2] Juan 1:12

[3] “Opúsculo de Cristología”

[4] Referencia a Romanos 10:8-13; Gálatas 3:26; Juan 1:12

[5] Referencia a 1 Corintios 12:13

[6] Referencia a Efesios 2:20,22; Colosenses 2:19

[7] Referencia a Apocalipsis 17

[8] Juan 20:30,31; Efesios 3:3-6; Gálatas 6:16; 2 Corintios 1:13; Romanos 15:15,16; 1 Corintios 15:1-8; Filipenses 3:15-17; 2 Tesalonicenses 3:14; 1 Timoteo 1:15; 2 Timoteo 3:15;  Tito 3:4-8; 1 Pedro 5:12; 2 Pedro 3:1,2; 1 Juan 1:4,5-10; 1 Juan 2:1-6,7; 1 Juan 3:11,23; 1 Juan 5:10-13; Judas 3; Apocalipsis 22:6-10.
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Gino Iafrancesco V.,1982, Ciudad del Este, Paraguay.

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ACERCA DEL DISCERNIMIENTO DEL CUERPO DEL SEÑOR

Por Gino Iafrancesco V. - 16 de Diciembre, 2008, 10:52, Categoría: General


ACERCA DEL DISCERNIMIENTO DEL CUERPO DEL SEÑOR

 

Según el apóstol Juan, el Señor Jesucristo se presentó a sí mismo como el verdadero pan de vida que bajó del cielo y que da vida al mundo, y vida eterna.  “y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” dijo el Señor; “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo en El”. (Jn.6:48-58).

El Señor Jesucristo se presentó, pues, a sí mismo como el alimento que sustenta para vida eterna; y al presentarse, se presentó con carne y sangre (1ª Jn. 4:2; 5:6). Jesucristo fue y es un hombre verdadero (1ª Tim. 2:5; 3:16), El Verbo de Dios, que estaba con Dios y era Dios, se hizo carne (Jn.1:1-3, 14); siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, haciéndose semejante a los hombres (Flp.2:6, 7); sí, Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado (Rom.8:3) y fue tentado en todo conforme a nuestra semejanza pero sin pecado (Heb.4:15), pues no hay pecado en El (1ª.Jn.3:5); por lo que padeció, aprendió la obediencia (Heb.5:8) y Dios testificó de El, de antemano, que nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca (Is.53:4), y después testificó que en El se complacía (Mt.3:17; 17:5). Sí, Jesucristo vino en carne, mediante agua y sangre (1ª. Jn.5:6); vino a la tierra en un momento identificado y específico de la historia del hombre (Lc.2:1-7; 3:1-3) y ajustándose a la profecía (Mt.1:22; 2:17; 4:14; 12:17; 21:4,42; 27:9; etc.) marcó su huella, la más profunda; y como personaje indefectiblemente histórico, nos ofreció su carne y su sangre como verdadera comida y bebida para vida eterna. “El pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Jn.6:56).

De modo que en su carne y en su sangre está la vida. Murió por nosotros (Jn.6:53-57; 1Cor.15:3). En el Hijo está la vida (1Jn.5:11y 12), en el Hijo total; Dios nos dio al Hijo, sí, incluso su carne y su sangre. Jesucristo fue hecho por Dios justicia nuestra (2Cor.5:21). Nuestra justificación es Cristo, nuestra santificación es Cristo, nuestra sabiduría es Cristo, nuestra redención es Cristo (1Cor. 1:30); todo lo que pertenece a la vida y a la piedad lo tenemos en Cristo (2Pd.1:3). En El somos aceptos y estamos completos (Ef. 1.6; Col.2:10). Y cuando dice que Cristo nos fue hecho por Dios redención, incluyese allí la adopción; es decir, la redención del cuerpo (Rom.8:23); sí, el cuerpo de la humillación nuestra, el cuerpo de nuestra bajeza, será transformado, hecho incorruptible, resucitado a la semejanza suya y glorificado (Flp.3:21), todo esto en virtud del Cristo, nuestra redención. El Espíritu que le levantó de los muertos, vivificará nuestros cuerpos mortales (Rom.8:11), y su carne y su sangre nos alimentan con vida eterna (Jn.6:54); de manera que seamos resucitados total, completa y literalmente; es decir, espiritual y corporalmente. Sus palabras son espíritu y son vida.

Dios, a los que antes conoció, también predestinó, y a estos llamó, justificó, santificó y glorificó 8Rom.8:29,30). Sí, Dios glorificó; habla como en pasado consumado, hecho está; glorificó a los suyos; ¿cómo? ¿Cuándo? En Cristo Jesús. Dios nos dio a Cristo por sustento, por pan. Cristo resucitó literalmente de los muertos y  su carne no vio corrupción (Hch. 2:25-32; Lc.24:36-48), sino que fue glorificado; y nosotros, la iglesia, estamos totalmente unidos a El, viviendo por El, alimentados por su Espíritu, su vida, su carne y su sangre.

“Su carne” es dada como comida por la vida del mundo, y quien come de ella tiene vida eterna. El comer su carne y beber su sangre, está relacionado a la resurrección; “el que coma…tiene vida eterna y yo le resucitaré en el día postrero”. “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn.11:25); “El que me come vivirá por mí”. Así que al alimentarnos de El, sí, incluso de su carne y de su sangre, vivimos para siempre sustentando de El también el cuerpo de nuestra resurrección, pues El es nuestra redención; y como El fue glorificado, así lo fue la iglesia en El, pues vive de El comiendo de El, y su resurrección es nuestra vida, su virtud nuestro sostén. La iglesia está, pues, totalmente identificada con El, llegando a ser su mismo cuerpo (Ef.1:22,23); sí, carne de su carne y huesos de sus huesos (Ef. 5:30).

El mismo se repartió entre nosotros, sí, El mismo; su misma naturaleza nos hace partícipes de la naturaleza divina (2Pd.1:4); es por eso que en la noche en que fue entregado, tomó pan, sí, de aquel pan sin levadura que acostumbraba a comerse en la pascua judía, figura de Cristo; tomó pan y habiendo dado gracias lo partió y dijo: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí; y tomando la copa después de haber cenado dijo: bebed de ella todos; porque esta es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para la remisión de los pecados”. Sí, dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis en memoria de mí” (Mt.26:26-28; Mr.14:22-24; Lc.22:19,20; 1Cor.11:23-25).

En aquella ocasión, en la sinagoga de Capernaum, cuando El se presentó como el verdadero pan del cielo, cuya carne y sangre eran verdadera comida y bebida, muchos de sus discípulos dijeron que tal palabra era dura; entonces Jesús, entre otras cosas, añadió: “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son Espíritu y son vida” (Jn.6:60-63). Pablo apóstol habló del postrer Adán, Cristo, como Espíritu vivificante (1Cor. 15:45) y escribió también en la misma carta: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, participamos de aquel mismo pan…de manera que cualquier que comiere este pan y bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor… porque el que como y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí” (1Cor.10:16,17; 11:27-33).

De manera que al comer “el pan” hemos de discernir  “el cuerpo”, y quien come indignamente “del pan” será culpado “del cuerpo” del Señor; quien bebe indignamente de la “copa” será culpado de la “sangre” del Señor, porque ¿no es acaso la “copa” de bendición que bendecimos la comunión de “la sangre” de Cristo? Y “el pan” que partimos, ¿no es la comunión del “cuerpo” del Señor? (1Cor.10:16,17); entonces, cómase “así”, del pan y bébase de la copa, con discernimiento del cuerpo del Señor y en memoria suya (1Cor.11:26-34).

Por una parte, el sector católico-romano habla de transubstanciación; es decir, la conversión de la substancia del pan en la substancia de la carne, y la substancia del fruto de la vid en la substancia de la sangre; por otra parte, un sector del protestantismo habla de un mero símbolo o figura. Ahora bien, una declaración expresa de “cambio de substancia en las especies, no es específica en las escrituras. Ellas dicen: “coma así del pan y beba de la copa” (1Cor.11:28); no obstante, tampoco aparece por ningún lugar en la Escritura, la declaración expresa de que sea específica y exclusivamente un mero símbolo”; tal palabra, u otra afín, es extraña en este respecto a la Escritura; Jesucristo no dijo: -Esto simboliza mi cuerpo- , sino: “Esto es mi cuerpo”, “Esta es mi sangre”. El nos dio el pan y el vino en señal de repartirse a sí mismo entre nosotros, y se repartió real y verdaderamente entre nosotros, de manera que participamos de El mismo mientras comemos del pan y bebemos de la copa (Jn.6:48-57; 1Cor.11:29).

Pablo igualmente declara: “…¿No es la comunión de la sangre de Cristo?... ¿No es la comunión del cuerpo de Cristo?” (1Cor.10:16,17) nos habla de “la copa” y nos habla de “la sangre”. Por lo demás, un simple símbolo no sustenta para vida eterna; una mera representación no alimenta para la resurrección del día postrero; es la realidad de Cristo mismo, su presencia real, la que nos da vida. Participamos de la naturaleza de su misma vida, y no tan solo de una mera representación de ella. He ahí el distinto discernimiento entre Lutero y Zwinglio.

Ahora bien, sabemos que las palabras del Señor son “Espíritu y vida” y que El es “Espíritu vivificante” y que por El llegamos a ser realmente “participantes de la naturaleza divina”. Recibimos de su Espíritu por fe (Gal.3:2-5, 14; Jn7:38,39) así que comamos “así” “del pan” y discerniendo “el cuerpo” del Señor; bebamos “así” “de la copa” que es “la comunión de la sangre de Cristo” (1Cor.10:16). Tan solo la realidad del Cristo viviente nos hace miembros suyos.

Participar con El en completa identificación nos hace miembros de su cuerpo; entonces “el cuerpo del Señor” es también la iglesia (aplicada esta palabra exclusivamente con respecto a los miembros de Cristo, identificados con El en forma personal, mediante la fe: la iglesia) (Ef.1:22,23; 2:15,16).

Dice Pablo: “ Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1Cor.10:17) (Sigue llamándole “pan” a aquel del que participamos, no obstante haber declarado, y también con verdad: “El pan” que partimos, ¿no es la comunión “del cuerpo” de Cristo?). Así que al comer de “su cuerpo”, nos hacemos también  “su cuerpo”. Cristo había dicho: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo”, y quien come de Cristo tiene vida eterna, de Cristo todo, del Hijo. Entonces nos hacemos miembros suyos. Su Espíritu nos bautiza en un cuerpo (1Cor.12:13).

Cristo tiene, pues, miembros (1Cor.12:12). En la llamada 1ª carta a los Corintios Pablo nos dice: “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (12:12). No dice aquí: -Así también la iglesia- (como si fuera ella la que tiene los miembros), sino: “Así también Cristo”. Es decir, Cristo mismo es quien tiene muchos miembros, aquellos identificados personalmente con El, por fe, asidos directamente a la cabeza y viviendo en virtud de ella (Col.2:19). Entonces, los miembros de Cristo conformamos su cuerpo, el cual solo puede ser uno, porque Cristo no está dividido (1Cor.1:13).

Cristo es uno, un solo y nuevo hombre (Ef.2:15,16), repartido, más no dividido (1Cor.1:13), en cuya virtud, todos nosotros sus miembros somos uno, primeramente con El, y entonces, por lógica consecuencia, también uno entre nosotros por Cristo Jesús (Jn.17:23). De allí que el pan es uno solo.

Dice Pablo: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo, pues todos participamos de aquel mismo pan”. Así que “aquel mismo pan” es “uno solo”, “este pan”; no pueden ser dos, pues Cristo no está dividido. Pablo escribía a  los Corintios desde otra ciudad; en cada lugar se perseveraba en el “partimiento del pan”, “partiendo el pan en las casas” (Hch. 2:42,46); y eran varias las casas, pero Pablo dice: “nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo”; “Nosotros”, dice, ellos en Corinto, él en otra localidad, “participamos de aquel mismo pan”. Al hablar en presente, no restringe la interpretación a las veces cuando él estaba presente en Corinto; esto quiere decir que el pan debe ser uno solo; es decir, al celebrar la cena del Señor discerniendo el cuerpo, debemos tener presente a toda la Iglesia, estando la mesa abierta para todos los miembros de Cristo, que al ser recibidos por El, la cabeza, deben ser recibidos por todos los miembros de su cuerpo. (Rom.14:1-3; 15:7). Una mesa cerrada, que no recibe a todos los que Cristo ha recibido, no es la mesa  “del Señor”, ni conserva la unidad del pan; es apenas una secta, es herejía.

Si  mi hermano participa de la vida de Cristo en forma real, ¿quién soy yo para negarle el pan que le representa? Porque ¿qué es más: Cristo o el pan? Y si participa de Cristo, ¿por qué no del pan? Si participa de la sangre, limpiado en ella de todos sus pecados, ¿quién soy yo para negarle la copa? Pues ¿qué es mayor: la sangre o la copa? Si participa, pues, de la sangre ¿por qué no de la copa? Participemos pues, con dignidad y discernimiento y no hagamos otro pan, es decir, no limitemos el alcance de nuestro único pan que debe ser también el mismo pan de mis hermanos. Yo debo participar con su pan, si este es el mismo mío; pues no puedo escoger yo entre dos panes o dos mesas, pues no hay dos, pues Cristo es uno y no está dividido. O participo de la mesa de El, o no es del Señor de la que estoy participando.

Ahora bien, el recibir a todos los que El ha recibido, nos significa participar en pecado ajeno, anulando la disciplina. No participamos de aquello en lo cual Cristo no participa (Ef. 5:11; 1Tim.5:22), mas participamos en todo aquello en lo que El sí participa. Cristo no participa del pecado, mas puede perdonarlo (1Jn.3:5); no participa Cristo del error, mas puede corregirlo. La iglesia es santa porque Cristo es su santidad (Jn.17:19; 1Cor. 1:30; Heb. 10:10). No tiene la iglesia otra santidad aparte de Cristo; y Cristo todo es santo. La iglesia en Cristo es, pues, santa, y es una, porque Cristo es uno. Un solo y nuevo hombre repartido (mas no dividido) entre sus miembros que conformamos su cuerpo (Ef.2:14-16). En el mundo, el cuerpo se manifiesta en “iglesias de los santos” (1Cor.15:33; 4:17; Rom.16:4; Ap.2:23; 22:16), una por ciudad o localidad (Hch. 8:1; 13:1; 1Cor.1:2, etc.). Tal cuerpo se debe mostrar uno en cada localidad, uno solo el pan, una mesa; es decir, aunque sean muchas las cosas donde se parte el pan, existe la consciencia de unidad y la práctica de la comunión (Hch. 2:44-46). Muchos intereses personales, sí, intereses creados, han arrastrado a muchos al pecado de la división (Rom.16:17,18). De tal pecado también se rinde cuentas. ¿Tenemos consciencia de que participamos de un mismo pan? ¿ O nos hemos dividido haciendo otro pan, disponiendo otra mesa? ¿De quién es entonces esa mesa, acaso del Señor? He aquí que  a la mesa del Señor se sientan todos los que  El ha recibido, y “El que ama a Dios, ame también al que ha sido engendrado por El”  (1Jn.5:1).

“Yo en ellos para que sean uno” dijo Cristo (Jn.17:23). Cristo, pues, es el pan de vida del cual comemos todos los que somos miembros suyos. Alrededor de El, y solo por El, somos uno (Ef. 2:21); no alrededor de Roma, ni de Constantinopla, no alrededor del papa ni de Lutero, no alrededor de raza o nación, clase social o sexo, no alrededor de práctica o costumbre o énfasis doctrinal, o misión o líder (Col.3:11; Gal.3:28); aunque Cristo enseña también prácticas y doctrinas, pero es El, en última instancia y no ellas, el único centro legítimo de comunión, y ante solo El daremos cuenta los cristianos, cada uno, por su fidelidad o infidelidad, su error o corrección. En este contexto nos estamos refiriendo aquí a los cristianos renacidos (Rom.14:10). Recibamos, pues, al que Cristo ha recibido; por eso mismo, porque Dios lo ha recibido (Rom.14:1-3; 15:7). Y ejercítese la disciplina moral y doctrinal en la iglesia de la localidad (Ap. 2:2), administrada por su respectivo presbiterio (1Pd.5:5; Heb. 13:17; 1Tes. 5:12,13).

Dios juzgará; mientras tanto, seamos fieles a lo que hemos aprendido de El; sirviéndole, y a su cuerpo, como vencedores en cada localidad o ciudad donde alumbre el candelero que es la iglesia de la ciudad (Ap.2:7, 11, 17, 26; 3:5, 12, 21), soberana, hermana, responsable por sí misma y administrada por su propio presbiterio de obispos en comunión primeramente dentro de su propia ciudad (Tit. 1:5; Flp.1:1; Hch.14:23; 13:1; 27:17,28), mientras atienden las muchas ovejas, en las muchas casas, que se reúnen en diversos sitios de la ciudad, partiendo el pan en las casas, perseverando en la comunión unos con otros, unánimes, juntos y perseverando también en las oraciones y por supuesto, en la doctrina de los apóstoles (Hch.2:42), acerca de la cual leemos directamente de sus escritos: el Nuevo Testamento (Rom.10:8-13; 1Cor.15:1-8; Gal.6:16; Ef.3:4; 2Tes.2:15; 1Tim.3:16; 1Jn.5:11-13).

Un Cristo, un cuerpo, una iglesia local en cada ciudad, un presbiterio de ancianos u obispos en la ciudad con candelero (Flp.1:1), un solo pan, una mesa abierta para todos los recibidos por Cristo (Rom.15:7). Y también comunión entre obreros apostólicos regionales (Gal.2:9), y comunión entre iglesias de santos (1Tes. 4:10; 2Cor.8 y 9). En fin, como dice en Ef.4: Un Espíritu, un cuerpo, una misma esperanza, un Señor, una fe, un bautismo (en El), un Dios y Padre (Ef. 4:3-6).

Gino Iafrancesco V., abril 1982, Ciudad del Este, Paraguay.


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COYUNTURAS HISTÒRICAS PARA EL EXAMEN DE LA FALIBILIDAD PAPAL

Por Gino Iafrancesco V. - 16 de Diciembre, 2008, 10:40, Categoría: General


COYUNTURAS HISTORICAS

PARA EL EXAMEN DE LA FALIBILIDAD PAPAL


Con el presente ensayo se señalan algunas coyunturas históricas que deben ser examinadas cuidadosamente en honor de la verdad y de la conciencia, frente a las pretensiones de infalibilidad papal que se pretenden imponer a todos los cristianos por la institución romano-papal. No tengo el deseo de polemizar, ni de señalar errores ajenos, pues errores tiene todo hombre. Yo he cometido muchos errores en mi vida y debiera ocuparme principalmente de mis propios errores. Entre los hombres reconozco infalibilidad al Señor Jesucristo. Tampoco quisiera hacer perder el tiempo a otras personas avivando la llama de la polémica. Solamente quiero indicar algunas coyunturas históricas que a juicio de mi conciencia personal merecen un cuidadoso examen antes de poder aceptar las pretensiones de infalibilidad papal que un grupo de hombres propone, no siempre pacíficamente, a todos los demás para reconocerlos plenamente cristianos. Me juzgo plenamente cristiano a la luz  de lasSagradas Escrituras; pero ante las exigencias institucionales del romano-papismo encuentro dificultades en vista de las coyunturas históricas que señalo para un examen concienzudo.

Pedro es llamado por el romano-papismo de primer papa. El apóstol Pablo, en su epístola a los Gálatas escribe: “Cuando empero vino Cefas a Antioquía, en persona le resistí, pues se había hecho reprochable. Porque antes de venir algunos de parte de Jacobo, con los gentiles comía; pero cuando vinieron se retraía y se separaba, temiendo a los de la circuncisión; y juntamente fingían con él los demás judíos, de manera que incluso Bernabé fue arrastrado con ellos a la hipocresía. Pero cuando vi que no andan rectamente con relación a la verdad del evangelio, dije a Cefas delante de todos: - “Si tú judío siendo, como un gentil y no como un judío vives ¿cómo a los gentiles compeles a judaizar?” (Gal.2:12-14). Los puntos serios en este pasaje para una reconstrucción de fondo son las palabras de Pablo: 1) “No andan rectamente conforme a la verdad del evangelio” (Hoti ouk ortopodousin pros ten aléteian tou euaggelíon); 2) “¿Cómo a los gentiles compeles a judaizar?” (pos ta etne anagkadseis ioudaidsein). Las palabras fundamentales de Pablo aquí son: “ortopodousin” de “orthos” (recto) y “pous” (pie) en relación a la verdad del evangelio. La otra palabra es: “anagkadseis” (compelir u obligar).

También en el v.11 de Gal.2 aparece el verbo “kategnosménos”, pretérito perfecto perifrásico pasivo de “kataginosko” (contra-conocer, conocer algo digno de reprensión). Pablo conoció algo digno de reprensión en Pedro. Si tal cosa digna de reprensión, si tal ortopodusía carente, si tal obligar a los gentiles a judaizar, fueron apenas conductas y no enseñanza “excátedra”, es algo que el texto no es suficiente para dilucidar en lo histórico, pero sí suficiente para ver el ambiente apostólico del principio, un tanto diferente al actual.

Artemón sostuvo que Víctor (c.190), alistado en las listas de papas romanos, defendió la herejía de los melquisedequianos.

Hipólito de Roma luchó contra la herejía sabelianista por los años 199- 217, en contra de Calixto y Ceferino, también alistados en la lista de los papas de Roma, y que se resistían a condenar tal herejía.

Julio I (entre 337-352), en su encíclica “Anegnan”, aprobó al hereje Marcelo de Ancira en el año 341; después, en el mismo año, el Sínodo de Antioquía, con gran parte de ortodoxos, condenó el sabelianismo herético de Marcelo de Ancira, y del cual su discípulo Fotino dio claras muestras, y por lo cual el Sínodo de Milán lo anatemizó en el año 345.

Atanasio, Jerónimo, Filostorgio e Hilario de Poitiers informan de la caída del papa Liberio (e/352-366) al claudicar bajo la presión del emperador Constancio ante la fórmula arriana de Sirnio en 358, para poder retornar del destierro a Roma.

En el año 417, el papa Zósimo, en su carta “Postquam nobis” declara inocente al hereje Pelagio, y se admira de como “un hombre tan noble” haya sido calumniado. Pelagio le había presentado su confesión de fe en su “Libelus Fidei”. Luego de examinar Zósimo junto con su clero al hereje pelagiano Celestio, escribió la carta “Magnum Pondus” a los obispos africanos liderados por Agustín de Hipona condenando su precipitación en el caso de este pelagiano. Los africanos, viendo engañado a Zósimo, volvieron a pronunciarse de nuevo por la ortodoxia; ante lo cual Zósimo afirmó su “autoridad suprema”, pero también veladamente retrocedió, queriendo que las cosas quedaran como las había dejado su predecesor Inocencio I, de cuya posición él se había alejado y por lo cual el Sínodo Africano le había reclamado. Agustín de Hipona hubo, pues, de reencauzar el pensamiento de Zósimo.

El Sínodo de Cartago (550) excomulgó al papa Vigilio culpándolo de la herejía monofisita al suscribir él “Judicatun” prescribiendo los Tres Capítulos (Teodoro de Mopsuesti, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa). Ante la protesta de occidente, suspendió Vigilio indefinidamente su manifiesto. En una epístola, aunque había jurado ante el emperador Justiniano mantener la condenación de los Tres Capítulos, antes de celebrarse el II Concilio de Constantinopla convocado para tratar el asunto, poco después que Justiniano publicó su confesión de fe condenando los
Tres Capítulos, el papa Vigilio se opuso a él públicamente y huyó de Constantinopla a Roma. El emperador, en el Concilio, leyó un nuevo escrito de Vigilio y no lo acató y desterró al papa; entonces el papa retractó de nuevo su escrito y aceptó al Concilio que siguió al emperador Justiniano.

El papa Honorio (e/615-638) durante la controversia monotelita impuso silencio en sus dos cartas a la ortodoxia de Sofronio de Jerusalem, y en cierto modo apoyó la posición monotelita de Sergio de Constantinopla. Por lo cual, el IV Concilio de Constantinopla (680-681) y otros posteriores medievales anatemizaron como hereje a Honorio I. El papa León II, al suscribir las actas del IV Concilio de Constantinopla (VI Ecuménico), dio por razón al anatema contra Honorio I el que había permitido que la “sede apostólica” fuera afeada con una tradición herética.

El papa León Magno (440-461) impuso obligatoriamente el celibato a todo el clero, incluidos los subdiáconos, pero fue resistido principalmente en la Germania.

Por usar Cirilio y Metodio de Moravia la liturgia eslava, fueron citados por el papa Nicolás I, a instigación de los alemanes, que eran contrarios a ella. Pero su sucesor Adriano II (867) aprobó la liturgia eslava. Su sucesor Juan VIII de nuevo la prohibió, pero convencido por Metodio de Sirmio, la aprobó de nuevo. Muerto, sin embargo, Metodio, el papa Esteban V (916-917) la prohibió de nuevo.

Honorio II, después de 1215, aprobó una cruzada de Cristian de Oliva cisterciense contra los bárbaros infieles de Prusia, pretendiendo convertirlos a la fuerza; pero retirados los cruzados, obviamente los prusianos volvieron al paganismo.

La falsa Donación de Constantino y las falsas Decretales pseudo-Isidorianas, documentos del siglo VIII y IX, con las que refrendóse la creación de los Estados Pontificios, fueron usadas por el papa Silvestre II y por el papa Nicolás I. Contra Miguel Cerulario las usó León IX; y Gregorio VII las usó para ciertas exigencias a España. Sin embargo, ya en 1001, al serles presentados tales documentos al emperador Otón III, éste las rechazó por falsas. En la lucha de Eugenio IV contra el rey de Nápoles, Lorenzo Valla demostró su falsedad de nuevo. Los papas Esteban II y Adriano I recibieron del rey Pipino de Francia la restitución de los Estados Pontificios amparados por esos falsos documentos.

En febrero de 756 Esteban II escribe dos cartas al rey Pipino de Francia; y en la segunda se presenta como el mismo San Pedro que pretende protegerlo con su presencia, si Pipino cumple el Tratado de Quiercy de proteger los Estados Pontificios. Pipino lo hace en honor a San Pedro para remisión de sus pecados, como consta en su Respuesta al Embajador de Bizancio que reclamaba el Exarcado.

Pascual III canoniza a Carlomagno (que tuvo 9 mujeres) a instancias de Federico Barbaroja; por lo cual, con consentimiento eclesiástico, se le dio culto en Aquisgrán y alrededores. El rey Luis XI de Francia ordenó bajo pena de muerte celebrar su festividad, y la universidad de Paris en el s.XVII lo hizo su patrón.

De la carta “Non ignoramus” de Juan VIII se muestra éste condescendiente con Focio en relación al Filioque. Algunos apologetas de la infalibilidad papal intentaron declararla entonces apócrifa.

Nicolás I, excomulgó a Wadrada, amante adulterina de Lotario. Adriano II, su sucesor, levantó la excomunión.

Juan VIII excomulgó a Formoso. Su sucesor Marino I (882-884), levantó la excomunión y le consagró obispo de Porto a pesar del juramento de Formoso impuesto por Juan VIII en el sentido de que no ejercería nunca más las funciones sacerdotales. El papa Formoso (891-896) declaró nulas las ordenaciones de Focio, a las que Juan VIII, su anatemizador había validado. Formoso hizo con los aprobados de Juan VIII, lo que Juan VIII había hecho con él. Esteban VI (896-897) no reconoció el pontificado de su antecesor Formoso, el cual le había ordenado obispo de Anagni. Al invalidar su propia consagración episcopal por considerar indigno a Formoso, se hizo partícipe del concepto donatista y tertulianista tenido por herético. Esteban VI desenterró el cadáver de Formoso después de nueve meses y en el Concilio Cadavérico lo condenaron invalidando su pontificado y sus ordenaciones y profanando su cadáver, por lo cual, el pueblo despojó a Esteban VI y lo estranguló. Teodoro II (897), rehabilitó las ordenaciones de Formoso. Juan IX, venciendo a su oponente en la silla pontificia: Sergio, anuló el Concilio Cadavérico presidido por Esteban VI y quemó sus actas.

El papa Cristóbal I destronó y encarceló a León V (903), pero a su vez Sergio III destronó a Cristóbal I y lo encarceló junto a León V. Sergio III desconoció el pontificado de sus dos predecesores a quienes degolló; hizo además revalidar el Concilio Cadavérico, anulando las ordenaciones emanadas de Formoso y sus ordenados, y proclamando la necesidad de una nueva reordenación bajo pena de excomunión y destierro. Por lo cual, fue refutado de sus errores por el presbítero Auxilius en varios tratados. Sergio III había sido, sin embargo, ordenado por Formoso como obispo de Cere. Fue éste quien tuvo con Marocia como hijo al que había de ser el futuro papa Juan XI.

El papa León II (682-683) declaró hereje al papa Honorio I en carta al emperador.

Liutprande de Cremona, cronista de la época e intérprete del emperador Otón I, traicionado por el papa Juan VIII, refiere que el Sínodo de Roma del Año 963 acusó al papa de celebrar misa sin comunión, ordenar a destiempo y una escuadra de caballos, vender puestos episcopales y consagrar para esto a niños, asesinato de cardenal, multiplicación de adulterios, incendiario, beber vino a la salud del diablo, invocar a dioses paganos.

León VIII (963-965) en dos días recibió todas las ordenes menores y episcopales. Bonifacio VIII fue semejantemente acusado por Felipe el Hermoso de Francia.

Benecidto IX hecho papa siendo muy niño huyó en una revuelta causada por sus indignidades; entonces subió Silvestre III; pero luego regresó Benedicto IX y más tarde abdicó recibiendo rentas a favor de Gregorio VI (1045-1046) que fue depuesto en el Sínodo de Sutri (1046). Benedicto IX volvió al papado de nuevo, pero el Sínodo de Roma de 1046 lo depuso. El emperador Enrique III nombró entonces a Clemente II, pero muerto éste, volvió Benedicto IX; pero de nuevo el emperador Enrique III impone a León IX, quien proscribió el matrimonio de los sacerdotes y fue adalid de conquistas efímeras por las armas.

Alejandro II (1063) concede indulgencia plenaria a los soldados del normando Roberto Quiscardo para recuperar Sicilia de los sarracenos.

En la proposición 23 en el sílabos de errores condenados por Pío IX, se condena la declaración de que los papas y concilios ecuménicos han usurpado derechos de príncipes y errado en fe y costumbres.

Benedicto VIII en el Sínodo de Pavia  (1018) manda que los hijos e hijas de sacerdotes casados, a quienes se considera meramente de concubinos, sean reducidos a esclavitud o servidumbre. León IX, Nicolás II, Alejandro II y Gregorio VII excomulgaron a los sacerdotes casados si se atrevían a decir una misa. A los fieles prohíben tratarlos y asistir a sus misas. En el Concilio de Letrán (1123) se declara inválido el matrimonio de los sacerdotes, diáconos y subdiáconos, bajo el pontificado de Calixto II, contradiciendo así a las Sagradas Escrituras, con doctrina demoniaca.

El Concilio de Brixen (1080) decretó la deposición de Gregorio VII acusándole de herejía, magia, simonía y pacto con el demonio. Se eligió por sustituto a Clemente III.

Gregorio VII admitía la falsa Donación de Constantino. Véase el “Dictatus papa” extrafalarius.

Urbano II y Adriano III usaban también como Gregorio VII, la falsa Donación de Constantino para pretender propiedad sobre varias tierras al igual que sobre España y Britania lo hacía Hildebrando.

Pascual II (1111), bajo presión imperial de Enrique V, concedió al emperador el privilegio de investir a los obispos, por lo cual, en Roma y Francia algunos lo consideraron hereje, y un Sínodo lateranense (1112) anuló el privilegio. Pascal II quiso abdicar y retirarse; luego, en otro Concilio de Letrán (1116), se retractó confesando su error públicamente y pidiendo perdón.

Gelasio II (1118), concede indulgencia plenaria a los soldados de Alfonso el Batallador que mueran en la conquista de Zaragoza.

Calixto II, que antes de su pontificado había declarado hereje a Pascual II por conceder al emperador la investidura a los obispos, ahora la prohíbe a Enrique V en Borgoña e Italia, y la permite en Alemania, según el concordato de Worns.

Urbano II (1089) concede indulgencia plenaria a los peregrinos a tierra santa.

Juan VIII y León IV dicen que tiene entrada directamente al cielo el que muera luchando por la religión. Igualmente dice el Decreto de Graciano.

Los cruzados se obligaban con juramento bajo pena de excomunión a marchar hasta Jerusalem y no retroceder jamás. Ademar de Montiel obispo de Puy, de rodillas ante Urbano II fue de los primeros en juramentarse.

Gregorio VIII indulgencia la tercera cruzada. Gelasio II indulgencia la Conquista de Zaragoza. Inocencio III indulgencia la reconquista de España. Urbano II absuelve del voto de cruzado a Bernardo de Toledo.

Inocencio II (1139) en el  II Concilio de Letrán declaró nulos los matrimonios de clérigos. En su discurso de apertura sostuvo que la Jerusalem terrenal era nuestra madre cautiva por los agarenos, tergiversando así la epístola de Pablo a los Gálatas.

El Concilio IV de Letrán manda bajo Inocencio III sobre las vestimentas de judíos y mahometanos.

Inocencio III introdujo el título “Vicario de Cristo” en vez de “Vicario de Pedro”, aunque ya desde el siglo IX eran llamados así algunos obispos. Joaquin de Fiori había llamado al papa: “Vicario del emperador celeste”.

Inocencio III sostuvo que Melquisedec es figura del papa, por lo cual a éste corresponden las dos espadas: la espiritual directa y la material por medio del emperador. En carta al príncipe de Bulgaria Kelojam sostiene que el papa tiene derecho de quitar el reino a uno y poner a otro. Y falsamente dice que los papas fueron quienes trasladaron el imperio de oriente a occidente en Carlomagno, y por lo cual pueden disponer de la corona.

Honorio III (1219), por instigación de Federico II, dictó excomunión a todos los príncipes cristianos que no se presentasen en camino a Palestina en cruzada, el 24 de junio de 1219. Pero el 27 de septiembre de 1227, Gregorio IX excomulgó al mismo Federico II por no acudir tampoco él a la cruzada. Seis meses después lo excomulgó de nuevo. En 1229 lo excomulgó por tercera vez relevando a los súbditos del emperador del juramento de fidelidad. La excomunión la levanto Gregorio IX en 1230 a cambio de la devolución de los bienes eclesiásticos y un compromiso de no molestar al clero ni las elecciones episcopales. Pero lo volvió a excomulgar por cuarta vez en 1239 por apoderarse de Cerdeña. Inocencio IV indulgenció una cruzada contra Federico II y encargó a un dominico el predicar en Alemania una cruzada contra Conrado IV sucesor de Federico II a quien excomulgó por no haber asistido a una cita a rendir cuentas. Alejandro IV excomulgó a Manfredo por proclamarse rey de Sicilia en la catedral de Palermo, y predicó cruzada contra Ezzelino III. Luego Urbano III (1264) predicó la cruzada contra Manfredo y excomulgó a los genoveses que se ponían de parte de Miguel Paleólogo Bizantino.

Gregorio X (1274) en el II Concilio de Lyon decretó normas para el cónclave de cardenales para la elección papal. Decreto que luego derogó Juan XXI. Los Anales de Colmar hablan del papa Juan XXI (1276) como de un mago.

Martín V (1284) prohibió a Venecia, Génova, Pizza, Ancona y demás ciudades de Italia, comerciar con Sicilia y con el rey Pedro de Aragón a quien excomulgó por invadir Sicilia; lo descoronó y ofreció su corona a cualquier rey católico que invadiere Aragón y la conquistase. También excomulgó a Miguel VIII de Constantinopla a instigación de Carlos de Aragón que deseaba una cruzada indulgenciada para atacar Bizancio. Martín IV rompió así la unificación de Constantinopla y Roma en el Concilio II de Letrán.

Honorio IV (1285) predicó cruzada contra Alfonso IV de Aragón e instigó a Felipe el Hermoso a destronarlo y sustituirlo. Depuso además a los obispos que coronaron a Jaime I de Aragón sobre Sicilia, aunque recibió el reino legítimamente de Carlos II de Aragón, el Cojo.

Por consejo de los cardenales y en especial del futuro Bonifacio VIII, Celestino V (1294) renunció a la tiara pontificia. Subió entonces Bonifacio siendo recluido Celestino, a quien algunos sostienen, se le dio muerte con un clavo en el cráneo por orden de Bonifacio VIII para evitar que retomase la tiara como proponían los celestinianos y juaquinistas. Bonifacio VIII anuló las concesiones de Celestino V a los ermitaños celestinianos y otras concesiones.

En el tratado de Aragón estipulóse (1295) por convocación de Bonifacio VIII el repudio de Isabel de Castilla por parte de su esposo Jaime II excomulgado, para casarse con Blanca de Anjou. A Jaime II ofreció Bonifacio VIII en feudo Córcega y Cerdeña, a la par que prometió ayudarle a conquistarla. Con la bula “Clericis laicos” Bonifacio VIII excomulga a las autoridades civiles que exijan al clero taxas o tributos. La biblia manda pagar los impuestos. Por lo cual Felipe IV el hermoso acusó a Bonifacio VIII de prohibir el dar tributo a César. Entonces Bonifacio VIII con la siguiente Bula: “De temporus Spitiis” (1297) suaviza sus dos bulas anteriores, pues el clero francés se declaraba a favor del monarca godo. Bonifacio VIII con la bula “Etsi de Statu” (1297) deroga su propia Bula “Clerisis Laicos” (1296), permitiendo ahora usar los diezmos en la guerra contra Inglaterra. Bonifacio VIII en 1297 indulgenció una cruzada contra los Colona que no lo reconocían papa legítimo. En 1300 Bonifacio VIII proclamó Jubileo, año de perdón, no obstante, por la preciosísima sangre de Cristo, en cualquier tiempo podemos obtener el perdón de los pecados si nos arrepentimos sinceramente y creemos en El. Pero por la época de este Bonifacio se anunciaba el perdón por la peregrinación a Roma, y por visitar las Basílicas de Pedro y Pablo. Bonifacio VIII (1301) por la Bula “Salvatore Mundi” desempolva de nuevo su propia Bula derogada “Clericis Laicos” revocando las concesiones a Felipe IV. El papa Clemente V hizo raspar de la Bula de Bonifacio VIII “Ausculta Fili” lo ofensivo a Felipe IV. Terribles acusaciones se hicieron contra Bonifacio VIII en Louvre (1303) bajo juramento ante prelados romanistas y Felipe IV. Juan XXI le acusó de fatuo a Bonifacio. Algunos historiadores, como Weick, se atreven a sostener de Bonifacio VIII que era hereje, que no creía en la trinidad, encarnación, eucaristía, virginidad mariana, ni en la vida futura.

Inocencio IV en una Bula del 1º de julio de 1253 se puso a favor de las órdenes mendicantes en su conflicto con la universidad. Año y medio después se puso en contra de ellos con otra Bula, amenazando con la excomunión a quien oyera misa en los templos de los religiosos, a quienes también prohibió predicar en sus templos durante la misa parroquial o sin permiso del párroco. Pero meses después, el sucesor de Inocencio, Alejandro IV, en abril de 1255 se puso de nuevo a favor de los religiosos en su conflicto con la universidad, amenazando a ésta con la excomunión si no recibía en su seno a los maestros dominicos y franciscanos.

Pablo III (1510) sustituyó el voto de castidad de la orden militar de Calatrava aprobado por Alejandro III (1164) y confirmado por Inocencio III (1199) cambiándolo por la defensa de la inmaculada concepción de María.

Alejandro III extendió el decretó de Inocencio III contra los Albigenses confiscándole sus bienes; los confiscó además a los difuntos tenidos por herejes. Alejandro III (1179), después de conceder a los príncipes católicos que apresen a los Albigenses y les confisquen sus bienes, a partir del III Concilio de Letrán concede indulgencias a quienes tomen las armas contra los Cátaros y otros.

Gregorio IX (1224) aprobó la ley imperial de quemar vivos a los lombardos herejes, o al menos cortarles la lengua.

Inocencio IV aprobó y animó la tortura en los tribunales eclesiásticos en su Bula “Ad Estirpand” (1259) contradiciendo a Nicolás I que en su epístola seis tan solo aprobaba la confesión espontanea.

Con la Bula “Rex Pacificus”, Gregorio IX (1254) estableció sus Decretales como la única auténtica colección desautorizando las demás colecciones; sin embargo Raimundo de Peñafort, que fue el compilador de Gregorio IX, eliminó y acomodó textos antiguos añadiendo nuevos.

Contra las opiniones teológicas de Juan XXII en lo escatológico, se levantaron varios teólogos, entre ellos el futuro Benedicto XII que refutaba a Juan XXII en su obra “Del estado de las almas antes del juicio final”. Ante tales reacciones, Juan XXII se defendió diciendo que no había definido nada sino apenas expuesto textos bíblicos y patrísticos para suscitar a un examen teológico. Sostuvo en público consistorio que estaba dispuesto a retractar su enseñanza errada si incluso un niño o una mujer le demostraban su error. De hecho, antes de su muerte y ante los cardenales modificó su antigua confesión manteniendo sin embargo ciertas restricciones a la visión beatífica de las almas de los justos separadas de sus cuerpos; restricciones no reconocidas por Benedicto XII (1336).

Clemente VI (1343) ordenaba por la Bula “Polita retro” a Ludovico de Baviera a despojarse del imperio, luego le mandó que sin licencias de la sede papal no dictase más leyes en su reino y que suspendiese todos los decretos dados hasta allí. Y en Bula posterior “Olem  Videlicet”, lo maldijo, excomulgó y declaró sin poderes imperiales. Clemente VI nombró rey de las Islas Canarias, no conquistadas, ni cristianas, ni papistas al conde español Luis de Claramont con la condición de hacerlas vasallos del papa.

Juan XXII (1328) excomulgó al patriarca de Aquileia, y a varios arzobispos, obispos y abades; los suspendió y sometió a entredicho sus jurisdicciones, por no pagar el tercio de su renta anual como honorarios por el nombramiento, o la confirmación de su elección, consagración o traslado.

Urbano IV (1367) concedió indulgencia plenaria a quienes por un poco de espacio llevasen de Asís a  Toledo el féretro del cardenal Albornoz, reconquistador de los estados pontificios para el papa.

Gregorio XI excomulgó a los florentinos, prohibiendo conversar y tratar con ellos, o comerciar, o ayudar. Permitió a todas las naciones papistas robar sus bienes a cualquier florentino que viviere allí, lo cual se hiso por instigación del papa.

Urbano VI (1378) amenazaba con la deposición al emperador y a los reyes que no le rindieran homenaje, presentándose como superior a todo el mundo y hasta jactándose de poder excluir a los hombres del paraíso.

Inocencio III acataba el decreto Graciano donde consta que el papa puede ser depuesto por el concilio, si es hereje.

El Concilio de Pizza (1409) condenó a los papas Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Avignon como herejes, perjuros, cismáticos y escandalosos, deponiéndolos y quemando sus dos maniquíes con mitra. Fue nombrado entonces Alejandro VI, pero los de Roma y Avignon no cedieron. A Alejandro VI sucedió Juan XXIII, de quien el Concilio de Constanza anuló sus condenaciones y censuras. Depuso a los ya depuestos en Pizza y aceptó la dimisión pontificia de Juan XXIII prometida, pues ya en la sesión siete, el concilio le consideró hereje, simoniaco, incorregible, escandaloso; en la sesión doce lo depuso, a lo que se resignó Juan XXIII devolviendo el anillo papal y el sello de las bulas, y postrándose ante Martín V su sucesor elegido en Constanza, el cual de nuevo hiso cardenal a su antecesor Juan XXIII. Gregorio XII legitimando al igual que luego Martín V, el concilio de Constanza, abdicó. Gerson por su parte, acusó a Benedicto XIII de Avignon que estaba renuente a abdicar como culpable de herejía eclesiológica. El concilio lo depuso prohibiendo severamente obedecerle. Benedicto XIII anatemizó al concilio y cada “jueves santo” anatemizaba a los que le abandonaban. Hiso jurar a sus cardenales que a su muerte elegirían otro papa, lo cual hicieron con Clemente VIII que luego en 1409 se reconcilió con Martín V.

Eugenio IV (1433) en su Constitución “Dudum Sacrae” revoca presionado por el concilio de Basilea su propia bula que disolvía el concilio al que tampoco pudo trasladar a Bolonia debido a la resistencia cardenalicia. Igualmente, bajo presión conciliarista, modificó su bula “Dudum guidem”, sustituyendo la fórmula pontificia “Volumus et Contestamus”, a pesar de haber expresado al Dux de Venecia que antes de modificar la primera fórmula pontificia preferiría morir a perder la dignidad pontificia. A pesar de todo, el Concilio de Basilea depuso a Eugenio IV, declarando al concilio superior al papa, y declarando hereje a éste y a quienes negaran la superioridad del concilio. Entonces eligió el concilio, para el pontificado a Felix V, un adinerado conde ginebrino laico que luego abdicó después de haberse asegurado la absolución eclesiástica y un cardenalato, del sucesor del depuesto Eugenio IV y Felix V: Nicolás II. Alemania, en concordato con Eugenio IV, había conseguido que éste reconociese decretos de los concilios conciliaristas de Constanza y Basilea. Decretos confirmados luego por Nicolás V quien también confirmó resoluciones de Felix V. Nicolás V (1453), organizando una cruzada contra los turcos a la caída de Constantinopla, concede indulgencia plenaria a quien se aliste  o envíe soldados contra Mohamed II.

Martín V (1418) y Eugenio IV aprobaron los ataques portugueses contra los moros del Africa del norte. Nicolás V concedió indulgencia plenaria en la bula “Cum nos in terris” (1452) a quienes ayunando cada viernes ayudasen a defender la ciudad Ceuta de Marruecos de los moros a quienes se la conquistó Juan I. Y con la bula “Dum diversas” Nicolás V (1452) exhorta a Alfonso V a atacar a los paganos infieles y sarracenos y conquistar sus tierras, concediendo indulgencia plenaria a quienes vayan a la guerra. En 1455, con la bula “Romanus Pontifex”, Nicolás V concede al Infante don Enrique el navegante y al rey de Portugal las islas y costas de Guinea y el Africa meridional, sus puertos, provincias y mares invadidos. A los de Castilla concedía las Islas Canarias. Calixto III confirmó las entregas a Portugal, de Nicolás V y las extendió con su Bula “Inter Caetera” (1456). Calixto III mandó a la orden de San Agustín predicar la guerra santa bajo pena de excomunión, pues se había juramentado en su elección a la reconquista de Constantinopla de los Turcos. Ordenó celebrar una vez al mes, misa contra los paganos, y es legendario ya el hecho que lanzó la excomunión contra el cometa Halley cuando este apareció. Dice la leyenda que ordenó Calixto III tocar las campanas contra el cometa excomulgado. La universidad de Paris apeló al concilio universal de las bulas de cruzada de Calixto III, y los príncipes electores alemanes reaccionaron contra la codiciosa explotación de diezmos e indulgencias. Los sínodos de Frankfurt (1456) y Salzburgo concluyeron que la cruzada contra Turquía predicada por Calixto III era solo un pretexto para enriquecer a los nepotes pontificios. Calixto III asuzaba contra los turcos incluso a los no católicos, escribiendo, por ejemplo, al Negus de Etiopía Zara Jacob y al rey de Persia y Armenia: Usunh Assan. Calixto III, en su bula “Romani Pontificis” (1456) confirmando la anterior “Etsi Nonuquam” a Enrique IV de Castilla concede por primera vez indulgencias para los difuntos con miras a la cruzada contra los Turcos.

Pío II (1461) escribió una carta al sultán Mahomed II exhortándole a convertirse al cristianismo y prometiéndole el imperio oriental y de Bizancio, y diciéndole que entonces “habitará el leopardo con el cordero y el ternerillo con el león; las espadas se convertirán en hoces, arados y azadas”; lenguaje que alude a la época mesiánica.

Sixto IV (1476) concede indulgencias a quienes celebren la festividad de la inmaculada concepción de María, proclamada en el Concilio de Basilea.

Inocencio VIII (1492), recibiendo del Sultán Bayaceto la supuesta lanza que atravesó el costado de Jesucristo, se postró ante ella y la ofreció a la adoración del pueblo.

En el período de Inocencio VIII se falsificaron varias bulas; descubierto el culpable, fueron conducidos a muerte. El cronista Infressura asegura que por aquella época Inocencio VIII publicó una bula permitiendo el concubinato en Roma. Los defensores del papado obviamente las consideran espúreas.

Llegado a este punto de la investigación, percibí claramente en mi espíritu que el Espíritu Santo me desalentaba para no seguir con ella; por lo cual aquí termino.

Gino Iafrancesco V., Paraguay, marzo de 1983.

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BREVE INTRODUCCIÓN AL DISCERNIMIENTO DEL CONFLICTO DE PARADIGMAS (3)

Por Gino Iafrancesco V. - 11 de Diciembre, 2008, 13:02, Categoría: General


 

BREVE INTRODUCCIÓN AL DISCERNMIENTO

DEL CONFLICTO DE PARADIGMAS

(3)

 

 

Distinción entre revelación general y revelación especial.-

 

Como metodológicamente correspondería, antes de adentrarnos un poquito en las consideraciones de bibliología histórica, como campo especial donde se da el conflicto de paradigmas, convendría no pasar por alto la necesaria antesala de lo que ha sido llamado la revelación general y su conexión con la teología natural. Por una parte, desde los albores mismos de la humanidad, ha acompañado al hombre la revelación divina especial (Gn.2:16-18; 3:8-19, 21-24; 4:6-16; 6:13-22; 7:1-5; 8:15-17; 9:1-17).

 

Ésta última, como testimonio de la intervención actuada y hablada de Dios directa y personalmente para con el primer hombre, y los demás, desde el principio, se distingue del testimonio indirecto, esperando ser deducido y percibido por el hombre, acerca de Dios, a través de las huellas divinas en la naturaleza (Job 12:7-9; Salmo 19:1-4ª; Hchs.14:17; 17:26-29; Rom.1:18 a 2:16). Así, pues, que, por una parte, hay una diferencia cualitativa entre la revelación meramente general a todos los hombres, por medio de las cosas creadas, y la revelación especial como intervención histórica y redentiva, además de directa y canónicamene registrada, en la historia humana, que ahora podríamos llamar sagrada, dirigida también a todos los hombres sin excepción (Ezq.33:11; Mr.16:15, 16; Hchs. 17:30, 31; Col.1.28; 1Tim.2:4; 2ªPd.3:9; 1Jn.2:2).

 

Distinción entre revelación general y teología natural.-

 

Por otra parte, también existe, como bien lo señala G. C. Berkouwer juntamente con su bibliografía comentada, especialmente en sus Estudios de Dogmática, una distinción ontológica y epistemológica entre revelación general y teología natural. Revelación general se refiere al hecho divino de la intención cumplida de Dios de revelarse, aunque solo sea parcialmente, aunque también verdaderamente, por medio de sus obras creadas. En cambio, teología natural se refiere al percibir humano de esa revelación general. La falta, en el barthianismo, de esa distinción ontológica y epistemológica necesaria, hicieron que el moderno asalto de Karl Barth a la teología natural, resultase neutralizado. Ni siquiera Calvino, al que pretendía en parte regresar Barth, tuvo tal confusión epistemológica, de confundir los planos de la oscura percepción humana y el hecho divino y objetivo de la revelación. La ceguera del hombre caído no disminuye la realidad objetiva del actuar divino; y por lo contrario, conmueve a Dios para un actuar mayor. Por eso aparece la escala ascendente desde la revelación general hacia la especial, y a su vez, de éstas hacia la iluminación progresiva, no tan solo en el plano de la gracia soberana, sino también en el plano del carácter divino que soberanamente decidió tener en cuenta trascendentalmente la responsabilidad humana, capacitada ahora por la divina gracia común. El Dios soberano, como Novio que espera el sí de la Novia, escogió, por dignidad, la colaboración humana, y no desiste de ella, ni siquiera después de la caída del hombre. Por eso la gracia divina capacita de nuevo universalmente para la responsabilidad, pero no la sustituye (A Tito 2:1). Por eso mismo también, por causa de la responsabilidad capacitada por la gracia común, y que recibe (Jn.1:12) o afrenta la gracia divina (Hchs.7:51; Heb.10:29), existe igualmente el justo juicio divino. Fue, pues, la misma soberanía divina la que constituyó en trascendental a la responsabilidad humana (Mt.16:24; 19:211; 20:27; 21:28-32; 23:37; Mr.8:34 35; 9:35; 10:43, 44; 14:7; Lc.13:34; Jn.7:17; Dt.20:19; Ap.22:17), aunque ésta última, con toda su sola fuerza, no sea capaz de salvar al hombre (Jn.6:65; 15:5c; Rom.8:8, 7; 9:16) . La redención en Cristo, recibidos (Cristo y redención) por fe, y fe dada universalmente a todos con el testimonio y la resurrección históricos y objetivos de Jesucristo (Hchs. 17:31), es la única fuente de salvación, pues no hay lugar para la jactancia humana, como enseña el apóstol Pablo (Rom.3:27), en el don de la fe que viene por el oir el testimonio de Dios (Rom.10:17).

 

 

 Legitimidad de la revelación general reconocida divinamente.-

 

Es la misma revelación divina especial, canónicamente registrada en las Sagradas Escrituras bíblicas, la que nos señala el lugar legítimo de la revelación divina general a través de la naturaleza. No podemos pasar por alto las declaraciones de Jesús, de Pablo, de los salmistas y escritores sapienciales, etc., divinamente inspirados, que nos hablan de la intención divina de dejar Sus huellas mimetizadas en todas Sus obras. La firma de Dios está allí para ser primeramente sospechada, entonces buscada, entonces encontrada y escudriñada, a manera de clave gravitatoria que nos atrae hacia Él mismo. Este campo es, pues, también, una antesala que deja al hombre sin excusa. Si bien, también debemos tener en cuenta el hecho de que el hombre caído no conoció suficientemente a Dios por su sabiduría meramente humana (1Cor.1:21). Ésto, por culpa del hombre mismo; no por carencia de revelación objetiva. Como dice el dicho popular: “No hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. Así que los ataques de la llamada “ilustración” a los tradicionales argumentos teológicos, se descubren como meras falacias escapatorias y culpables, que apenas muestran la deslealtad humana a Dios.

 

Analogía del amor y la luz.-

 

Como dijo Jesucristo: “Sin causa me aborrecieron” (Jn.15:25b). Y también dijo: “Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Jn.3:19-21).

 

No es de extrañar, en este contexto, entonces, el por qué del conflicto de paradigmas. La hostilidad, sin causa, injusta y perversa, contra Dios, se convierte en hostilidad contra Jesús y los Suyos. “No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mi me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas.../...Si fuérais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mi me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado. Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado. El que me aborrece a mi, también a mi Padre aborrece. Si yo no hubiera hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mi y a mi Padre...” (Jn.7:7; 15:19-24).

 

En el fondo, es una cuestión de amor. Cuando Judas Tadeo Lebeo, hermano de Jesús, le preguntó: “¿Cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?” (Jn.14:22), Jesús le respondió haciendo diferencia entre aquellos bajo el paradigma de  la “Simiente de la Mujer”, Sus discípulos, y aquellos del paradigma “de la serpiente”, los hijos del diablo, cuyos deseos quieren cumplir, de sustituir a Dios por sí mismos, haciéndose a sí mismos dioses. “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del que me envió” (Jn.14:23, 24).

 

Frente, tanto a la revelación general, como a la especial, ¿por qué hay alinderamientos diferentes? Principalmente por causa del amor o no a Dios. Tal amor o des-amor se encuentra detrás de la formulación de cada paradigma, sea el que sea, tanto en lo genérico, como en lo minucioso. Las justificaciones conceptuales tienen como base este amor, o esta carencia de amor. “Los limpios de corazón verán a Dios” reza la bienaventuranza cristiana.  ¿Por qué no oís vosotros mis palabras?, dice el Señor, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas conocen mi voz y me siguen y al extraño no seguirán, porque no conocen la voz de los extraños. En este campo juega un papel importantísimo el conocimiento por el Espíritu; algo que los electores del árbol que mata no conocen. No ven, porque no quieren; para no ser estorbados en sus egolatrías. No importa cuanto disfracen eruditamente su miseria; su erudición no puede esconder las plumas de su des-amor. Un paladar espiritual aguzado puede discernir el espíritu motriz de toda clase de argumentación. Esta epistemología espiritual, fácil a los niños, ha sido desechada por aquellos que por ella son descubiertos y expuestos. Lo demás es cuento, o tragedia.

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Gino Iafrancesco V., 11 de diciembre de 2008, Bogotá D.C., Colombia.


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